lunes, 8 de febrero de 2016


TROYA LITERARIA (907): Camus sobre La Rochefoucauld


Resulta muy difícil sacar algo en limpio sobre la conducta humana leyendo las Máximas de La Rochefoucauld. Ese bello equilibrio en la frase, esas calculadas antítesis, ese amor propio que se erige en razón universal, están muy lejos de los recovecos y caprichos que forman la experiencia de un hombre. Yo cambiaría con gusto todo el libro de las Máximas por una frase feliz de La Princesa de Clèves y por dos o tres sucesos verdaderos, tal como sabía coleccionarlos Stendhal. "Con frecuencia pasamos del amor a la ambición, más no se regresa casi nunca de la ambición al amor", dice La Rochefocauld, y me quedo sin saber ni una palabra sobre estas dos pasiones, porque eso puede invertirse. Julian Sorel, arruinando su carrera por medio de dos amores tan diferentes, me ilustra mucho más de cada uno de sus actos.


ALBERT CAMUS, fragmento del epílogo a CHAMFORT, Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas, Península, Barcelona, 1999, traducción de Antonio Martínez Sarrión, pág. 288

domingo, 7 de febrero de 2016

abogar


v. Defender en juicio. Interceder.


He leído en los Pensamientos de Leopardi las desternillantes correrías que había que librar en la Italia de principios de siglo XIX para esquivar a los cientos de escritores o poetastros que en cualquier rincón te obligaban a escuchar la lectura de sus manuscritos, y se me ha ocurrido la idea de fundar un falansterio o CIUDAD LIBRE DE ESCRITORES VIVOS, que sin embargo y precisamente por eso sería la ciudad más literaria de todas. Ya tengo avanzados algunos puntos de sus estatutos:

ARTÍCULO 1. Habida cuenta de que los escritores actuales afirman que el sustrato que les mueve a escribir no se funda en el diente del dinero ni en la púa de la fama, sino que todos proclaman que se acercan a las letras desde la humildad más estricta, esta ciudad se constituye para que puedan demostrar esa humildad POR PRIMERA VEZ.

ARTÍCULO 2. Habida cuenta, también, de que el número de escritores geniales que yacen en los cementerios y el número de sus obras maestras que dejamos sin leer empieza a ser intolerable y que, en cambio, las obras de los escritores vivos suelen estar permeadas por la imitación y la epigonía, cuando no por la necedad y la mala letra, esta ciudad se constituye para desterrar a los vivos porque nacen muertos y leer a los muertos porque siguen vivos.

ARTÍCULO 3. Por tanto, desde fecha de hoy, en los límites de esta ciudad, solo se podrá leer, reeditar y recitar en público a los escritores muertos. Si alguno de los ciudadanos es sorprendido practicando la extraña humildad de leer líneas propias a sus semejantes, pensando acaso que son alguna aportación imprescindible para la literatura universal, será invitado de inmediato a que abandone esta ciudad de mentira y se vuelva a su ciudad de mierda, esto es, de verdad.

Una reflexión de Pedro Salinas


A más de uno he oído decir que no quería leer demasiadamente, por miedo a perder su personalidad. Cuando es lo cierto que la maestría y originalidad poética se asemejan a la maestría y originalidad natatoria en que sólo se puede aspirar a ellas sabiendo hundirse y bucear en un medio ajeno, en muchos mares, y salir luego más dueño de sí y de sus movimientos que antes.


PEDRO SALINAS, fragmento de Defensa, implícita, de los viejos analfabetos, incluido en El defensor, Península, Barcelona, 2002, pág. 345

TROYA LITERARIA (906): Pizarnik sobre la poesía de Borges


Continúo leyendo los poemas de Borges. Mi falta de fervor es notoria. B. es inteligente pero es un poeta muy malo. Pienso que prosa y poesía han de diferenciarse inmensamente para que existan grandes prosistas que son malos poetas. Ahora, tengo la prueba en B. y en Mandiargues.


ALEJANDRA PIZARNIK, fragmento del 16 de abril de 1969 incluido en sus Diarios, Lumen, Barcelona, 2013, edición de Ana Becciú, pág. 856

abogado


m. Licenciado en Derecho. Intercesor.


