miércoles, 29 de julio de 2015

TROYA LITERARIA (776): Jorge Guillén sobre Juan Ramón Jiménez


[Carta de Jorge Guillén a Juan Ramón Jiménez]



Valladolid, 7 de julio de 1933


Si las explicaciones que yo le pedí en mi telefonema eran necesarias, otras hay que a mí se me imponen: las que me exijo a mí mismo ante usted. El monólogo o los diálogos laterales acarrean demasiado desasosiego. Desasosiego que no admite más que una solución satisfactoria: las suficientes palabras directas a usted dirigidas.

UN TIRO
Hace poco más de un mes, el 30 de mayo, en Sevilla, tuve noticia de que habían aparecido en El Sol de aquella mañana unos versos míos por un telefonema –“Enhorabuena y saludos, Juan Ramón” – perfectamente representativo de nuestras cordiales relaciones de siempre, aún más íntimas durante estos últimos meses de mi estancia en Madrid. Así las cosas, de nuevo acomodado en Valladolid, en pleno trabajo tranquilo, ¿no repugnaba a la razón como a la imaginación que yo pudiese recibir de pronto, el 27 de junio, este telefonema: “Quedan hoy retirados trabajo y amistad. Juan Ramón Jiménez”? Pues lo imposible fue. Esa frase no la soñaba yo. Constaba allí, en papel amarillo. Declaro que la agresión me dejó un poco tembloroso. ¡Aquel golpe en el pecho –no quiero pensar en cuál habrá sido su equivalente en otros círculos sociales de hoy–, tan imprevisto, tan brutal, desde luego tan  injusto! ¿Pero usted, Juan Ramón, Maestro de Delicadezas, es capaz de tan zafia barbarie?

Yo había ido abandonándome a la ilusión de que nuestra amistad duraría algún tiempo, tal vez años y años. Aunque razonando en frío tuviese que llegar a la conclusión opuesta: que no habiendo nada tan perecedero como su amistad, si tantos amigos suyos habían dejado de serlo, no poseía yo ningún título para ser la excepción. ¡Cuántas veces lo habré pensado! Exactamente: pensado. Ahora me doy cuenta de que el sentimiento avanzaba, mientras, por su camino. A la esperanza me había confiado –normalmente. Por eso me causaba tan dolorosa estupefacción aquel rompimiento, aunque tantas veces lo hubiese imaginado. Pero eso sí: nunca había previsto que el desenlace sucediese en términos tan desmesurados, tan descabellados, tan absurdos.

¡Y yo, a todo esto, ignorando el motivo de su proceder! Ni sospecharlo podía. Soy como todo el mundo: pecador como cualquiera. Por fortuna, usted nada tenía que reprocharme. ¿Entonces? A mi petición contestaba usted: “Las explicaciones las tiene ya X.” Y X aquel mismo día ¿habló? con usted. Usted esclareció en qué había consistido mi “grosería”, mi “incorrección”, mi “conducta artera y deselal”. ¿Por qué dejaba usted de ser mi amigo? Porque en el número 2 de Los Cuatro Vientos (tal como se anunciaba en el número 3 de Cruz y Raya) usted figuraba después de don Miguel de Unamuno. Este es el hecho. Luego vendrán los distingos y las interpretaciones. Si su retrato de Bécquer hubiera aparecido a la cabeza de la revista, no se habría producido el menor incidente. Pero hubo incidente. ¿Por qué? Porque usted se encontró “en eso que llaman segundo término”.

¡Increíble, Juan Ramón, increíble! Era tan fútil, tan atolondrada y –digámoslo de una vez – tan ridícula esa causa que usted no pudo ni confesársela a sí mismo. Y se refugió en una sutileza. Procuró usted separar el hecho –que le parecía justo– de su preparación, y afirmó que no se enojaba “por ir detrás de Unamuno”, porque usted en cualquier sitio sería “el segundo con relación a Unamuno”. Pue si usted considera ese orden subjetivamente justo y lo aprueba, ¿en dónde queda espacio para la traición? Usted mismo reconoce que sabía cómo se preparó aquel número de Los Cuatro Vientos: fue usted el primer solicitado, y como escaseaba el original y en aquellas semanas veía yo con frecuencia a don Miguel de Unamuno en un tribunal de oposiciones, acudí a su extraordinaria liberalidad de poeta. Los Cuatro Vientos iban a honrarse, pues, con la colaboración de dos “maestros”. Usted lo sabía y así lo ha reconocido. ¿Dónde habría cabido, en este caso, mi artería y mi deslealtad? ¿No hubiera sido impertinente –y hasta grosero– preguntar a un gran escritor como Juan Ramón Jiménez si debía ir en una revista delante o detrás de otro gran escritor como don Miguel de Unamuno? Entre dos hombres de esa altura, ese nimio detalle de la colocación ni plantea conflicto ni hace pensar en ellos. Y, sin embargo… Usted, al descubrirse “pospuesto”  (¡), se sintió ultrajado. Ese es el acontecimiento –en toda su futilidad. Es inútil que intente usted disfrazarlo a sus propios ojos estimándolo justo y sin importancia, pero al mismo tiempo tan injusto y tan importante que le obliga a retirar “trabajo y amistad”. No hay sutileza que salve esa contradicción. Usted ha perdido los estribos en un trance espantoso. ¡Espantoso: no ya ser el segundo, sino estar el segundo!

