viernes, 27 de marzo de 2015

Centellas XLI


TROYA LITERARIA (707): Breton sobre Robert Desnos


La muy corta medida en que, desde el presente momento, el surrealismo comienza a escapar a nuestro dominio no nos hace temer que terceras personas puedan utilizarlo para atacarnos. Evidentemente, es una verdadera lástima que Vigny haya sido un ser tan presuntuoso y tan estúpido, y que Gautier tuviera una vejez chocha, pero esto en nada perjudica al romanticismo. Entristece recordar que Mallarmé fue un perfecto pequeño burgués, o que hubiera gente capaz de creer en la valía de Moréas, pero, si algún valor concedemos al simbolismo, lo anterior no será causa de que nadie se lamente por mor del simbolismo, etc. Del mismo modo, considero que en nada perjudica al surrealismo reconocer la pérdida de tal o cual individualidad, incluso en el caso de que sea brillante, y, en especial, en el caso en que dicha individualidad, por la mismísima razón de ser brillante, pierde su integridad, indicando mediante su comportamiento que desea volver a entrar en la ortodoxia vigente. Por ello, y después de haberle concedido un período increíblemente prolongado para que corrigiera lo que nosotros confiábamos era tan sólo un pasajero extravío de sus facultades críticas, considero que estamos obligados a informar a Desnos de que, al no esperar absolutamente nada de él, le exoneramos de cuantas obligaciones pudo contraer, no hace mucho, para con nosotros. Debo confesar que cumplo este deber con cierta tristeza. Contrariamente a lo ocurrido en el caso de algunos primeros compañeros de viaje a quienes jamás tuvimos la intención de conservar a nuestro lado, Desnos ha ejercido en el surrealismo una función necesaria e inolvidable, y el presente momento no puede ser más inoportuno para ponerlo en duda. (Pero también Chirico se encuentra en parecido caso, y sin embargo...) Libros como Deuil pour Deuil, La liberté ou l'amour, C'est les bottes de sept lieues cette phrase: Je me vois, todo cuanto la leyenda, menos bella que la realidad, concederá a Desnos en reconocimiento de unos méritos que no derivan únicamente de la tarea de escribir libros, militará durante mucho tiempo en favor de aquello que ahora el propio Desnos combate. Este comportamiento de Desnos se producía hace solamente cuatro o cinco años. Desde entonces, Desnos, víctima de aquellas mismas potencias que durante cierto período le habían llevado a las alturas, potencias de tinieblas, cual Desnos parece ignorar todavía, decidió, para su desgracia, actuar sobre el plano de lo real, en donde no es más que un hombre mucho más solitario y más pobre que cualquier otro, como les ocurre a aquellos que han visto —digo «visto»— lo que los demás temen ver, y que, en vez de vivir lo que es quedan condenados a vivir lo que «fue» y lo que «será». Irónicamente, Desnos afirma en la actualidad que «carece de cultura filosófica», pero no es así, no carece de ella, sino que quizá carece de espíritu filosófico y, en consecuencia, carece también de la capacidad para preferir su personaje interior a tal o cual personaje exterior de la Historia. ¡Cuán infantil es la pretensión de ser Robespierre o Hugo! Cuantos le conocen saben que esto es lo que impide a Desnos ser Desnos; creyó poder entregarse impunemente a una de las actividades más peligrosas que hay, es decir, la actividad periodística, y amparándose en ella poder abstenerse de tomar partido con respecto a un corto número de brutales disyuntivas ante las que se ha hallado el surrealismo, en el curso de su avance, cual marxismo o antimarxismo, por ejemplo. Ahora que el método individualista adoptado por Desnos ha dado sus resultados, ahora que la actividad antes dicha ha devorado la otra actividad que Desnos desarrollaba, nos es cruelmente imposible no llegar a conclusiones al respecto. En los presentes días, esta actividad de Desnos, que ha rebasado los límites en que ya era intolerable que se desarrollara («Paris-Soir», «Le Soir», «Le Merle»), debe ser denunciada, en primer lugar, en cuanto factor de confusionismo. El artículo titulado Los mercenarios de la opinión, que parece escrito a modo de gozosa celebración de su ingreso en este destacado estercolero que es la revista «Bifur», resulta más que elocuente en sí mismo: ¡Desnos no duda en condenarse a sí mismo, y con qué estilo! Las costumbres de un redactor son muy diversas. Por lo común es un empleado, relativamente puntual, tolerablemente perezoso..., etc. En este artículo hay homenajes a M. Merle, a Clemenceau, y también hay esta confesión, más desoladora que cualquier otra: el periódico es un ogro que aniquila a aquellos de quienes vive.
Después de lo anterior, poca sorpresa pudo causarnos leer en un periódico cualquiera esta estúpida notita: Robert Desnos, poeta surrealista a quien Man Ray encargó el guión de su película «Estrella de mar», hizo conmigo, el año pasado, un viaje a Cuba. ¿Y saben ustedes que me recitó Robert Desnos, bajo las estrellas tropicales? Versos alejandrinos, a-le-jan-dri-nos. Y estos alejandrinos (por favor no vayan a repetirlo por ahí, con lo que hundirían para siempre a este encantador poeta) no eran de Jean Racine, sino del propio Robert Desnos. Verdaderamente, tengo la certeza de que los alejandrinos en cuestión están en total armonía con la prosa publicada en «Bifur». Estos devaneos, que al fin han dejado ya incluso de ser de dudoso gusto, comenzaron en el día en que Desnos, rivalizando en tales ejercicios de imitación con M. Ernest Raynaud, se creyó autorizado a fabricar con diversos elementos un poema de Rimbaud que, por lo visto, nos hacía falta. Este poema, en el que no hay ni la sombra de una duda, se ha publicado, por desgracia, bajo el título de Les Veilleurs, d'Arthur Rimbaud, a modo de pórtico de La liberté ou l'amour. No creo que tal poema, al igual que otros del mismo género que le han seguido, contribuya a la mayor gloria de Desnos. Debemos, no sólo reconocer ante los especialistas en la materia que estos versos son malos (falsos, ripiosos y vacíos), sino también declarar que, desde el punto de vista surrealista, demuestran una ambición ridícula y una inexcusable incomprensión de la actual finalidad de la poesía.
