viernes 3 de febrero de 2012

Ya existen fecha y lugar para el partido de fútbol poetas inéditos vs poetas publicados: es hora de apuntarse


Hemos contratado dos horas para el domingo doce de febrero, a partir de las 17:00 horas, en el Polideportivo de La Elipa, donde jugaremos el primer partido mundial entre poetas inéditos y poetas publicados. Ya os podéis apuntar dejando un mensaje. El precio que debe pagar cada jugador, lesiones aparte, por la contratación del campo y la luz (a partir de las 18:00 jugaremos con luz) es de tres euros. Los jugadores inéditos deberán acudir con una camiseta de color blanco y los publicados con una camiseta de color (cualquier color). De momento ya existen dos jugadores confirmados, Álvaro Guijarro en el bando de los publicados, y yo mismo en el bando de los inéditos. 

¡Ánimo!!!!

TROYA LITERARIA (371): Gertrude Stein contra Hemingway y viceversa


Durante una época bastante dilatada, Hemingway y Stein se turnaron en despreciarse mutuamente por escrito. Stein había sido su mentora, cosa que Ernest se esforzaba en desmentir a toda costa. Hemingway le había hecho el favor de ayudarle a publicar Ser norteamericanos, una deuda que tampoco Stein quería recordar. Además, su compañera Toklas estaba celosa de “su debilidad por Hemingway”. En su Autobiografía de Alice B. Toklas, Stein describe a Hemingway como un arribista oculto tras la máscara del artista entregado, un hombre básicamente temeroso, dado a exhibiciones de falsa valentía, y con “un noventa por ciento de rotario”, entre otras lindezas. Hemingway disparó unas cuantas salvas en su dirección antes de la publicación de la Autobiografía en 1933, continuó el asalto en The Green Hills of Africa (Las verdes colinas de África, 1935) y, con más ferocidad si cabe, en el libro publicado póstumamente, París era una fiesta. El ácido retrato de Stein que hace Hemingway en ese libro de memorias se encuentra muy cerca, por su maldad, del que traza a propósito de Fitzgerald. Cada uno de esos retratos ocupa tres capítulos del libro.

No era Hemingway, sino Stein, la miserable arribista, según se dice en París era una fiesta. Durante los tres o cuatro años en que fueron buenos amigos, escribió Ernest, nunca escuchó a Gertrude hablar bien “de ningún escritor que no hubiera escrito favorablemente, en términos elogiosos, acerca de su obra, o que no la hubiese ayudado a promocionar su carrera, con la sola excepción de Ronald Firbank y, más tarde, de Scott Fitzgerald”. La obra de Fitzgerald siempre le gustó, como también le gustaba Alice Toklas.

Sin embargo, los mayores golpes de Heminway en París era una fiesta se reservan para el lesbianismo de Stein. Según cuenta, Gertrude –en calidad de abogada del movimiento– le explicó que las lesbianas no eran como los homosexuales varones. El acto al que se dedicaban los amantes varones era “feo y repelente; después ellos mismos se dan asco”. Terminaban por tomar drogas, cambiaban constantemente de pareja, nunca eran felices. Las mujeres que hacían el amor una con otra, por el contrario, no hacían nada que fuera desagradable o repulsivo; “después se sienten felices y pueden pasar juntas una vida feliz”. Nada convencido Hemingway, le preguntó por una lesbiana notoria. Stein le aseguró que ésa era una excepción a la regla, una “viciosa de verdad y, claro, no logra sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora”. ¿Lo había entendido? Ernest no estaba muy seguro. “Se presentaban tantas cosas por comprender en aquellos tiempos, que sentí alivio cuando cambiamos de conversación”.


SCOTT DONALSON, Hemingway contra Fitzgerald, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2002, págs. 196 y 197. Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane
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jueves 2 de febrero de 2012

Sobre la fans-tasía


Me dan una vergüenza tremenda los clubes de fans. Hace dos años, cuando surgió The Neorrabioso Club (AQUÍ), operé en secreto para hundirlo y lo hice con éxito, pero quedé fatal con la persona que lo creó, una de las personas a las que más debo en Madrid. Mi facebook (AQUÍ) es otro club de fans que cuenta con ocho administradores, personas que lo crearon para defender mi blog extinto Poesía Mundial de la A a la Z, amenazado por la propiedad intelectual. Lo mismo ocurrió con el Twitter (AQUÍ), que lo fundó Ana Gorría.

Tras mi última autodestrucción, se creó otro club de fans en facebook (AQUÍ), supongo que para reclamar mi vuelta. No sé quién lo fundó. También ha surgido un blog cuyo autor o autores desconozco, La poesía ha vuelto y claro que tiene la culpa Batania (AQUÍ), cuyo solo título me causa bochorno, que sin embargo es un blog alucinante: está muy bien maquetado, tiene muchos contenidos y un número de poemas asombroso, algunos de los cuales es casi imposible encontrarlos porque no figuran en ninguna de mis selecciones. También cuenta con fotos mías que yo no tengo ni había visto en mi vida: ¿cómo se explica esto?

Más. De esto me he enterado ayer tras recibir un correo privado. Roser Amills Bibiloni, bloguera del diario La Vanguardia (AQUÍ), ha propuesto un club de fans neorrabiosos en facebook. En sólo tres días ya ha conseguido casi 300 miembros (AQUÍ). Es el tercer club en facebook. El tercero. Esto es demasiado.

O sea. No he empatado a nadie, no tengo un solo libro publicado y, sin embargo, tengo ya, aparte de mis espacios propios, dos blogs, un twitter y tres facebooks de fans. Flipante.

Por otra parte, mi obra esencial está en los blogs de Bletisa (AQUÍ), Paula Irupé Salmoiraghi (AQUÍ), Gsús Bonilla (AQUÍ) y Ana Pérez Cañamares (AQUÍ). Y existen dos colgados en Facebook, Felipe Zapico Alonso (AQUÍ) y Mayra Cósmica Labios Rojos (AQUÍ), que continuamente linkean o suben algunas de mis cosas. Y Montoya (AQUÍ) también ayuda lo suyo.

A todos ellos gracias. Muchas gracias. Para qué decir que siento vergüenza, lo cual es cierto, si a la vez siento mucho orgullo y agradecimiento. Muchas gracias, en serio.
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Ya queda menos para el partido POETAS PUBLICADOS vs POETAS INÉDITOS (Se abren los comentarios en este blog)

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NOTA: Necesitamos que se animen sobre todo los poetas inéditos, porque cada vez tenemos menos. Consideramos publicado a todo poeta que cuente con un poemario impreso. Al que sólo ha figurado en antologías, se le considera poeta inédito. Al que figure en un libro conjunto con sólo dos o tres poetas más, se le considera publicado. Las fechas y el lugar del partido los concretaremos enseguida, pero id comprando casco y espinilleras porque algunos de los poetas inéditos tienen mucho rencor acumulado. 
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TROYA LITERARIA (370): Fernando Vallejo contra los españoles, sean escritores o no


No me vaya a salir ahora como el Cid, de quien se dice en su poema: "Qué buen vasallo sería si tuviera buen señor". ¡El héroe nacional de España soñando con ser criado! España no tiene redención y nuestra gran desgracia ha sido que nos colonizara esta raza, la más cerril de Europa y la más cruel con los animales, la de la Inquisición de Torquemada, la gran lacaya de la puta vaticana de Roma, la nación de los tiranistas que fueron capaces de gritar cuando los franceses los querían liberar de Fernando VII: "¡Vivan las cadenas!" España, capaz de tirar cabras vivas desde los campanarios de las iglesias.