¿SOLITARIO?
De mil quisquillosos, novecientos noventa y nueve habrían buscado, en esta situación, un pretexto que justificase tal actitud. Claro que me refiero a hombres de su linaje. ¿Habrían firmado ese Telefonema de la Vanagloria un tal Stefan George, un Claudel, un Valéry, un T. S. Eliot? En cambio, a menudo dan lugar a esos altercados otras gentes: algunos actores y actrices, tenores, barítonos, tiples y contraltos, bailarines y bailarinas… No, no soy yo quien, por su gusto, asocia tales nombres. Es usted quien con su arrebato suscita el parangón.

¡Arrebato que no es precisamente lírico! Dramático sí lo es, pero del peor género: el melodramático. ¿Qué es eso de pisar una amistad por telefonema? Si es usted, con autoridad para mí indiscutible, el maestro de la poesía española contemporánea, y en cierto sentido –tal vez demasiado “estético” – una especie de Pontífice, ¿por qué traza usted su propia caricatura pontificia “retirando” así, con el auricular en la diestra, lo humano y lo divino? Ahora, ya menos iracundo, ¿no desazonan a su espíritu irónico el énfasis de esa excomunión y el engolamiento papal que pretende sostener hasta encaramadillo en un poste del teléfono?

Una observación: ese personaje de teatro lo representa un fervoroso de la soledad. ¿Usted, el retraído, el apartado, el que se mantiene con tal escrupuloso celo fuera de la feria del mundo –celo que legitima su privilegio de Divino–, usted es quien, ante la colocación de su nombre en una lista circunstancial, reacciona como cualquier mundano? Los vidriosos de la vanidad son sin duda los antípodas del solitario: aquellos que afrontan a su público frente a frente, desde las tablas. Alguien que de veras, con autenticidad, sintiese orgullo, entereza, desdén, todo el aplomo inseparable de la gran soledad, ¿cómo se reiría de su gran tropezón –a no ser que se encogiese de hombros–, sin entender que un varón cabal tropiece en un nombre!

Siempre me había extrañado –es verdad– que un recoleto como usted estuviese de continuo vagando por los lugares en los que jamás –¡eso no!– pone los pies, pero donde no deja de poner el pensamiento; que despilfarrase tantas pasiones en una vida madrileña desde su retiro observada –y compartida– con atención tan minuciosa. ¿y ese hilo del teléfono –otra vez el teléfono– que con tanta comodidad le sitúa en el mundillo del literato! Así se comprende muy bien su reciente exabrupto: como un suceso de la Calle literaria.

¿AMIGO?
Cierto: se interesa usted mucho por sus contemporáneos. Es muy probable que nadie los “considere” tanto como usted. De ahí, esa colección de Retratos –magnífica– que usted, tan atraído por la individualidad, trata como verdaderos poemas, sin embargo. ¡Qué infatigable anhelo de frecuentación social revelan tantos, tantos Retratos! Con ímpetu, con efusión inicia usted la fresca amistad nueva. Innumerables dedicatorias sonríen a lo largo de su poesía. Es la etapa buena, que fatalmente no perdura… ¿Intervendrá, en efecto, una fatalidad? El espíritu romántico tiene que soportar el derrumbe del universo, y sobre todo, el de los propios arranques sublimes: ¡”las ilusiones perdidas”! ¿No resumen estas palabras –tan históricas– su experiencia como amigo? Las dedicatorias… ¿serán mantenidas? Amigos y amigos irán desapareciendo del horizonte. Una de dos: o no hay apenas trato, y entonces el amigo lo es gracias a la ausencia o a la casi ausencia; o si los diálogos se multiplican, perecerá por accidente, cuando no se esfuma al fin de un difuso desacuerdo sin confrontación. “Para continuar siendo amigo de Juan Ramón Jiménez –suele decirse– lo mejor es verle muy poco.” Sí, ha llegado a ser legendario, en la amistad con usted, su carácter de sirte, con un fondo de peligros y catástrofes. Amistad significa ante todo confianza, ¿no es eso? Pues nadie está tranquilo ni se cree seguro en el seno de esa supuesta amistad. ¿Cuántas promociones de ex amigos lleva usted devoradas? ¡Qué abrumador cuento de Barba Azul –“El Barba Azul de Moguer”, uno de los reverso de Platero y yo, maravillosos anversos– resultará su biografía!

