martes, 21 de mayo de 2013





ARCADIA LITERARIA (68): Gimferrer a favor de Paz


Recuerdo que lo primero que me llamó la atención en la poesía de Octavio Paz fueron las imágenes ígneas. Todavía hoy es raro -en verso o en prosa- que en un texto de Paz (y, bien lo sé, en uno mío) no aparezcan alguna vez esta clase de imágenes, en las que el fuego transfigura las cosas, descompone o genera aleaciones por sí mismo o por aquello que él alude: incandescencia, brillo, combustión, fulgor. El primer libro de Octavio Paz que cayó en mis manos fue Salamandra, y no resulta casual en modo alguno que en el frontispicio de Arde el mar, reuniendo mis propios poemas iniciales, colocara los siguientes versos de Salamandra: "Hoy en la tarde desde un puente / vi al sol entrar en las aguas del río. / Todo estaba en llamas, / ardían las estatuas, las casas, los pórticos". Un instante detenido, en mutación: el instante que habían visto Rimbaud o Lautréamont, lo que el propio Octavio Paz pudo llamar luego "presente perpetuo" o "fijeza momentánea".

El crepúsculo reflejado en un río, o cualquier otro avatar del fuego y el movimiento detenido al borde de la percepción (imágenes, ya acaso no siempre ígneas, pero sí constantemente dinámicas: deflagraciones, cataclismos, idas y venidas de la apariencia, lo que, en palabras de André Breton, llamaríamos "vasos comunicantes" entre distintos niveles del ser y entre distintos estadios fenoménicos) son, no sólo paradigmas de la visión del mundo de Octavio Paz, sino incluso de lo más característico de su estilo, en el que cada cosa está en transición hacia otra, o desde sí misma hacia la búsqueda o la espera de otro modo de ser lo que es, salvo cuando se concentra fugazmente en el instante del amor o de la plena percepción sensorial, iluminado para mostrar, en el mundo, el envés del mundo. En este sentido, Octavio Paz es verdaderamente un poeta filosófico en la tradición de Lucrecio, y no cito el nombre al azar, porque Paz es uno de los pocos escritores contemporáneos cuyas cláusulas poseen a la vez la movilidad y la rotundidad de los clásicos latinos y, como ellos, hace inseparable la palabra de una visión del mundo a la que, por conminación verbal, es imposible sustraerse.

Salamandra apareció en 1962. Para un poeta joven de nuestra Península, la primera mitad de los años sesenta fue un tiempo de estancamiento, en espera, cada vez más exasperada y abrupta, de algo que cambiara en un mundo coriáceo, donde la vida cotidiana sufría de una parálisis enervante y la poesía encasquillada en el manierismo de lo oficial o en el de lo resistencialista -ambos, por entonces, ya igualmente agotados- sólo ofrecía, con alguna excepción, individual, un ejemplo verdaderamente fecundo en los autores de la generación del 27 y sus homólogos en otras lenguas peninsulares (un J. V. Foix en catalán o un Pessoa en portugués). El encuentro con Salamandra tuvo el carácter de una revelación y anunció, como -precisamente- un poema de Paz, la era de mutaciones que se avecinaba en las literaturas hispánicas. Unos 20 años más tarde, dos cosas resultan igualmente sorprendentes. Por un lado que este estilo, pese a que, en particular desde Piedra de sol (1957), había adquirido perfecta entidad compacta e irreductible, había llegado al nivel de tensión más alto que podía alcanzarse desde sus premisas, no haya generado en Octavio Paz ninguna especie de autoclasicismo, sino que se haya mantenido -a través de piezas tan extensas y complejas como Viento entero, Blanco, Pesado en claro o Nocturno de san Ildefonso- con la misma vitalidad expresiva originaria, mientras, en su alrededor, no pocas exploraciones inicialmente nuevas se convertían en semilla de solapadas formas de neoacademicismo, epifenómenos de una falsa o desafalleciente vanguardia. Por otro lado -y ello no es, sin duda, ajeno a lo anterior- admira la capacidad de diálogo, de atención, de generosidad personal y de acicate con que -parecido en esto a Vicente Aleixandre en nuestra orilla, con las diferencias de temperamento del caso- ha sabido Octavio Paz responder constantemente, no sólo a los cambios de la época, sino al impacto de ella y aun de su propia obra en otros escritores de lenguas, países y generaciones diferentes, y de modo particular en los más jóvenes que él. Una rememoración personal, que no tiene aquí su espacio más idóneo, saludaría -desde Nueva Delhi a México, pasando por las calles de la Barcelona medieval y por la luz de oro de los jardines de Aranjuez en abril- esta constancia dialogante de quien en su propia obra ha fundado un espacio de diálogo entre los seres, las cosas y los signos, singular en la literatura mundial de nuestro siglo, del que -y tal es el sello del autor esencial- somos tributarios cuantos después de él hemos tratado de escribir en este vértice final o crucial de lo que ya Hölderlin avistó como un tiempo de penuria, en el que la palabra, en precario, es devuelta a su pleno ser por unos contados grandes poetas como Octavio Paz.