A todos nos llega el día en el que nos atrevemos a guillotinar a nuestro Luis XVI, para unos es el día en que dejan de fumar, para otros el día en que dejan de beber; para éste el día en que logró desprenderse de una relación dependiente, para aquél el día en que huyó de la casa castrante de los padres; y para mí fue el 26 de octubre de 2004, día exacto en que prescindí para siempre del aparato de televisión.

UTILLAJE (34): La soberbia


Entre los sentimientos de estimación excesiva de sí mismo, soberbia, engreimiento y orgullo denotan menosprecio de los demás. El orgullo puede ser legítimo a veces, pero la soberbia y el engreimiento son repulsivos. Arrogancia, altivez, altanería, hinchazón, humos, ínfulas, ostentación hacen pensar más bien en el porte, ademanes y palabras con que el orgullo se manifiesta. En la ostentación se pretende demostrar algo que no se tiene. La vanidad no supone desprecio de los demás, sino simple egolatría, ufanía y sobreestimación de las propias cualidades. Envanecimiento, presunción y vanagloria son matices suyos; con esta última hace ostensible a los demás sus cualidades de una manera desproporcionada. Petulancia y fatuidad connotan ridiculez en el aire y en las palabras rebuscadas. La inmoderada estimación de sí mismo lleva al amor propio. Cuando se alude a una pasión desordenada para conseguir poder, riquezas, dignidades o fama, se habla de ambición. Descaro e insolencia son actitudes de atrevimiento y desvergüenza. La elación se dice del espíritu y del ánimo altivo o presumido; en literatura se trata de un estilo y lenguaje hinchado. Engolamiento y fanfarronería son modos de mostrar en forma desmedida y vana algo que no se posee. El engolamiento se refiere más a la postura adoptada y la fanfarronería, a las palabras. La alabanza propia, desordenada y presuntuosa cae en la jactancia o ufanía, si es arrogante. Majeza es una ostentación de esta cualidad. Familiarmente se habla de ponerse uno moños cuando se atribuye méritos y alardea de lo que no tiene; de prosopopeya, cuando afecta gravedad o pompa. Tufos expresa aire de vanidad y entonamiento. En cuanto a protervia, indica obstinación en la perversidad.


JOSÉ MARÍA ZAINQUI, Diccionario razonado de sinónimos y contrarios, Editorial de Vecchi, Barcelona, 1997, pág. 666

TROYA LITERARIA (905): La Bruyère sobre Ronsard


Ronsard y sus coetáneos causaron al estilo más daño que provecho. Mermaron su andadura en el camino que conduce a la perfección, lo expusieron a que se extraviara por siempre. Es sorprendente que las obras de Marot, de escritura natural y fácil, no hayan hecho de Ronsard, lleno de artificio y exaltamiento, un poeta más grande que Ronsard y que Marot juntos; y no es menos extraño que Belleau, Jodelle y Bartas hayan tenido la continuidad de Racan y Malherbe, y que nuestra lengua viniera a repararse cuando estaba a punto de corromperse.


JEAN DE LA BRUYÈRE, Los caracteres o las costumbres de este siglo, Edhasa, Barcelona, 2004, traducción de Ramón Andrés, pág. 43

abogacía


f. Profesión de abogado.


“Los vascos participaron con los demás españoles en el descubrimiento de América”, te dicen, y solo en la letra pequeña descubres que la mayoría de los vascos de aquella época se quedó en Euskadi. La historia se escribe con sal gorda y lo que hizo aquella minoría de vascos, que al parecer no fueron uno por uno y por intereses particulares sino todos juntos y llevando en el bolsillo una hoja del árbol de Gernika, no solo se aplica a todos los vascos de la época sino también a todos los vascos de quinientos años después, manipulación monstruosa que tampoco tendría mucha importancia si no fuera porque la historia se utiliza a menudo para decirte no solo lo que eres sino además con quién tienes que estar (y lo peor: contra quién). Pero es que, además…, ¿quiénes son esos vascos, si no he visto en mi vida al 99’9% de ellos? ¿Y esos que se hacen llamar españoles, a los que no conozco en el 99’999% de los casos? ¿Con qué derecho se arrogan hablar en mi nombre? De Astobieta, Lauros y las cincuenta personas que han marcado mi vida sí que siento una deuda inmensa, pero decir que pertenezco a Euskadi y España es como decir que pertenezco a la Vía Láctea: ni os conozco, ni me siento ligado a vosotros, ni pienso participar en más proyectos que los míos.