Bien. Usted habrá tenido razón para desatar sus vínculos con tantos y tantos en definitiva indeseables. Pero, al contemplar el montón de los ejecutados, ¿no le punza una inquietud de conjunto? Por de pronto, a mí me consta de un modo a todas luces evidente la injusticia con que usted ha procedido en más de una ocasión. Me inclino a inferir que Dios no le ha regalado en su espléndida cuna de Niño Jesús –¡nació usted un 24 de diciembre! – el don psicológico. Gran poeta lírico, sí; pero no dramaturgo. La visión exacta de sus Héroes españoles está sumida en una atmósfera irreal de creación. Cuando está viendo, ya está soñando. ¡Gran vista, Juan Ramón, vista muy sagaz ha demostrado en elegirme a mí para blanco de aquel tiro! De modo que usted no sabía, no había visto con sus ojos que yo era un verdadero amigo de usted… Y eso que nada se había interpuesto entre usted y yo –aparte del sumario famoso–. Porque yo no he sufrido –¡buena suerte! – de la interposición de tercero, con un fracaso que nada más a usted corresponde como solitario y como amigo.

GRAN PURITANO
–¡Pero si yo tenía razón, si yo tengo razón! –clamará usted ahora y siempre. Y apelará al Segundo Retrato, a los aforismos, a la terquedad conversada, en esas conversaciones con los nuevos equipos incautos… ¡Ah, qué anhelante aspiración a la juventud, qué patética y –en último término– conmovedora búsqueda de lo humano en su cima intacta, fresca, primaveral! Pero cualquiera de los de antes profetizará sin jactancia, melancólicamente: “¡Todos caerán!” El destino lo dispone así. De un lado, los indignos. ¿Quiénes? Todos. Del otro lado, el Ángel en la entrada del Paraíso, con su Espada, con su Virtud. Si en usted el solitario y el amigo son espectros sin sustancia, ¡con qué porte se yergue el puritano!

Es curioso: un mismo ideal de perfección, perseguido en las dos direcciones –la estética y la ética–, determina resultados contrapuestos. Esa exigencia mantiene al creador en una perpetua alarma crítica. Aunque el aficionado columbre en la lejanía los ilustres “libros amarillos”, pondría amor en esa contemplación. Pero usted dirá –y más de una vez se lo he oído yo–: “¡No, no! ¡Los odio, los odio!” Por eso ya no los guarda sino en hojas sueltas, como materiales para una recreación. ¡Estupendo! Crítica, desconfianza de sí mismo, flexibilidad en suma: ese atesoramiento infinito que es su labor de poeta. Moralmente ocurre todo lo contrario. El ideal de perfección se le acartona en puritanismo. Si concede diplomas de buena conducta, quedarán al fin anulados. Y usted, sin yerro ni errata: ¡único ejemplar de una suprema edición de lujo! ¿Cómo corregir –ni en lo más reservado de la secreta conciencia– el más breve texto moral, por ejemplo, la intemperancia del 27 de junio? Mucho me temo –y esa es la gran vergüenza a que desemboca todo puritanismo– que usted no sea ya sensible a una evidencia moral tan sencilla: que la ruptura con el telefonema de Valladolid constituye una mala acción.

¡Incapaz de soledad, incapaz de amistad, pero gran puritano! Como solitario pésimo es usted víctima de la pasión mundana por excelencia: la vanidad. Y en un ataque de ira, que parece viril y no lo es, perdido hasta la noción del ridículo –que hubiera equivalido a la noción del pudor–, impúdicamente pone de manifiesto su ínfima calidad como amigo. No, usted no puede retirarme lo que ni siente ni siquiera vislumbra, según está probándome con ese mismo acto. Soy yo quien le retira mi amistad. Soy yo, el ofendido, quien te denuncia, te juzga y te condena, aunque pretenda amparar su “capricho” sin “crisol” bajo la tiesura del ceño puritano.