En Tordesillas (provincia de Valladolid), el martes de la segunda semana de septiembre y durante las fiestas que se celebran desde hace siglos en honor de Nuestra Señora la Virgen de la Peña, se corre el famoso "toro de la vega": sueltan un toro para que una horda de católicos de a pie y de a caballo y armados de lanzas que terminan en afiladas hojas metálicas lo persigan y lo alanceen una y otra vez en cualquier parte del cuerpo, pero eso sí, sin matarlo ni usar vehículos de motor por prohibición expresa del Ayuntamiento que es muy civilizado. Al toro lo obligan a cruzar un puente que desemboca en una vega y por ella sigue la persecución hasta que el animal cae al suelo exhausto. Entonces el que llega primero lo remata acuchillándolo en la nuca, le corta los testículos que enarbola en una lanza y como premio del Ayuntamiento recibe otra lanza, ahora toda de hierro, y una insignia de oro. En cambio en las fiestas de San Juan en Coria (provincia de Cáceres), al toro no lo alancean: lo acosan por las calles durante horas bajo una lluvia de dardos que la chusma católica y borracha le lanza con cerbatanas hasta que lo matan. Y en Medinaceli (provincia de Soria), ni lo alancean ni lo asaetean: echan el toro a correr vuelto una bola de fuego. Son los "toros de fuego", de los que los hay también en las provincias de Zaragoza, Teruel y Tarragona y por toda la comunidad valenciana: la turba arrastra al toro hasta un pilar donde lo inmovilizan, le atan en los cuernos un dispositivo metálico con bolas de material inflamable (como las candilejas de nuestros globos) que encienden y sueltan al animal que huye envuelto en fuego mientras el líquido encendido le chorrea por la cabeza y por los ojos. O como los toros "ensogados" de las provincias andaluzas de Almería, Málaga, Huelva, Córdoba, Cádiz y Jaén; o los de Lodosa en Navarra; o los de Cenicero y Cabretón en La Rioja; o los de las provincias aragonesas de Zaragoza y Teruel; o los de la provincia catalana de Tarragona, o los de San Sebastián en el País Vasco, víctimas todos de la crueldad más vesánica. O como las vacas "enmaromadas" de las provincias de Zamora y de Cuenca o las que sacrifican a la vista del que pasa por las calles de los pueblos de Extremadura. O como las becerradas de El Burgo de Osma (provincia de Soria) o las de Segovia en que sacan terneros al ruedo para que la turba los golpee, les clave banderillas y los mate. Y todo ello en honor de las Vírgenes y los santos de nuestra infame Iglesia Católica, Apostólica, Carnívora y Romana, que calla y mama de la ubre grande de la vaca. Todo esto es hispanismo, cultura hispánica, de esa que tanto defiende mi taurófilo amigo Antonio Caballero, en lo cual, con todo y ser él la conciencia de Colombia, coincide con el difunto padre de nuestro reelecto Primer Mandatario, y padre asimismo del tenebroso Santiago, el de los Doce Apóstoles. Papá Uribe solía organizarles corridas de toros en sus fincas a los Ochoa, los del cartel de Medellín, nuestra inefable Medallo a la que dentro de unos días llegará el Rey entre centenares de agentes secretos españoles y un batallón de soldados colombianos, más cuidado que ni que fuera la chimba de la Virgen.

¿Juan Carlos Borbón es una vergüenza de España? No. España es una vergüenza de la humanidad. Él la representa a la perfección. España es eso: crueldad con los animales, cerrazón del alma, servilismo de lacayos. Hay que sacarla de la Unión Europea rapidito, antes de que la pudra.


FERNANDO VALLEJO, "Bienvenida" al Rey de España, Soho.com.co, 9 de enero de 2011. Todo el artículo AQUÍ
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martes 31 de enero de 2012

El sábado, 4 de febrero, a las 20:30 horas, en el Ateneo Libertario de Villaverde, recital de GSÚS BONILLA + INMA LUNA + NEORRABIOSO + ANA PÉREZ CAÑAMARES + PEPE RAMOS

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*Cartel de Paco Ortiz
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TROYA LITERARIA (369): Ignacio de Luzán contra Góngora


Faltaría en esta ocasión a la verdad que profeso y con que debo hablar al público cuando se trata de su enseñanza y desengaño, si callase que don Luis de Góngora, sea dicho sin ofensa de sus apasionados, fue uno de los que más contribuyeron a la propagación y crédito del mal estilo. Este poeta, que fue dotado de grande ingenio, de fantasía muy viva y de numen poético, pretendió señalarse por este camino raro y extraordinario, usando sin medida un estilo sumamente pomposo y hueco, lleno de metáforas extravagantes, de equívocos, de antítesis, de retruécanos y de unas transposiciones del todo nuevas y extrañas en nuestro idioma; aunque en las letrillas, romances, y poesías satíricas y burlescas en versos cortos, apartándose de aquella sublimidad afectada y acercándose más a la naturalidad, escribió mejor con particular gracia y viveza. El vulgo, que de ordinario cree excelente y sublime lo que no entiende, se acostumbró a la novedad y aplaudió sin discernimiento lo irregular y extravagante de aquel estilo, y se dio a imitarle.


IGNACIO DE LUZÁN, La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies, Biblioteca Virtual Universal (AQUÍ)
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sábado 28 de enero de 2012

TROYA LITERARIA (368): Góngora contra Lope Vega (V)

A LOPE DE VEGA


Después que Apolo tus coplones vido,
salidos por la boca de un pipote,
insolente poeta tagarote,
en su délfico trono lo ha sentido.

La satírica Clío se ha corrido
en ver que la frecuente un necio zote,
y de que tantas leguas en un trote
la hayas hecho correr. Crueldad ha sido.

Deja las damas, deja a Apolo, y tente;
pido perdón al pueblo que enojaste,
que, aunque corrido el cortesano bando,

no corras tanto, corredor valiente,
que si un sombrero por correr ganaste,
mira no ganes un jubón trotando.


LUIS DE GÓNGORA, Antología poética, RBA, Barcelona, 1994, pág. 67
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jueves 26 de enero de 2012

EL HIJO DE PUSKAS: Los organizados


A los organizados no les importa nada que hayas nacido en un caserío de Lauros con cerezos y manzanos y perales de San Juan. En un caserío donde los cantos de las malvices en primavera ahogan los zumbidos de las abejas.

A los organizados no les parece decisivo que Lauros careciera de autobús y cajero automático y tiendas de ultramarinos. Que en Astobieta no hubiera sofás ni alfombras ni calefacción central ni agua caliente.

Les da lo mismo que tu padre fuera alcohólico y brillante y parco y calamitoso.

Nada les dice que tu vida transcurriera rodeado de cinco mujeres fuertes y de carácter, cinco mujeres como cinco baobabs andantes que todo te lo llevaban y te lo hacían, todo te lo dejaban en la palma de las manos.

A los organizados les resulta indiferente que hayas plantado más de un millón de puerros, que conozcas qué luna es propicia para las acelgas, las distintas clases de lechugas, cómo se capan las plantas de tomate, los centímetros de profundidad a los que se han de sembrar las patatas.

