lunes, 5 de diciembre de 2016

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1056): Los esfuerzos de la familia de Montaigne para que la lengua materna del futuro ensayista fuera el latín


No puede negarse que hablar bien es una cosa bella y buena, pero no es tan buena como se pretende; y me irrita que toda nuestra vida se dedique a esto. Yo querría en primer lugar saber bien mi lengua, y la de aquellos vecinos con los que tengo trato más habitual. El griego y el latín son sin lugar a dudas un adorno hermoso e importante, pero se adquieren a un precio excesivo. Voy a contar aquí una manera de obtenerlos a mejor precio de lo acostumbrado, que se probó en mí mismo. Sírvase de ella quien quiera.

Mi difunto padre, tras hacer todas las indagaciones posibles entre la gente docta y de entendimiento de una forma de educación esmerada, fue advertido de este inconveniente usual; y le decían que el mucho tiempo que empleábamos en aprender las lenguas, que ellos aprendían sin esfuerzo, es el único motivo por el cual no podíamos alcanzar la grandeza de ánimo y de conocimiento de los antiguos griegos y romanos. Yo no creo que éste sea el único motivo. En cualquier caso, el expediente que halló mi padre fue que, en plena lactancia y antes de que la lengua se me empezara a soltar, me dejó al cargo de un alemán, que después ha muerto siendo un médico famoso en Francia, del todo ignorante de nuestra lengua y muy bien versado en la latina. Éste, al que había hecho venir expresamente y que cobraba un salario muy alto, me tenía continuamente en brazos. Junto a él había también otros dos, inferiores en saber, para vigilarme y para aliviar al primero. No me hablaban en otra lengua que no fuera la latina. En cuanto al resto de la casa, era regla inviolable que ni él mismo, ni mi madre, ni ningún criado ni camarera hablasen en mi compañía más que las frases en latín que todos habían aprendido para chapurrear conmigo. Es asombroso el fruto que sacamos todos. Mi padre y mi madre aprendieron suficiente latín para entenderlo, y adquirieron de sobra para servirse de él en lo necesario, como lo hizo también la otra gente de la casa que estaba más ligada a mi servicio. En suma, nos latinizamos tanto que rebosó hasta los pueblos del derredor, donde existen todavía, y se han arraigado por el uso, muchos nombres latinos de artesanos y herramientas.

En cuanto a mí, tenía más de seis años y no entendía más el francés o el perigordino que el árabe. Y, sin arte, sin libro, sin gramática ni precepto, sin látigo y sin lágrimas, había aprendido un latín tan puro como el que sabía mi maestro; en efecto, no podía haberlo mezclado ni alterado. Si me querían dar un tema como ensayo, como se hace en los colegios, a los demás se les daba en francés; pero a mí había que dármelo en mal latín, para que lo pasara al bueno. Y Nicolás Grouchy, que ha escrito De comitiis romanorum; Guillaume Guérente, que ha comentado a Aristóteles; George Buchanan, el gran poeta escocés; Marc-Antoine Muret, que Francia e Italia reconocen como el mejor orador del momento, mis preceptores domésticos, me han dicho a menudo que tenía esta lengua en mi infancia tan pronta y tan a mano que temían abordarme. Buchanan, a quien vi después en el séquito del difunto mariscal de Brissac, me contó que se proponía escribir sobre la formación de los niños, y que tomaba la mía como modelo.


MICHEL DE MONTAIGNE, Los ensayos, Acantilado, Barcelona, 2007, traducción de Jordi Bayod Brau, vía edición digital en Lectulandia, págs. 165 y 166

domingo, 4 de diciembre de 2016

TROYA LITERARIA (1070): Marina sobre Bataille


Bataille intentó transformar el mal en lo sagrado y sublime, a partir del concepto de «transgresión». Es un malditismo de colegiala decimonónica que se sofoca leyendo novelas de besos. Los malos que admira Bataille son artistas, como Sade, Poe o Flaubert, cuyas vidas arden de pasión, que se sacrifican a su arte y que, afortunadamente, se les va la fuerza por la boca o por la pluma. Pueden decir, como André Bretón, que el supremo acto creador es salir a la calle con un revólver y disparar al azar, sin que nadie le tome realmente en serio. Y lo mismo sucede cuando Bataille dice: «La gran verdad se cifra en que el mal en el mundo es más importante que el bien. El bien es la base, pero la cumbre es el mal». Todo esto era un arrojo de toreo de salón. Pero los toros reales son otro cantar, tienen cuernos de verdad. Bataille llegó a darse cuenta de que el mal que había proclamado santo llevaba al horror. En 1947 escribe: «¿Quién no ve hoy que el mal está dado de forma elemental en la bestialidad al servicio de la razón de Estado?». Esto ya no era «transgresión», era la perversidad real. Las víctimas de esa soberbia tienen que considerar miserables esos cánticos a la transgresión.