Por otra parte, Desnos y algunos otros se encuentran en trance de dar tan activo empleo a esta incomprensión que ello me dispensa de extenderme sobre el tema. Como única prueba decisiva me limitaré a recordar que estos poetas han tenido la incalificable idea de dar a una tabernilla de Montparnasse, habitual escenario de sus tristes hazañas nocturnas, a modo de divisa, el único nombre que a través de los siglos nos ha llegado como un desafío a cuanto de estúpido, rastrero y descorazonador hay en la Tierra: Maldoror.
Parece que los surrealistas tropiezan con dificultades. Esos señores Aragon Breton se han convertido en unos seres insoportables, con aires de altos mandatarios. Incluso se ha dicho que parecen un par de militares de la escala del garbanzo. Bueno, ya pueden ustedes imaginar lo que esto supone. Y hay muchos que no lo soportan. Parece que unos cuantos, de común acuerdo, han tomado la decisión de dar el nombre de Maldoror a un cabaret de Montparnasse. Y dicen que, para un surrealista, Maldoror es lo mismo que Jesucristo para un cristiano, y que ver dicho nombre a la entrada de un lugar de baile, a modo de nombre comercial, seguramente escandalizará a los señores Breton Aragon. («Candide», 9 de enero de 1930.) El autor de las precedentes líneas, quien acudió al lugar en cuestión, nos ha informado, sin malicia y con el descuidado estilo propio del caso, de las observaciones que allí pudo hacer: En aquel momento llegó un surrealista, lo cual significó un cliente más. ¡Y qué cliente! Se trataba de M. Robert Desnos, quien decepcionó un poco al pedir tan sólo un zumo de limón. Ante el general estupor, M. Desnos explicó con ronca voz: «No puedo tomar más que eso. Llevo dos días sin quitarme la borrachera de encima».
¡Qué vergüenza!
Me sería demasiado fácil aprovecharme del hecho de que, en la actualidad, se suele creer que no es posible atacarme sin atacar al mismo tiempo a Lautréamont, es decir, al inatacable.
Con el permiso de Desnos y sus amigos citaré, con toda serenidad, las frases esenciales de mi contestación a una encuesta ya antigua llevada a cabo por el Disque Vert, frases en las que nada tengo que cambiar, y que los arriba mencionados no podrán negar merecían en aquel entonces toda su aprobación:
Por mucho que busquemos hallaremos a muy poca gente que, en nuestros días, se guíe por el inolvidable resplandor de Maldoror las Poesías herméticas, aquel resplandor que verdaderamente se produjo y existe, sin necesidad de que sea conocido. La opinión de los demás me importa muy poco. Lautréamont fue un hombre, un poeta, incluso un profeta. ¡Nada más y nada menos! El pretendido imperativo poético que se invoca no podrá apartar al espíritu de aquella intimación, la más dramática que jamás haya ocurrido, ni tampoco conseguirá convertir cuanto queda y quedará de negación de sociabilidad, cuanto hay de limitación humana, en valioso factor de entendimiento, en elemento de progreso. La literatura y la filosofía contemporánea luchan inútilmente para prescindir de una revelación que las condena. El mundo entero, sin saberlo, sufrirá las consecuencias de lo anterior y, precisamente por esto, los más clarividentes, los más puros de entre nosotros han asumido la obligación de morir en la brecha. La libertad, señor mío...
Una negación tan grosera cual es la de unir la palabra Maldoror a la existencia de un inmundo bar basta para que, a partir de ahora, me abstenga de hacer el menor comentario sobre lo que Desnos escriba. Mantengámonos alejados, poéticamente, de estas orgías de redondillas. He aquí a donde conduce el inmoderado uso del don de la palabra, cuando su destino es enmascarar una radical ausencia de pensamiento; reanuda la estúpida tradición del poeta «en las nubes», precisamente en el momento en que esta tradición ha quedado interrumpida y, piensen lo que piensen unos cuantos retrógrados rimadores ripiosos, totalmente interrumpida, la reanuda en el momento en que ha cedido a los esfuerzos conjuntos de esos hombres a quienes nosotros damos preferencia debido a que verdaderamente han querido decir algo, de Borel, del Nerval de Aurélia, de Baudelaire, de Lautréamont, del Rimbaud de 1874-75, del primer Huysmont, del Apollinaire de los poemas-conversaciones y de «cualquierías», y en este momento es penoso ver que uno de aquellos a quien creíamos de los nuestros pretende hacernos, con carácter puramente externo, la jugada del Buque ebrio, o pretende dormirnos con el ruido de las Estrofas. Cierto es que la problemática poética ha dejado de plantearse, en el curso de los últimos años, desde un punto de vista esencialmente formal, y ciertamente antes nos interesa juzgar el valor subversivo de obras tales como las de Aragon, Crevel, Éluard y Péret, teniendo en cuenta sus valores propios, y cuanto, según estos valores, lo imposible cede ante lo posible, lo permitido roba a lo prohibido, que no saber por qué razón tal o cual escritor juzga conveniente, en esta ocasión o en la de más allá, someterse a la norma. Lo cual es una razón menos para que nos vengan a hablar todavía de la cesura. ¿Por qué no hay entre nosotros un grupo de partidarios de una particular técnica de «verso libre», y por qué no vamos a desenterrar el cadáver de Robert de Souza? Desnos quiere reír, pero nosotros no estamos dispuestos a tranquilizar al mundo, tan fácilmente como eso.