Qué diferencia hay entre una culebra y una víbora, cómo matarlas, por qué las vacas se reúnen en torno a un poste de luz, qué significa, que sepas todo eso no les importa a los organizados.

A los organizados no les compete que nueve décimas partes de tu infancia y adolescencia las pasaras totalmente solo, jugando a pelota solo, caminando con el perro solo, haciendo nada, paseando con el tiempo.

A los organizados sólo les importa tu lugar de nacimiento. Ellos miran las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y a partir de ahí disponen de tu vida. Entonces dicen, los unos:

–Astobieta pertenece a Euskadi.

Y dicen, los otros:

–Astobieta pertenece a España.

Aquella monja que insistió a tus padres para que siguieras estudiando, la hermana Sagrario, la que te salvó de las huertas y las vacas, todo eso les da igual a los organizados.

Aquel profesor de latín del instituto Txorierri, José Antonio Beobide, el que te enseñó los primeros versos de la Eneida y te inoculó su pasión por la antigüedad grecolatina, todo eso es accesorio para los organizados.

Todo lo que te enseñó en la universidad Francisco Letamendia. Todo lo que te enseñó Álvaro Gurrea. Lo importantes que fueron para ti. Qué más les da.

Que la ermita de Lauros tuviera una parte izquierda para que se sentaran las mujeres y una parte derecha para los hombres; que en tu colegio hubiera un patio para las chicas y un patio para los chicos, les parece indiferente.

Que estuvieras rodeado de laurotarras fantasiosos que negaban las versiones de los diarios y se inventaban las suyas propias, qué les va a importar eso.

Los organizados sólo se encargan de las historias grandes. No atienden a los casos particulares. Sólo se preocupan de las estructuras y las esencias y no pueden descender a las personas. Ellos están muy ocupados escribiéndote la historia que debes aprender, los libros que debes leer, los atletas a los que debes animar, el idioma que debe estar por encima y el idioma que debe estar por debajo.

Lo hacen porque saben y están capacitados. Los organizados no dudan nunca. Tú estás escribiendo una historia subjetiva y no sabes ni sabrás nunca si tu padre fue un genio o un loco o un borracho, y eso que compartiste miles de horas a su lado, pero eso no les pasa nunca a ellos. Los organizados escriben con método sobre cosas que nunca han visto y no se limitan a opinar o proponer, no: ellos demuestran. Son sabios. Informan de forma objetiva. Por eso sorprende tanto que las conclusiones a las que llegan unos organizados sobre los mismos hechos sean tan diferentes a las de los otros organizados.

Les da igual que la única memoria de los laurotarras se remita a la Guerra Civil. Que la única constancia que tienen de sus antepasados sea la de que cultivaban la tierra, cortaban la hierba y ordeñaban las vacas.

Nada les altera lo que supuso para ti el descubrimiento de Victor Hugo. Lo que supuso la primera vez que viste correr a Hicham el Guerrouj. El combate de Alí contra Cleveland Williams. La curva de Laguna Seca en la que Rossi superó a Stoner.

Nada les dice tu historia propia, tus libros propios, tus deportistas favoritos, tus cantantes, tu manera de hablar con tu perro, la forma en que te asusta la muerte.

A los organizados nada les importa eso. Son hombres que están muy ocupados tomando decisiones de tu parte y por tu propio bien. Lo único que les importa es la maldita casualidad del punto exacto donde has nacido. Se limitan a mirar las coordenadas espaciales de Astobieta, 43° 18′ 57.96″ N y 2° 55′ 27.98″ W, y se imponen la tarea, los unos:

–Es vasco y hay que adoctrinarlo.

Y se aplican al trabajo, los otros:

–Es español y hay que adoctrinarlo.
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lunes 23 de enero de 2012

TROYA LITERARIA (367): García Viñó contra Javier Marías (IV)


Se ha publicado, por la editorial holandesa Rodopi, un tomo colectivo, en el que participan veinte profesores de Literatura Española de universidades de todo el mundo. El título del tomo, un tanto rebuscado, reza así: Allí donde uno diría que ya no puede haber nada. “Tu rostro mañana” de Javier Marías. Preceden a los estudios el discurso de ingreso de Marías en la Real Academia Española y el de respuesta de Francisco Rico.

Lo que prevalece, después de la lectura del libro, es la impresión de que los veinte profesores han rivalizado en la tarea de hacer elogios, al libro y al autor, para ellos, este último, fundador de un nuevo lenguaje, experto –y filósofo— en todas las materias, y artista de la literatura como no ha habido otro. Se han escrito, a través de los siglos, centenares de trabajos sobre, por ejemplo, Shakespeare y Cervantes, haciendo notar sus excelencias. Se han escrito ensayos sobre Fray Luis de León en los que se afirma que la mejor prosa en castellano se encuentra en De los nombres de Cristo. Pero se dice con mesura y razonadamente. En estos veinte trabajos, no. Aquí se grita desaforadamente y se hace notar que, al leer a Marías, los estudiosos, arrebatados por la admiración, se han puesto al borde del soponcio. Además de excesivo, tanto entusiasmo, que suena a falso y desde luego es ridículo, hace pensar que detrás tiene que haber algo extraño a la literatura, aunque no sea más que el conformismo o la venalidad de los que escriben, que siguen –por algo que no es la literatura– las consignas de la industria cultural. Algunos hablan, antes de emprender la que ellos creen que es crítica literaria, de la impresión que les ha producido la lectura y emplean términos como fascinación, maravilla, prodigio, perfección, extraordinario, profunda dimensión, estupefacción, embelesamiento, etc. Y hermanan al autor con Cervantes y Sterne y la obra con La montaña mágica o Finnegans Wake. Marías es, para todos ellos, el poseedor feliz de un estilo brillantísimo y quien mejor ha construido una novela en el mundo. Varios piden para él el premio Nobel. Demasiado.

A mí, que conozco ésta y otras siete novelas de Marías, sí que me deja estupefacto y aturdido y asombrado, no sólo este acarreo de elogios que, podemos jurarlo, no se han vertido sobre ningún autor en ningún lugar ni en ningún otro momento de la historia, ni por tantas personas que se supone especialistas. Hay uno, Gonzalo Navajas, que, en pleno delirio, enloquece y llega a escribir cosas como ésta, a lo Jacques Maritain: “Tu rostro mañana desarrolla un marco teórico que conecta directamente con el núcleo más definitorio del discurso intelectual actual. Este texto, diverso y complejo, reexamina las premisas de las últimas tres décadas del pensamiento del pasado siglo XX y hace una propuesta nueva sobre la inserción de la narración dentro del saber contemporáneo. Tu rostro mañana es una obra omnicomprensiva que, al modo como lo hacen Der Zauberberg (La montaña mágica) de Thomas Mann o Finnegans Wake de James Joyce con relación a la condición cultural de la primera mitad del siglo XX, se configura como un documento en torno a las opciones epistemológicas de la escritura literaria y de su inserción dentro del saber actual”. (“Tu rostro mañana”: teoría del saber de la narración (pp. 149-160).

