sábado, 1 de octubre de 2016

TROYA LITERARIA (1053): Baroja sobre Azorín


En el vestir, Pío Baroja fue el hombre más desaliñado de su generación y lo era por desidia, no por carecer de recursos. Madrid no pudo quitarle el empaque aldeano que le infundieron los montes de Vasconia. Usaba corbata, pero debía anudársela mientras pensaba en otra cosa y la llevaba de cualquier modo, lo mismo que el sombrero o la boina. Detalles que unidos a su escasa inclinación a cepillarse, a la ninguna importancia que dedicaba a las rodilleras de sus pantalones, y a su caminar con los pies un tanto vueltos hacia dentro, acaso explican aquel cierto dejo de ancianidad que hubo en su juventud.

Ninguna figura más opuesta a la suya que la de Azorín: gentleman perfecto, alto, tieso, mudo, enigmático, recién planchado todo él de pies a cabeza. A esto y a su terminante desemejanza espiritual, atribuyo su estrecha amistad. Para los dos, juntarse era completarse. Porque si Azorín, hermético como Arpócrates –el dios egipcio del silencio– gustaba de que alguien le hablase, a don Pío, que no sabía estarse callado, le era indispensable que alguien le oyese. Una vez, sin embargo, Baroja me preguntó con la ansiedad de quien necesita desvanecer una duda:

–¿Cree usted que Azorín tiene talento?...

Interrogación inconcebible en boca de don Pío.

–Yo creo que sí –repuse.

Se haló de la barba, se encogió de hombros, y con ademán desganado:

–Pues, yo creo que no, porque quien tiene algo en la cabeza lo echa fuera, lo dice, y Azorín nunca dice nada.

Incidente que descubre una de las características de don Pío, que en la afición a discutir el pro y el contra de las cosas se parecía a Unamuno.


EDUARDO ZAMACOIS, Un hombre que se va..., Editorial AHR, Barcelona, 1964, pág. 165


ARCADIA LITERARIA (255): Calvino sobre Defoe


Tan alejado de la hinchazón del siglo XVII como del colorido patético que tomará la narrativa inglesa del XVIII, el lenguaje de Defoe (y aquí la primera persona del marinero-comerciante capaz de alinear en columna como en un libro mayor incluso lo «malo» y lo «bueno» de su situación, y de llevar una contabilidad aritmética de los caníbales muertos, resulta ser un expediente poético, aun antes que práctico) es de una sobriedad, de una economía que, a semejanza del estilo «de código civil» de Stendhal, podríamos definir como «de relación comercial». Como una relación comercial o un catálogo de mercancías y herramientas, la prosa de Defoe es desnuda y al mismo tiempo detallada hasta el escrúpulo. La acumulación de detalles intenta persuadir al lector de la verdad del relato, pero expresa también de manera inmejorable el sentimiento de la importancia de cada objeto, de cada operación, de cada gesto en la situación del náufrago (así como en Moll Flanders y en el Coronel Jack el ansia y la alegría de la posesión se expresarían en la lista de objetos robados). Minuciosas hasta el escrúpulo son las descripciones de las operaciones manuales de Robinson: cómo excava su casa en la roca, la rodea de una empalizada, construye una barca que después no consigue transportar hasta el mar, aprende a modelar y a cocer vasijas y ladrillos. Por este empeño y placer en referir las técnicas de Robinson, Defoe ha llegado hasta nosotros como el poeta de la paciente lucha del hombre con la materia, de la humildad, dificultad y grandeza del hacer, de la alegría de ver nacer las cosas de nuestras manos. Desde Rousseau hasta Hemingway, todos los que nos han señalado como prueba del valor humano la capacidad de medirse, de lograr, de fracasar al «hacer» una cosa, pequeña o grande, pueden reconocer en Defoe a su primer maestro.


ITALO CALVINO, Por qué leer los clásicos, Tusquets, Barcelona, 1992, traducción de Aurora Bernárdez, edición digital en Lectulandia (AQUÍ), pág. 77

ANÉCDOTAS DE ESCRITORES (1040): Los atenienses excluyen a los sofistas de los tribunales


A mí me parece que Esquines improvisó más que nadie, como embajador y en los informes tras sus gestiones, como abogado y como orador público, y que sólo dejó sus discursos redactados por escrito para no resultar inferior a las meditadas piezas de Demóstenes; pero que fue Gorgias el iniciador del discurso improvisado, ya que se presentó en Atenas en el teatro y se atrevió a decir: “Proponedme un tema, y ofreció, por primera vez, a un público tan arriesgada posibilidad, dando a entender, sin duda, que lo sabía todo, que hablaría sobre cualquier asunto, abandonándose a la improvisación.

[…]

Al percatarse los atenienses de la habilidad de los sofistas, los excluyeron de los tribunales, como a hombres que triunfaban sobre lo justo con ayuda del razonamiento injusto y eran más fuertes que las personas honradas. Por eso, Esquines y Demóstenes se achacaban mutuamente esta condición, no como injuria, sino como algo que desacreditaba ante los jueces; pues, en privado, se consideraban dignos de admiración por su habilidad sofística. Demóstenes, si hay que creer a Esquines, se vanagloriaba ante sus amigos de que desviaba el voto de los jueces en favor de su opinión personal; y Esquines no creo que hubiera llegado ante los rodios como representante de un arte que éstos aun no conocían, si no lo hubiera estudiado ya cuidadosamente en Atenas.


FILÓSTRATO, Vidas de los sofistas, Gredos, Madrid, 1999, traducción de María Concepción Giner Soria, págs. 65 y 67

PÁGINAS MEMORABLES (15): Santomé y Avellaneda conversan sobre el antiguo novio de ella