JOSÉ ANTONIO MARINA, Pequeño tratado de los grandes vicios, Anagrama, Barcelona, 2011, vía edición digital en Lectulandia, pág. 46

sábado, 3 de diciembre de 2016

POEMAS RAROS (117): Variaciones sobre un 10% de descuento, de Manuel Vázquez Montalbán


I

Es este el paraíso
de los muñecos de cartón, los presidentes
de los Estados Unidos y los relojes
divididos en cuatro tiempos
en el laberinto de supermán
los carteles conducen a la caja
registradoras doncellas prometen
la llegada de Simbad
                                  tras tesoros
de drugstores sumergidos
                                       los rostros
se mezclan en el shake y alguien
compra un retrato, una bandera
                                                  un collar
de cebollas azules, trapos huérfanos
                                                         y la nostalgia
del pañuelo de seda muere en el cuello
o cierra cabezas de filósofos
                                              todo
absolutamente todo lo que se ve
                                                   o se toca
está en las cuevas del drugstore
y la sorpresa del mundo antiguo
–tan poco sorprendente– sobrevive
tras los escaparates
                              como una invitación al regalo
mañana es fiesta, la sonrisa
abre las bolsas del deseo
                                       y además
Vd. saldrá ganando, Vd. comprará
y el drugstore le hará un 10% de descuento.


MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, Manifiesto subnormal, Kairós, Barcelona, 1970, págs. 81 y 82 
    

viernes, 2 de diciembre de 2016


PÁGINAS MEMORABLES (40): La importancia de llegar casto al combate


En una carta de 28 de junio de 1854 Alejandro Haşdeu aconsejaba a su hijo Tadeo-Petriceicu Haşdeu sobre la forma de comportarse en la guerra. El joven Tadeo (que todavía no había cambiado su nombre por el de Bogdan), se había alistado en el ejército ruso poco tiempo antes y su padre no dejaba de ocuparse de él mandándole dinero, consejos y ánimos. He aquí un fragmento que me parece verdaderamente significativo:

En casa de Criste [probablemente Vasile Criste, un conocido noble besarabio, amigo de la familia Haşdeu] encontré un cuaderno, escrito en moldavo: Consejos para el que va a la guerra. Debe de ser una composición antigua, que se remonta a los tiempos en los que los moldavos iban a la guerra. He aquí un párrafo sobresaliente: «¡Si quieres que, en el ardor del combate, las balas enemigas perdonen tu vida, conserva tu cuerpo en la castidad; sé casto, no mancilles tu cuerpo y ve a la guerra con la misma santidad con la que vas a comulgar en los santos sacramentos, la comunión del cuerpo y la sangre de nuestro Salvador Jesucristo!…». Toma nota, hijo mío, de este consejo de nuestros antepasados (B. P. Haşdeu, Diario íntimo, trad. del ruso y ed. de E. Dvoicenko, Inceputurile literare ale lui B. P. Haşdeu, 1936, p. 224).

De momento no nos interesa investigar la procedencia histórica de estos Consejos para el que va a la guerra. He reproducido el citado fragmento para facilitar una difusión más amplia. Merece, sin duda, ser conocido y meditado largamente. No solamente para recuperar «la experiencia de nuestros antepasados», como creía Alejandro Haşdeu, sino porque ante todo revela el carácter no profano, sagrado, de la lucha y de la guerra.

Ciertamente no nos resultaría difícil componer una lista de hechos etnográficos para mostrar el origen mágico de la castidad y la pureza que nuestros antepasados consideraban imprescindibles para la victoria en el combate. Sin duda, los guerreros de muchas tribus salvajes —como los pescadores o los cazadores— tenían que guardar castidad cada vez que salían a una nueva expedición. La castidad en sí misma tiene un valor mágico. Ser casto significa, en cierto sentido, suprimir la condición humana y, en cualquier caso, superar el estado profano. El primero y más importante instinto es el instinto sexual. Su supresión definitiva (ascetismo) o su suspensión temporal (la castidad, impuesta por la guerra, el luto, las calamidades, etc.) anulan la condición humana. El hombre casto acumula un arsenal de «fuerzas mágicas» que le marcan y hacen que fructifique cada acción que lleve a cabo. Si va de pesca o de caza, la presa será abundante; si va a la guerra, estará siempre a salvo de las flechas enemigas y sus armas alcanzarán siempre el blanco.

Pero, más allá de estos orígenes mágicos (algunas veces muy dudosos) de la castidad del guerrero, podemos entrever su significación metafísica. El guerrero auténtico —el héroe— está por encima de la condición humana, igual que el sacerdote o el asceta. Mediante la lucha, el guerrero abandona el estado profano, superando los valores de la vida biológica, psicológica y social en los que estaba instalado hasta aquel momento.

