domingo, 25 de enero de 2015

Una reflexión de FRANZ KAFKA


Si el libro que estamos leyendo no nos espabila de un mazazo en la cabeza, ¿para qué lo leemos? [...] Necesitamos que los libros nos afecten igual que una catástrofe, que nos duelan en lo más hondo, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nuestra propia vida, como ser desterrados a un bosque alejados de todos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar helado de nuestro interior


FRANZ KAFKA, fragmento de la carta enviada a Oskar Pollak el 27 de enero de 1904, recogido por Louis Begley en El mundo formidable de Franz Kafka, Alba Editorial, 2009, pág. 159, traducción de Ignacio Villaro

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Grageas de odio

Si acaso una vena de cartón,
una estatua ventrílocua o una corbata
empujada por el viento, poco más.

El amor no me demostró nada.

Me volvió un gato con revólver,
un flequillo revuelto y desquiciado,
una maceta de lirios vulgares.

Me dejó cara de teléfono, grano
de maíz sombrío, paloma
en alas de muletas.

Me hizo peor.

Del odio no tengo queja. El odio
me vuelve tan mirlo y descansado,
apenas lo pruebo en grageas de minuto,
que salgo a la calle con ganas de abrazarte
(sí, me refiero a ti, la de color verde,
no importa que seas una lechuga).

Quedaos con el Amor
y las sagradas rosas de pus que luce en el culo,
que yo me quedo con el Odio.

Porque el amor tiene límites y el odio no.
El amor tiene dudas y el odio no.
El amor fracasa y el odio no.
El amor es intenso, yo también
pensaba que era más intenso....

Hasta que probé el odio.


BATANIA / NEORRABIOSO, La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa, Madrid, 2014, pág. 176 y 177

viernes, 23 de enero de 2015

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (732): El único encuentro que mantuvieron Marcel Proust y James Joyce se resuelve con un diálogo de besugos


Joyce se sentía por fin mucho más cómodo en París. Como dijo a Wyndham Lewis, la capital francesa le parecía “la última de las ciudades humanas”, pues a pesar del tamaño seguía siendo íntima. El 18 de mayo de 1922, Sidney Schiff (“Stephen Hudson”), el novelista inglés, con el que Joyce se había encontrado en diversas ocasiones, le invitó a una fiesta en honor de Stravinski y Diáguilev, después de la primera representación de sus ballets. Joyce llegó tarde y tuvo que excusarse por no ir vestido de etiqueta. Dijo que no tenía traje formal. Para disimular su azoramiento, Joyce se dedicó a beber copiosamente. Luego, se abrió la puerta y apareció, envuelto en un abrigo de piel, Marcel Proust; Joyce dijo posteriormente que su aspecto era el de “Las aflicciones de Satanás”. Schiff había comunicado a Proust que la fiesta iba a celebrarse, pero no se atrevió a invitarle porque conocía la intención de Proust de no salir de su apartamento. Joyce siguió a Schiff y a la esposa de éste hacia la puerta, fue presentado a Proust, y se quedó sentado a su lado. Su conversación es distinta según las diversas versiones que de ella se han dado. Según el relato que ha hecho William Carlos Williams, Joyce dijo: “Tengo dolores de cabeza todos los días. Mis ojos son terribles.” Proust replicó: “Mi pobre estómago. ¿Qué voy a hacer? Me está matando. De hecho, tengo que irme enseguida.” “Yo me encuentro en la misma situación –contestó Joyce–, me iré en cuanto encuentre a alguien que me lleve del brazo. Adiós.” “Charmé –dijo Proust–, oh, mi estómago.” En cambio, según Margaret Anderson, Proust dijo: “Lamento no conocer la obra de Mr. Joyce.” Joyce repuso: “Nunca he leído a Mr. Proust.” Y ahí terminó la conversación. Joyce sin embargo contó a Arthur Power que Proust le había preguntado si le gustaban las trufas. Joyce contestó: “Sí. Me gustan.” Él comentó: “He ahí a las dos figuras más importantes de la literatura actual. Y, sin embargo, se conocen y se preguntan uno a otro si les gustan las trufas.” “Proust –le dijo Joyce a Jacques Mercanton– sólo hablaba de duquesas, mientras que yo estaba más preocupado por las doncellas de éstas.” Joyce dio otra versión del encuentro a Budgen: “Nuestra conversación consistió solamente en la palabra “No.” Nuestra anfitriona preguntó a Proust si había leído tal parte de Ulysses. Proust dijo: “No.” Y así. Naturalmente, era una situación imposible. Lo de Proust empezaba. Lo mío estaba terminando.”


RICHARD ELLMANN, James Joyce, Anagrama, Barcelona, 1991, págs. 565 y 566, traducción de Enrique Castro y Beatriz Blanco

lunes, 19 de enero de 2015

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (731): Los hermanos Grimm se casan con las mujeres que les contaron los cuentos "Hansel y Gretel" y "Blancanieves y los siete enanitos"


A la estancia de los hermanos Grimm en la ciudad de Kassel se le atribuye su recopilación de cuentos de hadas alemanes de tradición oral. La estancia en Kassel no sólo les reportó un buen bagaje de tradición literaria, sino también el matrimonio que pareció cosa de cuento de hadas, porque Wilhelm Grimm se casó con la muchacha que le contó Hansel y Gretel y Jacob con la relatora de Blancanieves y los siete enanitos


MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, Pasionaria y los siete enanitos, Planeta, Barcelona, 1995, pág. 15

sábado, 17 de enero de 2015

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No es un amor standard

Hace quince días recibí un mensaje histérico y matinal de un menda que se mueve por círculos policiales; en él se me alertaba de que la policía municipal de Madrid está repartiendo una circular para meterme la multa del siglo. Parece que mi última aparición en el telediario nocturno de TVE1, donde salgo sacando pecho delante de la pintada Liberqué, igualiquién, fraternicuándo que hice en el Bankia de la calle Embajadores, ha colmado la paciencia de algunos que, como no consiguen sorprenderme ni atraparme in situ, han decidido ahora actuar de oficio contra mí. Esa es la historia uno. Ese mismo día, por la noche, comencé a leer el primer libro de Natalia, La intermitencia de los faros, y cuando lo terminé volví a estar enamorado hasta las ingles de ella: esa es la historia dos.