Demasiado, repito. Algo que plantea el mismo problema de crítica que nos plantearon los críticos de arte de Nueva York cuando dijeron todo lo que sesudamente se puede decir, en los aspectos plástico y conceptual, sobre un cuadro –abstracto, por supuesto, a lo Mark Tobey— que había sido pintado por un mono, al que unos bromistas habían situado delante de un lienzo, luego de proveerle de pinceles y tubos de óleo. Lo colgaron en una exposición colectiva y así comenzó una historia parecida a la que tenemos entre manos.

Lo que más me ha sorprendido, después de los unánimes, empalagosos, excesivos, ridículos y hasta lamiosos y descalzonadores elogios, que a veces se transforman en plegarias y loas, que hacen todos los señores profesores, y que el libro comentado no se merece de ninguna manera –se puede jurar, sobre todos lo libros sagrados del mundo, que, como he dicho, ningún escritor en toda la historia de la humanidad los ha recibido más entusiásticos: ni Dante, ni Goethe, ni Hesse, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Joyce, ¡ninguno! ha acaparado tanta baba de sus contemporáneos— lo que más me ha sorprendido, iba a decir, es que todos se refieren al libro de que se ocupan llamándolo novela. Porque Tu rostro mañana no es una novela, como no lo es ninguna de las “cosas” que ha publicado Javier Marías. Alguien más purista que yo diría que ni siquiera es un relato. ¿Es posible que unos profesores de literatura no se hayan dado cuenta de esto? Los editores franceses, que suelen ser personas cultas, imprimen, bajo el título de las obras narrativas, la palabra roman o la palabra recit. Quizá si los de Alfaguara, mucho menos cultos, hubiesen adoptado esta costumbre, no se hubieran equivocado tantas personas ni se hubiese llegado a un resultado tan grotesco.

Novelar es presentizar, hacer presente una realidad otra -la realidad posible fingida, el segundo mundo literario-, con el mayor bulto, consistencia y expresividad, delante del lector. Lo que se hace en el relato es simplemente referir. En un relato, el autor puede decir que “el padre de la bella Dorotea era un canalla”. En una novela, el novelista tiene que hacer actuar al padre de la bella Dorotea, de manera que el lector deduzca de sus actos que era un canalla. Marías no lo hace, él simplemente amontona párrafos, algunos sobre nada y todos, por supuesto, pésimamente escritos, como aclararé en seguida.

Javier Marías ha escrito todas sus cosas en primera persona. Ni más ni menos que porque está absolutamente incapacitado para objetivar la ficción, para levantar un mundo novelístico. Recientemente, y a mí no me cabe duda de que intentando contestar a mis objeciones al respecto, le decía a un periodista que él escribía sus libros en primera persona “porque no quería hacer trampa” (Luis Matilla, El País, 24 de septiembre de 2011). No sé si los señores profesores, con la obnubilación que les producirá el éxtasis, se han percatado de que su autor de cabecera y de oratorio laico, dice muchas majaderías, muchas simplezas como ésta. Yo las tengo coleccionadas. O sea que, según él, escribiendo en tercera persona, como lo han hecho los mejores novelistas en todo tiempo, se hace trampa. Y las más grandes novelas, casi todas escritas en tercera persona, son producto de una falsificación.

Javier Marías escribe en primera persona, digo, y se podría afirmar que ni siquiera relata. Lo que hace es ensartar trozos de relato, párrafos autobiográficos, comentarios, digresiones interminables y hasta fragmentos bastante extensos de obras de otros. Pero, aunque no se dedicara a esta labor de amontonamiento, los suyos serían, como mucho, nada más que relatos. Porque en primera persona es muy difícil, prácticamente imposible, crear un mundo novelístico, a menos que se posea el genio del Benito Pérez Galdós de Lo prohibido, o del Andrés Bosch de La Noche u Homenaje privado. Si Javier Marías tiene un momento de lucidez en su vida, se asombrará del efecto causado entre tantos expertos –que no son sólo los de este libro; hay otros, como Francisco Rico, cantor de ditirambos, que sólo son ingeniosos para él y su familia—, pese a sus tantas limitaciones. Se advierte que, curiosamente, éstos, los expertos, le alaban, todavía más que por su perfecto lenguaje, por su “filosofía”, expuesta en sus antinovelísticas digresiones, en las que habla sobre la vida, la muerte, la política, el clima madrileño, los paraguas, los zapatos y los papelitos adhesivos que se ponen junto al teléfono para tomar notas. No en balde, piensan ellos, los expertos, es hijo de un filósofo que varios motejan de eximio. Marías está en la idea, en la que están tantos analfabetos, de que, para hacer una novela, no hay más que ponerse a contar cosas. Y el caso es que, cuando se hace esto, sobre todo en su caso, el resultado es una sopa.

Consecuentemente con las carencias señaladas, Marías no ha descrito jamás un ambiente ni dibujado un personaje. ¿Cómo es posible que unos profesores de literatura se refieran a los PERSONAJES de las NOVELAS de Javier Marías? Cuesta admitirlo. Por eso decía sospechar que, detrás de esta falsificación tiene que haber algo siniestro. ¿Tal vez algo como la broma que se le ocurrió a Umberto Eco y a un amigo suyo, allá por los 70, de publicar un estudio sobre la obra inexistente de un escritor inexistente? ¿Como la de los cachondos que hicieron pintar un cuadro a un mono y lo sometieron a la opinión de los entendidos? De hecho, en el libro de Rodopi, se habla de una novela inexistente, que contiene párrafos que podían haber sido escritos por un mono.

Tampoco configura Marías un tiempo ni un espacio, algo imprescindible en una novela. Ni intenta conseguir valores estéticos mediante el extrañamiento, el juego de alusiones y elusiones, el perspectivismo, etc. Por supuesto, en sus sopas no hay argumento ni trama -¡lo vería un niño!-, únicamente deposiciones mentales de acarreo. Marías carece por completo de sentido poético. Sólo uno de los punteros del coro angélico, como Pozuelo Yvancos, puede ver “cohesión […] del espacio y el tiempo”, donde no hay más espacio que el de las páginas malgastadas ni más tiempo que el de aburrirse.

Médicos amigos míos sostienen que Marías, incapacitado, además de para hacer literatura, para manejar el ordenador, conducir un automóvil o tirar a los patitos, puede ser disléxico. Probablemente lo sea. Algo tiene que explicar que confunda el significado de muchísimas palabras y que no acierte a expresar lo que se nota que quiere expresar. A veces se le entiende lo que, de manera tosca, logra decir. Pero otras veces, ni eso.


MANUEL GARCÍA VIÑÓ, Javier Marías o la novela escrita por un mono, La fiera literaria (AQUÍ)
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viernes 20 de enero de 2012

EL HIJO DE PUSKAS: Una falda granate y una camiseta color plátano


No empecé a odiar de verdad a los organizados hasta el día en que vi por última vez con vida real a mi padre, justo antes de entrar en el coma que desembocaría en su muerte, pues la morfina ya no le hacía efecto por más que se la administraran en cantidades industriales. Fue justo en esas veinticuatro últimas horas que se mantuvo consciente en el hospital de Cruces, en una habitación de la planta reservada a oncología, cuando mi padre comenzó a decir a mi madre:

–Me voy a morir esta noche. Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.