Martes 3 de setiembre

Por primera vez, Avellaneda me habló de su antiguo novio. Se llama Enrique Ávalos y trabaja en el Municipio. El noviazgo solo duró un año. Exactamente, desde abril del año pasado hasta abril de este año. "Es un buen tipo. Todavía le tengo estima, pero..." Me doy cuenta de que siempre temí esta explicación, pero también me doy cuenta de que mi mayor temor era que no llegara. Si ella se atrevía a mencionarlo, era porque el tema ya no importaba tanto. De cualquier modo, todos mis sentidos estuvieron pendientes de ese Pero, que me sonaba a música celestial. Porque el novio había tenido sus ventajas (su edad, su aspecto, el mero hecho de llegar primero) y quizá no las había sabido aprovechar. A partir de ese Pero empezaban las mías y yo sí estaba dispuesto a aprovecharlas, es decir, a socavarle el terreno al pobre Enrique Ávalos. La experiencia me ha enseñado que uno de los métodos más eficaces para derrotar a un rival en el  vacilante corazón de una mujer, es elogiar sin restricciones a ese mismo rival, es volverse tan comprensivo, tan noble y tolerante, que uno mismo se sienta conmovido.  "De veras, todavía le tengo estima pero estoy segura de que no hubiera podido ser ni medianamente feliz con el." "Bueno, ¿por qué estas tan segura? ¿No decís que es un buen tipo?" "Claro que es. Pero no alcanza. Ni siquiera puedo achacarle que él sea muy frívolo y yo muy profunda, porque ni yo soy tan profunda como para que me moleste una buena dosis de frivolidad, ni él es tan frívolo como para que no llegue a conmoverlo un sentimiento verdaderamente hondo. Las dificultades eran de otro orden. Creo que el obstáculo más insalvable era que no nos sentíamos capaces de comunicarnos. Él me exasperaba; yo lo exasperaba. Posiblemente me quisiera, vaya uno a saberlo, pero lo cierto es que tenía una habilidad especial para herirme." Qué estupendo. Yo tenía que hacer un gran esfuerzo para que la satisfacción no me inflara los carrillos, para poner la cara preocupada de alguien que en verdad lamentara que todo aquello hubiera acabado en una frustración. Hasta tuve fuerzas para abogar por mi enemigo: "¿Y vos pensaste si no tendrías también tu poco de culpa? A lo mejor, él te hería simplemente porque vos estabas siempre esperando que él te hiriese. Vivir eternamente a la defensiva no es, con toda seguridad, el método más eficaz para mejorar la convivencia." Entonces ella sonrió y sólo dijo: "Contigo no tengo necesidad de vivir a la defensiva. Me siento feliz". Eso ya era superior a mis fuerzas de contención y disimulo. La satisfacción se derramó por todos mis poros, mi sonrisa llegó de oreja a oreja, y ya no me importó dedicarme a arruinar para siempre los prestigios aun sobrevivientes del pobre Enrique, un maravilloso derrotado.


MARIO BENEDETTI, La tregua, Alianza Editorial, Madrid, 1999, págs. 145-147


PÁGINAS MEMORABLES (14): Guillermo Tell lanza una flecha hacia una manzana colocada en la cabeza de su propio hijo


FRIESHARDT.Poderoso señor, soy un soldado de tu ejército, y me hallaba de centinela junto a este sombrero. He preso a este hombre porque se ha negado a saludarle; quería llevarlo a la cárcel cumpliendo tus órdenes, y el pueblo quiere quitármelo por la fuerza.
GESZLER.(Después de un momento de silencio.) ¿Así desprecias al emperador, y a mí que ocupo su lugar, negándote a mostrar el respeto debido a este sombrero que mandé colgar aquí para poner a prueba vuestra obediencia? Con esto das a comprender tus malas intenciones.
TELL.Perdonadme, señor; fue distracción, no desprecio, perdonadme. Como me llamo Tell, que no sucederá otra vez.
GESZLER.(Después de un momento de silencio.) Tell, eres maestro en el arco. Dicen que das siempre en el blanco.
WALTHER.Cierto, señor; mi padre acierta una manzana a cien pasos.
GESZLER.¿Es hijo tuyo, Tell?
TELL.Sí, señor.
GESZLER.¿Tienes muchos hijos?
TELL.Dos, señor.
GESZLER.¿A cuál de ellos amas con más cariño?
TELL.Ambos son mis hijos del alma.
GESZLER.Pues bien, Tell, puesto que aciertas una manzana a cien pasos, es necesario que dés una prueba de tu puntería. Toma tu ballesta; precisamente la llevas contigo. Prepárate a acertar una manzana colocada sobre la cabeza de tu hijo. Pero te aconsejo que apuntes bien y des en el blanco del primer flechazo, porque si yerras, pagarás con la vida. (Todos manifiestan su horror.)
TELL.Señor, ¡qué horrible mandato el vuestro!... Yo debo sobre la cabeza de mi hijo... No, no, no, mi bondadoso señor... no es posible que se os ocurra... ¡Líbreme de ello el Dios de las misericordias!... Vos no podéis con formalidad exigir de un padre semejante cosa.
GESZLER.Tú dispararás sobre una manzana colocada en la cabeza de tu hijo... lo quiero y lo mando.
TELL.¡Yo apuntar con mi ballesta a la cabeza de mi propio hijo!... antes la muerte.
GESZLER.Dispararás o morirás con él.
TELL.¡Ser el verdugo de mi hijo!... ¡Señor... vos no tenéis hijos... vos no sabéis lo que pasa en el corazón de un padre!
GESZLER.Por vida mía, Tell, que te vuelves de súbito muy prudente. Dicen que eres un soñador, que te apartas de los hábitos de los demás, que gustas de lo extraordinario... ahí tienes por qué elegí para ti una acción arriesgada. Otro reflexionaría, pero tú, tú cerrarás los ojos y tomarás osadamente tu partido.
BERTA.No os chanceéis, señor, con esta pobre gente. Vedlos pálidos y temblorosos en vuestra presencia; no están acostumbrados a tomar a chanza las palabras de su gobernador.
GESZLER.¿Y quién os ha dicho que me chanceo? (Se acerca a un árbol y coge una manzana.) Ahí está la manzana... ¡despejar!... Que mida la distancia según el uso. Le concedo ochenta pasos... ni más ni menos. Se jacta de acertar un hombre a cien pasos... Ahora dispara y no yerres el tiro.
RODOLFO.Dios mío; la cosa se formaliza... Arrodíllate, hijo, y suplica al gobernador que te conceda la vida.
WALTHER FURST.(A Melchthal que apenas puede contenerse.) ¡Dominaos, os lo ruego... calma!...
BERTA.(Al gobernador.) Basta, señor; es inhumano jugar así con la angustia de un padre. Aunque este pobre hombre mereciera morir por su leve falta, ¿no acaba de sufrir diez muertes? Dejadle volver a su cabaña; ha aprendido a conoceros, y él y sus hijos se acordarán de este momento mientras vivan.
GESZLER.Vaya... ¡despejad!... ¿Por qué tardas? Merecías morir, puedo matarte y ya ves... en mi clemencia pongo tu suerte en tus hábiles manos. No debe lamentarse del rigor de su sentencia el hombre a quien se deja dueño de su propio destino. Te jactas de tener buen ojo; ¡pues bien, cazador!... se trata de que nos muestres tu habilidad. El blanco es digno de ti, y el premio no carece de importancia. Dar en mitad del blanco eso cualquiera lo hace, pero el que es maestro, en todas ocasiones está seguro de su destreza, y no pierde el pulso ni la puntería porque lata su corazón.
WALTHER FURST.(Echándose a sus plantas.) Señor gobernador, reconocemos vuestro poder, mas preferid la clemencia a la justicia; tomad la mitad de mis bienes, tomadlos todos si queréis, pero excusad tan horrible tortura a un padre.
WALTHER.Abuelo, no te arrodilles delante de este mal hombre. Decid dónde debo colocarme, que por mi parte nada temo. Mi padre acierta los pájaros en el aire, y no herirá en el corazón a su hijo.
STAUFFACHER.Señor, ¿no os conmueve su inocencia?
ROESSELMANN.Pensad que hay un Dios en el cielo, a quien debéis dar cuenta de vuestras acciones.
GESZLER.(Señalando al niño.) Atadle a ese árbol.
WALTHER.¡Atarme! No, no quiero ser atado, tranquilo como un cordero, no me atreveré a respirar siquiera, pero si me atáis, no lo sufriré... no quiero que me atéis... si me atáis, resistiré.
RODOLFO.—Sólo te vendarán los ojos, hijo mío.
WALTHER.¿Y por qué? ¿Os figuráis que le temo a una flecha lanzada por mano de mi padre? Quiero esperarla con firmeza y sin pestañear... Vamos, padre mío, pruébales que eres diestro arquero. No quiere creerte, e intenta perdernos... A despecho de este hombre cruel, dispara, y acierta. (Se dirige al árbol, y colocan la manzana sobre su cabeza.)
MELCHTHAL.(A sus compañeros.) Pues qué... ¿se cometerá este crimen en nuestra presencia? ¿Para qué prestamos juramento?
STAUFFACHER.Es inútil; no tenemos armas, y ved en cambio qué bosque de lanzas nos rodea.
MELCHTHAL.¡Ah! si hubiésemos ejecutado nuestro designio inmediatamente! ¡Dios perdone a los que aconsejaron que se aplazara!
GESZLER.(A Tell.) ¡Manos a la obra! No se llevan armas impunemente, y es peligroso pasearse por ahí con un instrumento de muerte; la flecha va a parar derechazo contra el que la arroja. Este derecho que con tal orgullo se atribuye el campesino, ofende al señor de esta comarca, porque sólo quien manda debe ir armado. Puesto que os satisface usar el arco y las flechas... perfectamente... yo os daré el blanco.
TELL.(Tiende la ballesta y coloca en ella una flecha.) ¡Haceos a un lado!... ¡a un lado!
STAUFFACHER.¡Cómo, Tell! ¿Intentareis?... No; ¡jamás!.... tembláis.... ¡vuestra mano tiembla, se doblan vuestras rodillas!
TELL.(Deja caer su ballesta.) ¡Todo da vueltas en torno!
LAS MUJERES.¡Dios mío!
TELL.(Al gobernador.) Excusadme este trance. Ahí está mi pecho; ordenad a vuestros soldados que me maten.
GESZLER.No quiero tu vida; quiero que dispares la flecha. Todo lo puedes, Tell; nada te asusta; manejas así el remo como la ballesta, y no te impone pavor la tempestad cuando se trata de salvar a un hombre; sálvate ahora a ti mismo, puesto que salvas a los demás.