Ahora la tercera historia: una vez que terminé el libro de Natalia y publiqué en el blog las impresiones que me había causado, y viendo que eran las seis de la madrugada y seguía totalmente enamorado de ella, con esa ansiedad añadida de saber que nunca me voy a encontrar una mujer tan luchadora y viboreante y talentosa, decidí llamarla por el móvil desde el trabajo, imaginando que a esas horas andaría torcida y sobrada de whisky por algún bar de Madrid. La llamada la hice sin demasiada esperanza, porque hacía diez días que Natalia me había dejado “para siempre” por última vez.

Pero hubo suerte y me cogió la llamada. Es más: no solo me la cogió sino que vino a verme, no tan cargada de whisky como otras veces. Cuando llegó le enseñé lo que había publicado de su poemario, lo que la dispuso a mi favor, y pasé a contarle mi historia con la policía, de la que ella solo sabía lo que publiqué esa misma tarde en Facebook. Por supuesto, además de enseñarle la circular, que viene firmada con nombres y apellidos, donde se ordena NO borrar a partir de ahora las pintadas neorrabiosas y hasta se da la dirección de mi blog (en los últimos veinte días mis lectores más frecuentes son miembros de la policía y las brigadas de limpieza) para que las encuentren y hagan una valoración económica de cada una, pasé a detallarle el caso con unas exageraciones que ni Tartarín de Tarasçon o el Barón de Münchhausen. No solo le dije que me pueden meter medio millón de euros de multa, que es lo que correspondería a las 456 pintadas que ya he realizado, o que podría acabar en la cárcel (no sé de dónde me he sacado esa hipótesis, pero es de mucho efecto), sino que además le aderecé todo con baladronadas de valiente de butaca y mando distancia en el plan de “ahora se van a enterar de quién es neorrabioso” o “se acabó la paz: si ellos vienen a por mí, yo voy a por ellos” o “pienso hacerle una pintada en el culo a Obama, otra al Papa, otra al Rey, otra a Rajoy y otra a Ana Botella”, frase esta última que no tiene mayor sentido, pues el tamaño de mis pintadas es tan grande que en el culo de una persona no me entraría ni el rabito de la o.

Pues bien: al de cinco minutos de contarle la historia ya nos estábamos comiendo la boca, al de una hora decidió volver conmigo, al de dos horas me dijo que quiere estar toda la vida a mi lado, y se ha pasado domingo, lunes y martes en mi casa Creta, pasándolo en grande y otras cosas más húmedas.

Es increíble. Luego me quejo y ando montando unos in hoc lacrimarun valle por la sola cosa de que se escribe mejor hacia abajo, pues todo poeta sabe que las manzanas más líricas del manzano son las que están en el suelo, pero no sé de nadie que tenga tanta suerte con las mujeres como yo. Seguramente Natalia me deje de nuevo el jueves que viene, porque está demostrado que nuestra relación es una catástrofe donde los picos de felicidad no construyen ni nos llevan a ninguna parte, pero no hay duda de que nos sostiene el puto amor, el amor más hijoputa, egocéntrico y caprichoso que existe, pero amor verdadero desde el hueso hasta la cola.

Le cuentas que la policía te va a meter un puro que te vas a quedar tieso hasta el próximo milenio y, en lugar de decir “buff, menos mal que te dejé hace diez días”, decide volver contigo. El asunto es tan raro que ahora, cada vez que me levanto de la cama, voy de inmediato al buzón para ver si me ha llegado el multazo, esperando que sea de la cuantía que le vengo advirtiendo con mucha vanidad, no sea que Natalia, en el caso de que la policía no me juzgue tan peligroso como le he contado o me multe simplemente como a un grafitero standard, decida dejarme de nuevo por eso mismo: porque ella no sale con nadie standard.


BATANIA / NEORRABIOSO, La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa, Madrid, 2014, pág. 174 y 175

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (730): Resumen de los argumentos que utilizaron el fiscal, el abogado defensor y el juez en el juicio contra la novela "Madame Bovary", finalmente absuelta de la acusación de inmoralidad


El primero en tomar la palabra fue Ernest Pinard, sustituto del procurador imperial. En su opinión, “la novela entera” debía ser juzgada, y estimaba que había que ponerle un subtítulo: “Historia de los adulterios de una mujer de provincias”. Antes de citar algunos fragmentos, deseaba anunciar que el tono de la novela entera era sugestivo: “¡El color general que le da el autor, permítanme decirlo, es el color lascivo, antes, durante y después de esas caídas!”. Para poner un ejemplo, recuerda que Emma, siendo aún una niña y estando en el internado, confiesa unos pecados imaginarios. ¿Es eso natural? Flaubert se había atrevido, incluso a escribir que, en el baile del castillo, circulaban rumores de que cierto aristócrata había sido amante de María Antonieta, deshonrando así a esta reina “que murió con la dignidad de una soberana y la serenidad de una cristiana”. Leyó largos párrafos de la escena de seducción entre Emma y Rodolphe y afirmó que glorificar el adulterio era un delito mucho peor que el acto mismo. ¿De modo que Emma está más bella que nunca después de haber caído en el pecado? Aquello era hacer “poesía del adulterio”. Acusó al autor de utilizar los recursos del arte sin tener “las consideraciones del arte (…). Es la naturaleza con toda su desnudez, con toda su crudeza”.

