sábado, 16 de diciembre de 2017

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Al egoescritor le basta dar una vuelta sobre sí mismo para saber la parte del mundo que quiere conocer.


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Recuerdo la ironía con que leí el comienzo de las Confesiones de Rousseau:
Emprendo una obra de la que no hubo jamás ejemplo y cuya realización no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre en toda la verdad de la naturaleza, y ese hombre seré yo.
A Rousseau hay que reconocerle un papel fundador en el confesionalismo, porque lo que se había realizado antes (San Agustín, Cellini, Montaigne) no alcanzaba ni de lejos la pornografía de vivencias y sentimientos a la que iba a llegar el filósofo suizo. Claro que lo que vino después… ¡Qué pensaría Rousseau de esta época, en la que (casi) todos contamos nuestra vidita hasta en el más mínimo detalle, mucho más incluso desde la llegada de Internet, y hasta existe un género literario llamado memorialístico o confesional, él que pensaba que sus confesiones no iban a tener imitadores!


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Eva Joly, eurodiputada y vicepresidenta de la comisión sobre blanqueo de capitales, declara en CTXT (AQUÍ): “En los paraísos fiscales, hay actualmente entre 15 y 20 trillones de dólares, es decir, un cuarto del PIB mundial”. Si ya hablar de billones le marea a un ochocientoseurista como yo, no te quiero ni decir qué delirio cósmico siento cuando me hablan de trillones.


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Todavía recuerdo, cuando vivía en Vizcaya, cómo me indignaba que los partidos españoles dijeran, para contrarrestar a ETA, que “en este país caben todas las ideas y todos los proyectos se pueden conseguir pacíficamente”. Y me indignaba porque para mí ETA debía dejar de matar de todas formas, se pudiera conseguir su proyecto o no. Porque seis años después de que ETA haya dejado de matar, se demuestra con el caso de Catalunya que hay proyectos en este país que no se permite defender, y que esta no es una democracia para los que nos sentimos personas sino para los que sienten españoles.


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Contra la opinión del poeta Bartrina, el de si habla mal de España, es que es español, Rajoy ha declarado que lo último que debe hacer un español es criticar a España. Y tiene mucha razón: España solo es un terreno de juego, un inmenso Wembley sobre el que cada jugador puede mover el balón como quiera, siempre que no sea antirracista, comunista o independentista. La culpa de que disfrutemos del presidente más turbio y más tancredo de los últimos cuarenta años no es de España: es de los españoles.


viernes, 15 de diciembre de 2017

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Antipatriotas (4): En el artículo “Villalar por tercera y última vez” (AQUÍ), del 2 de mayo de 1978, Sánchez Ferlosio escribe:
Traje nuevo del emperador, traje invisible que todos dicen ver, que todos reconocen y ponderan, pero que nadie se arriesga a describir y del que nadie osa enunciar tejido, guarnición, caída ni color es, en efecto, esta gran superchería de las peculiaridades, los rasgos diferenciales, la personalidad histórica, los caracteres socio-culturales privativos, pues en un mundo donde no hay dos cosas más gemelas que un yanqui y un nipón, que un chino y un egipcio, ¿cómo iba a ser distinto un andaluz de un castellano?

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El escritor popular no debe tener miedo a que le acusen de topiquero o de incurrir en clichés, porque lo popular, en definición neorrabiosa de ahora mismo, es-algo-que-no-se-aleja-jamás-del-suelo. El suelo es lo ya creado, el humus a partir del cual empezamos a crecer; un escritor popular, antes que nada, es alguien que reconoce la inmensa deuda que mantiene con el pueblo, porque trabajamos con las palabras que acuñó el pueblo y sobre los sentidos que el pueblo le dio. No negamos la originalidad: solo decimos que lo más original, extravagante o insólito que se haga en literatura no es más que una gotita de pis sobre el gran océano del idioma. Eso de hacer un arte no común con un lenguaje común… ¡en esa broma gongomallarmeana nosotros nunca caeremos! Porque en literatura no existe el folio en blanco, sino el palimpsesto; y tampoco existen los creadores: solo existen los herederos.


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¡Fiesta! Con el dinero que he recibido de un aguinaldo navideño, fui a la librería Dodó, que está en Vallehermoso, 35, y me compré los cuadernos de Martín Gaite, el epistolario de Tagore, las memorias de Raymond Aaron y Jean Daniel, la autobiografía de Victoria Ocampo, las confesiones de Algazel y una antología poética de Hugo. Ni cien, ni quinientos niños de rodillas sucias eran tan felices como yo saliendo con cara de ladrón de mi librería favorita.


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¡Lastima! A veces me asombra todo lo que me parezco a Salvador Dalí: el mismo exhibicionismo, la misma charlatanería, la misma gana de llamar la atención, la misma profundidad pueril, la misma cobardía, el mismo miedo al sexo, el mismo horror a penetrar a una mujer, la misma tendencia a sublimar a una musa, el mismo narcisismo, la misma infantilidad. Claro que luego me pongo a dibujar y concluyo que bueno, en fin: tampoco me parezco taaaanto.


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Lo que más me sorprende de mi poesía, ahora que llevo mucho tiempo sin escribir versos y puedo opinar con distancia, es la diferencia de calidad entre mis poemas de amor y los demás poemas que escribo. Y sospecho que ese plusvalor procede del miedo que tengo a las mujeres, del terror a que me vean desnudo (salvo que esté muy borracho), del asco por penetrarlas: jamás he superado mi visión del sexo como algo sórdido y propio de primates (muy distinta es la adoración que siento por la caricia, el beso, por lamerles el clítoris o que me chupen la polla, pero eso me parece otro sexo porque se puede hacer vestido). Los hombres normales no permiten que la mujer que aman les dure en la cabeza porque enseguida hacen el amor con ella, la penetran y “la resuelven”, y al resolverla crean una tregua, mientras que yo no conozco treguas con ellas y enseguida me nace una neurosis que provoca que la amada se me vuelva musa y la musa diosa: de ese bucle me nacen los poemas de amor, que sospecho que son mucho mejores que el resto de mis poemas por la sencilla razón de ese miedo atroz, martilleante, vergonzoso, inextinguible, de esa mujer que-no-consigo-sacarme-de-la-cabeza hasta que logro eyacularla en verso.