(Tell, hondamente agitado y con las manos temblorosas, ora vuelve los ojos al gobernador, ora los eleva al cielo. De repente saca una segunda flecha de su carcaj. El gobernador observa todos sus movimientos.)

WALTHER.(Bajo el árbol.) Disparad, padre; nada temo.
TELL.Forzoso es. (Recoge sus fuerzas y se apresta a disparar.)
RUDENZ.(Que durante la escena ha intentado dominarse, se adelanta.) Señor gobernador, sin duda no pasaréis más adelante... No; esto fue una prueba, y habéis logrado ya vuestro objeto. Extremar las medidas de rigor no sería prudente, porque el arco demasiado tirante se rompe.
GESZLER.Callad, hasta ser preguntado.
RUDENZ.Quiero hablar, debo hablar; el honor del rey es sagrado para mí... Semejante conducta sólo puede producir el odio, y ésta no es la intención del rey; me atrevo a afirmarlo. Mis conciudadanos no merecen semejante crueldad, y vuestras atribuciones no se extienden hasta estos límites.
GESZLER.¡Cómo! Osáis...
RUDENZ.Guardé silencio mucho tiempo há sobre todas las maldades de que fui testigo, y cerré los ojos a cuanto veía, y oculté en mi pecho la indignación de mi alma, pero callar por más tiempo fuera hacer traición a mi patria y al emperador.
BERTA.(Interponiéndose entre él y el gobernador.) Dios mío!... ¡Así irritáis más y más a este furioso!
RUDENZ.Abandoné a mis conciudadanos, renuncié a mi familia, rompí todos los lazos de la naturaleza para unirme a vos. Creía abrazar el mejor partido para este país, afirmando en él el poder del imperio, pero cae la venda de mis ojos y me veo con espanto atraído a un abismo. Perturbasteis mi mente inexperta, engañasteis mi ánimo confiado; con la más noble intención perdía a mis compatriotas.
GESZLER.¡Temerario!... Hablar así a tu soberano.
RUDENZ.Mi soberano es el emperador, y no Geszler. Libre al par que vos, puedo medirme con vos como caballero, y si no representarais al emperador, a quien venero, en el punto en que le hacéis ultraje os arrojaría el guante a la cara, y debierais darme satisfacción según las leyes de caballería. Sí; llamad a vuestros soldados... no estoy desarmado como el pueblo... tengo una espada y al primero que se acerque...
STAUFFACHER.(Gritando.) ¡Acertó la manzana! (Mientras todos escuchaban al gobernador y a Rudenz, Tell disparó la flecha.)
ROESSELMANN.¡El niño vive!
ALGUNOS.(Exclaman) ¡Acertó la manzana! (Walther Furst tiembla, próximo a caer desmayado. Berta le sostiene.)
GESZLER. (Sorprendido.) ¿Ha disparado?... ¡Cómo este demonio!
BERTA.El niño vive; volved en vos, buen padre.
WALTHER.(Acudiendo con la manzana.) Padre, toma la manzana; ya sabía yo que no habías de lastimar a tu hijo.