Le parecía escandaloso que la canción picaresca de un ciego respondiese a la oración del sacerdote durante la extremaunción. En su opinión, el culpable era Flaubert. El gerente y el impresor ocupaban un segundo término. No bastaba con dar al libro un final moral si todo lo demás era pura orgía. Había que pensar en las jóvenes e incluso en las mujeres casadas que leyeran aquella novela.

El abogado de Flaubert, Jules Sénard, no era un profesional desconocido. Aquel rouenés de cincuenta y seis años había sido presidente de la Asamblea Nacional y ministro del Interior. Sénard estuvo hablando cuatro horas seguidas. Desde el instante en que se levantó, adoptó el tono de un hombre ultrajado. Su cliente no sólo había escrito un libro honesto, un libro cuyo mensaje religioso y moral era “el excitar a la virtud mediante el horror al vicio”, sino que el mismo autor era un hombre honorable. Sénard había conocido al ilustre padre de Flaubert y sus propios hijos eran amigos de los Flaubert. “Al dejarles una considerable fortuna y un nombre intachable, su padre les dejó asimismo la obligación de ser hombres inteligentes y generosos, de ser hombres útiles.” Uno de aquellos hijos era médico y el otro “había dedicado su vida al estudio, a las letras”. Su retrato no podía ser el que había hecho el ministerio fiscal, ayudándose con quince o veinte citas, describiéndolo como “un hacedor de cuadros lascivos”. Quería destacar que el realismo se aplicaba no sólo a las escenas de amor sino a todos los aspectos de la vida de Emma. Y empezó a leer en voz alta la escena del coche de punto, destacando que era mucho menos atrevida que otra escena, también desarrollada con un coche de alquiler, escrita por Prosper Mérimée.

Sénard reveló que Flaubert había preparado una edición de Madame Bovary de 100 ejemplares, con notas explicativas para su defensa, pero que la policía había impedido su publicación; Sénard incitaba a la corte, no obstante, a que leyese el libro entero. Y leyó después algunos párrafos que habían provocado objeciones, subrayando su moralidad en cuanto que demostraban cómo puede dejarse extraviar una mujer por los valores sentimentales. Leyó después una escena de amor más explícita que cualquiera de las que pudieran encontrarse en Madame Bovary, y después nombró a su autor: ¡era de Monsieur de Montesquieu! ¿Debería leerles también algunos pasajes de las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau? En cuanto a la muerte de Emma, tras haber leído unos fragmentos de la novela de Flaubert que expresaban sentimientos religiosos, mostró cómo Sainte-Beuve trataba de manera similar una escena de óbito. ¿Escandalizaba la canción del mendigo en el momento de la muerte? Shakespeare y Goethe habían empleado el mismo tono de burla. Flaubert no había tratado al sacerdote con el desprecio de un Balzac o de un Victor Hugo, y en cuanto a su “clerofobia”, Homais era un personaje ridículo.

No se podía, concluyó Sénard, condenar un libro por unas cuantas líneas. Aquella novela era “excelente en conjunto”; la literatura clásica iba mucho más lejos. Aunque Flaubert cometiese ocasionalmente ciertas faltas de gusto, no podía decirse que hubiera ofendido a la moral pública, y el verse obligado a comparecer ante aquel tribunal “era ya un cruel castigo”.

El tribunal debía reunirse ocho días después para dar su veredicto. “En suma”, escribió Gustave a Achille, “ha sido un día magnífico y te hubieras divertido, si hubieses estado aquí.” Pero si perdía, recurriría al más alto tribunal… El veredicto que se dictó el sábado 7 de febrero empezaba por reconocer que “los pasajes incriminados, considerados en abstracto y aisladamente, presentan, en efecto, bien sea expresiones, o imágenes, o cuadros que el buen gusto reprueba y que pueden herir legítimas y honorables susceptibilidades”. El libro merecía una severa censura; si la novela de Flaubert perseguía un objetivo moral, como pretendía, tendría que haber sido más cuidadoso con sus expresiones. No obstante, era una obra seria; los fragmentos incriminados, por muy reprensibles que fueran, eran breves comparados con las dimensiones de la novela y correspondían acertadamente a los personajes. Como el objetivo principal del libro no era halagar las pasiones sensuales ni burlarse de los temas que merecían respeto, el tribunal juzgaba que los inculpados no habían cometido delito; fueron absueltos sin costas.


HERBERT LOTTMAN, Gustave Flaubert, Tusquets, Barcelona, 1991, págs. 188-190, traducción de Emma Calatayud

martes, 13 de enero de 2015

EL HIJO DE PUSKAS: Los perros asilvestrados


Durante mi niñez y adolescencia estuve fascinado por la rara especie de los perros asilvestrados, animales mitad perros y mitad lobos que mordían a los novillos, malherían a las cabras, mataban ovejas o gallinas y atacaban a los perros domésticos. Cuando sucedían este tipo de ataques los aldeanos caían en la cuenta de que el causante no podía ser el lobo, porque el lobo había desaparecido de Lauros desde antes de la Guerra Civil, y la conclusión a la que llegaban después de examinar las mordeduras era la de que se trataba de perros asilvestrados. Estos perros solitarios y feroces eran escasos y solo los aldeanos de cierta edad habían visto algunos durante su vida, por lo que yo los asediaba a preguntas porque ya tenía catorce años y nunca había visto ninguno. Y entonces lo vi.

–Pero…, ¿son perros o son lobos?
–Ya no son perros. Tampoco son lobos.