PERE GIMFERRER, Tributo, El País, 20 de agosto de 1984 (AQUÍ)

domingo, 19 de mayo de 2013

TROYA LITERARIA (570): Tocqueville contra Lamartine


No sé si he encontrado, en este mundo de ambiciones egoístas en cuyo seno he vivido, un espíritu más vacío que el suyo de pensamiento sobre el bien público. En ese medio he visto a una multitud de hombres trastornar al país para engrandecerse: es la perversidad corriente; pero él es el único, creo, que siempre me ha parecido dispuesto a desquiciar al mundo para distraerse.

Tampoco he conocido un espíritu menos sincero ni que mostrara por la verdad un desprecio tan grande. Cuando he dicho que la despreciaba me equivoco; no la honraba lo bastante para ocuparse de ella en manera alguna. Al hablar o escribir, se sale de la verdad o vuelve a entrar en ella sin el menor cuidado: le preocupa únicamente un determinado efecto que quiere producir en ese momento...


ALEXIS DE TOCQUEVILLE, Recuerdos, recogido por Michel Houellebecq en El mapa y el territorio, Anagrama, Barcelona, 2011, pág. 228, traducción de Jaime Zulaika

Prólogo neorrabioso a "Incendiario" (Polibea), de BÁRBARA BUTRAGUEÑO


INCENDIARIO, DE BÁRBARA BUTRAGUEÑO, O EL INTIMISMO QUE SALTA LA VALLA

No descubrí hasta muy tarde que el material explosivo de que está compuesta la poesía de Bárbara Butragueño no se apartaba una mosca de la verdad, cuando mi vida empezó a desintegrarse y me sentí reflejado en la leonera asfixiante de sus versos. Hasta entonces había contemplado el talento y encanto personal de esta poeta con una parte de entusiasmo y otra de reticencia, pues había algo en su espectáculo sucesivo de azúcar y petróleo que me descuadernaba, me sonaba a falso y no me creía. ¡Y cómo iba a creerme que aquí mismo, en la Madrid contemporánea de cristal y aluminio, una chica que irradiaba cachitos de alegría por los ojos y no había dispuesto en su vida más que de todo, escribiera unos poemas de sótano y a-punto-de-romperse, como si viviera entre los coches-bomba iraquíes o las hambrunas de Mogadiscio!

Esa sensación contradictoria de éxtasis y suspicacia que me dejó su primer recitado se repitió en los siguientes, pues una de las cosas que nos sucede a algunos con esta poeta es que incubamos mitomanía y la seguimos como si fuera una estrella, igual que otros siguen a Bruce Springteen, Lionel Messi o Julia Roberts. Eran tiempos aquellos en que, cada vez que me preguntaban qué poeta o poetas madrileños me gustaban, siempre respondía “Bárbara Butragueño y los demás”, a pesar de la sospecha que ya he referido, que se fundaba en lo que acontecía en sus actuaciones, en los que una chica de cuarenta y pocos kilos a quien la palabra deliciosa se le quedaba corta, luego de apoyarse en un codo y luego en el otro, aparecía ante nosotros con una sonrisa acordeona, y, jugando a fragilísima de dientes de leche, tomaba el micrófono para, de pronto, no sé cómo explicarlo, ponerse solemne y sacar desde dentro, no de las cuerdas vocales sino de sus carboneras, una voz perturbadora, dolorosa, una voz con algo de firme y algo de tambaleante, despaciosa y a veces atropellada, impropia de su cuerpecillo de gorrión con sombrero, para comenzar, por ejemplo:

Nadie nunca me enseñó a llorar
..............y sin embargo parece que el llanto me perteneciera 
..............[que mi cuerpo fuera el único epílogo posible