(Tell, al disparar la flecha, inclina el cuerpo hacia delante como si quisiera seguirla; después deja caer la ballesta, y cuando ve volver a su hijo, corre a su encuentro extendiendo los brazos, y le oprime con ardor contra su seno. Luego desfallece, próximo a perder el sentido. Todos le contemplan con emoción.)

BERTA.¡Bondad divina!
WALTHER FURST.¡Hijos míos! ¡hijos míos!
STAUFFACHER.¡Dios sea alabado!
LEUTHOLD.Acción memorable que ha de pasar a la historia!
RODOLFO.Mientras estas montañas permanezcan inmóviles sobre su base, se hablará del arquero Tell. (Presenta la manzana al gobernador).
GESZLER.¡Por el cielo! La atravesó de parte a parte. Es maravilla; forzoso es hacerle justicia.
ROESSELMANN.El flechazo ha sido bueno, pero ¡ay de aquel que ha forzado este hombre a tentar a la Providencia!
STAUFFACHER.Volved en vos, Tell, levantaos; os habéis portado bravamente, y podéis volver a casa en libertad.
ROESSELMANN.Id, y devolved el hijo a su madre. (Intentan llevárselo.)
GESZLER.¡Oye, Tell!
TELL.(Vuelve). ¿Qué me mandáis, señor?
GESZLER.Has guardado una segunda flecha contigo... Sí; sí; lo he visto perfectamente... ¿Cuál era tu intención?
TELL.(Confuso.) Señor; es costumbre entre los cazadores...
GESZLER.No, Tell, no acepto tu respuesta; otra era tu intención. Dime la verdad con toda franqueza, libremente. Sea lo que fuere, te prometo que tienes asegurada la vida. ¿Qué pensabas hacer de tu segunda flecha?
TELL.Pues bien, señor; puesto que me prometéis la vida, os diré la verdad. (Saca la flecha y la muestra al gobernador con terrible ademán.) Si hubiese tocado a mi hijo del alma, con esta segunda flecha disparaba contra vos, y juro al cielo que esta vez... no hubiera errado el golpe.


FRIEDRICH SCHILLER, Maria Estuardo. Guillermo Tell, Ediciones Libra, Madrid, 1970, traducción de J. Enrique García Melero, págs. 162-168

viernes, 30 de septiembre de 2016

ANECDOTARIO DE ESCRITORES (1039): Jung ve esquizofrenia en el estilo de Joyce


Si usted conociese mi teoría sobre el ánima, Joyce y su hija son el ejemplo clásico. Ella es netamente su "mujer inspiradora", eso que explica su rechazo obstinado de verla declarando bajo atención psiquiátrica. Su propia ánima, es decir, su psique inconsciente está sólidamente identificada con su hija, tanto que admite que su locura ha sido admitida por él mismo, como psicosis latente. Su estilo "psicológico" es totalmente esquizofrénico, con la diferencia que mientras el enfermo ordinario no puede pensar o hablar de esta forma, Joyce ha deseado y desarrollado toda su forma creadora hacia ese límite.


CARL JUNG, recogido por Manuel Arturo Vargas en James Joyce, Epesa, Madrid, 1972, pág. 104

PÁGINAS MEMORABLES (13): Max Estrella define el esperpento


MAX.Los ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.
DON LATINO.¡Estás completamente curda!
MAX.Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada.
DON LATINO.¡Miau! ¡Te estás contagiando!
MAX.España es una deformación grotesca de la civilización europea.
DON LATINO.¡Pudiera! Yo me inhibo.
MAX.Las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
DON LATINO.Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la calle del Gato.
MAX.Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas.
DON LATINO.¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
MAX.Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las caras y toda la vida miserable de España.
DON LATINO.Nos mudaremos al callejón del Gato.
MAX.Vamos a ver qué palacio está desalquilado. Arrímame a la pared. ¡Sacúdeme!


RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN, Luces de bohemia, Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1980, págs. 106 y 107


PÁGINAS MEMORABLES (12): El perro Buck gana una apuesta al conseguir arrastrar cien metros un trineo cargado con quinientos kilos de harina


Aquel invierno en Dawson, Buck llevó a cabo otra hazaña, no tan heroica quizá, pero que hizo ascender muchas muescas su nombre en el tótem de la fama, en Alaska. Fue una proeza especialmente satisfactoria para los tres hombres, que carecían de equipo y les permitió realizar el viaje al este virgen, donde aún no habían aparecido los mineros. Surgió de una conversación en la barra del Eldorado Saloon, donde los hombres alardeaban de las cualidades de sus perros. Por sus antecedentes, Buck era el objetivo de aquellos hombres, y Thornton tuvo que defenderlo. Había transcurrido media hora cuando un hombre afirmó que su perro era capaz de arrancar un trineo con doscientos kilos y seguir tirando de él; otro se jactó de que el suyo lo arrancaba con doscientos cincuenta; y un tercero con trescientos kilos.

—¡Bah! —dijo John Thornton—. Buck puede hacerlo con quinientos.
—¿Y arrancarlo del hielo y andar con él cien metros? —preguntó Matthewson, un minero enriquecido, el que se había jactado de los trescientos kilos.
—Desprenderlo y arrastrarlo cien metros —dijo fríamente Thornton.
—Bien —dijo Matthewson, lenta y deliberadamente para que todos pudieran oírlo—. Yo apuesto mil dólares a que no. Y aquí están. —Y diciendo esto, arrojó sobre el mostrador un saquito de oro en polvo del tamaño de una salchicha.

Nadie habló. El farol, si es que lo era, había tenido respuesta. Thornton sintió que una tibia oleada de sangre le asomaba al rostro. La lengua le había jugado una mala pasada. Él no sabía si Buck era capaz de arrancar quinientos kilos de peso. ¡Media tonelada! Aquella enormidad lo consternó. Tenía una gran fe en la fuerza de Buck y muchas veces había pensado que sería capaz de arrancar el trineo con una carga así, pero nunca, como en aquel momento, se había enfrentado a la posibilidad real, con los ojos de una docena de hombres fijos en él, en silenciosa espera. Además, no tenía los mil dólares, ni los tenían Hans y Pete.

—Tengo ahí fuera un trineo cargado con veinte sacos de veinticinco kilos de harina cada uno —prosiguió Matthewson, apremiante—; así que no hay ningún problema.