La primera vez que vi uno de esos ejemplares me hallaba jugando en el portal de mi caserío Astobieta cuando le di con el balón a una maceta de geranios y mi madre comenzó a pegarme. Que mi madre me diera doscientas tortas al año era algo a lo que estaba acostumbrado, pero aquel día sucedió lo imprevisible: en lugar de dejarme pegar con la misma resignación de los diez años anteriores, me giré de modo inconsciente y con mi puño derecho le di un puñetazo en su ojo izquierdo, de forma tan rápida e inesperada que, después de hacerlo, y durante un segundo que igual fueron varios segundos, mi madre y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro, muy sorprendidos de lo que había pasado, hasta que ella se dio la vuelta y empezó a gritar “¡Alberto me ha pegado! ¡Alberto me ha pegado!”, y yo, sabiendo al instante que aquel no era el lío del día sino el lío de todos los tiempos, eché a correr lejos del caserío, camino del cerezo.

–¿Y qué es entonces un perro asilvestrado?
–Es el perro de casa. El mismo perro de casa. De pronto se escapa y no vuelve más.

Entonces lo vi. Había pegado a mi madre y me hallaba corriendo camino del cerezo cuando lo vi. Hasta ese día nunca había entendido bien la diferencia entre un perro doméstico, un perro abandonado y un perro asilvestrado, por más que me lo explicaran con detalle los aldeanos, pero nada más verlo me di cuenta de que era uno de esos perros míticos porque tenía el pelo sucio y alborotado, la mirada esquiva y cierta rareza en su manera de correr, como si fuera un perro que no sabe adónde va pero sí sabe adónde no quiere ir. Pero lo que más me sorprendió de aquel perro, mientras yo corría despavorido camino del cerezo, es que él corría a mi lado sin hacer ademán de atacarme, sincronizado conmigo, colocando las patas en el suelo justo cuando yo ponía los pies, corriendo a la misma velocidad exacta que yo, como huyendo de algo, y tenía la misma respiración de animal asustado y fuera de control.

–Pero…, ¿por qué se vuelven asilvestrados?
–Nadie sabe. Unos dicen que es porque pasaron hambre. Otros dicen que porque se les maltrató. Y otros dicen que, simplemente, son perros que se han vuelto locos.
–¿Un perro se puede volver loco?
–¡Pues claro, mira qué pregunta! ¡Igual que una persona!

Estaba ya en el cerezo cuando oí la voz de mi padre, “Alberto, nun zaos?” y de inmediato me meé, porque sabía que mi padre venía hacia mí para pegarme. Mi padre siempre se dirigía a mí en castellano y si me hablaba esta vez en euskera era porque él también estaba fuera de control. Mi padre no ejerció nunca de padre conmigo salvo los cuatro o cinco últimos años de su existencia, era un ser lejano y desconectado de la vida que jamás se interesó por mis notas ni mi educación ni mi casi nada, pero no hasta el punto de permitir que pegara a mi propia madre sin consecuencias. Y allí estaba yo, en el cerezo, muerto de miedo, esperando a que mi padre me pegara por primera vez en su vida. A mi lado estaba el perro asilvestrado, y lo curioso de aquel perro es que me miraba mientras yo le miraba, y sus ojos eran marrones verdosos como los míos, y le temblaban las patas como a mí me temblaban las manos, y también se había meado como me había meado yo.

–¿Y por qué atacan los caseríos?
–Porque tienen hambre. Intentan alimentarse de carroña, pero si no la encuentran entran en los caseríos y atacan al ganado.
–¿Y atacan a las personas?
–A las personas no. De las personas huyen. Hasta apartan la mirada cada vez que ven a un aldeano.

Entonces llegó mi padre como un avión, el puño cerrado y la cara desencajada, y me lanzó un puñetazo vertiginoso que yo, rapidísimo como era, logré desviar hacia mi hombro, pues si me llega a dar en la cabeza, con la velocidad a la que venía aquel puño, lo mismo me la arranca, y caí al suelo dando una, dos, tres vueltas. Mi padre hizo varios ademanes de rematarme en el suelo, pero se controló mientras me gritaba, ahora ya en castellano:

–¿Pegar a una madre? ¿Tú sabes lo que has hecho? ¿Sabes lo que has hecho?

Claro que sabía lo que había hecho. La figura de la madre, para un hombre, es lo más sagrado de los caseríos, al lado de la cual todo lo demás, los Basterrechea, los Echebarria, Astobieta, Lauros, Loiu, el Partido, Vizcaya, Euskadi, Cristo, Dios, por más que los hinches con la bomba de hinchar globos de helio, es mera calderilla. La relación que se establece entre los varones de los caseríos y sus madres es tan estrecha que puede ocurrir que te encuentres a un aldeano en el pajar, llorando, mientras habla a solas con una madre invisible que lleva más de treinta años muerta. Las mujeres o novias de los aldeanos tienen muy clarito que son unas segundonas y se guardan mucho de entrar en conflicto con las suegras porque saben que, puestos a elegir entre una madre y una novia, o entre una madre y una esposa, los aldeanos van a preferir a su madre. Pues bien: yo no quise nunca a mi madre, como no he querido en mi vida a nadie que me haya pegado con la frecuencia y por las tonterías que me pegaba ella. Y tampoco es que mi madre fuera una mala madre ni pegara más que las demás madres de los caseríos, teniendo en cuenta que a los hiperactivos y traviesos como yo nos llovían golpes de todos los lados y allí darle un tortazo a un crío se consideraba cosa necesaria y sin importancia: el asunto es que mi madre era una mujer llena de problemas y atacada de impaciencia, una mujer que padecía obsesión policial conmigo y que tuvo la mala suerte de que le naciera un hijo hipersensible y no-me-puedo-estar-quieto como yo.

–¿Por qué dices que un perro asilvestrado es peor que un lobo?
–Porque el lobo tiene miedo al aldeano y no se atreve a entrar en los caseríos. El perro asilvestrado, en cambio, sabe cómo entrar y dónde hacernos daño. ¿No te das cuenta de que ha vivido con nosotros y nos conoce?
–Pero…, ¿ataca en el mismo caserío donde vivió?
–Nunca. A ese caserío ya no vuelve más. Pero todos los caseríos son parecidos, y él lo sabe.