Toki-Ona. De pronto mi padre citó un lugar al que no había vuelto en los últimos 26 años. Se pasó las últimas horas de su vida hablando del pasado feliz y remoto, de cuando jugaba al fútbol y decía que le llamaban Puskas, pero cada poco tiempo volvía a lo mismo:

–Coge el bolso y vámonos a Toki-Ona.
–Cállate.
–¡Coge el bolso, que me voy a morir esta noche!

Aquello estaba lleno de significado. Me pasé los cinco días de vela en Cruces, los que mi padre transcurrió en coma antes de su final definitivo, pensando en Toki-Ona, en el agujero negro de Toki-Ona, en el recuerdo aún nítido y fresco que tenía mi padre de Toki-Ona.

En Toki-Ona había ocurrido una historia en 1978.

Hasta entonces mi padre había sido modélico, el orgullo de la familia, tu padre es muy grande, etc. Había enseñado euskera a su primera hija, la había colmado de regalos, trabajaba de albañil con éxito y hasta se había planteado comprar un piso en Derio, planteamiento que casi se consuma pero que se vino abajo porque mi padre, al visitarlo, debió decir que “yo no voy a ser capaz de vivir en un lugar tan cerrado”, y eso que el piso tenía noventa metros. Cierto que se había casado con una burgalesa y por aquel detalle algunos familiares y laurotarras le habían dejado de hablar, pero ya hacía muchos años que había ocurrido aquello y mi madre había mostrado tal capacidad de trabajo que poco a poco se había ido haciendo con el pueblo, salvo con ese veinte por ciento imposible que siguió considerándola maqueta de por vida.

Cómo estaría de integrado en el pueblo mi padre que hasta se llevaba bien con los del Partido. Se llevaba bien con todos, incluso con los de Landachueta, parte del pueblo cubierta de chalets que estaba en el barrio Zabaloeche, muchos de cuyos miembros votaban a Alianza Popular y vivían dentro de sus muros a espaldas del resto del pueblo. Pero en aquel tiempo mi padre era tan protovasco que aún tiempos después siempre andaba diciendo:

–Está por nacer el que me enseñe a ser vasco. Yo he puesto ikurriñas en lugares donde nadie podía cogerlas, fíjate lo que te digo.
–Ya, aita. En la luna o más alto.
–Eso es cierto. Las que yo ponía, ni la Guardia Civil podía alcanzarlas.

Hasta había abandonado por propia decisión la construcción de la central nuclear de Lemoiz, central que el Partido apoyaba pero contra la que se alzaban todos los pueblos de alrededor. Lemoiz se hallaba a unos diez kilómetros de Lauros. Según contaba mi padre, al de una semana se enteró de los peligros de las centrales nucleares y fue de inmediato al encargado:

–Aquí os dejo la herramienta. No quiero finiquito ni nada, si sale esto adelante no se va a poder beber un litro de leche en todas las Vascongadas.

Entonces llegó aquel día fatídico de 1978. Refiero la historia a partir de lo que me contaron numerosas veces mi madre y mis dos hermanas mayores, porque yo tenía sólo cuatro años y no me acuerdo.

Por aquellos tiempos mis padres iban mucho al Batzoki o a Toki-Ona, bares donde solían ir los cabecillas del Partido o aquellos que simpatizaban con él. En realidad iba todo el mundo, porque ya he referido que la única sociedad que existía en Loiu era la que se articulaba en torno al Partido. Mis padres llegaban allí sobre las nueve o diez de la noche y se iban sobre las doce o una. A veces nos llevaban a nosotros y nos invitaban a un kas o a una partida en la máquina de petacos. Aquel día fuimos mi hermana y yo. Pero con las prisas, mi madre vistió a mi hermana con lo primero que encontró: una falda roja y una camiseta amarilla.

Nada más llegar, mi padre se puso a jugar al mus con sus amigos y mi madre se situó con sus amigas de hasta entonces:

–Piedad, por favor, cómo has vestido así a la cría.
–¿Qué pasa?
–¡Rojo y amarillo, por dios!
–Huy, ni me he dado cuenta.

Pareció al principio que la conversación se había quedado ahí y que la combinación de mi hermana se había olvidado, pero no:

–Piedad, ¿vistes de maqueta a la cría?
–Por favor, no me he dado cuenta.
–¡No estamos en tiempos para esos descuidos!

Y comenzaron a insistirle con tanta fuerza que al final mi madre se echó a llorar y a balbucear entre lágrimas por favor..., ya me lo habéis dicho..., no me he dado cuenta..., la vestí con lo primero que me encontré..., dejadlo ya... Se creó tal escándalo que mi padre, que hasta entonces había seguido jugando a cartas sin darse cuenta del suceso, preguntó al final por lo que pasaba. Y entonces se armó.

No era mi padre una persona que mostrara calma en momentos como ese. Cuando supo que las lágrimas de mi madre estaban causadas por los colores de la ropa de mi hermana, montó en cólera. “¿Quiénes sois vosotros para decir nada, basura de gente, si habéis sido todos unos franquistas?”, les dijo. Y era cierto, según se decía por todo el pueblo, que la mayoría de los cabecillas del Partido había vivido muy bien durante el régimen y había mantenido excelentes conexiones con los prebostes.

Así fue cómo, tras varios puñetazos en la mesa, mi padre le dijo a mi madre que cogiera el bolso y nos volvimos a Astobieta. Aquella fue la última vez que mi padre fue a Toki-Ona. No hubo ni una posibilidad de reconciliación. Poco más tarde, mi padre empezaría a votar a UCD y a ir contra el Partido. Empezó a fumar y a beber. Empezó a destruirse.

Todo por una falda y una blusa. Una falda que, para más inri, según decía mi madre, no era roja sino granate. Y una camiseta que era de color plátano.

Llevaba yo veinte días en el hospital de Cruces con esa tensión insoportable de ver cómo mi padre se moría, cuando aquel detalle de Toki-Ona agitó mi mente. Que mi padre, horas antes de morir, igual que en Ciudadano Kane con la palabra Rosebud, hubiera repetido tantas veces el nombre del lugar en que había sido feliz, aquello empezó a hacerse insufrible para mí.

De pronto todo se me hizo claro. Mi padre vencido no por el cáncer de pulmón, sino por el cáncer policial de las banderas. No por una enfermedad común, sino por la enfermedad moral de los hombres. No destruido por personas que vienen una a una y atacan de frente, sino aplastado por alimañas que se unen entre ellas, se ayudan entre ellas, crean sus propias leyes y te imponen su propio miedo.

Y arrastrado quizá por la misma sensibilidad que no se atreve a decir su nombre, por la misma capacidad afectiva castrada de mi padre, por las mismas facultades de manipulación y fantasía que él tenía, ya no vi a un hombre que moría de formal natural a los sesenta y siete años. No, mi padre no había muerto: a mi padre lo habían matado.

¿Y quién lo había matado? ¿Quiénes eran los culpables? Mi máquina ya no iba a descansar desde entonces.


Los culpables eran los organizados.
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martes 17 de enero de 2012

EL HIJO DE PUSKAS: El renault amarillo rueda por la pendiente


Bebía y fumaba tanto que a los cuarenta y nueve años le dio un colapso y estuvo cerca de morirse, tan cerca que los médicos de Basurto le dijeron a mi madre que lo habían perdido durante minuto y medio, señora, casi se nos escapa, su marido se mantuvo un tiempo sin constantes vitales, tiene el hígado y los pulmones destrozados, no debe fumar ni un cigarro más, etc. Pero antes de este internamiento había protagonizado el episodio más increíble que yo recuerde nunca en Lauros, cuando una noche tomó su renault 6 amarillo, el de los faros cuadrados, y tras quitarle el freno de mano lo lanzó pendiente abajo.