ANDRÉ BRETÓN, Segundo manifiesto surrealista, incluido en Manifiestos del surrealismo, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1974, traducción de Andrés Bosch, págs. 210-216

POEMAS RAROS (73): Un poema de Drukpa Kunley


En el ciclo de mis numerosas vidas
he pasado por todos los estados de existencia.
Sólo guardo de ello un recuerdo muy oscuro,
pero debe ser así, más o menos:
Si hoy me gusta tanto la cerveza
es que seguramente fui una abeja.
Si soy tan libidinoso
es que fui gallo.
Si soy colérico es que fui serpiente.
Si soy vago es que fui gorrino.
Si soy miserable es que fui rico.
Si soy un desvergonzado es que fui un loco.
Si soy mentiroso es que fui actor.
Si mi comportamiento es grosero es que fui mono.
Si me gusta la sangre es que fui lobo.
Si mi esfínter anal es tan fuerte es que fui monja.
Si soy tan quisquilloso es que fui mujer estéril.
Si cavo mi tumba con mis propios dientes es que fui Lama.
Si soy avaro es que fui ecónomo de un templo.
Si estoy tan orgulloso de mí mismo es que fui oficial.
Si me gusta engañar a los demás es que fui hombre de negocios.
Si soy charlatán es que fui mujer.
Pero no puedo certificar que todo eso sea verdad.
Mirad vosotras mismas. ¿Qué pensáis?


LA DIVINA LOCURA DE DRUKPA KUNLEY, RBA, Barcelona, 2007, traducción de Hipólito Heredia, págs. 106 y 107

jueves, 26 de marzo de 2015

TROYA LITERARIA (706): Gioconda Belli sobre la crítica masculina


No tuve ninguna dificultad para publicar, ni para ser editada. Quizás se debiera a la temática de mi poesía y de mi primera novela, pero lo cierto es que ser mujer más bien me pareció entonces una ventaja. Las dificultades que he percibido tienen que ver con la valoración crítica descalificadora con que se tiende a considerar el trabajo de un coro de mujeres latinoamericanas cuyas novelas han tenido, paradójicamente, mucho éxito editorial. Hablo de Marcela Serrano, Ángeles Mastretta, Laura Esquivel o Isabel Allende, por ejemplo. Este boom de mujeres escritoras ha sido menospreciado a nivel de la crítica masculina. Se nos ha acusado de hacer literatura de best-seller o literatura light. El concepto light fue usado, pienso, para restarle seriedad a la temática femenina abordada desde la cocina o desde el amor. Ese mote jamás se había aplicado a la literatura light escrita en abundancia por varones en la misma época. Esa actitud descalificadora es la misma que quiere insertarnos a las escritoras dentro del estanco de «literatura femenina» a partir del sexo de nuestras protagonistas o porque la obra trate algún aspecto de la condición femenina. Para las mujeres, el éxito pareciera ser la lápida bajo la cual yace la seriedad con que se trata la obra. He dicho esto a menudo para visibilizar este problema. Pienso que la crítica debe ser menos prejuiciada y más justa.


GIOCONDA BELLI, «El goce de nuestro cuerpo nos ha costado mucho más a las mujeres», entrevista de Carmen de Eusebio, Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 775, Enero de 2015, págs. 100 y 101

Centellas XL


190


Treinta grados bajo cero

El Rey y ETA estaban unidos, los herribatecos y los peneuvistas eran lo mismo, Fraga y Felipe lo mismo: aquellos aldeanos no tenían duda de que el poder político era una mera coraza al servicio de las alimañas empresariales de Neguri. Se comprende que al llegar el 29 de septiembre, fecha de San Miguel, fiestas patronales de Lauros, con toda la familia reunida en número de hasta veinticinco en mi caserío Astobieta, nunca se discutiera a la hora de los postres sobre política vasca o nacional, porque no hace falta discutir donde todos están de acuerdo. Pero otra cosa muy diferente era la política internacional. En política internacional se sostenían discusiones apasionadas con argumentos diversos y hasta golpes en la mesa. Se hablaba de la Thatcher y de Fidel Castro, del hambre de África y de los japoneses, pero el asunto estrella era la rivalidad entre estadounidenses y soviéticos, esto es: los americanos y los rusos.