Recuerdo que aquella noche tardaban mucho en llamarme para la cena y empecé a pensar que me echaban de Astobieta, y a esa preocupación se unía la preocupación por el estado de mi hombro tras el puñetazo que me había propinado mi padre, pues pensaba que tenía algún hueso roto o que se me había desencajado la clavícula. Al fin me llamaron, y cuando me puse a la mesa me di cuenta de que mis hermanas no me hablaban, mi padre no me miraba a la cara y mi madre estaba allí, en su sitio de siempre, con el ojo izquierdo morado y llorando. Se pasó toda la cena llorando y sin decirme nada y cuando se fue a la cama todavía se podía escuchar desde la cocina que seguía llorando. Y yo, aunque por una parte me decía dios mío, qué he hecho, he pegado a mi propia madre, aquí sí que he destruido para siempre mi vida, va a caer sobre mí la maldición de las maldiciones; por otra parte estaba rabioso y justiciero y me decía te jodes, hijadeputa, llevas diez años pegándome en serie y ya era hora de que te llevaras tu merecido. Pero lo más sorprendente de aquella cena terrible es que ni mi padre ni mi madre ni mis hermanas parecieron advertir al perro asilvestrado que había entrado a la cocina conmigo, se había sentado a mi lado y comía de mi mismo plato.

–¿Y esos perros se pueden curar y volver a ser perros normales?
–¡Qué se van a curar! ¿No ves que están endemoniados? Dos tiros en la cabeza, esa es la única forma de curarlos.

Aquel día puse una cruz roja y definitiva en mi vida. Ya los pedagogos de Larrondo venían notificando que yo estaba dando los peores datos en los test psicotécnicos del colegio, peores aún que los de los alumnos más conflictivos, y que lo que a mí me pasaba se podía definir con la palabra rechazo: rechazo a mis compañeros de clase, a las monjas, a los profesores, a mi familia y, sobre todo, rechazo brutal a mi padre, pues era a mi padre y no a mi madre a quien rechacé con mayor virulencia durante mi niñez y adolescencia. Pero no se hacía caso de esos datos porque nunca fui un niño conflictivo sino un niño solo travieso que además volvía a casa con notables y sobresalientes, cosa que no sucedía con los demás alumnos que como yo sufrían problemas para relacionarse, tener amigos o querer a los demás. Se confiaba en que con el tiempo mi rechazo al prójimo remitiría y yo mismo confiaba en ello, pero en el momento en que me revolví y lancé aquel puñetazo a mi propia madre ya me di cuenta de que no. Lo mío, simplemente, nunca iba a tener solución.

Desde entonces he tenido alguna racha de optimismo donde pienso que estoy equivocado sobre mi falta de órganos para relacionarme con el resto porque, además, siempre he sentido dentro de mí una capacidad inmensa para querer. Y alguna vez no solo he pensado que la tengo sino que me lo he creído y he hecho planes para incorporarme de nuevo a los perros, pero justo cuando estoy entre ellos me doy cuenta de que no. Qué va. Es inútil. Por más que lo intente, ya nunca volveré a ser un perro.

Otras veces creo que el problema de mi vida es que he recibido trato y educación de perro cuando realmente soy un lobo. Y alguna vez también me he animado con este pensamiento y me lo he creído y he tratado de ingresar en el mundo de los lobos, pero nada más llegar a ellos me doy cuenta de que me pasa lo mismo y no hay nada que hacer. Es imposible.

Tampoco soy un lobo.


domingo, 4 de enero de 2015

156


La abeja reina

Tantos panales de plata, canela y estaño
y tantas abejas de antenas moradas
brillando y batiéndose cerca de ti,

sus alas nerviosas como un tren eléctrico,

y fuiste a enamorarte de la abeja reina,
tenías que prendarte del plutonio
de la abeja reina,

amarla
como aman las moscas los ojos de las vacas,
con un amor mezquino y magnífico,
tan bello y miserable que mejor no decirlo

ahora que te ha dejado,
a quién se le ocurre enamorarse
de la abeja reina,

te echó de sus mieles a trompa y garrotazo,
apenas te dio tiempo a decir

qué espanto de amor, y qué grande.


BATANIA / NEORRABIOSO, La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa, Madrid, 2014, pág. 173

sábado, 3 de enero de 2015

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (729): Nietzsche agradece a los judíos su aportación a la cultura europea y propone desterrar de Alemania a los antisemitas


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¿Qué debe Europa a los judíos? – Muchas cosas, buenas y malas, y sobre todo una que es a la vez de las mejores y de las peores: el gran estilo en la moral, la terribilidad y la majestad de exigencias infinitas, de significados infinitos, todo el romanticismo y sublimidad de las problemáticas morales – y, en consecuencia, justo la parte más atractiva, más capciosa y más selecta de aquellos juegos de colores y de aquellas seducciones que nos incitan a vivir, en cuyo resplandor final brilla – tal vez deja de brillar – hoy el cielo de nuestra cultura europea, su cielo de atardecer. Nosotros los artistas entre los espectadores y filósofos sentimos por ello frente a los judíos – gratitud.