Y esto es para mí lo peor de todo: que me haya usted llevado a su mansión “ética y ético-estética”, y sometiéndome a un movimiento impulsado por usted, me haya obligado a cambiar la amistad por lo que más aborrezco: la función de juez.

“LA ROSA QUE SE AÍSLA”
Y nada más. El incidente ha terminado. Queda hecha añicos –por usted– la imagen de un maestro reflejada en un ánimo entusiasta. El maestro se me suicida, destrozándome la figura a quien mis años juveniles deben una gratitud que, a pesar de todo, nunca será olvidada. Tendré, pues, que dcir con usted: “Ansia de empezar de nuevo con la separación de nombre y obra”. La obra no necesita ya del hombre. Libre, solitario, limpiamente póstumo, “quisiera que su libro –(repetiré, haciendo mías sus palabras) fuese como es el cielo por la noche–, todo verdad presente, sin historia”. Para mí resaltará como “la rosa que se aísla en una mano”, según un verso admirable del último poema hasta hoy publicado. Así conseguiré mejor su fragancia, su plena fragancia.

Jorge Guillén



JORGE GUILLÉN, carta a Juan Ramón Jiménez, recogida por Francisco J. Díaz de Castro en la introducción a Los Cuatro Vientos, 1933, Renacimiento, Sevilla, 2000,  págs. 24-30

martes, 28 de julio de 2015

TROYA LITERARIA (775): Adam Zagajewski sobre la poesía francesa actual


ALFONSO ARMADA: Quizá fue un chiste, pero en una ocasión se refirió a la vaciedad de la nueva poesía francesa. ¿Dónde, en qué poetas contemporáneos y en qué otros escritores encuentra inspiración, voluntad, emoción, complicidad?
ADAM ZAGAJEWSKI: Desafortunadamente, no leo español, y no conozco a poetas contemporáneos españoles. En las lenguas que conozco y leo hay interesantes poetas en Irlanda, en el Reino Unido, en Alemania… No muchos en Francia. Es una cuestión de estética, ellos tienen una estética mayormente mallarmeana, de la que me siento alejado. Respeto mucho a Mallarmé, pero no a sus imitadores. En Estados Unidos el mundo de la poesía está muy vivo, hay un gran número de poetas haciendo cosas interesantes. No soy un pesimista.


ADAM ZAGAJEWSKI, "La poesía tiene un valor extra solo cuando la vida humana está en peligro, cuando la sociedad está a punto de perecer", entrevista de Alfonso Armada, ABC, 26 de julio de 2015. Toda la entrevista AQUÍ

domingo, 26 de julio de 2015

Centellas CXXIV


ANECDOTARIO DE ESCRITORES (816): Hemingway lleva a Scott Fitzgerald al Louvre para que se convenza de cuál es el tamaño de un pene normal


Mucho después, cuando Zelda sufría por primera vez lo que entonces se designaba con el nombre de depresión nerviosa, Scott y yo coincidimos en París, y él me invitó a almorzar en el restaurante Michaud, en la esquina de la rue Jacob y de la rue des Saints-Pères. Dijo que quería consultarme algo muy importante, algo que para él contaba más que nada en el mundo, y me pedía le contestara la pura verdad. Le prometí hacer lo que pudiera. Siempre que él me exigía la pura verdad, cosa en todo caso difícil de alcanzar, y yo procuraba decírsela, lo que yo le decía le ponía furioso, aunque muchas veces no se ponía furioso en seguida sino más tarde, después de cavilar sobre el asunto. Mis palabras se convertían en algo que había que destruir, y a veces, de ser posible, había que destruirme a mí de paso.

Con el almuerzo bebió vino, pero no le afectó, y no llegó ya bebido, como preparación para la entrevista. Hablamos de nuestro trabajo y de los amigos y me pidió noticias de gentes a quienes no veía desde hacía tiempo. Comprendí que estaba escribiendo algo bueno y que por varias razones el trabajo no le resultaba fácil, pero que no era ése el asunto de su consulta. Esperé a que asomara la cuestión sobre la cual yo debía pronunciar la pura verdad, pero no lo descubrí hasta el fin de la comida, como si fuera un almuerzo de negocios.