El héroe, como el sacerdote, es un individuo que sacrifica. El mundo grecorromano había concedido un valor sagrado a la guerra; es decir, la asimilaba a un sacrificio ritual. Los vencedores eran los hombres que sacrificaban las vidas de los enemigos, igual que los sacerdotes sacrifican, sobre el altar, los animales consagrados. Pero este sacrificio no podía ser llevado a cabo sin unas purificaciones previas; de otro modo, el animal sacrificado no sería más que una bestia degollada.

Así pues, al igual que el sacerdote que se prepara para un sacrificio respeta previamente la castidad, manteniéndose purificado durante todo el tiempo que dura el ritual, aislado, por tanto, de cualquier estado profano, también el guerrero debe guardar la pureza ritual durante la lucha (el «sacrificio»).

Pero la semejanza entre el guerrero y el sacerdote (y en un nivel superior entre el héroe y el santo) es todavía más profunda. En efecto, a la condición humana y profana no sólo le pertenece la impureza (y especialmente la impureza sexual), sino también la pasión, el deseo, el odio, etc. Eres «hombre» porque deseas que sucedan ciertas cosas para tu propia satisfacción; o, tal como nos dice el Bhagavad Gita, porque buscas el fruto de tus acciones (phalatrishna). El héroe, como el santo, ha superado esta phalatrishna; ambos han realizado lo que se llama la phalatrishna vairagya, «la renuncia a los frutos de sus acciones». El héroe, como el santo, no conoce en adelante la pasión, el odio, el deseo. Se ha vuelto «apático», «indiferente». El santo no odia nada ni a nadie. Y el héroe deja de «odiar» a su contrincante. Ya no posee ningún criterio individual. No conoce más que las reglas objetivas de la lucha que corresponden a las leyes objetivas de un ritual.

Por eso, la «victoria» propia del héroe es un estado, no un acontecimiento. El héroe es «vencedor» en pleno combate y sigue siendo vencedor aunque haya perecido en él. La tradición de la lucha como un sacrificio en el que el guerrero cumple el papel de sacrificante o sacrificado se ha conservado viva, como hemos visto, en la heroica Moldavia. Y se ha conservado con asombrosa fidelidad: «Ve a la guerra con la misma santidad con la que vas a comulgar en los santos sacramentos». El sentido de esta frase no tiene que ver sólo con la pureza ritual, sino también con la transformación moral por la que tiene que pasar el que va a la guerra.

Para recibir los santos sacramentos no solamente tienes que ir «purificado» sino también apaciguado; vas con amor y olvidándote de las cosas terrenales, superando cualquier elemento pasional. Así pues, si vas a la guerra, tienes que olvidar cualquier pasión. Ningún odio o miedo puede nublar la mente del guerrero.


MIRCEA ELIADE, “Consejos para el que va a la guerra”, incluido en Fragmentarium, Trotta, Madrid, 2004, traducción de Cristian Iuliu Ariesanu y Federico de Carlos Otto, vía edición digital en Lectulandia, págs. 50-52

jueves, 1 de diciembre de 2016

Una reflexión de Joseph Brodsky


Si algo enseña el arte —en primer lugar, al propio artista— es el carácter privado de la condición humana. El arte, la iniciativa privada más antigua, y más literal, despierta en el ser humano, consciente o inconscientemente, un sentido de unicidad, de individualidad, de separación, que lo convierte, de animal social, en un «yo» independiente. Se pueden compartir muchas cosas: una cama, un trozo de pan, determinadas convicciones, una amante, pero no un poema de Rainer Maria Rilke, por ejemplo. Una obra de arte, especialmente una obra literaria, y en concreto un poema, nos invita a una conversación íntima y entabla con cada uno de nosotros una relación directa, sin intermediarios.


JOSEPH BRODSKY, fragmento de su discurso al recoger el premio Nobel, recogido en Del dolor y la razón, Siruela, Madrid, 2015, traducción de Antoni Martí García, vía edición digital en Lectulandia, pág. 46

PÁGINAS MEMORABLES (39): Ulises prefiere volver a Ítaca antes que aceptar la inmortalidad que le promete Calipso


Cuando hubieron saciado el placer de la comida y bebida,
el silencio Calipso rompió, la divina entre las diosas:
“¡Oh Laertiada, retoño de Zeus, Ulises mañero!
¿De verdad tienes prisa en partirte al país de tus padres
y volver a tu hogar? Marcha, pues, pese a todo en buen hora;
más si ver en tu mente pudieses los males que antes
de encontrarte en la patria te hará soportar el destino,
seguirías a mi lado guardando conmigo estas casas,
inmortal para siempre, por mucho que estés deseando
ver de nuevo a la esposa en que piensas un día tras otro.
Comparada con ella, de cierto, inferior no me hallo
ni en presencia ni en cuerpo, que nunca mujeres mortales
en belleza ni en talla igualarse han podido a las diosas.”

