García-Posada contra Blas de Otero: Su obra se me ha derrumbado mucho. La ideología de la época la abruma, casi la ahoga. Fluye un complejo de culpa en algunos poemas que me resulta difícilmente soportable. ¿Por qué la mujer amada besa "besos de Dios", ¿por qué la unión de los cuerpos no basta ("porque, ¡oh, por qué!, no basta eso")?, ¿por qué ese final de Ángel fieramente humano tan teñido de religiosidad que rompe la coherencia del libro?
Breton contra Aragon: ¿Aragon? La opinión general entre nosotros era que continuaba siendo muy "literato": incluso cuando paseaba con nosotros por la calle, era muy raro que no nos leyera un texto suyo (...). Asimismo le gustaba, cuando hablaba en los cafés, no perderse ninguna de sus actitudes reflejadas en los espejos..."
Cela contra Núñez de Arce: Yo siempre dije que el gran poeta que tuvimos los españoles en el siglo XIX fue Gustavo Adolfo Bécquer, que era un poeta menor, era un laúd de una sola cuerda, pero hay que ver cómo sonaba esa cuerda. Y el gran poeta metafísico del siglo XIX, que fue Núñez de Arce, es insoportable. Es lo primero que hay que tener, una voz propia. Si no la tienes, entonces cambia de oficio
Maeztu contra Unamuno: Todos ustedes sabrán de memoria alguna poesía de Rubén Darío. Invito a cualquiera a recitar un verso de Unamuno
Ehrenburg contra Marinetti: Es difícil que gusten los versos de Marinetti. Lo que a uno le aleja de ellos es su vaciedad interior y, sobre todo, el mal gusto y el énfasis
Lisandro Otero contra Neruda: En 1960 Neruda había visitado La Habana. No lo conocía personalmente. Pese a mi admiración por su obra, la timidez juvenil me impidió acercármele. Sus majaderías usuales, sus actitudes inconvenientes que lo llevaron a ser ofensivo en ocasiones, quizá sin proponérselo, no dejaron el mejor recuerdo. En los medios culturales nos sentíamos perplejos por la candidez con que Neruda se había dejado utilizar en un instante de emergencia
Platón contra Homero: Hay que saber también que, en cuanto a poesía, sólo deben admitirse en nuestro Estado los himnos a los dioses y las alabanzas a los hombres buenos. Si en cambio recibes a la Musa dulzona, sea en versos líricos o épicos, el placer y el dolor reinarán en tu Estado en lugar de la ley y de la razón que la comunidad juzgue siempre la mejor
Breton contra Aragon: ¿Aragon? La opinión general entre nosotros era que continuaba siendo muy "literato": incluso cuando paseaba con nosotros por la calle, era muy raro que no nos leyera un texto suyo (...). Asimismo le gustaba, cuando hablaba en los cafés, no perderse ninguna de sus actitudes reflejadas en los espejos..."
Cela contra Núñez de Arce: Yo siempre dije que el gran poeta que tuvimos los españoles en el siglo XIX fue Gustavo Adolfo Bécquer, que era un poeta menor, era un laúd de una sola cuerda, pero hay que ver cómo sonaba esa cuerda. Y el gran poeta metafísico del siglo XIX, que fue Núñez de Arce, es insoportable. Es lo primero que hay que tener, una voz propia. Si no la tienes, entonces cambia de oficio
Maeztu contra Unamuno: Todos ustedes sabrán de memoria alguna poesía de Rubén Darío. Invito a cualquiera a recitar un verso de Unamuno
Ehrenburg contra Marinetti: Es difícil que gusten los versos de Marinetti. Lo que a uno le aleja de ellos es su vaciedad interior y, sobre todo, el mal gusto y el énfasis
Lisandro Otero contra Neruda: En 1960 Neruda había visitado La Habana. No lo conocía personalmente. Pese a mi admiración por su obra, la timidez juvenil me impidió acercármele. Sus majaderías usuales, sus actitudes inconvenientes que lo llevaron a ser ofensivo en ocasiones, quizá sin proponérselo, no dejaron el mejor recuerdo. En los medios culturales nos sentíamos perplejos por la candidez con que Neruda se había dejado utilizar en un instante de emergencia
Platón contra Homero: Hay que saber también que, en cuanto a poesía, sólo deben admitirse en nuestro Estado los himnos a los dioses y las alabanzas a los hombres buenos. Si en cambio recibes a la Musa dulzona, sea en versos líricos o épicos, el placer y el dolor reinarán en tu Estado en lugar de la ley y de la razón que la comunidad juzgue siempre la mejor
Antes la tomaba por una actriz que además era poeta.



Si puedo decir que he sido amigo de Leopoldo María Panero (detesto a tantos españoles soplagaitas que abusan de la palabra "amigo" con asombrosa facilidad, y son falsos "muy amigos" de casi todo el mundo); ello ocurrió durante la década de 1970, y más precisamente entre 1974 y 1979. Después Leopoldo María Panero tuvo una crisis muy fuerte (un serio "break down") y se hizo muy difícil tratarlo. Probablemente nos odiaría a los que entonces huimos un poco de él, casi todos amigos poco antes, pero a mí me caía bien, me seguía cayendo bien, sólo que era muy difícil tomar una copa juntos. Mojaba los "croissants" en el agüilla del arroyo, dicen. Yo no se lo vi hacer, pero era posible. No se lavaba. Frecuentemente olía...
Ocho patas las arañas. Ocho el número chino de la suerte. Un ocho durmiente tus gafas. Dos pomelos un ocho. Mil veces ocho las montañas más altas. Los franceses llegan en el año ocho. La generación de Unamuno acaba en ocho. El mayo de París en ocho.
Fue hace dos años, en un recital de la Red de Arte Joven, símbolo acartonado de la poesía joven madrileña. A la convocatoria sólo acudimos dos personas: una chica de coleta y yo. No es que el día fuera lluvioso o el lugar lejano o el poeta malo, no: el día era soleado, el lugar el Centro Galileo y el poeta había sido premio Hiperión. Ahora se iba a presentar al Loewe joven.
¿Vendrías hasta mí?
Desiderata se escribió por encargo. Por encargo de Miguel Munárriz, (alias ememe), para ser más precisos. El Mundo estaba buscando autores para escribir unos relatos por entregas que se publicarían en el verano de 1998, y a Miguel, mira tú por donde, se le ocurrió mi nombre para escribir el correspondiente al tema amor (entendiendo amor como erotismo, según me explicó, y no entraré aquí en digresiones sobre los diferentes significados que la palabra amor pueda tener para cada quien). La Misión que el Poder en la Sombra (alias MM) me encomendaba era la siguiente: el agente Etxebarría debía escribir un relato que tuviera exactamente cuarenta y dos páginas –ni una más ni una menos–, divididas en seis entregas de siete páginas cada una. Cada una de ellas debía constituir una entidad en sí misma, como un subcuento dentro de un cuento. Y el trabajo debería entregarse en quince días, sin retrasos.