Thornton no replicó. No sabía qué decir. Paseó la mirada de un rostro a otro, con la expresión ausente de quien ha perdido la capacidad de pensar y busca en alguna parte el elemento que vuelva a ponerla en marcha. El rostro de Jim O’Brien, un rico minero y antiguo camarada, atrajo su mirada. Fue como una señal que lo impulsó a hacer algo que jamás habría imaginado que podría hacer.

—¿Puedes dejarme mil dólares? —preguntó, casi en un susurro.
—Claro —contestó O’Brien, y puso un voluminoso saquito al lado del de Matthewson—. Aunque tengo escasa fe, John, en que el animal lo consiga.

El Eldorado arrojó a sus parroquianos a la calle para presenciar la prueba. Las mesas quedaron desiertas, y los traficantes y los cazadores se acercaron a ver el resultado de la apuesta y a hacer las suyas. Varios centenares de hombres, con abrigo y guantes de piel, rodearon el trineo a prudente distancia. El trineo de Matthewson, cargado con quinientos kilos de harina, llevaba un par de horas detenido, y bajo el intenso frío (más de quince grados bajo cero), los patines congelados se habían incrustado en la nieve compacta. Hubo apuestas de dos contra uno a que Buck no lograría moverlo. Se inició una discusión acerca del término «arrancar». O’Brien sostuvo que Thornton tenía derecho a liberar los patines para que Buck «arrancara» el trineo. Matthewson insistió en que «arrancar» incluía liberar los patines de las heladas garras de la nieve. La mayoría de los que habían sido testigos de la apuesta inicial se pusieron a favor de Matthewson, con lo cual las apuestas subieron en contra de Buck a razón de tres a uno.

No hubo quien se arriesgase. Nadie lo creía capaz de tal hazaña. Thornton se había visto apremiado, con grandes dudas, a aceptar el desafío; y ahora, frente a la realidad material del trineo, con el equipo habitual de diez perros acurrucados en la nieve, la tarea le parecía más imposible aún. Matthewson estaba exultante.

—¡Tres a uno! —proclamó—. Apuesto otros mil, Thornton. ¿Qué me dice?

Thornton tenía la duda pintada claramente en el semblante, pero aquello despertó su espíritu de lucha, el que hace crecer al hombre ante las dificultades, le impide aceptar lo imposible y lo hace sordo a todo lo que no sea el clamor de la batalla. Llamó a Hans y a Peter. Los recursos de ambos eran exiguos y, sumándolos a los suyos, los tres socios apenas pudieron reunir doscientos dólares. Aunque aquella cantidad constituía el total de su capital, no vacilaron en depositarla junto a los seiscientos dólares de Matthewson.

Desengancharon a los diez perros del tiro y sujetaron a Buck al trineo con su propio arnés. Él se había contagiado de la excitación reinante y sentía que, de alguna forma, debía realizar algo grande por John Thornton. Su espléndida apariencia suscitó murmullos de admiración. Se hallaba en perfecto estado, sin un gramo de grasa, y los sesenta kilos que pesaba eran otros tantos de coraje y fortaleza. El pelaje le brillaba con el fulgor de la seda. Sobre el cuello y los hombros, su melena se erizaba, aun si permanecía quieto, y estaba a punto de levantarse con cada movimiento, como si un exceso de vigor dotase de vida y actividad cada uno de sus pelos. El amplio pecho y las poderosas patas delanteras estaban en perfecta proporción con el resto del cuerpo, cuyos músculos resaltaban como firmes pliegues bajo la piel. Cuando unos hombres palparon aquellos músculos y proclamaron su férrea dureza, las apuestas bajaron a dos a uno.

—¡Aquí, señor! ¡Escuche! —tartajeó uno de los más recientes magnates mineros—. Le doy ochocientos por él, señor, antes de la prueba, señor. Ochocientos, tal cual.

Thornton hizo un gesto de negación con la cabeza y se colocó al lado de Buck.

—Tiene que alejarse del perro —protestó Matthewson—. Que actúe por sí mismo y con espacio suficiente.

La multitud guardaba silencio; sólo se oían las voces de los que en vano ofrecían apuestas de dos a uno. Todo el mundo reconocía que Buck era un animal magnífico, pero a juicio de todos veinte sacos de veinticinco kilos de harina abultaban demasiado para que se animasen a jugarse el dinero.

Thornton se arrodilló al lado de Buck. Le cogió la cabeza con ambas manos y arrimó su mejilla a la del animal. No se la sacudió juguetonamente, como solía, ni murmuró en su oreja palabrotas de afecto, sino que susurró:

—Muéstrales cuánto que me quieres, Buck. Muéstraselo —fueron sus palabras. Buck gemía de impaciencia.

Los congregados observaban con curiosidad. El asunto tomaba un aire de misterio. Parecía un conjuro. Cuando Thornton se puso de pie, Buck le cogió la mano enguantada con la boca, se la apretó con los dientes y se la soltó lentamente, como sin ganas. Fue su respuesta, no a las palabras, sino al afecto del amo. Thornton dio unos pasos atrás.

—¡Ahora, Buck! —dijo.

Buck tensó las riendas y a continuación las soltó unos centímetros. Era así como había aprendido a hacerlo.

—¡Derecha! —resonó cortante la voz de Thornton en medio del silencio.

Buck se inclinó a la derecha, hizo un rápido y violento movimiento hacia adelante que tensó de nuevo las riendas, y súbitamente detuvo el impulso de sus setenta kilos. La carga se estremeció y, de debajo de los patines, surgió un seco crujido.

—¡A la izquierda! —ordenó Thornton.

Buck repitió la maniobra, esta vez hacia la izquierda. El crujido se convirtió en chasquido, el trineo osciló y los patines se movieron deslizándose unos centímetros hacia un lado. El trineo se había despegado. Los hombres contenían el aliento, inconscientemente.

—Y ahora, ¡arre!

La orden de Thornton sonó como un disparo. Buck se echó hacia adelante tensando las riendas con su poderoso impulso. Todo su cuerpo se con trajo en un tremendo esfuerzo, con los protuberantes nudos de los músculos visibles bajo la piel sedosa. Con todo el pecho rozando el suelo, la cabeza baja y hacia adelante, movía frenéticamente las patas, cuyas pezuñas iban dejando trazos paralelos sobre la nieve apelmazada. El trineo se balanceó, tembló y se deslizó ligeramente. Una pata de Buck resbaló y alguien soltó un gemido. Seguidamente el trineo avanzó como en una rápida sucesión de espasmos, aunque en realidad en ningún momento volvió a parar del todo… diez milímetros… veinte… cuarenta… Los tirones disminuyeron a ojos vista convirtiéndose, a medida que el trineo ganaba velocidad, en un movimiento uniforme.