Contestando, a su vez, dijo Ulises, el rico en astucias:
“No lo lleves a mal, diosa augusta, que yo bien conozco
cuán por bajo de ti la discreta Penélope queda
a la vista en belleza y en noble estatura. Mi esposa
es mujer y mortal, mientras tú no envejeces ni mueres.
Mas con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días,
el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso.
Si algún dios me acosare de nuevo en las olas vinosas,
lo sabré soportar; sufridora es el alma que llevo
en mi entraña; mil penas y esfuerzos dejé ya arrostrados
en la guerra y el mar: denle colmo esos otros ahora.”

Así dijo, ya el sol se ponía, vinieron las sombras
y, marchando hacia el fondo los dos de la cóncava gruta,
en la noche gozaron de amor uno al lado del otro.


HOMERO, Odisea, Canto V, 201-227, Gredos, Madrid, 2000, traducción de José Manuel Pabón, págs. 79 y 80


PÁGINAS MEMORABLES (38): Los caballos de Aquiles lloran la muerte de Patroclo


Los caballos del Eácida estaban lejos de la lucha,
llorando desde que se habían enterado de que su auriga
había caído en el polvo a manos del homicida Héctor.
Por más que Automedonte, el fornido hijo de Diores,
los picaba una y otra vez azotándolos con la veloz fusta
y les hablaba con muchas zalamerías y muchos dicterios,
ni querían regresar a las naves, al espacioso Helesponto,
ni querían entrar en el combate en pos de los aqueos,
sino que como inmóvil permanece la estela que sobre la tumba
de un hombre fallecido o sobre la de una mujer que se yergue,
así permanecían imperturbables con el carro, de bello contorno,
desde que fijaron las cabezas en el suelo. Lágrimas
cálidas que caían al suelo rodaban por los párpados llorando
de añoranza por su auriga, y se iban ensuciando la lozana crin,
que caía de la almohadilla a lo largo de las caras del yugo.


HOMERO, Ilíada, XVII, 426-440, Gredos, Madrid, 2000, traducción de Emilio Crespo Güemes, pág. 353

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Diecisiete citas del físico Richard P. Feynman


• • • • • Aprendí muy pronto la diferencia entre saber el nombre de algo y saber algo.

• • • • • No sé nada de la filosofía de los mayas; tenemos muy poca información debido a la eficiencia de los conquistadores españoles y, bueno, de la mayoría de sus sacerdotes, que quemaron todos los libros. Tenían cientos de miles de libros y han quedado tres. Y uno de ellos tiene estos cálculos de Venus, y así es como lo sabemos. Imagine nuestra civilización reducida a tres libros, los que quedaron por accidente, ¿qué libros serían?

• • • • • Si vas en la misma dirección que todos los demás, tienes toda una multitud de gente a la que tienes que adelantar.

• • • • • Los poetas dicen que la ciencia hurta la belleza de las estrellas, meros pegotes de átomos de gas. También yo puedo ver las estrellas en una noche en el desierto, y sentirlas. Pero ¿veo menos o más? La vastedad de los cielos despliega mi imaginación: fijo en este tiovivo, mi pequeño ojo puede captar la luz de un millón de años de antigüedad. Un patrón enorme, del que yo formo parte… ¿Cuál es el patrón, o el significado, o el porqué? No hace ningún daño al misterio saber un poco más sobre este.

• • • • • El mundo es una confusión dinámica de cosas que se menean.

• • • • • Es necesario enamorarse de una teoría, y al igual que enamorarse de una mujer, esto sólo es posible si uno no la comprende totalmente.

• • • • • Esto me recuerda la época en que era estudiante de segundo año en el instituto, en que al hablar sobre mujeres descubrimos que mediante el uso de terminología eléctrica (impedancia, reluctancia, resistencia) teníamos una comprensión más profunda de la situación.

• • • • • No podemos definir nada de manera precisa. Si intentamos hacerlo, entramos en esta parálisis del pensamiento que les acaece a los filósofos que están sentados uno frente a otro, y uno le dice al otro: «¡Tú no sabes de lo que hablas!». Y el segundo dice: «¿Qué es lo que quieres decir con sabes? ¿Qué quieres decir con hablas? ¿Qué quieres decir con ?», y así sucesivamente.

• • • • • Los científicos son exploradores, los filósofos son turistas.

• • • • • Recuerdo discutir durante horas y horas en Princeton con los estudiantes graduados, los estudiantes de filosofía, acerca de lo que se quería decir cuando uno decía que no hay pollo en la nevera. Esta es la razón por la que no quiero tener nada que ver con los filósofos.

• • • • • No soy en absoluto pesimista: la respuesta acabará por caer. No podemos fracasar. La naturaleza no puede resistir la penetración perpetua mediante experimento, y estos simios que están sentados de manera tosca y torpe, contemplando lo que ocurre, más pronto o más tarde acabarán viendo, cuando se les restriegue la respuesta por la nariz, lo que es.

• • • • • Pienso que quizá sea esta la razón por la que los jóvenes tienen éxito. No saben lo suficiente. Porque cuando uno sabe lo suficiente es evidente que cualquier idea que uno tenga no es buena.