–El americano –se escuchaba– es cosa grande. Este caserío, por ejemplo, con su hectárea y pico de terreno y su docena de vacas, es un caserío elegante, no digo que no, pero…, ¿qué es para un americano? El americano viene aquí y se echa a reír.

El que hablaba así era mi tío Txomin, que se fue a América en los años sesenta y había vuelto hipnotizado, al punto de que nadie entendía su regreso. Mi tío no trabajó en USA sino en Canadá, pero consideraba que la cercanía le daba derecho a hablar a todas horas de Kissinger, Nixon o Kennedy, a los que tenía por superhombres a cuyo lado políticos como Arzalluz o Alfonso Guerra le parecían “mamarrachos”. Para mi tío Euskadi era una caja de cerillas y España un botijo con faralaes: discutir sobre si éramos vascos o españoles le parecía hacer el ridículo. Lo único digno era ser americano.

–El americano –continuaba–, si quiere poner una vaquería, compra cinco mil vacas. Menos no compra. Si quiere dedicarse a la siembra de la patata, compra un terreno de aquí a Guernica, porque con Lauros no tiene ni para empezar. En América hay patatales más grandes que toda Vizcaya.

–¿Toda Vizcaya? –se asombraba alguno de mis primos que, como yo, nunca habían salido del Txorierri.

–Más grande. Si vas por California en coche y con el depósito lleno, te juego una cena a que se te acaba la gasolina antes que el campo de patatas. Aquello es la órdiga. Ni una casa, ni una pensión, ni un alma. Sólo patatas. Kilómetros y kilómetros de patatas. Un aldeano americano, él solo, cosecha tantas patatas como para alimentar Bilbao y Baracaldo durante un año.

Aquellas comparaciones numéricas provocaban la controversia, pues todos comenzaban a discutir el número de kilómetros que se pueden hacer en coche con el depósito lleno, o el número de patatas que comen los bilbaínos y los baracaldeses en un año. Algunos hasta pedían papel y bolígrafo para hacer las cuentas exactas. Eran sorprendentes los conocimientos de mi tío Txomin sobre California, él que había trabajado en Canadá. Solía ser por entonces, a esa altura de conversación internacional, cuando surgía una voz entre solemne y profética:

–Mucho cuidado con el ruso.

Quien hablaba ahora era la otra cara del folio, el rusófilo de la familia, mi tío Dámaso. Aquel tío no había salido nunca de Lauros, pero poseía una oratoria instintiva y eficacísima que le daba un gran ascendiente en las polémicas sobre alta política. El tío Dámaso alternaba ritmos lentos y silencios prolongados con mímicas varias, frases frenéticas y puñetazos en la mesa. Nadie sabía por qué se había hecho rusófilo.

–Al ruso –comenzaba–, según tengo entendido, nada más nacer lo tiran a una bañera de agua… ¡a treinta grados bajo cero!

Y mientras decía eso, con los brazos en alto, fingía que soltaba un niño desde una altura por encima de su cabeza, de tal forma que yo no sabía qué era más peligroso para el bebé ruso, si el agua a treinta grados bajo cero o el castañazo que se iba a pegar si lo dejaban caer desde tan alto.

–¿Treinta grados bajo cero? ¿Un bebé? ¿Y no se mueren? –se atrevía a decir alguna de mis tías.
–¡Claro que se mueren! –contestaba mi tío como una galerna–. ¡Se mueren a punta pala! Pero un ruso menos…, ¡allá cuidaos! ¡Hay rusos a patadas!

Sostenía mi tío que los rusos que superaban la prueba de la bañera se convertían en hombres inmunes a todo tipo de peligros, radiaciones atómicas incluidas. Esto último siguió repitiéndolo como cosa sabida hasta el accidente nuclear de Chernòbil; a partir de ahí reculó un poco. Tenía una visión muy particular de la Segunda Guerra Mundial:

–Hitler pensaba llegar a Moscú en diez días, pero no conocía al ruso… A la hora de la verdad…, ¡adiós Hitler! ¡Cada soldado alemán tenía cinco rusos metidos dentro del zapato! ¡Mecagüen sos! ¡Cinco rusos en cada zapato!

Y al decir esto se miraba en el zapato y movía el pie como si lo tuviera lleno de escorpiones, con tal apariencia de veracidad que todos los que ocupaban la mesa contenían la respiración y yo mismo sentía cosquilleos desagradables en mis playeras, repletas de rusos feroces por obra de aquel contador magnífico.

Tenía entonces cinco o seis años y no se me permitía abrir la boca en las conversaciones políticas de los mayores, prohibición que no me levantaron hasta los catorce. Ahora que lo escribo me río mucho, pero a esa edad aquellas polémicas me dejaban verdaderos surcos en la cabeza.