Y pasaba a desmenuzar todas las variedades de color negro que había logrado aislar hasta entonces, recitándonos durante cuarenta minutos un extenso catálogo de fríos, incomunicaciones y desastres personales que solo eran interrumpidos por sus risas y por los aplausos de la concurrencia, que iban creciendo de poema en poema hasta que estallaban en la ovación final. Recuerdo que me nacía un poco de vergüenza ante aquel espectáculo y eso que este prologuista era de los que más aplaudía: ¿Una chica de diecinueve años nos refiere sus miedos y muérdagos y nosotros, en lugar de consolarla o animarla o disuadirla, rompemos a aplaudir y sonreímos y la jaleamos, como si lo escuchado fuera motivo de celebraciones?

No la aplaudíamos por eso, claro, porque los temas que trataba Butragueño en esa época eran los típicos de otros poetas de su edad cuando descubren la poesía como purgante, en el momento que sufren sus primeros fracasos amorosos o sus primeros naufragios ahora-que-la-vida-va-en-serio. Pero aquí es donde surgía la diferencia: mientras otros se limitaban a registrar, esta poeta creaba; donde otros, poseídos por la urgencia de contarse, relataban linealmente, Butragueño metaforizaba; donde la mayoría acababa en meras eyaculaciones emocionales de un subjetivismo superficial, en BB se elevaba a poesía. Decía Breton, para responder a los críticos que acusaban a la escritura automática de acercar la poesía “a los imbéciles”, que a un imbécil solo se le ocurren cosas imbéciles y a un inteligente, en cambio, se le ocurren cosas inteligentes. De BB no aplaudíamos sus enfermedades, que son comunes a todos, sino la manera de recrearlas: aplaudíamos su talento.

Llamo talento a decir aguacate o papaya en lugar de pera o manzana cuando alguien te pide de repente que le digas una fruta. A decir Auxerre y no París cuando te piden una ciudad francesa. Llamo talento a la desenvoltura para lo insólito, a la naturalidad para lo raro, al puntillismo de lupa extrafina. En la poesía, el talento lo descubro también en la facilidad para aunar el sonido con el sentido, y eso es precisamente lo que le ocurre a ella, que al principio escribía muy rápido y sin embargo conseguía unas cadenas fonológicas muy buenas, sin apenas arritmos, y sabía cambiar de verso en el momento adecuado y por pura facultad intuitiva, mucho antes de que descubriera por sí misma que el poema es un artefacto de palabras y no solo una cadena de inspiraciones.

Para entonces ya empezaban a adelgazarse mis suspicacias sobre la “trampa” de esta poeta, lo que llamé una vez el “mercadeo de autolástima” que se traía con sus poemas, y todo porque mi propia vida cambió a peor y noté que su poesía, que a priori parecía la tragedia-de-Bárbara-Butragueño-contada-por-sí-misma, comenzó a estar como escrita a medida de lo que me pasaba, y empecé a sentir como mías sus ciclotimias y descomposiciones psicológicas. Mientras me mantuve pleno de vigor y salud no la entendía, pero cuando me hallé enfermo empecé a sentirme identificado y me dije cuidado, mucho cuidado. Cuidado con lo pretendidamente íntimo que se vuelve social y empieza a penetrarte, te dobla la piel y te hace daño.

Incendiario es el primer libro de esta poeta y contiene poemas escritos entre los veinte y los veintitrés años. El tema principal es Bárbara y su relación con el otro, la dificultad y fracaso con el otro, el amante sobre todo, y el lector se encontrará con un extenso álbum de alcatraces ciegos, leopardos en muletas y puñados de harina negra. La poeta se va a ir quitando las capas una a una y nos va a detallar todas las fases del hundimiento de sus torres putrefactas. Es un libro circular poco recomendable para claustrofóbicos, pues es una mujer que escribe a una temperatura alta y sólo cuando se siente en crisis o asediada. Una vez la definí como una poeta tan hacia abajo que había ampliado las vistas de su casa con catorce nuevos sótanos, pero ahora me gusta imaginarla con la imagen del relieve asirio de la leona herida, aunque las flechas que recibe esta leona son raras, porque se las lanza ella misma, y las heridas que se causa son tan bellas como profundas.