—¿Vuelves, Batania, a tu matraca ya muy cansina de que la única historia que existe es la biografía y que, por tanto, hay que dar garantías al individuo frente a los grupos en vez de dárselas a los grupos frente al individuo?
—Sí, a eso vuelvo.


ANECDOTARIO DE ESCRITORES (890): La postura de Lorca con respecto a la homosexualidad


Lorca alegó en aquel bar, según Rivas, que no había hecho jamás el amor a una mujer. El director no se lo creía, dada la extraordinaria fascinación que ejercía el poeta sobre todo el mundo, hombres, mujeres, daba igual. Pero Federico insistió:

Sólo hombres he conocido; y sabes que el invertido, el marica me da risa, me divierte con su prurito mujeril de lavar, planchar y coser, de pintarse, de vestirse de faldas, de hablar con gestos y ademanes afeminados. Pero no me gusta. Y la normalidad no es ni lo tuyo de conocer sólo a la mujer, ni lo mío. Lo normal es el amor sin límites. Porque el amor es más y mejor que la moral de un dogma, la moral católica; no hay quien se resigne a la sola postura de tener hijos. En lo mío no hay tergiversación. Uno y otro son como son. Sin trueques. No hay quien mande, no hay quien domine, no hay sometimiento. No hay reparto de papeles. No hay sustitución, ni remedo. No hay más que abandono y goce mutuo. Pero se necesitaría una verdadera revolución. Una nueva moral, una moral de la libertad entera. Ésa es la que pedía Walt Whitman. Y ésa puede ser la libertad que proclame el Nuevo Mundo: el heterosexualismo en que vive América. Igual que el mundo antiguo.

No estamos ante una grabación, por desgracia, de modo que sólo podemos tener una confianza relativa en la exactitud de las palabras que cree recordar Rivas Cherif (pasa lo mismo con las minuciosas conversaciones reconstruidas años después por Martínez Nadal). Sin embargo dichas palabras reflejan sustancialmente las ideas del poeta expresadas en su obra. También revelan que seguía con su obsesión de siempre de no ser marica, de que no le tomasen por tal.


IAN GIBSON, Lorca y el mundo gay, Planeta, Barcelona, 2009, págs. 341 y 342

sábado, 6 de febrero de 2016

TROYA LITERARIA (904): Ortega y Gasset sobre Valéry


Hace cien años, hubo en Francia un hombre que era una especie de huracán poético o marea viva del lirismo. Se llamaba Víctor Hugo. Como un poder elemental –ya digo, huracán, Syzigia–, sacudió e inundó toda la vida francesa. Su poesía es tosca, sin calidad, sin arcanos temblores, pero es ciclópea, magnánima, hercúlea, miguelangelesca. En rimas audaces cantó el amor, la mujer, el niño, la hoja otoñal, la vieja leyenda, la gran batalla, divinizó a Napoleón I, lapidó a Napoleón III, verbalizó sobre “l’Humanité”. No hay cosa de Francia y del hombre ante la cual no agitase sonoro su enorme cencerro, en un magnífico, universal, carnaval. Se comprende que los franceses viesen en él algo que no había existido desde Virgilio, Homero y Dante: el Poeta de un pueblo, el lirismo como institución. Pero desde entonces Francia se ha obstinado en tener siempre un Poeta, como tenía un Presidente de la República, y velis nolis ha henchido a la fuerza ese puesto, ese gran hueco público. De aquí la situación tragicómica del pobre Paul Valéry, último mandarín de las letras francesas, ni que decir tiene, auténtico Intelectual, pero corto de resuello, nada popular, manierista, con un exiguo caudal de cosas que decir y, como toda mente pobre, obligado para ser a retorcerse. De este hombre, que hubiera sido un excelente colaborador de una revista más o menos regional, se hizo, por fulminación, el Poeta de Francia. Y desde entonces ha tenido que vivir el egregio bonhomme galopando jadeante tras de su propia justificación.