Recuerdo una pesadilla que se me repetía por entonces. Me hallaba en medio de un inmenso campo de patatas. No de trigo o de cebada o de maíz, no: de patatas. Caminaba y caminaba buscando una salida, pero se iban sucediendo los días y los meses y nunca conseguía salir. Mi angustia iba creciendo tanto que, al final, me echaba en el suelo y me ponía a llorar, porque entendía que la salida era imposible: me figuraba que el planeta Tierra al completo era un campo de patatas.

Recuerdo otra. Yo era campeón mundial de boxeo. Había retenido el título infinidad de veces. Los negros más grandes y más fuertes habían probado la dureza de mis puños. Me encontraba en el ring, y mi rival era un fideo escuchimizado con el que no tenía ni para empezar. De pronto, sin embargo, el presentador anunció que mi contendiente, Igor Gudianov, había nacido en San Petersburgo, momento en que se me mudaba el semblante y salía huyendo del ring. No se me apartaba de la cabeza, mientras corría muerto de miedo, la maldita bañera de los treinta grados bajo cero por la que habían pasado todos los rusos. Aquella prueba infernal que, según me detalló mi tío Dámaso en una confidencia, “sólo superaba uno de cada tres niños”.


BATANIA / NEORRABIOSO, Treinta grados bajo cero, La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa, Madrid, 2014, págs. 262-266
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ARCADIA LITERARIA (105): Jacobo Fijman sobre Lautréamont


VICENTE ZITO LEMA: Tiene pasión por Lautréamont, ¿no es así?
JACOBO FIJMAN: Los Cantos de Maldoror marcaron desde muy temprano mi espíritu. Diría más: mi creencia de que la poesía es la posibilidad del hombre para vencer el miedo a la locura y a la muerte surgieron tras la lectura de ese libro. Voy a decirle algo que lo hará pensar. Es un secreto que he mantenido hasta hoy. Yo, a pesar de todo, quiero al conde de Lautréamont y lo voy a ayudar. Y él me conoce. Como juez he tenido que verlo. Me pidió que no lo olvidara, que intercediera por él ante Dios, que es mi amigo. Hace un tiempo nos encontramos en otra región. Cuando lo vi estaba como despojándose del sueño, con agua y con algas, pero no con peces. Los peces se habían ido. Se mantenía muy quieto, acostado en el mar. Yo caminaba sobre las aguas y lo llamé: "Lautréamont, Lautréamont –le dije–, soy Fijman". Él se acercó y dijo que me quería, que seríamos muy amigos ahora en el mar, porque los dos habíamos sufrido sobre la tierra. Pero no lloramos, nos abrazamos y permanecimos una eternidad en silencio.


VICENTE ZITO LEMA, reportaje a Jacobo Fijman en el Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda en noviembre de 1968, publicado en la revista Talismán en mayo de 1969. Todo el reportaje AQUÍ 

TROYA LITERARIA (705): Fernando Vallejo contra casi todos salvo Mujica Láinez y Azorín


Vallejo acepta, pero antes aclara —para sentar un punto de arranque— que "hoy nadie sabe qué es eso de leer".

HUMBERTO ACCIARRESSI: Suponiendo que tuviera razón, ¿por qué cree que ocurre eso?
FERNANDO VALLEJO: Es que en la actualidad casi nadie puede distinguir quién escribe bien y quién escribe mal. Hay quienes creen que el idioma literario y el coloquial son lo mismo. Por eso, por ejemplo, no se dan cuenta de lo que vale un escritor como Mujica Láinez.

HUMBERTO ACCIARRESSI: Es curioso que lo mencione, porque en la Argentina, lamentablemente, hace rato que no se lo lee.
FERNANDO VALLEJO: Y eso habla muy mal de los argentinos. Los lectores, porque no lo conocen. Y los escritores, porque no saben escribir. Es pura ignorancia. Pero no te preocupes, que en Colombia pasa lo mismo. Ignoran a "Manucho", el mejor escritor en lengua española de los últimos mil años, y se entusiasman con Cortázar y Bolaño, que no sabían escribir.

HUMBERTO ACCIARRESSI: ¿Y Borges?
FERNANDO VALLEJO: Es, apenas, un prosista menor. Y como poeta no existe. Es puro sonsonete. La,la,lá... la,la,lá... la,la,lá. Otro de los grandes, a quien en España le sucede lo mismo que a Mujica, es Azorín. Ese fue un escritor de verdad.

HUMBERTO ACCIARRESSI: ¿Y por qué será que nadie lee sus libros, algunos tan actuales como "Confesiones de un pequeño filósofo", o su hermosa biografía de Lope de Vega?
FERNANDO VALLEJO: Porque la moda es desconocer a los grandes prosistas. Y además tenemos que el idioma se ha desvirtuado totalmente. A los escritores jóvenes les tocó este adefesio que tenemos hoy. Y por eso les gusta García Márquez, que tiene una prosa pobrísima y sin gracia. ¡Y pensar que en algún momento a Colombia le decían la Atenas sudamericana y tenía presidentes gramáticos!

HUMBERTO ACCIARRESSI: Vamos a coincidir en que sus juicios son, al menos, escandalosos.
FERNANDO VALLEJO: Pero yo desafío a cualquiera que sepa de lo que habla cuando se refiere a la literatura, a que hagamos una polémica pública. Yo les voy a hacer dar cuenta que el idioma está perdido, que ellos escriben mal, que Cervantes era un pésimo prosista, que Borges no conocía los recursos literarios y que, salvo Mujica Láinez y Azorín, casi no hay nadie que se salve.