Aquello era un escándalo.

Era fácil un escándalo en Lauros. Cualquier cosa era un escándalo. Un insulto, un mero divorcio, un perro que muerde al cartero, una vaca o un novillo que salta el alambre y come en la huerta del vecino, una trampa en las apuestas, un buey al que han metido guindillas en el culo para que gane en las pruebas, un mojón que se mueve con la riada, una seña secreta para ganar dinero en el mus, un hijo que rechaza al Partido y se hace de Herri Batasuna, un desconocido que entra en la ermita de San Miguel y se sienta a oír misa en los bancos exclusivos para las mujeres, todo eso era un escándalo en Lauros. Cuando mi hermana pequeña comenzó a sacar malas notas y el tutor le sugirió a mi madre que convendría llevarla a un psicólogo, mi madre me llamó aparte:

–Alberto, como se entere alguien del barrio de que tu hermana necesita psicólogo, fíjate que te mediomato.

Mi madre tenía razón al querer “mediomatarme”: al psicólogo podían ir los de Sondika o los de Derio o los de Bilbao, pero si en Lauros alguien se enteraba de que el tutor le había recomendado un psicólogo, mi hermana iba a coger fama definitiva de loca, pues en Lauros casi todos pensaban, y yo mismo participaba de ese pensamiento, que al psicólogo sólo iban los que estaban locos, y mi propia madre tuvo tal reacción de rechazo ante esa idea que el tutor, dándose cuenta del agujero en que se había metido, se echó atrás:

–No se ponga así, por dios, sólo era una sugerencia.

Pero una cosa era que mandaran a tu hija al psicólogo y otra cosa muy distinta es que un laurotarra cogiera su coche y lo lanzara pendiente abajo sin venir a cuento. En la gradación de los escándalos, aquello se pasaba de escándalo. Y allí estaba el coche, a la mañana siguiente, ciento cincuenta metros abajo, hundidas las ruedas en el fango. Nuestro coche. El renault 6 amarillo de los faros cuadrados. Lo había tirado mi padre hasta allí. Mi padre.

Contaba por entonces diez años y era feliz como son felices casi todos los niños, porque tiene algo la infancia de pedestal y disparo primero que permite superar todos los obstáculos, pero este tipo de sucesos te dejan una cicatriz invisible que sale a la superficie más tarde, cuando tienes veinte o treinta años. Recuerdo al día siguiente, cuando llamamos a los vecinos para que nos ayudaran a sacar el coche y Julián acudió a remolcarlo con el tractor, el silencio que nos atravesaba, la sensación de que estábamos viviendo un capítulo esencial de nuestras vidas, un silencio espeso, cortante, un silencio de cien metros de alto que no dejaba de avanzar y sólo era interrumpido por las frases entrecortadas de mi madre, qué vergüenza..., lanzar el coche a la huerta de abajo..., calamidad de hombre..., delante de sus hijos..., todo el pueblo hablando de nosotros..., etc.

Pero nadie preguntó nada.

Mi padre volvió al día siguiente y se sentó a la mesa como siempre. Nadie le preguntó nada.

Mi madre le echó la bronca, mi tío le echó la bronca, llegaron tías mías desde Erandio y Las Arenas y Astrabudua y le echaron la bronca. Pero nadie le preguntó nada. Cuando seis meses después tuvo el colapso que casi acaba con su vida, ocurrió lo mismo: recibió varias broncas mientras permanecía en absoluto silencio, pero nadie le preguntó nada.

Las preguntas esenciales, esto es, las preguntas básicas, aquellas que por el solo hecho de tener el carnet de seres humanos se deberían hacer sin ningún esfuerzo, esas preguntas nadie se las hizo. Estas preguntas:

–Aita, ¿por qué has tirado el coche por la pendiente?
–Aita, ¿qué te pasa?
–Aita, ¿por qué bebes y fumas tanto?
–Aita, ¿por qué parece que ya no nos quieres?
–Aita, ¿por qué te has comportado tan bien hasta los 42 años y ahora haces estas cosas?
–Aita, ¿qué te preocupa?
–Aita, ¿qué necesitas?

Nadie. Pasé treinta años con mi padre y yo tampoco se las hice. Allí nadie preguntaba nada y era imposible hacerlo, porque para eso hacen falta unos presupuestos mínimos, unas maneras de vivir y sentir frescas y abiertas y una sociedad que no castre y persiga la afectividad. Esas condiciones no existían en Astobieta ni en la mayoría de los caseríos que conocí. La gente no hablaba nada. Mi padre hacía seis o siete frases al día como mucho, y sólo con la bebida era capaz de “explayarse” durante tres o cuatro minutos seguidos. Y mi padre estaba en la media; había casos mucho peores que ni siquiera abrían la boca en las reuniones familiares, donde el calor del vino y el whisky conseguía encender hasta a los más mudos. Nunca me olvidaré de la conversación que mantuvo mi tía de Erandio con Iñaki, de Udazkena, cuando su mujer Eunate había dado a luz:

–Hombre, Iñaki, ¿qué tal está Eunate después del parto? ¿Estará contenta, no?
–Ah, no sé. Pregúntale a ella.
–Bueno, pero tú eres su marido, algo sabrás, ¿no?
–Ah, yo en lo suyo no me meto. Yo a lo mío.

La diferencia se notaba sobre todo cuando íbamos a Tobes y Rahedo, el pueblo burgalés de mi madre donde brillaba el alegrismo y la palabra fácil. Allí alucinaban con las pocas palabras de mi padre y sobre todo con las ningunas de mi tío Hilario:

–Alberto, ¿le pegáis a vuestro tío Hilario?
–¿Cómo?
–Que a ver si le pegáis, porque no habla nada.
–Ah, ja, no, él es así.
–Pero..., ¿sabe hablar?
–Ja, claro, en Lauros hay mucha gente como él.
–¿Cómo? ¿Más gente? No me lo creo.
–Sí, en serio, hay muchos.
–Pues qué triste, ¿no?
–Bueno.

No se habla, se ocultan las emociones, todo se guarda para dentro, y eso no está visto como un problema sino como una idiosincrasia de la que hay que estar orgullosos. Existen además unas personas que viven en Bilbao y desde allí escriben unos libros así de gordos, libros que festejan la parquedad esencial del vasco y condenan todo tipo de hacia afuera como síntoma de mentira, mal gusto, exhibicionismo, charlatanería y, en resumen, sospecha de españolidad. Y luego, cuando aparece alguien y lanza el coche hacia no sé dónde, todos miran para otro lado, porque se da por hecho que todo lo malo proviene de la ciudad, la ciudad es el verdadero enemigo, la sentina de las miserias, el centro de las enajenaciones y lo forastero, y en cambio el caserío y el aldeano son puros, perfectos, quintaesenciados, protovascos, matriarcales y blablabla.