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Claro que a veces pienso: ¿lo que me sucede no lo resolvería un psicólogo o un psiquiatra? Es famoso lo que dijo Rilke para negarse al psicoanálisis: “Si me quitan mis ángeles malos, temo que se me vayan los buenos”. ¿Y si resuelvo mis desórdenes psíquico-sexuales y luego ya no escribo buenos poemas de amor? Prefiero no arriesgarme: para mí la literatura es desde hace tiempo lo más importante, además de lo único.


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Y ahora recuerdo a un poeta de Chamberí a quien trasladé mis no hazañas sexuales con las mujeres (para él mi teoría era una bobada, porque me dijo que hay muchos hombres con miedos sexuales como los míos que no escriben poemas de amor como los míos), que me contó que él había follado con muchas mujeres y que el sexo era lo más sobrevalorado del mundo. El sexo, me dijo, es básicamente masturbación:

–Olvídate de tus paranoias y trata de no quedarte manco, porque, si te quedas manco, pierdes el 95% del sexo que vas a tener en toda tu vida.


miércoles, 13 de diciembre de 2017

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En La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata, una mujer casada dice esto tan bonito:
—Antes de dormirme cierro los ojos y cuento los hombres por quienes no me importaría ser besada. Los cuento con los dedos. Es muy agradable. Pero me entristece no poder pensar en más de diez.

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En su artículo Sobre la tumba de Costa, Unamuno explica su famosa expresión “¡que inventen ellos!”, que tiene un significado más moderado del que la gente cree:
Es inútil darle vueltas. Nuestro don es ante todo un don literario, y todo aquí, incluso la filosofía, se convierte en literatura. Nuestros filósofos, a partir de Séneca, son lo que en Francia llaman moralistas. Y si alguna metafísica española tenemos es la mística, y la mística es metafísica imaginativa y sentimental. ¿Es esto malo? ¿Es bueno? Por ahora no lo decido; sólo digo que es así. Y como hay y debe haber una diferenciación del trabajo espiritual, así como del corporal, tanto en los pueblos como en los individuos, a nosotros nos ha tocado esa tarea. En Suiza no pueden desarrollarse grandes marinos. Alemania, v. gr., nos da a Kant, y nosotros le damos a Cervantes. Harto hacemos con procurar enterarnos de lo suyo, que su ciencia y su metafísica fecundará nuestra literatura, y ojalá nuestra literatura llegue a ser tal que fecunde su ciencia y su metafísica. Y he aquí el sentido de mi exclamación, algo paradójica –lo reconozco– «¡que inventen ellos!», exclamación de que tanto finge indignarse algún atropellado y atropellador, cuyo don es el de no querer enterarse o hacer como que no se entera.

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Mi gato Broma, mirándome con cara de no haber tirado un libro en toda su vida.




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En el mundo literario predomina el músculo sobre el hueso, pero yo no forjé mis armas en el mundo literario sino en un blog, precisamente este blog. Por eso he vuelto a él: para volver al hueso.


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Se están perdiendo los insultos cariñosos dirigidos a los niños o adolescentes. Mi madre me llamaba insustancial y candajo; mi padre satélite y alicate. ¿Quién llama hoy a los niños así?


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Hay que estar creando tradiciones nuevas todo el rato y cambiarlas justo en el momento en que empiecen a convertirse en tradiciones.


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Lo peor del libro Anarquismo social y anarquismo social es que su autor, Murray Bookchin, para desenmascarar la supuesta bondad de las sociedades primitivas, nos da el detalle de que los esquimales maltratan a sus perros huskies. ¡No puede ser, los esquimales no! Creo que es el mayor disgusto perruno que he experimentado desde que supe que la perrita Laika había muerto en su viaje de vuelta, al desintegrarse su Sputnik 2 contra la atmósfera.


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Se nos está olvidando llorar. En el libro de conversaciones con Françoise Giroud, Hombres y mujeres, Bernard-Henry Lévy dice:
¿Ha observado usted que los hombres ya no lloran? Y eso es relativamente reciente. No sé cuándo empezó, pero en la época de Goethe lloraban con ganas. Debo decirle que en la época de Goethe lloraban por cualquier cosa: por la muerte de un ruiseñor, por la belleza de un paisaje, por una batalla perdida o ganada, por una mirada, por un espectáculo, por una firma afortunada, por una obra de teatro, y también, de paso, por la traición de la mujer amada...

martes, 12 de diciembre de 2017

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¡Nosotros que lo queremos todo sin quedarnos con nada! ¡Que somos de cualquier lugar y a ninguno pertenecemos! ¡Que siempre estamos listos para traicionarnos!


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Tras la revuelta catalana, se ha creado en España una nueva nacionalidad: se trata del español por cojones.

—¿De dónde es usted?
—De España por cojones.
—¿Cómo por cojones?
—Pues verá usted, yo no quiero ser español, pero el resto de españoles dice que tengo que seguir siéndolo por cojones, incluso en el caso de que el 100% de mi comunidad autónoma piense como yo, y para lograrlo están dispuestos hasta a romperme la cabeza por mi propio bien.
—¿Pero eso es democrático?
—¡Claro que es democrático! ¡Es la base de la democracia en España!


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