FERNANDO VALLEJO, "Borges es un prosista menor y Cortázar no sabía escribir", entrevista de Humberto Acciarressi para La Razón, 9 de junio de 2007. Toda la entrevista AQUÍ

Centellas XXXIX


SOBRE EL COMPROMISO (XII): Julio Cortázar


NO TE DEJES

Es obvio que tratarán de comprar a todo poeta o narrador de ideología socialista cuya literatura influya en el panorama de su tiempo: no es menos obvio que del escritor y sólo de él, dependerá que ello no ocurra.

En cambio le será más difícil y penoso evitar que sus correligionarios y lectores (no siempre los unos son los otros) lo sometan a toda la gama de las extorsiones sentimentales y políticas para forzarlo amablemente a meterse cada vez más en las formas públicas y espectaculares del “compromiso”. Llegará un día en que, más que libros, le reclamarán discursos, conferencias, firmas, cartas abiertas, polémicas, asistencia a congresos, política.

Y ahí ese justo, delicado equilibrio que permite seguir creando una obra con aire en las alas, sin convertirse en el monstruo sagrado, el prócer que exhiben en las ferias de la historia cotidiana, se vuelve el combate más duro que ha de librar el poeta o el narrador para que su compromiso se siga cumpliendo allí donde tiene su razón de ser, allí donde brota su follaje.

Amarga y necesaria moraleja: No te dejes comprar, pibe, pero tampoco vender.


JULIO CORTÁZAR, Último Round, Tomo 2, Siglo XXI, 1980, pág. 189

miércoles, 25 de marzo de 2015

POEMAS RAROS (72): El límite de las palabras I, de Peter Handke


La palabra “periferia”   : el límite de la ciudad
          La palabra “pendiente”   : el límite de la montaña
                   La palabra “zanja”              :      el límite del sembrado
   La palabra “mancha”             :          el límite de la limpieza
           La palabra “linde”                      :                  el límite del campo
        La palabra “acera”                         :                      el límite de la calle

                           La palabra “esquela”  :  el límite de la tristeza


PETER HANDKE, Vivir sin poesía, Bartleby Editores, Madrid, 2009, traducción de Sandra Santana, pág. 69

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (759): William S. Burroughs mata a su mujer de un tiro en la cabeza mientras jugaban a Guillermo Tell


Después del deslumbramiento del principio, lo natural vuelve a tomar la delantera y la pérdida de rumbo se acentúa hasta la tragedia, el jueves 6 de septiembre de 1951. En el departamento de un amigo en medio de la colonia Roma, William S. Burroughs, borracho perdido, mata a su mujer de un balazo en la cabeza; estaba jugando a Guillermo Tell, con un vaso sobre la cabeza de Joan a modo de manzana. Más adelante, le diría al poeta Brion Gysin que “un espíritu maligno” se había posesionado de él y que desde entonces su vida y su obra se situarían en la confluencia de su conciencia y de ese espíritu. Después de un breve encarcelamiento es liberado, porque un juez recurre a un curioso concepto de “imprudencia criminal”. Y se va, definitivamente, en 1952, convencido de que “México es su hogar más que ningún otro sitio…” Pero es sobre todo el lugar donde se le revela el sentido de la escritura: “Estoy obligado a concluir con consternación que nunca me habría vuelto escritor sin la muerte de Joan y a reconocer en qué medida este suceso ha orientado mi vida y determinado mi obra. Vivo en la angustia constante de la posesión, de la necesidad constante de escapar de las fuerzas de posesión, de todo control. La muerte de Joan me pondría en contacto con el invasor, con el espíritu del mal, y por ello me obligaría a optar por la resistencia, durante toda mi vida, sin dejarme más posibilidad que la de escribir, liberarme escribiendo”.


PHILIPPE OLLÉ-LAPRUNE, México: Visitar el sueño, Fondo de Cultura Económica, México D. F. 2012

Centellas XXXVIII


ANECDOTARIO DE ESCRITORES (758): T. S. Eliot consideraba a Djuna Barnes como "el genio más grande de nuestros días"


De no ser por la semblaza de su traductora italiana, Ana María Becciú, poco sabríamos de lo ocurrido durante su largo retiro en una habitación del village neoyorquino donde, enferma, célebre y olvidada, casi ciega y sin embargo hermosa, logró un absoluto desapego de los demás y de sí misma que conservó hasta su muerte, en 1982, a los 90 años. Odió “la boca común y el veredicto de lo vulgar”; le aburrió la estupidez y descreyó de las buenas conciencias. En el ensayo Djuna Barnes o el horror de lo sagrado, Cristina Campo relató sus encuentros con poetas tan destacados como William Carlos Williams y T. S. Eliot, quien, al prologar El bosque de la noche, “una novela tan buena que solo las sensibilidades educadas en poesía pueden apreciar por entero”, en 1936 la consideró “el genio más grande de nuestros días”.