JOSÉ ORTEGA Y GASSET, fragmento de El intelectual y el otro, publicado en La Nación de Buenos Aires en diciembre de 1940 y recogido en Obras completas de José Ortega y Gasset, Tomo 5 (1933-1941), Revista de Occidente, Madrid, 1964, págs. 509-510

abofetear


v. Dar bofetadas, sopapear.


Las contradicciones que existen entre lo que decimos en distintas ocasiones y las contradicciones aún mayores entre lo que decimos y lo que hacemos no son solamente un defecto sino una característica esencial de los seres humanos: esto hay que decirlo cuanto antes en auxilio sobre todo de las personas que, como yo, somos especialmente introspectivas y tendentes a la desesperación cuando descubrimos que casi todos nuestros intentos de orden terminan en nuevos caos. Con esto no quiero decir que se deba prescindir de la coherencia en nuestra escritura y en nuestra conducta, sino que pretendo alertar de lo difícil que es conseguirla para que uno sea condescendiente con sus fracasos. Contradecirse no solo es un error propio de los peores ejemplares de la especie: es también un rasgo de los mejores de ellos.

Doce pensamientos de Leopardi


ME parece sumamente difícil establecer si no hay nada más contrario a los principios básicos de la buena crianza que el hablar de uno mismo largamente y por hábito, o si no hay nada más raro que un hombre exento de este vicio.

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O yo me engaño, o raro es en nuestro siglo la persona generalmente encomiada, cuyos encomios no hayan nacido de su propia boca. Hay tanto egoísmo y tan grandes son la envidia y el odio que los hombres se tienen entre sí, que para labrarse un nombre no basta con hacer cosas encomiables, sino que es menester encomiarlas, o, lo que viene a ser lo mismo, hallar a alguien que en tu lugar las divulgue y las magnifique continuamente, contándolas en alto a los oídos del público para constreñir a los demás, bien mediante el ejemplo, bien con el ardor y la perseverancia, a repetir parte de esos encantos. No se puede esperar que nadie diga espontáneamente nada, por mucha valía que uno demuestre o por bellas que sean nuestras obras. Todos miran y callan eternamente, y, si pueden, impiden que otro vea. Quien quiera encumbrarse, aunque sea por virtud genuina, ha de olvidar la modestia. También en esto el mundo se parece a las mujeres: en que con verecundia y con discreción nada se consigue de él.

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NO hay nadie tan plenamente desengañado del mundo, ni nadie que lo conozca con tanta hondura ni que lo odie tanto que, al notarle un rasgo benévolo, no se reconcilie un poco con él; como no conocemos a nadie tan malvado que, al saludarnos cortésmente, no nos parezca menos malvado que antes. Observaciones que valen para demostrar la debilidad del hombre, no para justificar ni a los malvados ni al mundo.

• • • • • •

NO hay mayor muestra de poca filosofía y de poca sabiduría, que la pretensión de que la vida entera sea sabia y filosófica.

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EL género humano, y desde la más mínima de sus porciones, sin más salvedad que el individuo, se divide en dos partes: los que usan prepotencia y los que la padecen. Dado que no hay ley ni fuerza, ni progreso de filosofía ni de civilización capaces de impedir que hombre nacido o por nacer sea de aquéllos o de éstos, queda que quien pueda elegir, elija. Verdad es que no todos pueden, ni siempre.

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EN cada país, los vicios y los males universales de los hombres y de la sociedad humana se señalan como específicos del lugar. Yo nunca he estado en sitio donde no haya oído: aquí las mujeres son vanas e inconstantes, leen poco y están mal instruidas; aquí el público está pendiente de los asuntos ajenos, es muy charlatán y maldiciente; aquí el dinero, el favor y la ruindad lo pueden todo: aquí reina la envidia, y las amistades son poco sinceras: y así sucesivamente; como si en otros sitios las cosas se condujesen de otra manera. Los hombre son miserables por necesidad y están resueltos a creerse miserables por accidente.