Quiero detenerme en este punto de la profundidad, pues he señalado en párrafos anteriores el buen oído de Bárbara, la capacidad metafórica y la factura técnica de sus poemas, elogios que muchos otros le han prodigado desde el principio, pero si a estas virtudes no se le une aquello que pedía Unamuno, “pensar alto y decir hondo”, en mi consideración el poeta queda incompleto. Incendiario se salva de este defecto porque BB, aunque nos plantea su caso aparentemente subjetivo e individual, no se queda en el relato de los síntomas o la mera autopsicología, sino que consigue trascender y que su caso sea el caso de todos, pues da tantas vueltas sobre sus cadáveres que el lector, una vez acabado el libro, se plantea problemas filosóficos o existenciales. En efecto, ¿es el ser humano una duda entre dos polos, la entrega y el egoísmo, y sería por tanto un híbrido complicado de altruista asocial o lobo filántropo? ¿Por qué los otros son en ocasiones tan cercanos y otras veces, como ella dice en un poemario distinto, “tan otros siempre”? ¿Estamos enteramente predeterminados o gozamos de un mínimo de libertad y posibilidad de cambio? Por otra parte, Incendiario, cuya vocación de negrura es tan evidente que parece el traslado al verso de la máxima sartriana “El infierno son los otros”, también ofrece suficientes respiraderos para la esperanza, pues la insistencia de la poeta en reconducir sus relaciones o intentar otras nuevas hace que sea la refutación de esa frase y se pueda decir, aunque en tono más bajo, que el paraíso son los otros.

Bárbara Butragueño es un incendio continuo, una poeta siempre ardiente, un no-me-entiendo constante. En la Madrid de siglo XXI, esta mujer de especial sensibilidad sufre para realizarse y considera la ciudad como la jungla de las enajenaciones, una prisión donde le es imposible establecer lazos duraderos con sus semejantes. En Incendiario se cuenta a sí misma y nos cuenta a todos los que hemos sentido la lejanía de los otros, la felicidad convertida en un megaterio. Es un libro para lectores enfermos, que sentirán sobre todo su verdad, y para lectores sanos, que apreciarán sobre todo su belleza.

sábado, 18 de mayo de 2013




TROYA LITERARIA (569): Umbral contra Vargas Llosa (II)


No vamos a caer ahora en historicismo, pero la Historia, por azarosa, juega a veces a la simetría: si a García Márquez le dieron el Nobel, a Vargas Llosa sólo se le puede compensar mediante la presidencia de su país. Suele entenderse que el escritor que se mete en política (como protagonista, no como testigo que etimológicamente es igual que mártir) se acaba como escritor. La sentencia me parece ruda y simple. Uno diría más bien que no es la política la que agota al escritor, sino que el escritor que se siente agotado se mete en política: se reafirma en otro terreno. La primera función de MVLL, La señorita de Tacna, era un engendro poslorquiano que sólo se redimía por los glúteos líricos y alvariños de Rosalía Dans. En cuanto a la segunda función de MVLL, remito al lector a nuestro crítico teatral de este periódico, maestro Haro Tecglen. Y, en cuanto a La guerra del fin del mundo, digo por mí mismo que es una mala versión realista y negativamente infinita de Dios y el Diablo en la Tierra del Sol, del gran cine brasileño. Y en cuanto a El hablador, vuelvo a remitir, al desocupado lector, a los jóvenes y cruentos críticos de este papel. Un gran escritor, en fin, emulsionado por la política, el poder o la ambición.

Hasta Madariaga, aquel retablo, advierte al escritor en general de los peligros de la política, aunque él cayera en todos. Vargas Llosa, Mario para los amigos, entre quienes no tengo el honor de contarme (no me fascinan los hombres morenos), empezó, como todo el boom, potenciado por la Historia y las historias, personalidad, vida y milagros de Fidel Castro, y ahora está en liberal proamericano. De la literatura española sólo le interesa Corín Tellado, y en su estudio sobre García Márquez sólo le encuentra al colombiano influencias nordeuropeas, ni una sola de España, en una obra escrita en español, y siendo tan visibles en GGM, Valle-Inclán y Gómez de la Serna. MVLL vivía en Barcelona, cuando entonces, porque Madrid era fascista. Tiempos, tiempos.