Por fin, mientras comíamos la tarta de cerezas y terminábamos la última jarra de vino, me dijo:

–Ya sabes que nunca me he acostado con ninguna mujer, salvo con Zelda.
–No, no lo sabía.
–Creía habértelo dicho.
–No. Me has dicho muchas cosas, pero no esto.
–Bueno, quiero consultarte sobre esto.
–Venga.
–Zelda me dijo que con mi conformación nunca podré dejar satisfecha a ninguna mujer, y que por esto tuvo ella su primer trauma. Dijo que es una cuestión de tamaño. Me destrozó, y quiero saber la verdad.
–Vamos al despacho.
–¿Qué despacho?
–El retrete, hombre.

Volvimos a la sala del restaurante y nos sentamos otra vez a la mesa.

–No hay problema –dije–. Estás perfectamente conformado. No tienes ningún defecto. Tú te miras de arriba y te ves en escorzo. Da una vuelta por el Louvre y fíjate en las estatuas, y luego vete a casa y mírate de lado en el espejo.
–Tal vez esas estatuas no sean exactas.
–No están mal. Mucha gente se contentaría con menos.
–¿Pero por qué lo dijo?
–Por declararte en quiebra. Es el más viejo procedimiento que la humanidad ha inventado para declarar en quiebra a un hombre. Mira, Scott, me pediste la verdad, y podría decirte muchas cosas más, pero lo que te digo es la pura verdad y es cuanto necesitas saber. Podías consultar a un médico. 
–No quería. Quería que tú me dijeras la verdad.
–¿Y ahora no me crees?
–No sé –dijo.
–Vamos al Louvre –le dije–. Está enfrente, sólo tenemos que cruzar el puente.

Fuimos al Louvre y miró las estatuas, pero le quedaban dudas respecto a sí mismo.

–Lo que cuenta no es el tamaño en reposo –le expliqué–. La cuestión es el tamaño que adquiere. También es una cuestión de ángulo.

Le expliqué el modo de utilizar una almohada, y unas cuantas cosas más que tal vez le resultara útil saber.

–Hay una chica –dijo– que parece sentir cariño por mí. Pero después de lo que Zelda me dijo...
–Olvídate de todo lo que Zelda te dijera –repuse–. Zelda está loca. No tienes ningún defecto. Puedes tener confianza, y le darás a la chica todo lo que te pida. Lo único que Zelda quiere es destrozarte.
–Tú no conoces a Zelda.
–Bueno –dije–. Dejémoslo. Pero me invitaste a almorzar para hacerme una pregunta, y he procurado contestarte con sinceridad.


ERNEST HEMINGWAY, París era una fiesta, Booket, Seix Barral, Barcelona, 2003, traducción de Gabriel Ferrater, págs. 169-171

viernes, 24 de julio de 2015

TROYA LITERARIA (774): Lorca sobre Núñez de Arce, Campoamor y Zorrilla


Todos habéis estudiado Preceptiva y Literatura, y vuestros profesores, con raras y modernas excepciones, os han dicho que Góngora era un poeta muy bueno, que de pronto, obedeciendo a varias causas, se convirtió en un poeta muy extravagante (de ángel de luz se convirtió en ángel de tinieblas, es la frase consabida) y que llevó el idioma a retorcimientos y ritmos inconcebibles para cabeza sana. Eso os han dicho en el Instituto mientras os elogiaban a Núñez de Arce el insípido, a Campoamor, poeta de estética periodística, bodas, bautizos, entierros, viajes en expreso, etc., o al Zorrilla malo (no al magnífico Zorrilla de los dramas y las leyendas), como mi profesor de Literatura, que lo recitaba dando vueltas por la clase, para terminar con la lengua fuera, entre la hilaridad de los chicos.


FEDERICO GARCÍA LORCA, La imagen poética de don Luis de Góngora, Obras, VI, Prosa, 2, Akal Editor, 1994, Madrid, pág. 1228

Centellas CXXIII


ARCADIA LITERARIA (127): Gógol sobre la "Odisea"


La Odisea es, sin lugar a dudas, la obra más perfecta de todos los tiempos. Constituye una obra de unas dimensiones extraordinarias, y a su lado La Ilíada es simplemente un capítulo. La Odisea abarca todo el mundo antiguo, la vida pública y la doméstica, todos los campos de acción de los hombres de entonces, con sus oficios, sus conocimientos, sus creencias... En resumidas cuentas, resulta difícil decir qué es lo que no abarca La Odisea, qué se ha dejado fuera de ella.