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EN algunos lugares entre civilizados y bárbaros, como lo es, por ejemplo, Nápoles, se observa más que en otros algo que en cierto modo se verifica en todas partes: a saber, que el hombre al que se reputa sin dinero apenas se le considera hombre; si lo creen adinerado su vida corre constante peligro. De lo cual se deriva que en lugares así sea menester, como se pone en práctica generalmente, optar porque el estado propio en materia de dinero parezca un misterio; de manera que el público no sepa si te ha de despreciar o matar; y así uno no será sino aquello que son los hombres corrientemente, a medias despreciado y a medias estimado, y a veces importunado y a veces dejado en paz.

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LOS hombres no se avergüenzan de las injurias que cometen, sino de las que reciben. Ahora bien, para conseguir que los injuriadores se avergüencen sólo cabe corresponderles.

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DE la famosa carta de Cicerón a Lucilo, donde induce a éste a componer una historia de la conjuración de Catilina, y de otra carta menos divulgada y no menos curiosa, en la cual el emperador Vero ruega a su maestro Frontón que escriba, como hizo, la guerra pártica administrada por Vero; cartas que se parecen mucho a las que hoy se escriben a los periodistas, con la diferencia de que los modernos piden artículos de gacetas, y aquéllos, por ser antiguos, pedían libros, se puede inferir algo sobre la fidelidad de la historia, incluso cuando la escriben hombres contemporáneos y de gran predicamento en su tiempo.

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EL joven no puede acceder al arte de vivir, como tampoco, digamos, medrar en la sociedad ni experimentar en su frecuentación el menor gozo, mientras en él perdure la vehemencia de los deseos. Así, cuanto más se entibia, más hábil se vuelve en el trato de los hombres y de sí mismo. La naturaleza, benévolamente, como acostumbra, ha dispuesto que el hombre aprenda a vivir conforme va desengañándose de las razones de vivir; que conozca los medios para alcanzar su fines sólo cuando haya dejado de valorarlos como dichas celestiales, y cuando de su obtención apenas pueda experimentar una alegría moderada; que no goce hasta que no se haya vuelto incapaz de gozar con intensidad. Muchos llegan a muy temprana edad a este estado al que aludo; y no rara vez salen bien parados, merced a que desean levemente; estando en sus almas anticipada, por combinación de experiencia e ingenio, la edad viril. Otros no llegan a dicho estado nunca en su vida: son los pocos en quienes la fuerza de los sentimientos es tal desde un principio, que ni el paso de los años la aplaca: y los que gozarían en la vida más que nadie, si la naturaleza hubiese destinado la vida al gozo. Pero lo cierto es que éstos son de lo más infelices y niños hasta la muerte en su trato con el mundo, cuya comprensión se les escapa.

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QUIEN trata poco con los hombres rara vez es misántropo. Misántropos auténticos no hay en la soledad, sino en el mundo: porque del uso práctico de la vida, y no de la filosofía, se deriva el odio a los hombres. Y si alguien que lo es se retira de la sociedad, pierde en el retiro la misantropía.

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LA educación que reciben, especialmente en Italia, quienes son educados (que no son muchos, a decir verdad), es una formal traición ordenada por la debilidad contra la fuerza, por la vejez contra la juventud. Los viejos vienen a decir a los jóvenes: apartaos de los placeres propios de vuestra edad, porque todos son peligrosos y contrarios a las buenas costumbres, y porque nosotros, que hemos gozado de cuanto hemos podido, y que todavía, si pudiésemos, gozaríamos de más, ya no podemos hacerlo debido a los años. No os debéis cuidar de vivir hoy, sino de ser obedientes, de padecer y de fatigar lo más que podáis, para vivir cuando ya no estéis a tiempo. La sabiduría y la honestidad mandan que el joven se abstenga lo máximo posible de aprovechar la juventud, salvo para superar a los demás en las fatigas. De vuestro destino y de las cosas importantes dejad que nos ocupemos nosotros, que lo encauzaremos todo en nuestro provecho. Todo lo contrario de esto es lo que cada uno de nosotros hizo a vuestra edad, y volvería a hacerlo si rejuveneciese: pero vosotros fijaos en nuestras palabras, y no en nuestros hechos pasados ni en nuestras intenciones. Si actuáis así, creednos a los conocedores y expertos de las cosas humanas que somos, seréis felices. Lo que es engaño y fraude yo no lo sabría, como no lo sea el prometer felicidad a inexpertos bajo tales condiciones.