FRANCISCO UMBRAL, Mario, El País, 10 de abril de 1988. Todo el artículo AQUÍ

viernes, 17 de mayo de 2013

Librerías o bares de Madrid donde se puede adquirir "Neorrabioso. Poemas y pintadas" (Ediciones La Baragaña)


ARCADIA LITERARIA (67): Vargas Llosa a favor de Góngora


Y en las noches, antes de dormir, leía poesía, siempre a los clásicos del Siglo de Oro, y la mayor parte de las veces a Góngora. Era un baño lustral, cada vez, aunque fuera sólo por media hora, salir de las discusiones, las conspiraciones, las intrigas y las invectivas y ser huésped de un mundo perfecto, desasido de toda actualidad, resplandeciente de armonía, habitado por ninfas y villanos literarios a más no poder y por monstruos mitológicos, que se movían en paisajes quintaesenciados, entre referencias a las tabulaciones griegas y romanas, música sutil y arquitecturas depuradas. Había leído a Góngora, desde mis años universitarios, con admiración algo distante; su perfección me parecía algo inhumana y su mundo demasiado cerebral y quimérico. Pero entre 1987 y 1990 cuánto le agradecí haber erigido ese enclave desactualizado y barroco, suspendido en las alturas más egregias del intelecto y la sensibilidad, emancipado de lo feo, de lo mezquino, de lo mediocre, de ese tramado sórdido en que se dibuja la vida cotidiana para la mayoría de los mortales.

Entre la primera y la segunda vuelta —entre el 8 de abril y el 10 de junio de 1990— ya no pude hacer la lectura estudiosa de hora u hora y media en las mañanas, aun cuando me sentara en el escritorio con el ejemplar de Conjectures and Refutations o de Objective knowledge en las manos. Tenía la cabeza demasiado sumida en los problemas, en la tremenda tensión de cada día, con las noticias de atentados y muertes, pues más de un centenar de personas vinculadas al Frente Democrático, dirigentes distritales, candidatos a diputaciones nacionales o regionales, o simpatizantes, fueron asesinadas en esos dos meses, gentes humildes, esos seres del montón que en todas partes son las víctimas privilegiadas del terrorismo político (y del contraterrorismo) y tuve que abandonar. Pero ni siquiera el día de la elección dejé de leer un soneto de Góngora, o una estrofa del Polifemo o Las soledades o alguno de sus romances o letrillas y de sentir con esos versos que, por unos minutos, mi vida se limpiaba. Quede aquí constancia de mi gratitud al gran cordobés.


MARIO VARGAS LLOSA, El pez en el agua, Alfaguara, Madrid, 2005, págs. 234 y 235
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jueves, 16 de mayo de 2013

LO PEOR ES CUANDO TERMINAS LA PINTADA Y LA PARED NO APLAUDE (15): Natalia, tú eres el Aleph


Después de que Iratxe me dejara prometí no escribir jamás el nombre de otra mujer en mis poemas y mucho menos pintarlo en las paredes, sólo por ahorrarme el sufrimiento y el ridículo que supone que una mujer te abandone pero continúe perdurando en los muros y en los versos, pues hay que ser tonto al cubo para poner el nombre verdadero de la mujer que con el tiempo te va a dejar, error que nunca cometieron Propercio, Catulo o Lope de Vega, que llamaban a sus amadas con otros nombres y así se evitaban estos bochornos. Por eso, cuando me enamoré de Natalia me dije no, Batania no, NO VAS A HACER PINTADAS CON SU NOMBRE porque has aprendido y, además, tampoco quieres.

No quieres hacerlo, me decía, no quieres, pero me lo repetía tanto, no quieres, Batania, no quieres, que ya empezaba a sospechar de la realidad de mis irrealidades y mi querencia sin remedio por la pornografía confesional, de forma que una madrugada de no quieres, Batania, no quieres, salí de casa e hice esta pintada en el Parque de la Bombilla, no quieres, Batania, no quieres, anda que si llegas a querer.



miércoles, 15 de mayo de 2013

Una reflexión de MARIO VARGAS LLOSA


Hay una distancia moral infranqueable entre el Bertrand Russell que fue a la cárcel por excéntrico –por ser consecuente con el pacifismo que postulaba– y la moral de la convicción de un Dalí, cuyas estridencias y excentricidades jamás le hicieron correr riesgo alguno y, más bien, servían para promocionar sus cuadros. ¿Debemos poner en un mismo plano las extravagancias malditas que llevaron a un Antonin Artaud a una suerte de calvario y al manicomio y las que hicieron de Cocteau el niño mimado de la alta sociedad y miembro de la Academia de los inmortales?