• • • • • Cuando observas las cosas desde diferentes puntos de vista, si no vendes tu alma a uno de ellos, que es lo que yo hacía, sino que los tomas todos, entonces eres mucho mejor.

• • • • • Es curiosidad, en relación con dónde estamos, con qué somos. Es muchísimo más apasionante descubrir que estamos sobre una bola, la mitad de nosotros pegados cabeza abajo, que esta gira por el espacio, que existe una fuerza misteriosa que nos sostiene, que la bola da vueltas alrededor de un enorme pegote de gas que arde, alimentado por un fuego que es completamente diferente de cualquier fuego que podamos hacer (bueno, ahora podemos hacer este fuego: el fuego nuclear), pero este es un relato mucho más excitante para muchas personas que los relatos que otras personas solían inventar, personas que se preocupaban por el universo: que vivíamos sobre el caparazón de una tortuga, y cosas por el estilo. Eran relatos maravillosos, pero la verdad es mucho más notable. Para mí, el placer de la física es que se ha revelado que la verdad es muy notable, muy asombrosa.

• • • • • No puedo contestar preguntas adultas. Son malas preguntas. Por lo general quieren saber el significado de una nueva palabra que han visto y es algo que nunca comprenderán. Odio a los adultos. La gente joven es curiosa acerca de la naturaleza.

• • • • • Trabajé en el proyecto en Los Álamos durante la segunda guerra mundial. Después del primer ensayo con éxito había una excitación tremenda. Todos celebrábamos fiestas; todos corríamos. Me senté en la parte trasera de un jeep y toqué los bongos. Un hombre, Bob Wilson, estaba sentado y deprimido. Cuándo le pregunté por qué, me dijo: «Hemos hecho una cosa terrible».

• • • • • Supongamos que los científicos no hubieran ido a la cabeza y, en cambio, hubieran dicho: «Más adelante será un problema tan grande para la humanidad que no creemos que tengamos que hacerlo». ¡Qué vocerío se hubiera producido si Hitler y su pandilla hubieran conseguido fabricar la bomba y la hubieran usado para dominar el mundo!


RICHARD P. FEYNMAN, La física de las palabras, Crítica, Barcelona, 2016, traducción de Joandomènec Ros, 408 págs.

Una reflexión de William Hazlitt


Un muchacho de constitución enclenque y caletre un poco tardo, capaz sólo de retener lo que le enseñan y sin sagacidad para percibir ni iniciativa para gozar por sí mismo, generalmente se pondrá a la cabeza de su clase. El mal estudiante, en cambio, es por lo general el sano y alegre, que sabe hacer uso de sus miembros, animoso y decidido, que siente la circulación de su sangre y el latir de su corazón, dispuesto tan pronto a reír como a llorar, y que prefiere correr detrás de una pelota o una mariposa, sentir el viento en la cara, mirar los campos o el cielo, trepar por un sendero escarpado, o precipitarse impetuosamente en todos los menudos conflictos e intereses de sus amigos y compañeros, antes que dormitar sobre un tabarroso libro de texto, repetir dísticos bárbaros a la zaga del maestro, sentarse horas y horas ante el pupitre, como atornillado a él, para recibir a fin de curso una medalla absurda en premio a tanto tiempo y deleites perdidos.


WILLIAM HAZLITT, fragmento de De la ignorancia de los doctos, incluido en Ensayistas ingleses, Editorial Éxito, Barcelona, 1962, traducción de Ricardo Baeza, págs. 201 y 202