El interés de la tranquilidad común, doméstica y pública, es contrario a los placeres y a las empresas de los jóvenes; y por ello también la educación buena, o la así llamada, consiste en buena medida en engañar a los alumnos, al objeto de que pospongan su propio interés al de los demás. Pero, aparte de esto, los viejos tienden naturalmente a destruir, en la medida de sus fuerzas, y a suprimir de la vida humana la juventud, la vista de la cual aborrecen. En todas las épocas la vejez se ha conjurado contra la juventud, porque en todas las épocas ha caracterizado a los hombre la ruindad de condenar y de perseguir en otros los bienes que más anhelarían para sí mismos. Ahora bien, no deja de ser chocante que entre los educadores, los cuales, más que nadie en el mundo, hacen profesión de buscar el bien del prójimo, haya tantos que busquen privar a sus alumnos del mayor bien de la vida, que es la juventud. Más chocante es que no haya padre ni madre, ni tampoco preceptor, que sienta remordimiento de conciencia por dar a sus hijos una educación que parte de un principio tan maligno. Lo cual debería provocar más asombro si no fuese porque desde hace tiempo, debido a otras causas, el procurar la abolición de la juventud se considera una obra meritoria.

Fruto de semejante cultura maléfica, o tendente al provecho del cultivador en detrimento de la planta, es que los alumnos, al vivir como viejos en la edad florida, acaban siendo ridículos e infelices en la vejez, queriendo vivir como jóvenes; o bien, como ocurre más a menudo, que la naturaleza triunfe y que los jóvenes, viviendo como jóvenes no obstante la educación, se rebelen contra los educadores, quienes, si hubiesen fomentado el uso y el disfrute de sus atributos juveniles, habrían podido gobernarlos, mediante la confianza de los alumnos, que así nunca habrían perdido.


GIACOMO LEOPARDI, Pensamientos, Pre-Textos, Valencia, 1998, traducción de César Palma, 174 págs. 

ARCADIA LITERARIA (158): Kerouac sobre Thomas Wolfe


DOMINGO 11 DE ENE. [1948]. –Estoy leyendo “Ya no puedes volver a casa”, de Thomas Wolfe y me deslumbra su simplicidad, su humildad, la belleza de un alma perfecta en su edad madura, sus últimos años, los 35 y 36. Esto es algo que solo el “hacerse viejo” puede producir, como sucede con el buen bourbon. La crítica americana está ciega a la perfecta madurez de Wolfe, en especial al tono, tan mágico y simple.


JACK KEROUAC, Diarios 1947-1954. Mundo soplado por el viento, Editores Argentinos, Buenos Aires, 2015, traducción de Martín Abadía, pág. 93

abochornar


v. Causar bochorno. Sonrojar.


El problema de Nietzsche es que se dirige a tu majadero. El majadero es esa voz interior que nos dice que somos diferentes y por tanto superiores al resto. Obsérvese el salto. Sentirse diferente puede llevarte a la normalidad o a la marginación, a la vergüenza o a la rebeldía, pero solo tu majadero convierte esa diferencia en superioridad y desprecio al resto. Yo, te dices, tengo una sensibilidad que no encuentro en los demás. Soy un ser aparte. No soy rebaño. Toda esa gente de fuera no tiene nada que ver conmigo. Me repugnan. Ellos están ciegos y en cambio yo-me-doy-cuenta-de-las-cosas. El mejor alimento para tu majadero son los últimos libros de Nietzsche, donde este helenista adula a sus lectores haciéndoles creer que pertenecen a una minoría selectísima, la única que puede resistir “el aire fuerte” de sus escritos (cuando la realidad es que trabajó el aforismo, el panfleto y la anécdota autobiográfica, que son los modos más espectaculares de escritura, y era cuestión de tiempo que se convirtiera en el autor de masas que es hoy, el filósofo más pop de todos). Y tú te pones a leerlo y te dices: es verdad, siento lo mismo que este tío. Nietzsche y yo somos especiales. Nietzsche y yo somos almas gemelas. En este punto tu majadero ya está borracho y cubierto de ridículo porque al menos Nietzsche, aunque no lo considero para nada un sabio (el sabio que imagino se siente parte de la gente común y aprende de ella, mientras que Nietzsche la llamaba canaille), es uno de los grandes genios que ha dado la escritura, y hasta cuando dice majaderías tiene la disculpa de su genialidad. Pero que personas perfectamente corrientes, pues nada hay más corriente que sentirse distinto al resto, encuentren en sus diferencias la excusa para sentirse superiores y despreciativas con sus vecinos, tiene menos disculpa. No afirmo que Nietzsche pinchara en hueso: al contrario, considero que su éxito en este punto se debe a que se dirige a una parte animal de nuestro cerebro que todos tenemos, sobre todo los solitarios y los egocéntricos, y no me parece casual que haya sido entre escritores y artistas donde ha obtenido su filosofía mayor predicamento. Pero igual que Woody Allen decía que escuchando a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia, yo afirmo que leyendo a Nietzsche te entran ganas de retirar el saludo al butanero.