MARIO VARGAS LLOSA, La moral de los cínicos, El País, 13 de julio de 1992. Todo el artículo AQUÍ

ARCADIA LITERARIA (66): Pla a favor de Racine


En sus grandes tragedias, Racine ha descrito las pasiones del amor como puede que no lo haya hecho ningún escritor. Voltaire escribió que Racine es el hombre que más profundamente ha conocido el corazón humano. En París iba a menudo a la Comedia Francesa: solo cuando representaban a Racine. Menos los vodeviles, el teatro francés es de un aburrimiento insoportable. Racine, no. Vale enormemente la pena. El teatro francés está lleno de cumplidos. Los pastores hablan como los marqueses, y las criadas, como las baronesas. Todo es perfecto, distinguido y sometido a las reglas. Voltaire escribió que la Academia había publicado cincuenta volúmenes de cumplidos. Rebosante de sensibilidad religiosa, Racine, de joven, quiso ser monje cartujo. Luego se casó; la cartuja fue -poco o mucho- olvidada, pero le quedó un fuerte y lúcido odio contra las pasiones del amor. En sus tragedias puede constatarse a cada instante. Las pasiones del amor son el estrago del mundo, el origen y el proceso de todas las calamidades personales, de las miserias de la vida, de los más abyectos enloquecimientos. Todo este mundo complejo y fabuloso está descrito y manipulado por Racine de forma maravillosa. ¡Qué manera de escribir, Dios mío! ¡Qué prodigio, qué virtuosismo! Es una manera que en la hora presente podrá gustar o no -a mí, personalmente, no me entusiasma-, pero ¿qué más puede pedirse? Más adelante no volvió a la cartuja, aunque sí fue uno de los principales elementos de Port-Royal -de los jansenistas-. Pascal y Racine fueron dos ardientes puritanos jansenistas. En las Lettres provinciales, Pascal escribió el francés definitivo; Racine, en sus tragedias, llevó la escritura del francés a su grado máximo. Quien lo dice es Voltaire. Su puritanismo ante las pasiones del amor le dio un aspecto lívido. La degradación de los personajes de las tragedias de Racine tal vez signifique que las tragedias de la vida no tienen solución en la tierra.


JOSEP PLA, Dietarios II: Notas para Silvia, Espasa Calpe, Madrid, 2002, págs. 338 y 339, traducción de Xavier Pericay

martes, 7 de mayo de 2013

TROYA LITERARIA (568): Borges contra el "Ulises", de Joyce


Creo que “Ulises” es un fracaso. Cuando se ha leído lo suficiente se saben miles y miles de circunstancias sobre los personajes, pero no se los conoce. Y pensar en los personajes de Joyce no es lo mismo que pensar en los de Stevenson o Dickens, porque en el caso de un personaje, en un libro de Stevenson, por ejemplo, un hombre puede que sólo esté presente en una página, pero se siente que uno lo conoce o que hay más de él por conocer. En “Ulises” se cuentan miles de circunstancias sobre los personajes: que han ido dos veces al lavabo, los libros que leen, sus posturas exactas cuando están sentados o de pie, pero, realmente, no se los conoce. Es como si Joyce hubiera pasado por ellos con un microscopio o una lupa. 


JORGE LUIS BORGES, recogido por Esteban Peicovich en Borges, el palabrista, Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1995

lunes, 6 de mayo de 2013





TROYA LITERARIA (567): Muñoz Molina contra García Márquez


Me he acordado de mi amigo cubano leyendo en estas páginas una crónica de Mauricio Vicent sobre otro regreso a La Habana, el de Gabriel García Márquez. Siempre es algo aterrador que la figura de alguien sea tan hipertrófica que baste su nombre de pila o su diminutivo para designarlo: Gabo, Fidel. Gabo viaja a La Habana y como es su costumbre se encuentra con su amigo Fidel, y también con otro amigo algo menos importante, Raúl, que sí necesita el apellido. Tanto García Márquez como Mauricio Vicent viven de un oficio inviable sin la libertad de expresión, pero en la crónica se sugiere como de pasada que para garantizar la intimidad del escritor los periódicos no están autorizados a informar de su presencia, de la que sólo se ha sabido por un artículo de Fidel. De Fidel Castro. Para qué van a hablar otros si ya está él para decir lo que conviene en un monólogo monstruoso de más de medio siglo. El escritor cuya sombra napoleónica cubre la extensión entera de la literatura de su país se encuentra con el tirano que lleva cincuenta años avasallando el suyo, y el hecho parece aceptarse con tanta normalidad como si se tratara de una reunión de viejos amigos. Al tirano octogenario le halaga que vayan a visitarlo intelectuales, los cuales siempre contarán después con admiración lo aficionado que es a la literatura, lo despierto que permanece a todo. Los intelectuales que rinden pleitesía al tirano y le llaman por su nombre de pila suelen venir de países democráticos en los que se declaran muy críticos contra el poder, pero se ve que para que tanta rebeldía se vuelva reverencia sólo hace falta que el poder sea absoluto. Cultivan una solidaridad abnegada, casi heroica, pero sólo con los verdugos, nunca con las víctimas, y tienen el corazón de hielo para los perseguidos que no se ajustan a su ortodoxia. En esas conversaciones tan entrañables y que duran tantas horas, no parece factible que García Márquez haya protestado ante Fidel Castro por la suerte de tantos cubanos cuyo único delito ha sido y es intentar dedicarse a lo mismo que él hace, a contar historias, o la de tantos otros expulsados, huidos, encarcelados, sacrificados, aplastados por la duración inhumana de una dictadura que empezó cuando mi amigo Vicente Echerri era un chico de doce años.