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[…] Todavía no me he encontrado con ningún alemán que haya sentido simpatía por los judíos; y por muy incondicional que sea la repulsa del auténtico antisemitismo por parte de todos los previsores y políticos, tampoco esa previsión y esa política se dirigen, sin embargo, contra el género mismo del sentimiento, sino sólo contra su peligrosa inmoderación, en especial contra la expresión insulsa y deshonrosa de ese inmoderado sentimiento, – sobre esto no es lícito engañarse. Que Alemania tiene judíos en abundancia suficiente, que el estómago alemán, la sangre alemana tienen dificultad (y seguirán teniendo dificultad durante largo tiempo) aun sólo para liquidar ese quantum [cantidad] de «judío» – de igual manera que lo han liquidado el italiano, el francés, el inglés, merced a una digestión más robusta –: eso es lo que dice y expresa ciertamente un instinto general al cual hay que prestar oído, de acuerdo con el cual hay que actuar. «¡No dejar entrar nuevos judíos! ¡Y, sobre todo, cerrar las puertas por el Este (también por el Imperio del Este)!», eso es lo que ordena el instinto de un pueblo cuya naturaleza es todavía débil e indeterminada, de modo que con facilidad se la podría hacer desaparecer, con facilidad podría ser borrada por una raza más fuerte. Pero los judíos son, sin ninguna duda, la raza más fuerte, más tenaz y más pura que vive ahora en Europa; son diestros en triunfar aun en las peores condiciones (mejor incluso que en condiciones favorables), merced a ciertas virtudes que hoy a la gente le gusta tildar de vicios, – gracias sobre todo a una fe decidida, la cual no necesita avergonzarse frente a las «ideas modernas»; los judíos se modifican siempre, cuando se modifican, de la misma manera que el Imperio ruso hace sus conquistas, – como un Imperio que tiene tiempo y que no es de ayer –: es decir, de acuerdo con la máxima «¡lo más lentamente posible!» Un pensador que tenga sobre su conciencia el futuro de Europa contará, en todos los proyectos que trace en su interior sobre ese futuro, con los judíos y asimismo con los rusos, considerándolos como los factores por lo pronto más seguros y más probables en el gran juego y en la gran lucha de las fuerzas. Lo que hoy en Europa se denomina «nación», y que en realidad es más una res facta [cosa hecha] que nata [cosa innata] (más aún, a veces se asemeja, hasta confundirse con ella, a una res ficta et picta [cosa fingida y pintada] –), es en todo caso algo que está en devenir, una cosa joven, fácil de desplazar, no es todavía una raza, y mucho menos algo aere perennius [más perenne que el bronce], como lo es la raza judía: ¡esas naciones deberían, pues, evitar con mucho cuidado toda concurrencia y toda hostilidad nacidas de un tener caliente la cabeza! Que los judíos, si quisieran – o si se los coaccionase a ello, como parecen querer los antisemitas –, podrían detentar ya ahora la preponderancia, más aún, hablando de modo completamente literal, el dominio de Europa, eso es una cosa segura y también lo es que no trabajan ni hacen planes en ese sentido. Antes bien, por el momento lo que quieren y desean, incluso con cierta insistencia, es ser absorbidos y succionados en Europa, por Europa, anhelan estar fijos por fin en algún sitio, ser permitidos, respetados, y dar una meta a la vida nómada, al «judío eterno» y se debería tener mucho en cuenta y complacer esa tendencia y ese impulso (los cuales acaso manifiesten una atenuación de los instintos judíos): para lo cual tal vez fuera útil y oportuno desterrar a todos los voceadores antisemitas del país. Se debería acoger a los judíos con toda cautela, haciendo una selección; más o menos, como actúa la nobleza inglesa. Resulta manifiesto que quienes podrían entrar en relaciones con ellos sin el menor escrúpulo son los tipos más fuertes y más firmemente troquelados ya de la nueva germanidad, por ejemplo el oficial noble de la Marca: tendría múltiple interés ver si no se podría hacer un injerto, un cruce entre el arte heredado de mandar y obedecer – en ambas cosas resulta hoy clásico el mencionado país – y el genio del dinero y de la paciencia (y sobre todo, algo de espíritu y de espiritualidad, que tanto faltan en el mencionado lugar –).


FRIEDRICH NIETZSCHE, Más allá del bien y el mal, Alianza Editorial, Madrid, 1984, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 204-207

miércoles, 31 de diciembre de 2014

155


Los pelícanos

Adónde pelícanos ibas con una mujer girasola
que tenía portaaviones de pájaros en la cabeza,
tú que te acercas sin centímetro ni ascensores
a las verjas electrificadas de los cuarenta años,

tú que sigues cultivando en macetas diagonales
los mismos nilos y las mismas calas enfermas,
adónde pelícanos ibas, qué pasó por tu cráneo
de afónica cilindrada e ignorancia sin lagunas,

cuántos errores de cepa tierna y globo de helio
crearás de nuevo y de nuevo lucirás orgulloso,
cuántas veces caerás y recaerás en tus jaguares
de glucosa adolescente, cuántos crisantemos

llevarás al nicho de los amores descuartizados
si no rectificas, si no abandonas para siempre
a los pelícanos y no metes, dejas ya de meter
tus torpes dedos en los interruptores del viento.


BATANIA / NEORRABIOSO, La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa, Madrid, 2014, pág. 172

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (728): Cela solicita un encuentro con Sartre con el único fin de promocionarse


En la primavera de 1958, coincidiendo con el lanzamiento de La colmena, recibimos la visita de su autor. Camilo José Cela ya era una figura consagrada de la literatura española, creador de obras que como el Pascual Duarte y Viaje a la Alcarria merecían mi aprecio y cuyo ingreso en la Real Academia de la Lengua le había conferido, apenas entrado en la madurez, el espaldarazo y respeto de los medios oficiales. Durante dos o tres días le introduje en los despachos directivos de la editorial, le escolté a las interviús concertadas por el servicio de prensa, actué de árbol de transmisión con encumbrados o temibles especialistas y grupos fervientes de admiradores. Al cabo de un tiempo, modesta, llanamente me comunicó sus grandes deseos de saludar a Sartre.