lunes, 28 de noviembre de 2016


TROYA LITERARIA (1069): Luis Goytisolo sobre García Márquez


Martes, 28 de septiembre. Contrariamente a lo que sucede en Estados Unidos, en Hispanoamérica no se da una narrativa de verdadera entidad hasta bien entrado el siglo XX. Hacia mediados de ese siglo, nombres como el de Borges o Rulfo se convirtieron en imprescindibles. En su tiempo, sin embargo, se vieron eclipsados por el de García Márquez, cuya novela Cien años de soledad se convirtió en estandarte mismo del realismo mágico. El éxito de esta novela fue verdaderamente espectacular, favorecido sin duda por diversos acontecimientos políticos y cambios sociológicos como pudieran ser los procesos de descolonización, la revolución cubana o el espíritu de mayo del 68. Si desde entonces los planteamientos del realismo mágico sencillamente se han extinguido, el paso del tiempo y la publicación de otras obras del mismo autor no han dejado de hacer sentir su peso sobre la imagen de Cien años de soledad. Y ello pese a que aún abundan quienes consideran pulp fiction sus últimas novelas pero alaban las primeras, sin caer en la cuenta de que nada hay en su obra reciente que no se diera ya en Cien años de soledad o Crónica de una muerte anunciada. Lo cierto es que aspectos o rasgos antes celebrados han terminado por convertirse en reproches, empezando por el primer párrafo de su novela más famosa, ya que si el autor hubiese aclarado que el coronel Aureliano Buendía estuvo a punto de ser fusilado pero no fue fusilado, el suspense que se busca se hubiera esfumado. A decir verdad, en ninguna novela que se precie hay lugar para esta clase de recursos. Por otra parte, a la luz de sus obras posteriores, el monótono olimpo del autor no hace más que saturarse de deidades fabricadas en serie, réplicas las unas de las otras. El coronel es el general a la vez que el patriarca, las jóvenes generaciones son siempre irresponsables e impredecibles, y los niños, simples objetos de culto. Las mujeres merecen capítulo aparte: o son longevas diosas del hogar que en su adolescencia tuvieron un breve momento de intensa lascivia, o son su negación. Mujeres que alternan su habitual estado de lascivia –que el autor cree permanentemente en las prostitutas– con el de ocurrentes amas de casa. Todo ello narrado con una total ausencia de composición general. Los capítulos se suceden por acumulación, y en cada uno de ellos reaparecen prácticamente todos los personajes, que seguirán o no adelante como en una incierta carrera de caracoles. Semejante invertebración permitiría que cualquiera de sus novelas pudiera tener perfectamente unos cientos de páginas más o menos sin que el resultado final se viese sustancialmente alterado. De ahí, tal vez, su reacción –que se cuenta en Cómo contar un cuento– al saber que le habían dado el Nobel: “¡Se lo han creído!”, parece que exclamó. Nada que ver con Rulfo, cuya obra es puro hueso, limpio de adherencias que se corrompan, huesos mondos y lirondos como el de esos esqueletos que afloran en algunas celebraciones mejicanas. Ni con Borges, al que le bastan dos o tres páginas donde otros precisarían doscientas o trescientas. Lo único que sorprende en Borges es que sus referentes contemporáneos fuesen novelistas como Chesterton o Wells. Y que sintiese tanto entusiasmo por Martín Fierro. Pero lo mismo Borges que Rulfo sabían de sobra que la magia que cuenta no es la que se da en los acontecimientos relatados –prodigios– sino en el modo de contarlos, en las palabras utilizadas.


LUIS GOYTISOLO, Diario de 360º, Siruela, Madrid, 2010, págs. 142 y 143

sábado, 26 de noviembre de 2016

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1055): Tensión entre Camus y Malaparte


9 de junio de 1948

Era ya tarde y Véra, corriendo un largo trecho por la acera, llamó a un taxi. Subí al vehículo y vi a Véra de pie en la acera, sola y dulce. Cuando entré en casa de Cli Laffont, Albert Camus ya estaba allí, sentado en un sofá entre dos mujeres jóvenes. Enseguida vi que me miraba con odio. Llevaba una corbata cualquiera y mostraba un odio cualquiera. Me esforcé por no juzgarlo por su corbata sino por sus libros. Por no pagarle con la misma moneda. Siempre me duele topar con la incomprensión, el odio, el sectarismo, siempre me esfuerzo por no ponerme en el mismo plano del que tengo enfrente, un plano falso.

No tenía ni tendré jamás motivo alguno para odiar o despreciar a un hombre y escritor como Albert Camus, tengo muchos motivos para estimar y mostrar reconocimiento al autor de El extranjero y de La peste. Y no me importa que él no me aprecie y me odie, si me odia. Allá él.

En aquel momento parecía que no tenía nada mejor que hacer que mirarme con ojos hostiles. Me habían dicho que yo no le era nada simpático, lo cual me había sorprendido en un escritor como Camus, pero no me parece digno de un hombre de talento juzgar a una persona sin conocerla. Por eso había querido conocerlo, quizá con el inconsciente propósito de conquistarlo. Me sorprendió comprobar que no sólo Camus no me causó ninguna impresión, sino que tampoco yo me sentí inclinado a ganarme su simpatía.

Recuerdo que en cierto momento alguien me preguntó cómo era el tal Bottai, ex ministro fascista, etc. Camus intervino para decir sentenciosamente que a hombres como aquél había que llevarlos ante un tribunal y luego fusilarlos. Aquel modo sumario de concebir la justicia me disgustó y pregunté a Camus por qué pensaba que a Bottai había que fusilarlo. Camus, sin mirarme, contestó que había que fusilar a toda aquella gente, asesinos, etc. Repliqué que Bottai no solamente no era un asesino, sino que era incapaz de hacer daño a una mosca. Pero entendí perfectamente que Camus quería decir que también había que fusilarme a mí. Esta idea absurda en un hombre como él me hizo reír y me asombró ver con cuánta ligereza juzgan muchos a los demás sin conocerlos. Tuve ganas de decirle que, si quería fusilar a Bottai, primero fusilara a los muchos Bottai que hay en Francia. Pero me callé, por no dar importancia a las palabras de un hombre que hablaba con una hostilidad preconcebida y que quería parecer un Saint-Just.