Me he acordado de él leyendo esa crónica, y también de Paquito d'Rivera, que lleva ya casi treinta años de exilio y sigue tocando con la misma furia que si estuviera en un cabaré de La Habana, y de Bebo Valdés, y de tantos cubanos a los que me he encontrado por el mundo, calumniados por la tiranía y por sus cómplices con el nombre infame de gusanos, llenos de nostalgia y a la vez de energía y de talento para abrirse paso donde quiera que los lleve el destierro, acostumbrados a ser sospechosos para el señoritismo miserable de intelectuales europeos y estrellas tarambanas del cine que gozan todos los privilegios de la libertad y de vez en cuando se conceden unas vacaciones pagadas de turismo revolucionario. En cuanto a García Márquez, que tantas veces ha escrito sobre la megalomanía delirante de los poderosos, tal vez lo que le atrae de Castro es que se parece a ese modelo doble de escritor y caudillo que sólo se da en las débiles y serviles sociedades hispánicas: el que lo quiere todo, el que no tiene a nadie que le haga sombra, el que despierta miedo y exige pleitesía, el que se convierte con exclusividad asfixiante en la encarnación de un país, el que recibe todos los premios y todas las medallas y todavía quiere más, el que es olvidado con alivio general en cuanto terminan sus pomposas exequias.


ANTONIO MUÑOZ MOLINA, El amigo del tirano, El País, 26 de julio de 2008. Todo el artículo AQUÍ
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viernes, 3 de mayo de 2013

TROYA LITERARIA (566): Juan Malpartida contra Umbral


Si no hubiera leído recientemente el libro de Felix Grande La calumnia, quizá no hubiera entendido la dimensión terrible del artículo de Umbral del día 22 de mayo, titulado Paz. Hacía tiempo que no leía algo tan sucio y vil: acusar a Octavio Paz -de manera velada, como lo hace la cobarde calumnia- de agente de la CIA y de cobrar "en dolares una vez al año, o antes si hubiera peligro de muerte" (aparte de las demás lindezas, dignas de un hombre crítica y moralmente pobre) es algo que merece ser contestado. Todo el artículo de Umbral es una condena a muerte a Octavio Paz y un tremendo desconocimiento de su obra y de su biografía: Paz no vino a Europa a entrometerse, sino a defender la causa republicana, con el riesgo de su vida; Paz es uno de los pocos escritores de nuestra lengua que ha criticado -con argumentos- el poder, llamese PRI, Washington, Moscú o, incluso, los males de la democracia; Octavio Paz dimitió como embajador de México en la India en 1968, como protesta por la matanza de Tlatelolco, y escribió un libro lúcido y valiente, Posdata; ha criticado a Estados Unidos dentro del país, ha defendido siempre la democracia -que es un espacio plural, un espacio de diálogo y posibilidad de crecimiento-; Paz no ha defendido jamás (que Umbral demuestre lo contrario, si puede) ningún tipo de dictaduras y ha reivindicado la lectura de los escritores libertarios. Umbral, con una ceguera que alarma pero que no es nueva, le critica que no se haya comprometido ni con su siglo ni consigo mismo (que el lector repase El laberinto de la soledad y El ogro filantrópico para lo primero, y su poesía para lo segundo). Señor Umbral: usted acusa a Octavio Paz de cobrar dinero de la CIA o de Wall Street (típica figura retórica de la calumnia); pues bien, demuéstrelo, o de lo contrario yo le digo en mi nombre, y sé que en nombre de multitud de lectores de Paz, que usted es un embustero y un calumniador.