Confieso que la petición me sorprendió –por mucho que estrujara mi cerebro no alcanzaba a imaginar cuál podía ser el nexo o diálogo entre los dos hombres–, pero cedí a su amistosa insistencia y telefoneé al secretario del filósofo. Éste nos convocó unos días después en el antiguo domicilio de la esquina de la Rue de Bonaparte y la plaza de Saint-Germain-des-Prés que Sartre se vería obligado a abandonar más tarde por las amenazas y atentados de los cruzados y hampones de L’Algerie Française. Se lo notifiqué así a Cela y mi colega me preguntó, algo incómodo, si podía llevar a Sartre su botella de coñac. Creí que se trataba de un regalo y dije que sí, aunque añadí, si mal no recuerdo, que el autor de La náusea seguía un régimen seco a causa de su hipertensión arterial. No, no es para que se la beba, aclaró él; es para que me la firme; cuando Hemingway estuvo en España me la firmó también. Le expliqué que ese tipo de gestos no se compaginaba ni poco ni mucho con el temple de Sartre y haría mejor en dejar la botella en paz. Cela se avino a mis razones y no volvió a insistir en el asunto. Transcurrió un lapso y, mientras yo seguía sin entender el móvil de la entrevista, recibí la llamada telefónica de un compatriota cuyo nombre he olvidado. El señor Cela, me dijo, me ha pedido que me ponga en contacto con usted para sacar las fotografías de su encuentro con Sartre. Caí de la copa del árbol y le repuse con sequedad que había en efecto una reunión de los dos escritores pero él no estaba invitado a asistir a ella: conociendo, como conocía, la actitud recelosa de Sartre con los periodistas, no quería verme involucrado en un lance que le desagradaría y del que me haría responsable a mí.

Sin estos arquitrabes y frisos de adorno, el supuesto tú a tú de los dos grandes resultó deslavazado y mustio. Yo había acudido al piso con Cela y nuestro amigo común Eugenio Suárez y, por espacio de una hora, traduje como pude un ejemplar diálogo de sordos, con blancos, esquives y fintas. Al principio, Sartre parecía interesado en averiguar la situación real del escritor en el franquismo, la índole de sus problemas literarios y políticos, su lucha contra la censura pero su interlocutor se evadía de estos temas con chistes y anécdotas, algunos de ellos graciosos en castellano, y que si bien me esforzaba en trasladar con humor al francés, perdían inevitablemente en el trasiego algo de su chispa. Al cabo de unos laboriosos ejercicios de “inanidad sonora”, Sartre nos dio a entender discretamente que había concluido la cita y nos despedimos de él. Las razones de aquella entrevista solicitada por Cela le resultaron siempre misteriosas. Al tanto de Sansueña y sus ritos, el episodio no me asombró: las supervivencias tribales en el medio literario, evocadas con tanta lucidez por Cernuda en su poema sobre Dámaso Alonso, son parte integrante de nuestro folclor y el que por idiosincrasia o temperamento no las asuma de cara a la galería pasará por antipático y esquinado a los ojos de sus teleciudadanos –espécimen raro de un subgénero solitario y huraño, probablemente en vías de extinción.


JUAN GOYTISOLO, Memorias. En los reinos de Taifa, Península, Barcelona, 2002, págs. 414-416

lunes, 29 de diciembre de 2014

"María Eugenia", cuarto libro de poemas de ÁLVARO GUIJARRO


Siempre que me preguntan por mis poetas favoritos actuales, lo mismo responda con tres, con cinco o con veinte, siempre incluyo a Álvaro Guijarro, que ahora saca nuevo libro de poemas, "María Eugenia". El poemario se puede leer íntegro pinchando en la imagen o AQUÍ:


sábado, 6 de diciembre de 2014

EGOLATRIAS (7): Hugo


En este siglo, sólo hay un clásico, uno solo, ¿me entiende? Soy yo. Yo soy el hombre de nuestros días que mejor conoce la lengua francesa. Después de mí siguen Sainte-Beuve y Merimée… Pero éste es un escritor de poco aliento. Sobrio, como les llaman. ¡Vaya elogio para un autor…! Thiers es un portero escritor que ha encontrado porteros lectores… Courier es un pobre miserable… Chateaubriand tenía cosas magníficas, pero era un hombre que carecía de amor por la Humanidad; un carácter odioso… Me acusan de ser orgulloso; es cierto; en mi orgullo esta mi fuerza.


VICTOR HUGO, recogido por André Maurois en Olimpio, o la vida de Victor Hugo, Obras Completas VI, Plaza&Janés, Barcelona, 1963, pág. 551, traducción de Ramón Hernández

lunes, 24 de noviembre de 2014

154


Estaba dispuesto a arrodillarme mucho más

¿Os acordáis de aquella chica peligrosa y peligruesa que aparecía besándome ante una pintada de esas que hizo el gilibufono neorrabioso, hace tres meses, en la noche de Palma de Mallorca? Pues bien: esa chica me dejó hace un mes sin ningún motivo, pues salvo mi crueldad desaforada, misantropía en grados celsius, resentimiento con ali-oli, complejo de superioridad, recaídas continuas en Iratxe, travestismo ocasional, miedo infantil al sexo y síndrome de Diógenes, por no hablar de los versos malos que escribo y que pronto serán peores, por lo demás soy el hombre con anillo de Saturno por el que suspiran las mujeres de ojos limpios y el predilecto que sueñan todas las madres para sus hijas. Pero el caso es que su abandono me dejó desesperado y desde entonces he tenido que hacer unas cosas tan insólitas que parece de broma lo que hizo Ulises para regresar a Ítaca, aprovechando que ella me dijo que su decisión podía ser revocada “en el caso de que me portara bien”. Decidí portarme bien, por tanto.