viernes, 5 de febrero de 2016

Diecisiete máximas de Séneca


• • • • • •  Nunca me avergonzaré de citar una sentencia buena porque sea de un autor malo.

• • • • • •  Para menguadas cosas ha nacido quien solo piensa en la gente de su tiempo.

• • • • • •  Lo que sobre todo nos impide alcanzar la perfección es que enseguida estamos contentos de nosotros mismos.

• • • • • •  El no querer es la causa; el no poder, el pretexto.

• • • • • •  Ninguna otra cosa aprovecha más al hombre que el pensamiento de su mortalidad.

• • • • • •  Hecatón dice: “Te voy a enseñar un hechizo amatorio sin droga, sin ensalmo de bruja alguna: si quieres ser amado, ama”.

• • • • • •  La Fortuna teme a los esforzados y acosa a los cobardes.

• • • • • •  Grande es quien usa la loza como si fuese plata, y no menor quien usa la plata como si fuese loza.

• • • • • •  A pocos coge la esclavitud; son muchos más los que se aferran a ella.

• • • • • •  Si alguna vez quiero divertirme con un tonto, no he de ir lejos a buscarlo: me río de mí mismo.

• • • • • •  Bien dijo aquel (quienquiera que fuese, pues se duda del autor) que, al preguntársele por qué ponía tanta diligencia en dominar un arte que a muy pocos había de interesar, respondió: “Bástanme a mí unos pocos, y aun uno solo, e incluso ninguno”. ¡Magnífico aquello de Epicuro escribiendo a uno de los que con él estudiaban: “No digo yo estas cosas para muchos, sino para ti solo, que teatro somos ya lo bastante grande el uno para el otro”.

• • • • • •  Más importa quién seas tú, que vas, que el sitio adonde vayas.

• • • • • •  El excesivo afán de cultura y erudición hace a los hombres pedantes, verbosos, importunos, pagados de sí mismos y no aprendedores de las cosas necesarias por haberse aprendido las superfluas. Cuatro mil libros aseguran que escribió el gramático Dídimo: con que tantísimas futilidades las hubiese solamente leído, ya sería para tenerle lástima. Porque en esos libros se pregunta por la patria de Homero, por la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte fue o no más libidinoso que borracho, si Safo fue o no mujer pública, y otras muchas cosas que, si las supieses, deberías más bien desaprenderlas.

• • • • • •  Dice Cicerón que, aunque se le doblase la duración de la vida, él no tendría tiempo para leer a los poetas líricos. Pon tú en la misma cuenta a los dialécticos.

• • • • • •  Eso que tú crees cumbre es solo un escalón.

• • • • • •  Viviré como quien sabe que ha nacido para los otros.

• • • • • •  ¿Preguntas cuál ha de ser la medida de tu riqueza? Ante todo, tener lo necesario; después, lo suficiente.


LUCIO ANNEO SÉNECA, Tesoro de máximas, avisos y observaciones, Edhasa, Barcelona, 1998, traducción de Manuel García de la Mora, 157 págs.