MARTHA ROBLES, Mujeres, mitos y diosas, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 1996




POEMAS RAROS (71): Mariposas de Lüdenscheid, de Martín Rodríguez


En Lüdenscheid, en 1917,
los niños alemanes mataron 47.990 mariposas.
Ni una más ni una menos según registros. Y eso tiene que ver
.......con todo.
Lo hicieron para cuidar las cosechas. Así como otros
recogían carozos para hacer aceite. Y otros juntaban
semillas de girasol
entre las vías del tren.
Cuando llegó a Alemania el invierno de los Nabos
ninguna otra cosa se podía comer más que Nabos.
Nabo hervido, pan de Nabo.
Alemania se quedó sin papas.
El niño que corrió una mariposa entre las plantaciones
también pudo decir que hizo la guerra.
Chochos los niños paraguayos si esa hubiera sido la consigna 50 años antes.
Y no convertirse en hombres a la velocidad de la luz.
¿Cuánta fuerza hace falta para cumplir esas misiones?
Hace falta siempre la fuerza que hace la tierra para que coman de ella.
47.990 mariposas.
Las mariposas son como las papas: ya no existen.
El ascenso del alma de un niño en humo oscuro como de una papa que hierve.
Entra el primer tractor a Villarrica. Lo maneja un niño de ojos celestísimos.
Miles de mariposas alrededor.


MARTÍN RODRÍGUEZ (Buenos Aires, 1978), recogido en País imaginario. Escrituras y transtextos. Poesía en América Latina 1960-1979, edición de Maurizio Medo, Once, Amargord Ediciones, Madrid, 2014, págs. 557-558

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La Guerra de las Malvinas

No se perdían un solo telediario, al que seguían llamando parte, y al contarme las noticias más sensacionales nunca se olvidaban de referirme el presentador que las había pronunciado, Basterrechea, no sé si te has enterado, los Juegos Olímpicos serán en Barcelona, lo ha dicho Olga Viza, Prosinečki ficha por el Madrid, lo ha dicho Pedro Piqueras, ya hay tres millones de parados, lo ha dicho Elena Sánchez, no les dará vergüenza, etc. También leían muchos periódicos sin fijarse en la fecha: los aldeanos que yo conocí en Lauros daban el mismo valor al periódico de hoy que al de ayer. Era normal encontrárselos sentados en un taburete, a la sombra del portal, leyendo con dificultad un diario de tres meses antes.

–Pero hombre, Jesusín, qué haces leyendo un DEIA del año pasado.
–Qué más da. Todos dicen lo mismo.

En el caserío Etxebarri había ejemplares de La Gaceta del Norte una década después de que ese diario cerrara, y yo mismo pude leer, en ejemplares amarilleados de El Correo Español, todas las operaciones militares de la Guerra de las Malvinas, jornada a jornada, ocho o nueve años después de los sucesos. Los aldeanos leían sólo los titulares, claro, o recurrían a mí para que les leyera algunos editoriales o asuntos de calado, porque la mayoría de ellos no estaban completamente alfabetizados y manejaban un vocabulario de muy pocas palabras.

–A ver, Astobieta, tú que tienes estudios, ven aquí.
–Ya estoy.
–¿Qué significa “replicó”?
–¿Replicó? Como “contestó”.
–¡La órdiga! ¿Y por qué no ponen “contestó”? Estos periodistas..., bah. Sólo saben enredar.

A pesar de este fervor, ninguno de aquellos aldeanos, tampoco mi padre, consideraban las versiones de la prensa o de los telediarios más que como majaderías o comedias fantásticas. Consumían prensa y televisión para estar al tanto de las mentiras del mundo y hacerse una idea proyectada de la verdad, pero tenían a los periodistas como meros transmisores de lo que ellos llamaban “accionistas”. El poder, decía mi padre, no estaba en manos del rey ni del presidente ni de los ministros, sino en manos de los “accionistas”. Si el Athletic de Bilbao marchaba mal clasificado, por ejemplo, no se debía al entrenador ni a los jugadores ni a los rivales:

–Hacen falta accionistas. Gente de Neguri. Un De la Sota, por ejemplo. Que venga un De la Sota y verás qué rápido mejora el Athletic.

Los accionistas que se imaginaban mi padre y otros como mi padre eran seres todopoderosos que compraban los árbitros, pactaban los resultados y ordenaban a los jugadores marcar o fallar los penaltis. Mucho antes de “El show de Truman”, los aldeanos de Lauros que conocí daban por hecho que el mundo era eso: mano en la sombra, feria de títeres, Gran Hermano, pacto entre bambalinas, mentira.

Tenían sus propias maneras de estar informados. Cuando sucedía algo importante, mi padre arrancaba su erre seis amarillo y se iba a Gatika, donde formaba una troika con otros dos aldeanos, o a Lezama, donde nutría un pentágono con otros locos como él. Las conclusiones a las que llegaban tras horas de debate superaban con mucho el realismo mágico. Recuerdo aquella huelga de transportistas que dejó vacíos los anaqueles de los supermercados; mi padre y su consejo senatorial lo tenían muy claro:

–La huelga la ha organizado Eroski.
–¿Eroski? ¿Qué tiene que ver el supermercado Eroski en esto?
–Está claro. La han organizado para vender los yogures atrasados, la verdura que tienen a punto de tirar, la carne, todo. Se están hinchando a ganar dinero.