NIKOLÁI GÓGOL, "La Odisea" traducida por Zhukovski (Carta a N. M. Ya.), Pasajes escogidos de la correspondencia con los amigos, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2013, traducción de Frederic Guerrero-Solé, pág. 47

POEMAS RAROS (96): 67 versos en recuerdo de Dadá, de Juan Eduardo Cirlot


El uno se arrodilla dulcemente,
el dos tiene las trenzas de papel,
el tres llena de plata los triángulos,
el cuatro no solloza,
el cinco no devora el firmamento,
el seis no dice nada a las serpientes,
el siete se recoge en las miradas,
el ocho tiene casas y ciudades,
el nueve canta a veces con voz triste,
el diez abre sus ojos en el mar,
el once sabe música,
el doce alienta lámparas,
el trece vive sólo en los desvanes,
el catorce suplica,
el quince llama y grita,
el dieciséis escucha,
el diecisiete busca,
el dieciocho quema,
el diecinueve sube,
el veinte vuela ardiendo por el aire,
el veintiuno cae,
el veintidós espera,
el veintitrés adora los vestidos,
el veinticuatro sabe matemáticas,
el veinticinco magia,
el veintiséis amor,
el veintisiete guerra,
el veintiocho estrellas,
el veintinueve luna,
el treinta tiene garras de cerezo,
el treinta y uno flota,
el treinta y dos destruye los anillos,
el treinta y tres anula los espacios,
el treinta y cuatro ruge,
el treinta y cinco vive lejos,
el treinta y seis conoce la amargura,
el treinta y siete fulge,
el treinta y ocho baja,
el treinta y nueve quiebra torres,
el cuarenta se expresa,
pero el cuarenta y uno tiene páginas,
donde el cuarenta y dos halla su espejo,
donde el cuarenta y tres se desmenuza,
en el cuarenta y cuatro anidan tigres,
en el cuarenta y cinco monumentos,
en el cuarenta y seis hay una espiga,
en el cuarenta y siete distracciones,
detrás vienen cuarenta y ocho pensamientos,
cuarenta y nueve signos,
cincuenta cruces,
cincuenta y una lágrimas,
cincuenta y dos mujeres,
cincuenta y tres desiertos,
cincuenta y cuatro pianos,
para cincuenta y cinco partituras,
para cincuenta y seis sonidos,
cincuenta y siete soles,
cincuenta y ocho perlas,
cincuenta y nueve bocas,
sesenta muertes,
sesenta y una llagas,
sesenta y dos pirámides,
sesenta y tres adioses,
sesenta y cuatro diccionarios,
sesenta y cinco sentimientos,
sesenta y seis recuerdos,
sesenta y siete flores.

                                                                                                                   
                                                                                                                                 22 de febrero de 1952


JUAN EDUARDO CIRLOT, En la llama (1943-1959), Siruela, Madrid, 2005, págs. 467-470

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (815): Ajmátova cuenta el impulso que le llevó a escribir "Réquiem"


EN VEZ DE PRÓLOGO

Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer –los labios morados de frío– que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):

–¿Y usted puede dar cuenta de esto?

Yo le dije:

–Puedo.

Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.


                                                                                                Leningrado, 1 de abril de 1957



ANNA AJMÁTOVA / MARINA TSVETÁIEVA, El canto y la ceniza, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2005, traducción de Monika Zgustova y Olvido García Valdés, pág. 41

Centellas CXXII


jueves, 23 de julio de 2015

TROYA LITERARIA (773): Góngora sobre Quevedo y Lope de Vega


A FRANCISCO DE QUEVEDO


Anacreonte español, no hay quien os tope,
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope

¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día,
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego.


LUIS DE GÓNGORA, Poemas, Red Ediciones, 2012, edición en e-book AQUÍ, pág. 207

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (814): Norman Mailer señala a los tubos fluorescentes de las escuelas como una de las causas del deterioro de la educación


Antes un chico de 7 u 8 años era capaz de leer durante una hora o dos. Ya no. Se perdió el hábito. Cada siete o diez minutos, todo niño es interrumpido por la tanda televisiva. Los chicos se acostumbran a la idea de que cualquier cosa puede quebrar su interés. En consecuencia, tampoco pueden estudiar. Su poder de concentración se redujo por la interrupción sistemática. A ésto sumémosle nuestras aulas de hoy. ¿Alguien alguna vez dice que una de las razones del deterioro educativo es que casi todas las escuelas ahora usan tubos fluorescentes? ¿Y por qué? Porque cuestan menos. Yo diría que, al sumar todos los dólares y los centavos, cuestan más. Lo que caracteriza a la luz fluorescente es que uno ve un 10% más pálido que con las bombitas. Los tubos dan una luz lívida, que tiene un efecto depresivo en el ser humano.