Los espectadores recobraron el aliento y volvieron a respirar con normalidad sin percatarse de que por un momento habían dejado de hacerlo. Thornton iba corriendo detrás, animando a Buck con palabras de aliento. Se había medido la distancia y, según se aproximaban a la pila de leña que marcaba el fin del recorrido de cien metros, empezó a surgir un creciente murmullo que explotó en un rugido cuando Buck alcanzó la meta y se detuvo a la voz de alto. Todo el mundo, incluido Matthewson, estaba entusiasmado. Volaban por el aire guantes y sombreros. Los presentes se daban la mano, sin importarles con quién, y hablaban a gritos como en una incoherente babel.

Thornton, por su parte, se dejó caer de rodillas junto a Buck. Con las cabezas juntas, el amo mecía la del perro a un lado y a otro. Quienes se acercaron a ellos le oyeron decir reiteradamente palabrotas a Buck, en un tono que era a la vez ferviente, dulce y amoroso.

—¡Aquí, señor! ¡Escuche! —farfulló el magnate minero de antes—. Le doy mil por él, señor, mil dólares, señor… mil doscientos, señor.

Thornton se puso de pie. Tenía los ojos mojados. Por sus mejillas corrían sin disimulo las lágrimas.

—Señor —le dijo al magnate—, no, señor. Puede irse al demonio, señor. Es lo menos que puedo decirle, señor.

Buck cogió entre los dientes una mano de Thornton que no dejaba de mecerlo. Como animados por un mismo impulso, los espectadores retrocedieron hasta una respetuosa distancia; ninguno quería ser tan indiscreto como para interrumpirlos.


JACK LONDON, La llamada de la selva, Biblioteca Nueva, Madrid, 2010, traducción de José Ramón Díaz Gijón, edición digital en Lectulandia (AQUÍ), págs. 55-58

ANÉCDOTAS DE ESCRITORES (1038): Los modistas parisinos lanzan el "sombrero pulpo" a raíz de que Hugo publicara "Los trabajadores del mar"


Los trabajadores del mar puso de moda a los pulpos. Los sabios, consultados por los periodistas, negaron que fuesen peligrosos. Esta controversia fue útil al libro. Los modistas lanzaron el sombrero "pulpo", que debían llevar las "trabajadoras del mar", con cuya designación se denominaba a las muchachas que iban a Dieppe y a Trouville. Los restaurantes ofrecían "pulpo a la financiera". Unos buzos exponían un pulpo vivo, en un acuarium de la "Maison Domède", en los Campos Elíseos. Madame Víctor Hugo escribía desde París a su hermana Julie Chenay. "Aquí todo es "a lo pulpo". ¿Por qué mi marido es, ¡ay!, para mi corazón, el pulpo de Guernesey?"


ANDRÉ MAUROIS, Olimpio, o la vida de Victor HugoObras Completas VI, Plaza&Janés, Barcelona, 1963, traducción de Ramón Hernández, pág. 558

PÁGINAS MEMORABLES (11): El abominable pulpo, "una medusa servida por ocho serpientes"


Para creer en la existencia del pulpo, hay que haberlo visto.

Comparadas con el pulpo, las antiguas hidras hacen sonreír.

En ciertos momentos, sentiríase la tentación de pensar que lo inaccesible que flota en nuestros sueños encuentra en lo posible unos imanes a los cuales se adhieren sus rasgos, y que de esos oscuros extravíos del sueño nacen seres. Lo Ignoto dispone del prodigio, y lo utiliza para componer el monstruo. Orfeo, Homero y Hesíodo no pudieron hacer más que la Quimera; Dios hizo el Pulpo.

Cuando quiere, Dios descuella en lo execrable.

El porqué de esa voluntad constituye el espanto del pensador religioso.

Admitiendo todos los ideales, si el horror es una finalidad, el pulpo es una obra maestra.

La ballena tiene enormidad; el pulpo es pequeño. El hipopótamo lleva coraza; el pulpo va desnudo. La jararaca silba; el pulpo es mudo. El rinoceronte tiene un cuerno; el pulpo, no. El aluate tiene una cola prénsil; el pulpo no tiene cola. El tiburón tiene aletas tajantes; el pulpo carece de aletas. El vespertilio-vampiro tiene alas unguladas; el pulpo no tiene alas. El erizo tiene púas; el pulpo carece de ellas. La jifia tiene una espada; el pulpo no tiene espada. El torpedo dispone de una descarga eléctrica; el pulpo no tiene efluvio. El sapo lleva un virus; el pulpo no tiene virus. La víbora posee el veneno; el pulpo no lleva veneno. El león tiene garras; el pulpo no las tiene. El gypaetus tiene su pico; el pulpo no lo tiene. El cocodrilo tiene dientes; el pulpo, no.

El pulpo carece de masa muscular, de grito amenazador, de coraza, de cuerno, de dardo, de pinzas, de cola prénsil o contundente, de aletas tajantes, de alas unguladas, de púas, de espada, de descarga eléctrica, de virus, de veneno, de garras, de pico, de dientes. De todos los animales temibles, el pulpo es el más formidablemente armado.

¿Qué es, pues, el pulpo? Es la ventosa.

En los escollos de alta mar, allí donde el agua se estanca y oculta todos sus esplendores, en los huecos de las rocas nunca visitadas, en las cuevas desconocidas en que abundan las vegetaciones, los crustáceos y los moluscos, bajo los profundos portales del océano, el nadador que se aventura allí, llevado por la belleza del lugar, corre el riesgo de tener un encuentro. Si tenéis ese encuentro, no seáis curiosos, y escapad. Se entra deslumbrado; se sale aterrado.

He aquí lo que es ese encuentro, siempre posible, en las rocas de alta mar.

En el agua oscila una forma grisácea; tiene el grosor de un brazo y la longitud de media alna, aproximadamente; es un harapo; esa forma se asemeja a un paraguas cerrado y sin mango. El jirón avanza hacia vosotros poco a poco. De pronto, se abre, y ocho rayos se despliegan bruscamente en torno a una cara con dos ojos; esos rayos están vivos; en su ondulación hay algo de la oscilación de una llama; es una especie de rueda; desplegada, tiene cuatro o cinco pies de diámetro. Espantosa floración. Aquello se precipita sobre vosotros.

La hidra arponea al hombre.