Lo primero que hice, pido disculpas por adelantado, fue doblar la rodilla y acudir por primera vez a su casa, cuando había prometido que jamás, j-a-m-á-s iba a pisar la casa de una pija relamida como ella, pues en el ideario neorrabioso todo el que luzca un hogar de dos plantas y doscientos metros cuadrados debe pedir perdón y donarlo al Estado. La segunda cesión: le compré por su cumpleaños un ramo miraquelindo de veintitrés rosas, una por cada año cumplido, la primera vez en mi vida que regalo flores a alguien, unas rosas tan rojigordas y cursiflores que la dependienta me debió adivinar mi bolsillo carpantero y me dijo:

–Las rosas blancas son mucho más baratas, te salen a tres euros cada una.
–Ya, pero tienen que ser rojas.

Con las rosas recuperé un poco del terreno perdido pero no tanto, y eso que eran rojas y tan rojas que por culpa de su rojo llevo una semana a dieta de pasta y patatas, por lo que tuve que volver a la carga: le ofrecí un gato pequeño para nuestro pisito Creta, yo que odio los gatos y mi casera me los tiene prohibidos. Lo del gato no cuesta dinero porque ya lo robaré o conseguiré de regalo en algún sitio, pero llevaba tiempo pidiéndomelo y siempre se lo había negado. Hasta la semana pasada.

También he aceptado acudir en Nochevieja a su cena navideña, con sus padres, sus tíos, sus hermanos y la órdiga, a los que conoceré por primera vez. Contra la familia como institución no tengo más que todo; opino como Gide y Breton que el escritor que se precie debe librarse de ella, pero he aquí que también en esto ha llegado el momento de retractarse (con mi familia no tengo ningún contacto, ni siquiera sé si están vivos, y a los padres de Iratxe no los quise conocer jamás, y eso que con ella duré diecisiete años). Por si fuera poco, a esa cena tengo que ir con zapatos y camisa, como me ha subrayado Natalia, yo que jamás me he puesto una camisa en los últimos veinticinco años (tengo que comprármela en cuanto cobre la paga extra, también los zapatos). Y tengo a Natalia de un subidísimo y crecidísimo que no veas:

–Ahora que he tomado el poder –me dice–, quiero que barras Creta todos los días y tires las sábanas a lavar una vez cada quincena. Y tienes que dejar de comer como un guarro, ¿eh?, porque vas a hacer el ridículo con mis padres si no aprendes a comer.

En fin. Qué decadencia. Montar el tinglado neorrabioso para esto. Menos mal que anteayer dejó los segunes y dependes de otros días y, ya con ojitos de corza, me dijo:

–Vale. Volvemos a salir al ciento por ciento.

Con lo que he respirado como un pomelo o como un aguacate, feliz de la vida, pues cuánto frío si pierdo a esta chica y me quedo a solas con la literatura, lo ancha que se me va a hacer la noche, para quién voy a escribir si no está ella. Lo de mis renuncias y autotraiciones, además, qué más me da. Ella no lo sabe, pero estaba mucho más desesperado de lo que suponía. No estaba luchando solo por mi novia sino por mi vida.

Que lo sepas, Natalia. Te rendiste demasiado pronto.

Estaba dispuesto a arrodillarme mucho más.


BATANIA / NEORRABIOSO, La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa, Madrid, 2014, págs. 169-171

viernes, 21 de noviembre de 2014

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (727): El odio a la pintura de Byron


Recuerde, sin embargo, que yo de pintura no sé nada –y que la detesto, a menos que me recuerde algo que he visto o que creo posible ver– por lo cual aborrezco y escupo encima de todos los santos y temas de la mitad de las imposturas que veo en las iglesias y palacios. Cuando estuve en Flandes, nunca sentí más asco que con Rubens y sus eternas esposas y el infernal relumbrón de los colores, tal como yo los vi. Y en España no me parecieron gran cosa Murillo y Velázquez. Tenga por seguro de que de todas las artes, ésta es la más artificial y antinatural, y aquella en la que más se ha impuesto la estupidez de la humanidad. Jamás vi una pintura o una estatua que llegara a una legua de mi idea o de mi expectativa. En cambio he visto muchas montañas y mares y ríos y paisajes –y dos o tres mujeres– que las sobrepasaban en mucho– así como algunos caballos; y un león (en casa de Veli Pachá) en la Morea y un tigre en una cena en el Exeter ‘change.


LORD BYRON, fragmento de una carta a John Murray, Venecia, 14 de abril de 1817, incluida en Débil es la carne: correspondencia veneciana (1816-1819), selección de Jaime Gil de Biedma, Tusquets, Barcelona, 1999, traducción de Eduardo Mendoza, pág. 106

jueves, 20 de noviembre de 2014

153


Cada vez tardamos más en llegar a la cama

Qué se puede hacer con una chica entre blanca y amarillo
que cursa en primero de rebeldes y en quinto de filología,
una mujer como un ramo de apio o como un cóleo sin maceta,
más bella que un triciclo silvestre o un orfeón de romeros,
que piensa a puño que Shakespeare no alcanza a Hemingway
y Cortázar aventaja a Stendhal por más de tres submarinos,

qué se puede hacer con esa chica si luce quince años menos
y te saca cinco centímetros de risa y altura, y desde tan arriba
te ataca y dice fuego a Tolstoi, abajo Hugo, cieno a Balzac,
fuera Propercio, vinagre a Dickens y cinabrio para Catulo,

qué se puede hacer salvo amarla, salvo apretar tu corazón prieto
sobre su corazón prieto, salvo besarla sin camisa ni pantalones
y olvidar sus calaveras de furia, gloriosa niña que te amo tanto
pero te crees la petunia de la muerte, vamos a ver, sarampiona,
en qué planeta es mejor tu Salinger que mi Lope de Vega,
dios mío, qué tontería, es que no puedo dejar de contestarte,
por tu puta culpa cada vez tardamos más en llegar a la cama.


BATANIA / NEORRABIOSO, La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa, Madrid, 2014, pág. 168