NORMAN MAILER, El objetor del imperio, Clarín, 23 de noviembre de 2002, traducción de Claudia Martínez. Toda la entrevista AQUÍ

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (813): Julio Cortázar manda una carta al diario "El País" donde rechaza que le califiquen como "militante comunista"


Con mucho retraso recibo un ejemplar de EL PAÍS SEMANAL (domingo 10 de abril de 1977), en el que figura una entrevista que me hiciera mi amigo José Miguel Ullán en Madrid. Para mi gran sorpresa, veo que en la presentación de dicha entrevista se me califica de militante comunista. Como esta calificación es falsa, y perfectamente gratuita, le pido que el periódico publique la rectificación que corresponde.


JULIO CORTÁZAR, Cortázar no es comunista, El País, 29 de mayo de 1977 (AQUÍ)

Centellas CXXI


Una reflexión de Eduardo Milán


Hay que esperar lo imposible de la poesía: que destape vías de transformación. Para eso debe dejar de ser una práctica alienante que alterna entre la eternidad y la contingencia. La poesía siempre es contingencia. O no es de primera necesidad. No hay que envenenarse con lo eterno. Esos son los dueños del Poder Poético, que también existe. Y tiene más seguidores que nosotros posibilidad de seguir hablando. La poesía es una cantidad considerable de pérdida. Trabajar con la pérdida es lo más difícil que hay. Hay que pararse ante los oidores —raros los escuchas, empalidecen de raros— y decir: «La poesía es pérdida. ¿Quieres perder?» El que queda te lee.



EDUARDO MILÁN, Entre escuchas, pérdida: Conversación con Eduardo Milán, entrevista de Laura Giordani, Arturo Borra y Víktor Gómez, Manual de instrucciones 2, II, 2009. Toda la conversación AQUÍ

miércoles, 22 de julio de 2015

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (812): La gloria en vida de Lope de Vega


Lope gozó en vida de una enorme reputación. Montalbán llega a decir que hubo quien vino del extranjero aposta a comprobar si era hombre de carne y hueso, y que nobles y prelados se lo disputaban para entablar con él trato y sentarlo a su mesa. Ya sabemos cuánto hay de exageración en todo esto: no logró la protección real ni la de los ministros, gentes que con muy poco esfuerzo habrían podido tenderle una mano en sus apuros o en sus momentos de aflicción. La popularidad de Lope fue fundamentalmente popular y hay que buscarla, sobre todo, en la gente que asistía a los espectáculos. Fama de la calle, de boca en boca, verso oportuno de Lope para cualquier circunstancia feliz o pesarosa del vivir cotidiano. Montalbán nos cuenta que el retrato del Fénix estaba en las casas de todos sus compatriotas, palabras suyas se perpetuaban en el diálogo corriente y en las obras de sus seguidores; hubo quien puso en circulación una parodia del Credo, (recogida por la Inquisición): «Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra...». Tan firme era la creencia de que cuanto él hacía o a él se refería era bueno, que su nombre se empleaba para designar la bondad de cualquier cosa: «El oro, la plata, los manjares, las bebidas, cuanto sirve al uso humano, los elementos mismos, las cosas inanimadas, reciben el nombre de Lope cuando son excelentes», traducía Menéndez Pelayo de la Expostulatio Spongiae. El padre Peralta, en la Oración fúnebre que pronunció en loor de Lope, insistió sobre eso: «Proverbio hizo el lenguaje castellano del nombre de Lope para encarecimiento de lo mejor; la tela más rica y vistosa, para venderla por tal, de Lope llama el mercader; la más bien acabada pintura, no de Apeles, de Lope la llama el pintor». El mismo Lope decía:

Es adagio provincial
que todas las cosas son
de Lope: extraño caudal.

Quevedo, hombre crítico y agudo si los ha habido, dijo, en la aprobación de las Rimas de Tomé de Burguillos: «Lope, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno, prerrogativa que no ha concedido la fama a otro hombre». En fin, la Fama póstuma, de Montalbán, donde colaboran los contemporáneos más famosos, o las Essequie poetiche, de Fabio Franchi, impresas en Venecia, o las numerosas necrologías, revelan esta universal aquiescencia a su genio y a sus dotes, la admiración por su fecundidad y su tarea, admiración a la que todavía hoy es imposible escapar. Un historiador de las letras españolas (Fitzmaurice-Kelly) ha dicho: «Lope fue testigo, por decirlo así, de su propia apoteosis. Era uno de los espectáculos de Madrid. Cuando regresaba del hospital, donde cuidaba a enfermos y moribundos, las gentes, en la calle, se volvían para contemplarle; niños y mujeres se apiñaban a su alrededor para besarle la mano y solicitar su bendición. Su paseo diario era como el de un rey, y su retrato pendía de los muros de los palacios y de las moradas humildes. Así nos lo describen contemporáneos suyos y así nos place imaginárnosle en su augusta vejez: como un símbolo viviente de toda la fuerza, la altivez, la gloria de la heroica España.