Esa bestia se adhiere a su presa, la recubre y la anuda entre sus largas bandas. Por debajo es amarillenta, y por encima, terrosa; no hay nada que pueda reproducir ese inexplicable matiz de polvo; diríase que es un animal de ceniza que vive en el agua. Es un arácnido, por la forma, y camaleón, por el color. Cuando se irrita, se vuelve violáceo. Es una cosa espantosa y blanda.

Sus nudos agarrotan; su contacto paraliza.

Tiene aspecto de escorbuto y de gangrena. Es enfermedad dispuesta en forma de monstruosidad.

Es inarrancable. Se adhiere estrechamente a su presa. ¿Cómo? Por el vacío. Las ocho antenas, anchas en su origen, van afilándose y se terminan en agujas. Bajo cada una de ellas se extienden paralelamente dos hileras de pústulas decrecientes; las gruesas, cerca de la cabeza, y las pequeñas, en la punta. Cada hilera tiene veinticinco de ellas; hay cincuenta pústulas por antena, y en todo el animal, cuatrocientas. Esas pústulas son ventosas.

Dichas ventosas son cartílagos cilíndricos, córneos, lívidos. En la especie grande, van en disminución, desde el diámetro de una moneda de cinco francos hasta el grosor de una lenteja. Esos trozos de tubos salen del animal y penetran en él. Pueden hundirse en la presa más de una pulgada.

Ese aparato de succión tiene toda la delicadeza de un teclado. Se endereza, y luego se oculta. Obedece a la menor intención del animal. Las sensibilidades más exquisitas no igualan a la capacidad contráctil de esas ventosas, siempre proporcionadas a los movimientos interiores de la bestia y a los incidentes externos. Ese dragón es una sensitiva.

Este monstruo, que los marinos denominan pulpo, es lo que la ciencia llama cefalópodo, y la leyenda, kraken. Los marineros ingleses le dan el nombre de Devil-Fish, o Pez Diablo. También lo llaman Blood-sucker, es decir, chupador de sangre.

Es bastante raro en Guernesey; muy pequeño, en Jersey; bastante grande y frecuente, en Serk.

Una estampa de la edición de Buffon, por Sonnini, representa a un cefalópodo envolviendo a una fragata. Denis Montfort piensa que, en efecto, el pulpo de las altas latitudes tiene fuerza suficiente para hundir un navío. Bory-Saint Vincent lo niega, pero comprueba que en nuestras regiones ataca al hombre. Si vais a Serk, os mostrarán cerca de Brecq-Hou la cavidad de una roca donde un pulpo, hace algunos años, apresó, sujetó y ahogó a un pescador de bogavantes. Perón y Lamarck se equivocaban cuando dudaban que el pulpo, que carece de aletas, pueda nadar.

Quien escribe estas líneas ha visto con sus propios ojos, en Serk, en la cueva llamada las Boutiques, un pulpo perseguir a nado a un bañista. Después de muerto el animal, lo midieron y tenía cuatro pies ingleses de envergadura, y se pudo contar las cuatrocientas ventosas. Estando agonizante, las sacaba hacia fuera convulsivamente.

Según Denis Montfort, uno de esos observadores a los cuales la intuición a dosis elevadas hace ascender o descender hasta la magia, el pulpo tiene casi pasiones humanas; el pulpo odia. En efecto, en lo absoluto, ser abominable es abominar.

Lo disforme se debate bajo una necesidad de eliminación que lo hace hostil.

El pulpo que nada permanece, por decirlo así, dentro de la vaina. Nada con todos los pliegues recogidos. Imagínese una manga cosida con un puño dentro, que es la cabeza, que empuja al líquido y avanza con movimiento vago y ondulante. Sus dos ojos, aunque grandes, son poco perceptibles, porque tienen el color del agua.

El pulpo que va a la caza o está al acecho se oculta; se empequeñece, se condensa; se reduce a su más simple expresión. Se confunde con la penumbra. Parece sólo un pliegue del oleaje. Se asemeja a todo, menos a una cosa viva.

El pulpo es la imagen del hipócrita. No se pone atención en él, y de pronto se abre.

¡Qué puede haber más espantoso que una viscosidad con voluntad propia! Es gluten amasado con odio.

En el azul más bello del agua límpida es donde surge esta horrenda estrella voraz de la mar. No se acerca, y eso es terrible. Casi siempre, cuando se la ve, ya se está preso de ella.

Sin embargo, por la noche, y particularmente en la estación de celo, es fosforescente. Ese espanto tiene sus amores. Espera el himeneo. Se embellece, se ilumina, se alumbra, y, desde lo alto de alguna roca, puede distinguírsele allá abajo, en las profundas tinieblas, floreciente, en una irradiación pálida, como un sol espectral.

El pulpo nada; también anda. Es un poco pez, lo que no le impide ser también algo reptil. Repta por el fondo del mar. Cuando anda utiliza sus ocho patas. Se arrastra de igual modo que la oruga de geómetra.

No tiene huesos, ni sangre, ni carne. Es una cosa fofa. No hay nada dentro. Es un trozo de piel. Puede darse vuelta a sus ocho tentáculos lo mismo que se vuelven los dedos en un guante.

Sólo tiene un orificio, en el centro de sus rayos. Ese hiato único, ¿es el ano, o la boca? Las dos cosas.

La misma abertura sirve para las dos funciones. La entrada es la salida. Todo el animal es frío.

El zoófito del Mediterráneo. Es un contacto odioso, el de esa gelatina animada que envuelve al nadador, en la cual éste hunde las manos y las uñas; puede desgarrársela sin matarla, arrancarla sin suprimirla; es una especie de ser deslizante y tenaz que se escurre entre los dedos; pero ningún estupor iguala a la súbita aparición del pulpo, que es una medusa servida por ocho serpientes.

No hay apresamiento parecido al del abrazo cefalópodo.

Es este la máquina neumática que ataca. Tiene uno que vérselas con el vacío con patas. Ni zarpazos, ni dentelladas; sólo una escarificación indecible. Una mordedura es temible, pero menos que una succión. La zarpa no es nada junto a la ventosa. La zarpa es la fiera que penetra en nuestra carne; la ventosa es uno mismo entrando en la fiera. Se hinchan los músculos del atacado, se retuercen las fibras, revienta la piel bajo una presión inmunda, brota la sangre y se mezcla horriblemente con el linfo del molusco. El animal se sobrepone a uno por mil bocas infames; la hidra se incorpora al hombre; éste se amalgama a la hidra. Constituyen ambos una sola entidad. La pesadilla se apodera de uno. El tigre solo puede devorarnos; el pulpo –¡horror!– lo aspira a uno. Tira del hombre y se lo asimila, y ligada, aglutinada, impotente, la víctima se siente vaciada lentamente en ese espantoso saco, que es un monstruo.