Lanzó el coche contra los sembrados. Era increíble. Seis meses después estuvo a punto de morirse. Salió del hospital de Basurto con los ojos dalinianos, fuera de sus órbitas, como pintados aposta por un dibujante de cómic. A partir de ahí dejó de fumar y ya sólo bebía demasiado una vez cada quince o veinte días, pero conservó durante los dos años siguientes esa mirada penetrante de hombre que parece forzar la mirada. Era la mirada de un hombre desquiciado que asume su derrota pero no se arrepiente.

El Partido le cogió miedo. Sus cuatro o cinco cabecillas visibles intentaban evitarlo y se iban de los bares nada más verlo. Coincidía además que mi padre era fortísimo, muy fibroso genéticamente, capaz aún de levantar dos sacos de cemento Lemona a sus cincuenta años, tan fuerte y seguro de su fuerza que las tres peleas que le recuerdo habían constado de un sólo puñetazo, el que atizaba él, y era mejor tenerle bien alejado. Además, si ese hombre se había atrevido a lanzar el coche contra sus propios sembrados, ¿adónde no iría a llegar?

Así fue como se convirtió en el malo oficial, más malvado si cabe que antes. Recuerdo muy bien cómo rompía a reír cada vez que los del Partido se iban de los bares, y cómo, justo cuando pasaban al lado de él, les decía en voz baja “cobardes”. Era un cobardes dicho con la erre muy marcada, mirándoles fijamente, buscándoles, cobarrrrrrdes, mientras ellos tomaban camino de la puerta apartando la mirada. Era un cobardes especial. Aunque pasen cincuenta años, aunque me lo pronunciaran de un millón de modos distintos, yo sabría distinguir la manera exacta como la decía mi padre.
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viernes 13 de enero de 2012

TROYA LITERARIA (367): David Torres contra el ego de Sánchez Dragó


Vaya por delante toda mi admiración y cariño hacia un personaje que, en lo que a mí se refiere, me ha tratado siempre con una deferencia y una atención inusuales en el mundo de los plumíferos mayores. A Dragó le admiro desde siempre, por su valentía, sus opiniones, sus ligues y algunos de sus libros. Luego, cuando lo conocí en persona, lo admiré también por su delicadeza y su cortesía, cualidades orientales a las que tampoco era ajena su bella y joven esposa japonesa. Desde que publiqué mi primera novela, Nanga Parbat, Dragó no ha dejado de entrevistarme en los diversos programas culturales de los que se ha hecho cargo, quizá los únicos que, en el infame espacio televisivo, se merecen ese nombre.

Sin embargo, hay una cosa de Dragó que no deja de asombrarme: ese ego inmenso, reflectante y argentino que no deja de sacar a relucir en libros, artículos, columnas y entrevistas. Es una pena, porque con lo que ha leído, viajado, follado y visto, Dragó podría ser una enciclopedia viviente, un Richard Burton castizo. Pero escriba de lo que escriba, hable de lo que hable y con quien hable, Dragó parece que sólo tiene un único tema: Dragó. Salvo en algunas entrevistas a gigantes literarios (recuerdo ahora las vivisecciones fabulosas que les practicó, en vivo y en directo, a Torrente Ballester o a Kenzaburo Oé), la mayor parte de las veces parece que Dragó se entrevistara a sí mismo.

Por ejemplo, la primera vez que me llevó a Negro sobre blanco, me preguntó por la cita de Rilke que yo había puesto al frente de Nanga Parbat, e inmediatamente espetó: ‘¿Sabes que yo también cité a Rilke en mi primera novela, Eldorado: una cosa es cantar a la amada y otra a ese escondido dios de la sangre?’

-Y culpable -dije yo.

-¿Cómo?

-Escondido y culpable -corregí con mi rencorosa memoria de elefante. Recordaba muy bien ese verso de Rilke-. Escondido y culpable dios fluvial de la sangre.

Dragó se me quedó mirando con una mezcla de estupor y recochineo, como el torero que de repente se encuentra desarmado. Pero lo que vale de la anécdota es la infinita capacidad dragoniana de llevárselo todo a su terreno. Es como en aquella historia que contaba Buñuel de García Lorca, cuando el primero le dijo que no soportaba del segundo el hecho de que no hiciera más que hablar de sí mismo.

‘Eso no es cierto’ -dijo Lorca-. ‘Y para demostrarlo, vamos a hacer una cosa. Vamos a decirnos lo que cada uno piensa del otro, sin dejarnos nada en el tintero. Empieza tú’.

Buñuel dijo que opinaba de Lorca esto y esto. Se tiró media hora hablando. Lorca unas veces asentía y otras negaba con la cabeza en silencio. Al final, cuando le tocó el turno a Lorca, dijo: ‘Bien. Ahora voy a decirte lo que pienso de ti. Tú dices que yo soy así, pero en realidad yo…’.

Dragó es igual. Hace un libro explicando por qué no es español. Cita docenas de opiniones de otros escritores (incluido servidor de vds.) sobre Dragó. Hace un libro al estilo capotiano sobre el asesinato de su padre, pero el verdadero tema del libro es, oh sorpresa, Dragó. Se le olvidó que uno de los valores fundamentales de A sangre fría es que jamás aparece la palabra ‘yo’, su favorita.

Cualquiera de sus artículos semanales en El Mundo es un perfecto ejercicio de ombliguismo. Yo, yo, yo… Mío, mío, mío… Recuerda a las gaviotas voraces de Buscando a Nemo o a Dustin Hoffman encarnando al Capitán Garfío. Si escribiera en inglés, las columnas de Dragó parecerían colecciones de palotes y sus renglones, peines. Padece de yoísmo, que es un ego gordo y el otro lo mismo. Una vez me recriminó cariñosamente mi equivocación al respecto, cuando le dije que no podía ser budista y poseer al mismo tiempo un ego del tamaño de Albacete:

-Es que yo no tengo ego, David. Tengo ‘yo’ profundo.

Fernando, si te caes de él, no te matas. Te pierdes.


DAVID TORRES, Sánchez Dragó y su yoyó, Tropezando con melones / blog de David Torres, 3 de abril de 2008 (AQUÍ)
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miércoles 11 de enero de 2012

EL HIJO DE PUSKAS: Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos


Mi padre era alcohólico, xenófobo y machista.

Nunca se acordó de mi cumpleaños. Me llevaba a cortar lechugas y a coger pimientos en los invernaderos de Lezama o Larrabetzu y a la vuelta, con el coche cargado con la verdura que luego revendíamos en el Mercado de la Ribera, entraba en cualquier bar y le decía al camarero:

–Póngame ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos. Y un kas de limón para el crío.

Nunca me hizo un solo regalo. Cuando en la televisión emitían los documentales de Rodríguez de la Fuente o los de fauna salvaje adquiridos a la BBC, se quedaba mirándolos con un interés desusado, como si fueran personas los animales que aparecían en la pantalla, y de pronto me decía medio en broma y medio en serio mira, esa leona se comporta igual que tu madre, lo que ha hecho esa cierva es lo mismo que hace tu prima la de Erandio, y como yo me reía al escuchar estas cosas sobre mi madre o mi prima, de pronto cambiaba el semblante y me decía muy firme:

–¿Te ríes? ¿Qué crees tú que son las mujeres salvo animales? Tú intenta entrar en razones con las mujeres, a ver adónde llegas.

