Las patrias ganan siempre. Una de las cosas que suelo hacer y por el solo hecho de darme la razón es hojear los periódicos digitales de los lunes en todos los países. Ahí se puede ver que todas las naciones del mundo ganaron en las competiciones deportivas del domingo: las unas en tenis, las otras en fútbol, las otras en balonmano, las otras en ping-pong o en petanca o en rugby. Y siempre ganan porque sólo dan las noticias donde sus compatriotas ganan. Lo demás no interesa.
Me aficioné al golf y al esquí en mi niñez. Entonces no sabía que aquellas retransmisiones que me brindaban no se debían a una apuesta de TVE por esos deportes, sino al simple hecho de que competían los españoles Severiano Ballesteros, Chema Olazabal o Blanca Fernández-Ochoa. Afortunadamente, de esas retransmisiones puede nacer una verdadera cultura deportiva entre unos pocos, una cultura que, de serlo, siempre va a ser no patriota, porque siempre hay más probabilidades de que el talento no sea propiedad única de tu país, que sólo tiene 45 millones de habitantes, sino también aflore y a menudo en mayor cantidad en otros países, donde se albergan los otros 6955 millones de habitantes. A mí me gustaban Nick Faldo y Alberto Tomba, por ejemplo, dos monstruos, pero no he podido seguir el golf ni el esquí por el simple hecho de que ya no hay golfistas ni esquiadores españoles buenos. Esa es la tragedia envilecedora de la relación deporte/patria: cuando no existen deportistas buenos de tu país en una disciplina, tanto las televisiones públicas como las privadas dejan de retransmitirla. Porque no se hace patria y porque no se hace dinero.
Lo mismo en la Fórmula 1. Gracias a los pilotos españoles Adrián Campos y Luis Pérez-Sala nos daban las carreras de los ochenta y principios de los noventa, época en la que coincidieron monstruos como Lauda, Prost, Senna, Piquet o Mansell. Pues bien: cuando desaparecieron esos pilotos y coincidió que rescindieron sus contratos también a Marc Gené y a Pedro Martínez de la Rosa, estuvimos dos años sin ver Fórmula 1, hasta que apareció un chico, un tal Fernando Alonso, y una cadena que estuvo ojo avizor, Tele5, y se volvió a retransmitir Fórmula 1 en abierto.
O el tenis, donde nos daban todo el kilometraje de Roland Garros, torneo en que los tenistas españoles siempre se salen, y despreciaban totalmente Wimbledon, donde los españoles solían hacer el ridículo. A todo esto siempre puede haber remedio, pero tiene que ser un remedio español: bastó que apareciera Rafa Nadal, que es extraordinario en todas las superficies, para que comenzaran a darnos en abierto todo el torneo de Wimbledon.
O las carreras de 1500 metros, donde contábamos con notables mediofondistas como José Manuel Abascal, José Luis González o más tarde Fermín Cacho. Recuerdo que nos retransmitían cualquier mitin internacional y yo me pude apasionar con Aouita o El Guerrouj, dos de los ídolos de mi infancia: ¿dónde han quedado ahora las retransmisiones del medio fondo?
Respuesta: en ningún sitio, porque sólo vamos allí donde haya españoles con opciones de ganar.
Da un poco de vergüenza todo esto. Y por supuesto, a los locutores que retransmiten sólo les falta ponerse una bufanda rojigualda, siempre prestos a convencerte, las veces que ganó el extranjero, de que fue por trampas o fallo del árbitro o confabulación internacional. Y esto no sólo lo digo por la Talibania de España solamente, ojo; cuando yo vivía en la Talibania de Euskadi hacían lo mismo de lo mismo con el piloto Herri Torrontegui, Joane Somarriba, el marinero Ugarte, los hermanos Iñurrategui, Juanito Oiarzabal, Edurne Pasaban, Marino Lejarreta, Abraham Olano o el equipo ciclista Euskaltel, sólo existían ellos, se trataba de una utilización descarada del deporte para hacer patria.
Fuera de que, por otra parte, entra en el mayor de los ridículos que se intente convencer a la población de que Sete Gibernau era mejor que Valentino Rossi, que Pau Gasol es mejor que Kobe Bryant, que Arancha Sánchez-Vicario era mejor que Steffi Graf, que Fermín Cacho era mejor que Hicham El Guerrouj o que Sergio García es mejor que Tiger Woods. Pero qué es la patria sino una forma de hacer el rídiculo, la más dañina de todas, la más miserable.
Y sí, claro que se hace patria. Pero no se hace deporte. En España no existen aficionados al esquí, al golf o a la Fórmula 1. Sólo existen aficionados a España. No existen aficionados al tenis. Existen aficionados a España/Rafa Nadal. No existen aficionados a la NBA. Existen aficionados a España/Pau Gasol. No existen aficionados a la Roja. Existen aficionados a España.
–Entonces, Batania, ¿lo que nos quieres decir es que el amor a la patria, el grandísimo e impostergable amor a la patria no es lo más grande del mundo sino que eres indiferente o hasta hostil a ella?
–Sí, eso quiero decir. Y que saquen las putas patrias sus sucias manos del deporte.
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