Durante el resto de la velada, Camus mostró una actitud de persona profundamente ofendida de no se sabe qué, y yo pensé que aquella actitud no impresionaba ni a las mujeres, y que era señal de poca inteligencia. Pero como Camus es un hombre inteligente, no se podía atribuir aquella estudiada indignación más que al propósito de mostrarse puro, intransigente, heroico, firme, severo, propósito ridículo, si era verdad. Etcétera, etcétera. Habría entendido que Camus quisiera fusilar a Bottai si éste fuera escritor, por ser vivísimo en los escritores el deseo de fusilar a los demás escritores. Pero Bottai no es escritor y no puede, por tanto, dar envidia alguna a Camus. Pensé que, como escritor que es, Camus quería fusilar a todos los que no son escritores, y también esta idea me pareció absurda, porque entonces nos veríamos pronto en un mundo sin escritores, sin nadie que no fuera escritor, y solamente poblado por un Camus espléndido en medio de su gloria solitaria y única. Y concluí que quizá Camus me aludía a mí solo, por celos de macho y envidia de escritor. Ahora bien, yo soy un escritor muy pequeño comparado con él, y en cuanto a los celos de macho, tampoco soy ningún Apolo como para rivalizar con Camus. Y me confirmé en la idea de que Camus quería fusilarme para demostrarse a sí mismo que era capaz de realizar heroicidades, etc. Y me imaginé la escena: yo, con los ojos vendados, atado a una silla, ante el paredón, la mirada fija, grave el semblante, despejada la frente. Me imaginé que apuntaba largo rato y apretaba el gatillo… y fallaba. Y entonces yo me levantaba y le decía, etc.

En aquella actitud heroica vi a Camus aquel día y así lo veré siempre: solo, armado, en el acto de fusilar a un hombre al que no conocía, que no le había hecho mal alguno y que, según la retórica de moda, se hallaba en una situación mucho mejor que la suya. Y me pregunto qué diablos ha hecho Camus para tener derecho a fusilar a la gente.


CURZIO MALAPARTE, Diario de un extranjero en París, Tusquets, Barcelona, 2014, traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona, págs. 133-135

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1054): Las falsas noticias de la muerte de Twain, Hemingway y Graves


En 1897 la prensa neoyorquina pagó a Twain con la misma moneda e hizo pública su muerte cuando aún estaba vivo. Twain contestó con un telegrama desde Londres en el que afirmaba: "La noticia de mi muerte es una exageración". No fue él el único escritor asesinado por los titulares: en 1960 Ernest Hemingway (1890-1961) sobrevivió a un accidente de aviación en África, pero los periódicos de todo el mundo anunciaron su muerte; el poeta británico Robert Graves (1895-1985) fue gravemente herido durante la primera guerra mundial, pero el London Times fue un poco más allá y le incluyó entre los muertos.


PETER VILLANUEVA HERING, Errores, falacias y mentiras, Ediciones del Prado, Madrid, 1998, pág. 96

miércoles, 23 de noviembre de 2016

La cobertura que la filosofía de Hegel dio a los totalitarismos, según Günter Grass


Hegel nunca ha sido un profesor para mí. Veo que para otros al parecer ha representado una autoridad y un maestro, con las consecuencias que he aprendido a temer: la pretensión del absoluto, la entronización de la historia, como una grandeza abstracta que tendría razón en sí… la historia y su curso… Para mí, se trata además del filósofo que instaló en el Estado prusiano la filosofía del Estado. A mi juicio no hay sólo un hegelianismo de izquierda, sino también uno de derecha cuyas consecuencias se han hecho sentir hasta en el seno del fascismo. Un filósofo italiano del fascismo, Gentile, era hegeliano de derecha.

No es su persona lo que rechazo, sino lo que escribió en un alemán que a menudo me resulta incomprensible y las consecuencias de sus escritos en un país en que el idealismo influye en el pensamiento y en la acción. Y aquí le remito a posiciones que existían paralelamente a Hegel; usted misma ha nombrado a Schopenhauer y a Kierkegaard, en quien, no obstante, ha sido negada esa influencia.

Es posible que una necesidad muy fuerte del padre tenga un papel en quienes, conscientemente o no, se mueven hasta hoy en el interior del sistema hegeliano. Pero esta no existe en mí. Tengo un espléndido complejo materno perfectamente acogido y que me gustaría conservar, y ya sólo por esto Hegel no tiene ninguna posibilidad de ocupar en mí ningún lugar del padre que hubiera quedado vacante. No es por ahí por donde me sacará los cuartos un sicoanalista. Como ya le he dicho al principio, rechazo esa entronización de la historia, ese modo de darle razón por encima del derecho preestablecido y de justificar así los crímenes políticos pasados o futuros, vengan de Napoleón, Stalin, Hitler o de las ideologías correspondientes. Con el pretexto de que se trata de necesidades históricas, su fuerza de continuidad es considerada justa por ser, se dice, un proceso histórico. Mi concepción de la historia es distinta. Nunca la aceptaré como instancia jurídica, ya que es absurda en su curso e inhumana en sus consecuencias y porque en su representación está escrita casi siempre por los vencedores, lo cual supone una falsificación milenaria de los acontecimientos. Hoy todavía hay jóvenes que, si les remites al asesinato de varios millones de kulaks en tiempos de Stalin te dicen que subjetivamente era terrible para los kulaks asesinados, pero que estaba justificado subjetivamente, que era necesario ante la historia. Aquí se encuentra la conciencia histórica hegeliana y esta conciencia, de manera catastrófica, contiene las dos ideologías dominantes del siglo XX, el fascismo y el comunismo.