Esta manera de razonar valía tanto para asuntos internacionales como para asuntos recoletos. Cuando volvieron los jabalíes a Lauros, por ejemplo, después de años ausentes, y destrozaron algunas cosechas, mi padre arrancó el coche, se reunió con su comité de sabios y volvió enseguida con otra explicación estupefaciente:

–Los franceses. Han sido los franceses.
–¿Franceses? ¿Qué franceses?
–Los franceses no nos pueden ni ver a los vascos. Vienen por la noche con helicópteros y lanzan desde el aire culebras, jabalíes, lukis, de todo. El francés. Menudo bicho el francés.

Yo le hacía notar a mi padre que la aparición inesperada de los jabalíes entraba dentro de lo normal, porque son animales que pueden recorrer más de cuarenta kilómetros en un solo día. O que la historia de sus sabios flojeaba desde el punto de vista logístico, pues no hay manera de lanzar jabalíes desde un helicóptero sin peligro de muerte para los animales:

–Coplas –me decía–, no tienes más que coplas. No sé que te enseñan en el instituto.

También creía a pies juntillas que el hombre no subió a la luna. Que Maradona triunfó mientras tuvo a los accionistas de su parte y se hundió en las drogas cuando éstos le abandonaron. Que el Rey y ETA eran amigos: el asesinato de Carrero Blanco era un favor que ETA le había hecho al Rey para que pudiera coronarse sin tutelas de nadie. Esta descacharrante teoría, aunque parezca mentira, era mayoritaria en los caseríos de Lauros.

–No digáis tonterías –les decía yo–. Hace nada ETA preparó un atentado contra el Rey en Mallorca. Hasta han salido fotos del Rey sacadas por los terroristas.
–Y eso..., –me preguntaban–, ¿cómo lo sabes?
–Joder.., –replicaba yo–, lo sabe todo el mundo. Ha salido en los periódicos, en los telediarios...
–¡Ja! –contestaban triunfales–. No nos digas más. Periodistas. Todo mentira. Todo lo tapan.

Así eran aquellos aldeanos increíbles. No podían sufrir la verdad oficial, la verdad que es mezquina y es pequeña y es mentira. Se reunían a la sombra de un castaño en conciliábulos de queso, chorizo y txakolí y se fabricaban su propia verdad, una verdad que también era mentira pero era asombrosa y grande y era propia. Todavía puedo oír el sonido de los vengativos helicópteros franceses lanzando jabalíes nocturnos en los maizales de Lauros. Puedo ver al Rey guiñando el ojo a Artapalo mientras le entrega un maletín colmado de millones. Puedo recordar la rabia que sentí aquella tarde, al ojear en Etxebarri ejemplares antiguos de El Correo Español, cuando supe por primera vez y con ocho años de retraso que los malditos ingleses habían ganado la Guerra de las Malvinas.


BATANIA / NEORRABIOSO, La Guerra de las Malvinas, La poesía ha vuelto y yo no tengo la culpa, Madrid, 2014, págs. 257-261
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Centellas XXXVII


ANECDOTARIO DE ESCRITORES (757): Dalí matiza su relación con Lorca en una carta al director


De mi conversación con el excelente biógrafo de Lorca Ian Gibson, aparecida en EL PAÍS el pasado domingo 26, páginas 9, 10 y 11, se dibuja una tendencia a subestimar mis relaciones con Lorca, que él mismo reconoció, como si se hubiera tratado de una azucarada novela rosa, cuando en realidad fue todo lo contrario. Fue un amor erótico y trágico, por el hecho de no poderlo compartir. Las pruebas de que mi amistad no cesó nunca fueron:

1. El homenaje más grande que yo le hice en Nueva York, haciendo representar, pintando yo mismo los decorados, El café de Chinitas, con un tema musical de Lorca, con asistencia de familiares del poeta y con un éxito sin precedentes.

2. Y antes, en pleno surrealismo, cuando Gala se ocupa con su ex esposo, el poeta surrealista Paul Eluard, de la traducción al francés de la Oda a Salvador Dalí.


Salvador Dalí Domenech.


SALVADOR DALÍ, Matización de Dalí, El País, 30 de enero de 1986 (AQUÍ)

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (756): El furor antirreligioso de Huidobro


Muchos años después, cuando Huidobro se acercaba a una muerte juvenil, en su casa de Cartagena vivió una singular anécdota que denotó su fiereza contra el teísmo y su celo en mantener vigentes sus ideas antirreligiosas.

Quien contó la historia fue el imprudente Eduardo Anguita.

Señala el autor de “Venus en el pudridero” que, estando en casa del aeda del creacionismo, éste se largó un discurso contra Dios. Anguita, que era un creyente acérrimo, le dijo:

—Hombre… ¿y si ahora se te apareciera Dios, que harías?
—Pues saco el revólver y lo mato —fue la dura respuesta de Vicente.


JOSÉ G. MARTÍNEZ FERNÁNDEZ, El amor del poeta ateo por una santa, Red de Diarios Ciudadanos, septiembre de 2008, vía El Puerto Libre. Todo el artículo AQUÍ