Más allá de lo terrible, que es ser comido vivo, está lo indescriptible, que es ser bebido vivo.


VICTOR HUGO, Los trabajadores del mar, Ediciones Cedro, Barcelona, 1976, págs. 372-376 


PÁGINAS MEMORABLES (10): Billy Bones llega al “Almirante Benbow” y pide a Jim Hawkins que le avise si ve a un marinero con una sola pierna


Lo recuerdo como si fuera ayer: llegó caminando pesadamente a la puerta de la posada, con el baúl detrás en una carretilla; era un hombre alto, fuerte, corpulento, de piel morena; una coleta negra embreada le caía sobre la espalda de su sucia casaca azul; tenía las manos encallecidas y agrietadas, y las uñas negras y rotas; y aquel chirlo de sable, de un blanco sucio y lívido, que le cruzaba la mejilla. Recuerdo que se volvió a contemplar la ensenada y se puso a silbar ensimismado; después rompió a cantar aquella vieja tonada marinera que tantas veces le oiríamos luego:

Quince hombres sobre el baúl del muerto...
¡Yujujú, y una botella de ron!

con aquella aguda y cascada voz de viejo que parecía haberse modulado y quebrado al son de los espeques del cabrestante. Luego llamó a la puerta con un palo parecido a un bichero que llevaba en la mano, y cuando mi padre apareció pidió a voces un vaso de ron. Se lo sirvieron; lo bebió lentamente, saboreándolo como buen catador, mientras se volvía a mirar ora el acantilado ora el letrero de nuestra posada. Al cabo dijo:

—Buena ensenada, esta; y la taberna no está mal situada. ¿Muchos clientes, compadre?

Mi padre le contestó que no, que muy pocos, y que era una lástima.

—Entonces, este camarote me conviene —repuso él. Y luego, dirigiéndose al hombre que empujaba la carretilla, le gritó—: ¡Eh, mozo! Acosta a este lado y descarga el baúl. Me quedaré aquí una temporada —después añadió—: Soy un hombre sencillo. No necesito más que ron y huevos con tocino, y el mirador de ahí arriba para ver pasar los barcos. ¿Que cómo me tenéis que llamar? Llamadme capitán. Ya veo lo que estáis pensando..., ahí va —y arrojó sobre el umbral de la puerta tres o cuatro monedas de oro y declaró, orgulloso como un comandante—: Ya me diréis cuando se haya acabado.

Y, de hecho, por muy mala que fuera su ropa, por muy vulgarmente que hablara, no tenía en absoluto el aspecto de un simple marinero del castillo de proa; parecía más bien un oficial o un capitán acostumbrado a dar órdenes o latigazos. El hombre que empujaba la carretilla nos dijo que se había bajado de la diligencia aquella misma mañana delante del Royal George, y había preguntado qué posadas había por la costa; supongo que cuando se enteró de que la nuestra era recomendable y, al decir de la gente, solitaria, la eligió entre las demás para hospedarse en ella. Eso es todo lo que conseguimos saber de nuestro huésped.

Era por lo general un hombre muy callado. Se pasaba el día merodeando por la ensenada o por el acantilado, con un catalejo de latón; al anochecer se sentaba en un rincón de la sala, junto a la chimenea, y bebía ponche muy cargado. La mayor parte de las veces no contestaba cuando se le dirigía la palabra; se limitaba a levantar la vista, lanzando una mirada hostil, y a resoplar por la nariz como una sirena de barco; mi familia y la gente que frecuentaba la posada no tardamos en darnos cuenta de que era mejor no meterse con él. Todos los días, cuando regresaba de su paseo, preguntaba si había pasado por el camino algún marinero. Al principio pensamos que su interés se debía a que echaba de menos la compañía de gentes de su oficio, pero al cabo comprendimos que lo que quería era precisamente evitarla. Cuando un marinero se hospedaba en el Almirante Benbow (como sucedía a veces cuando alguno bajaba de Bristol por la carretera de la costa), lo observaba a través de la cortina de la puerta antes de entrar en la sala; y siempre estaba más callado que un muerto cuando había un marinero delante. Para mí, al menos, el asunto no encerraba ningún secreto pues, hasta cierto punto, compartía su preocupación. En cierta ocasión me había llamado aparte, prometiéndome una moneda de plata de cuatro peniques el primer día de cada mes a cambio de «estar ojo avizor por si divisaba a un marinero con una sola pierna» y de avisarle en el mismísimo momento en que apareciera. Bastante a menudo, cuando a primeros de mes iba a verle y a pedirle mi paga, se limitaba a resoplar por la nariz mirándome con desprecio; pero antes de que acabara la semana se ve que se lo pensaba mejor y me daba la moneda, repitiéndome las instrucciones de que estuviera atento al «marinero con una sola pierna».

Excuso deciros que este personaje me obsesionaba en sueños. En las noches de tormenta, cuando el viento sacudía las cuatro esquinas de la casa y las olas azotaban la ensenada y el acantilado, lo veía bajo mil formas y con mil expresiones diabólicas. A veces tenía la pierna cortada a la altura de la rodilla, otras, a la de la cadera; en ocasiones era un ser monstruoso con una pierna que le salía del centro del cuerpo. La peor de las pesadillas era verlo saltar y correr y perseguirme por montes y barrancos. Con tan abominables fantasías, bien cara me salía la paga del mes.


ROBERT LOUIS STEVENSON, La isla del tesoro, El País, Madrid, 2004, traducción de María Durante, págs. 15-18

Una reflexión de Rosa Montero


La escritora Belén Gopegui me dijo hace algún tiempo que le desagradaban las biografías y que el género le parecía puramente chismoso. A mí, en cambio, me encanta; y no por lo que pueda tener de cotilleo, sino por su cualidad especular. Creo que al leer las vidas de los demás estamos intentando aprender de ellos: los personajes biografiados son exploradores que van de descubierta por esa terra incognita que es la existencia. Estudiamos sus aventuras y sus desventuras con el afán de deducir cómo es aquello que nos espera: cómo se puede uno manejar ante el triunfo y el fracaso, ante la vejez, el desamor o la pérdida, ante la muerte de los demás y la muerte propia.


ROSA MONTERO, Historias de mujeres, Alfaguara, Madrid, 1995, pág. 238