JUAN MALPARTIDA, Defensa de Paz, El País, 28 de mayo de 1988 (AQUÍ)
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martes, 30 de abril de 2013

TROYA LITERARIA (565): Umbral contra Octavio Paz (IV)


Era Ortega con poncho, era el poeta que había sujetado la luz de América a una piedra, era el que levantó la vanguardia política y literaria en Méjico y luego, antes o después, se vino a Europa a entremeterse entre los surrealistas, vivir dentro del Vidrio Verde de Marcel Duchamp y hacer el amor con la Muchacha desnudada por sus solteros, y a toparse luminosamente, en una escalera, con el desnudo que la bajaba, metiendo la revolución natural del Nuevo Mundo (el Nuevo Mundo es una revolución natural), como una sobredosis de futuro y grito, en el cansado corazón de Europa. Hoy, ah, tiempos, tiempos, es quien mejor alecciona en liberalismo yanqui (lea a Kenneth Lipper quien no sepa lo que es el cruento liberalismo yanqui) a los jóvenes estudiantes de las Universidades norteamericanas, que el día de mañana pueden ser niños de provecho y agentes de la CIA.Eso era y esto es Octavio Paz, estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora. Él fue nostalgia del fango, pera del olmo, mono gramático, signo en rotación, piedra de sol, surrealista natural, cuarterón de una cultura precolombina y alucinatoria que conoció bien Antonin Artaud mediante el peyote; Artaud, un verdadero rebelde / revolucionario "de la raza de los acusados", como dijera Cocteau. Paz, acusado natural por americano, ha hecho el viaje inverso: del Méjico surrealista y revolucionario a la Europa lúcida, fría y convertida en piedra, cuyo primer símbolo es la mujer de Lot, convertida en sal por curiosidad: a Europa también la ha estatuizado su larga y aguda curiosidad.

Don Octavio es hoy el anti / Artaud, el anti / peyote, el anti / tolteca, el anti / Duchamp, y ya no tiene entre nosotros una casa de Vidrio Verde ni se topa con hermosos desnudos bajando la escalera ni cuenta ya, por supuesto, entre los novios que desnudaban a la muchacha de Marcel Duchamp. Octavio Paz es un pulcro europeo apócrifo que pone el énfasis en la libertad reaganamericana, cobra en dólares una vez al año, o antes si hubiere peligro de muerte, y espera educadamente, apoyándose en un pie o en el otro, en la larga cola del Nobel. A otros grandes americanos les ha pasado. La sombra gótica y ominosa de Wall Street se proyecta demasiado fuerte y cercana sobre el sol manuscrito de Méjico. Incluso los maestros de Paz (que no le citan nunca, por cierto), como André Breton, acabaron / acabó cantando a la hermosa juventud americana que iba a la guerra, en los campus yanquis, porque el surrealismo no da para vivir y la vida, ay, dura más que la biografia. Pero, en cualquier caso, uno diría que Paz no tiene derecho a seguir invocando a los jóvenes dioses revolucionarios (frente al Imperio español) de su viejo Méjico, ni a los viejos maestros surrealistas de su joven Europa de los 20. Paz es hoy su Sor Juana Inés de la Cruz, una monja aristócrata, lúcida y lesbiana, un travestí a lo divino, como se llevaban entonces, un alguien que se ha metido en la clausura del liberalismo por no comprometerse con el siglo ni consigo mismo.

Así se le van cayendo a uno los viejos y jóvenes maestros, cuando los tiempos son de calma y el tráfico de influencias intelectuales corre de Este a Oeste, por no hablar del diálogo Norte / Sur, que a Paz, hoy, le da como un cierto asco. El sabe, por americano y por lúcido, lo que el liberalismo atómico de los yanquis está haciendo con su sub / América, y este es el discurso más urgente que reclama la prosa de Paz. Pero él sigue aplazándolo en virtud de sutiles matizaciones sobre el nombre de la rosa de piedra azteca. Noble melena de una sola onda, corbata discreta, sutil deflagración interior de un rostro que fuera pétreo y tan americano. Paz: un instalado.


FRANCISCO UMBRAL, Paz, El País, 22 de mayo de 1988 (AQUÍ)
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