ALONSO ZAMORA VICENTE, Lope de Vega : su vida y su obra, Biblioteca Virtual Cervantes , 2002 (AQUÍ)

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (811): Los truculentos cuentos para niños de los hermanos Grimm


En 1815, Jacob y Wilhelm Grimm publicaron un compendio de viejos cuentos populares que poco a poco habían sido adaptados para niños. Comúnmente conocidos como Cuentos de los hermanos Grimm, esta colección es junto a la Biblia y las obras de Shakespeare una de las más vendidas y respetadas del canon occidental. Aunque en las versiones suavizadas de las películas de Disney no resulta tan evidente, las historias de los hermanos Grimm están llenas de asesinatos, infanticidios, canibalismo, mutilaciones y abusos sexuales; de hecho, son cuentos de hadas macabros. Veamos solo las tres historias de madrastras más conocidas:

• Durante una hambruna, el padre y la madrastra de Hansel y Gretel los abandonan en el bosque para que se mueran de hambre. Los niños se encuentran una casa comestible habitada por una bruja, que encierra a Hansel y lo engorda con la idea de comérselo. Menos mal que Gretel empuja a la bruja a un horno encendido, y “la bruja impía muere abrasada de una forma atroz”.

• Al intentar calzarse los zapatos, las hermanastras de Cenicienta siguen el consejo de su madre y se cortan un dedo o el talón para que les encajen. Unas palomas advierten la sangre y, después de que Cenicienta se haya casado con el príncipe, picotean los ojos de las hermanastras, castigándolas “con la ceguera para el resto de su vida por su maldad y perversidad”.

• Blancanieves suscita los celos de su madrastra, la reina, por lo que esta ordena a un cazador que la lleve al bosque, la mate y le traiga el hígado y los pulmones para comérselos. Cuando la reina repara en que Blancanieves ha huido, intenta matarla otras tres veces, dos envenenándola y una asfixiándola. Después de que el príncipe haya reanimado a Blancanieves, la reina se cuela en la boda, pero “ya habían calentado para ella unas zapatillas de hierro en un fuego de carbón [...]. [La reina] tuvo que ponerse los zapatos de hierro al rojo vivo y bailar con ellos hasta desplomarse muerta en el suelo”.


STEVE PINKER, Los ángeles que llevamos dentro: El declive de la violencia y sus implicaciones, Paidós, Barcelona, 2012, traducción de Juan Soler Chic, pág. 52

Centellas CXX


ARCADIA LITERARIA (126): Lorca sobre Góngora


Y ahora vamos con la oscuridad de Góngora. ¿Qué es eso de oscuridad? Yo creo que peca de luminoso. Pero para llegar a él hay que estar iniciado en la Poesía y tener una sensibilidad preparada por lecturas y experiencias. Una persona fuera de su mundo no puede paladearlo, como tampoco paladea un cuadro aunque vea lo que hay pintado, ni una composición musical. A Góngora no hay que leerlo: hay que amarlo. Los gramáticos críticos aferrados en construcciones sabidas por ellos no han admitido la fecunda revolución gongorina, como los beethovenianos empedernidos en sus éxtasis putrefactos dicen que la música de Claudio Debussy es un gato andando por un piano. Ellos no han admitido la revolución gramatical; pero el idioma, que no tiene que ver nada con ellos, sí la recibió con los brazos abiertos. Se abrieron nuevas palabras. El castellano tuvo nuevas perspectivas. Cayó el rocío vivificador, que es siempre un gran poeta para un lenguaje. El caso de Góngora es único en este sentido gramatical. Los viejos intelectuales aficionados a la Poesía en su época, debieron de quedarse estupefactos al ver que el castellano se les convertía en lengua extraña que no sabían descifrar.


FEDERICO GARCÍA LORCA, La imagen poética de don Luis de Góngora, Obras, VI, Prosa, 2, Akal Editor, 1994, Madrid, pág. 1243