GÜNTER GRASS, fragmento de la conversación con Nicole Casanova recogida en Conversaciones con Günter Grass, Gedisa, Barcelona, 1980, traducción de Alberto Clavería, vía edición digital en Lectulandia, págs. 44 y 45

martes, 22 de noviembre de 2016

Un poema de Chantal Maillard


¿Corté el hilo
o simplemente lo solté?
¡Se sueltan tantas cosas!
Y ¡hace tanto tiempo! El aire
se entumeció. ¿O fue la mano?
Quedó en suspenso, creo, suspendida.
No sé si lo recuerdo. ¡Inventamos
tantas cosas!


CHANTAL MAILLARD, Hilos, Tusquets, Barcelona, 2007, pág. 77

lunes, 21 de noviembre de 2016

Quince meteoros


Que escriba el instinto y corrija la razón que escriba mi tigre y tache mi lechuza.

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Existe un tipo de artista moderno (pienso en Tzara, en L=A=N=G=U=A=G=E, en el último Joyce, en Pollock), que quiere restituir sus derechos al caos, al azar, a la masa confusa previa a todas las cosmogonías. Es el artista que se planta ante Dios tras el sexto día y le espeta:

–¡Desgraciado! ¿Qué has hecho? ¡Era mucho mejor el mundo de antes!

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El judeocristianismo ha calumniado a la serpiente, que no se arrastra por la tierra sino que se desliza se frota se abraza a ella.

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Perdí mi tarjeta de crédito de Triodos Bank y tuve que pasar una semana comiendo pasta mientras me hacían una nueva, porque una de las reglas de esta entidad bancaria es que no puede darte dinero en efectivo, y la única manera de conseguirlo es haciendo una transferencia a un amigo o familiar.

–Ya –le dije a la bancaria–, pero es que yo no tengo amigos ni familiares.
–¿Cómo?

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Crear consistía en el pasado en fijar límites y prescindir de infinitas posibilidades; elegir un camino significaba abandonar otros. Los dioses que me dieron dos labios anularon mi posibilidad de tener seis mi posibilidad de besarte tres veces más fuerte.

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Te pones a leer masivamente porque la vida no te llena. Y eso ya es vanidad: ¿quién se cree ese tipo para que la vida no le parezca bastante?

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Sobre la suerte. Os puedo contar la historia del hombre supersticioso que prefirió meterse dentro de la calzada para no pasar por debajo de una escalera, lo que provocó que fuera atropellado por un autobús; la historia de la mujer que abandonó el gato negro que le habían regalado y se compró uno de color blanco, el mismo que acabó contagiándole toxoplasmosis; la historia del que decidió quedarse en casa en martes y trece justo el día en que le estalló el gas tratar de esquivar la mala suerte da mala suerte.

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¡Dejad abiertas las puertas, fornicad duro y no temáis a los delincuentes de la luz de la noche, que el peligro verdadero son los delincuentes de la luz del día!

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Dentro de la soledad no cedes. Mantienes los principios. Eres coherente. Dentro de la soledad conservas fresca a tu bestia. No admites medias verdades. No accedes a rebajar tus sueños. ¿Queréis todavía más razones en favor de la soledad?

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Sobre Donald Trump. A veces pienso que el ser humano puede ser mejorado y otras veces que bastaría que fuera tolerado, pero hay días en que pienso que debe ser ABOLIDO.

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Voy haciendo una lista de poetas autodidactos Blake, Pope, Sor Juana Inés de la Cruz, Poe, Sandburg, Salvat-Papasseit, Tagore, Borges, Frost, Hesse, Miguel Hernández, Gloria Fuertes...

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Para luchar contra los mass media necesitamos ratones que no sigan al flautista de Hamelín panteras que no se amansen ante la lira de Orfeo marineros que no sigan el canto de las sirenas.

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Brexit, Trump, Marine Le Pen. El patriotismo aumenta en todas partes para alegría de los fabricantes de féretros.

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Un león normal, si actúa en solitario, solo puede matar tres ciervos en una tarde. Para que un león capitalista pueda matar cinco mil ciervos en las mismas horas necesita gobernantes necesita diputados necesita periodistas necesita policías.

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Muchas mujeres hicieron ruido en mi cerebro pero ninguna iba descalza como tú.