Y como era pasmosamente detallista en algunas cosas y hasta divertido, de pronto volvía a desenfadarse y, con una sonrisa de medio lado, me matizaba alguna imagen:

–Mira ese leopardo, el mal genio que tiene, cómo se parece a tu hermana Nekane, hasta de cara se parece un poco.

Nunca me preguntó por mis estudios, si aprobaba o suspendía, si pasaba o no de curso y con qué calificaciones. Me llevaba con él a la feria de ganado de Mungia y me hablaba de la longitud de las patas de las vacas, la leche que podía dar cada una de las razas vacunas, de qué forma adivinar la envergadura y peso que podía alcanzar un novillo de dos meses cuando llegara a su edad adulta. De vuelta parábamos en algún bar y decía al camarero:

–A ver, ocho o diez chiquitos mientras van llegando los amigos y un kas de limón para el crío.
–No tenemos kas.
–Pues una fanta.

Nunca me llevó al cine o al fútbol. Tampoco al circo o al teatro. Consideraba a los negros, los moros, los gitanos y cualquier persona de piel mestiza como seres inferiores, aunque simpatizaba con ellos porque, como decía, “bastante tienen los pobres con llevar esa desgracia”. A los españoles los veía totalmente incapaces de levantar piedras o jugar a pelota mano:

–No pueden. Ponle a un español a levantar una piedra y verás que no puede.
–Qué tontería, aita.
–¿Tontería? ¿Por qué crees que los españoles no levantan piedras? ¡Porque no pueden! ¡Se fatigan!

La sola perspectiva de imaginarse a un español levantando piedras le hacía revolcarse de la risa y, aunque a mí me ponían enfermo esos arranques de racismo y me multiplicaba en su contra cada vez que se los escuchaba, él no se arredraba sino que se crecía:

–¿Un español levantando piedras? ¿Te das cuenta de la sinsorgada que estás diciendo? ¡Cómo va a levantar piedras un español, si es inútil total para eso! No vayas diciendo esas cosas por ahí, te lo pido por favor, porque te van a tomar por tonto completo.

Nunca me preguntó por mi relación con Iratxe, de dónde era, cuántos años tenía, nada. Con los que él llamaba “españoles” no guardaba ninguna animadversión sino al contrario, sobre todo con los andaluces. Su pasión por Andalucía era muy grande; cada vez que aparecían en la televisión Rocío Jurado o Fran Rivera o Jesulín de Ubrique o Carmina Ordóñez o Lola Flores o Antonio Gala o Isabel Pantoja u Ortega Cano, se quedaba pasmado ante sus palabras o ante su arte, sobre todo ante lo que llamaba su “mucho corazón”, y, comoquiera que incurría en el tópico de relacionar a España con lo andaluz, a veces solía decir:

–No cabe duda de que ser español es cosa grande. Ya me hubiera gustado a mí ser español...
–¿Y por qué no eres español? –le preguntaba yo.
–Porque soy vasco.
–¿Y por qué eres vasco?
–¡Porque soy vasco!

No había manera de sacarle de esa concepción racial: él era vasco y sólo vasco por la única razón de que era vasco. Pero de los vascos, con todo, no guardaba muy buena opinión: le parecían torpes, cobardes y salvajes. Solía repetir muchas veces, ya en el colmo de la resignación, que los vascos siempre votarían al Partido porque “el vasco no da para más”. Cómo sería la desconfianza que guardaba con ellos que, admirado ante la estructura de Astobieta, se pasaba los minutos estudiando la disposición de sus vigas y me decía:

–Este caserío..., ¡el talento con el que está levantado este caserío! Imposible que lo hayan hecho vascos.
–Ya estás diciendo tonterías, aita –le respondía yo–. Lo habrán levantado los chinos, no te jode.
–¡Vascos imposible! ¡El vasco no tiene tanto talento!

Nunca se interesó por los resultados o los goles que había marcado en mis partidos de fútbol, tampoco me preguntó si quería ir a la universidad o qué carrera quería escoger. Así era mi padre. Recuerdo la primera vez que pidió al camarero que le pusiera ocho o diez chiquitos mientras iban llegando sus amigos, con qué expectación esperé a que fueran llegando esos amigos. Cómo después fuimos a otro bar donde volvió a repetirse la escena y tampoco aparecieron sus amigos. Cómo empecé a comprender con los días y las semanas que mi padre, sus ojos siempre perdidos en un punto, se iba destruyendo mientras bebía uno detrás de otro los vasos de vino destinados a sus amigos, aquellos a los que no había llamado y que nunca iban a llegar.
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martes 10 de enero de 2012

EL HIJO DE PUSKAS: No hay nada que hacer


–Hay una cosa que debes saber de tu padre, Alberto.
–Dime, tía.
–Tu padre fue algo muy grande, ¿me estás oyendo?
–Sí.
–Pero muy grande, ¿eh? ¡Algo muy grande!

Desde muy pequeño empecé a escuchar de mis familiares y vecinos esta frase turbadora, tu padre fue algo muy grande, y digo turbadora porque se deducía que mi padre ya no era tan grande, mi padre se había convertido en otra cosa que nadie sabía definir y que suscitaba una reticencia indisimulada.

–Basterrechea, ven aquí.
–Qué.
–¿Te han contado alguna vez lo que fue tu padre?
–¿Qué fue?
–¿No sabes?
–No.
–Pues acuérdate de lo que te digo: ni aunque vivas cien años conseguirás ser lo que fue tu padre.

Nunca me dijeron por qué motivos fue tan grande, ni siquiera me citaron un solo ejemplo o me detallaron alguna de sus hazañas, pero cada vez que mi padre se abandonaba al alcohol en medio de las reuniones familiares y comenzaba a bramar contra los vascos y el Partido, en aquellas arremetidas donde cualquier motivo era bueno para acusarlos de inútiles o cobardes o poco inteligentes, siempre sucedía que alguno de mis familiares, avergonzado ante los ataques que profería y apiadándose de mis seis o nueve años, me llevaba aparte y me repetía lo ya repetido:

–Alberto, tú nunca has conocido a tu padre, ¿me entiendes?
–Sí, tío.
–Éste no es tu padre. Tu padre fue un hombre de la órdiga, un vasco por los cuatro costados.

Hasta había gente en Lauros que pensaba que mi padre se volvió loco a partir de los 45 años, loco de verdad, no sólo figurado. Lo daban por tan imposible que tanto mis familiares como algunos de mis vecinos dedicaron desde el principio todo su esfuerzo a apartarme de la que consideraban su nefasta influencia. El ejemplo que debíamos seguir mis hermanas y yo era mi madre, una persona voluntariosa que asombraba a todos por su capacidad de trabajo, o mi tío Hilario, el que vivía con nosotros, que estaba afiliado al Partido y llevaba con tesón y normalidad las tareas cotidianas. Así fueron consiguiendo que nuestra educación transcurriera lo más lejos de su presencia, quien por otra parte tampoco trataba de influirnos en nada, pero pronto comenzó a surgir un problema:

–Piedad, ¿qué tal Alberto?
–Bueno.
–¿Cómo que bueno? ¿No has dicho que saca buenas notas?
–Sí, saca notas muy buenas.
–¿No has dicho que ha empezado a jugar al fútbol en el San Lorenzo?
–Sí, de delantero centro.
–¿No has dicho que ayuda en la huerta?
–Sí, hoy mismo ha estado atando tomates.
–¿No has dicho que ayuda en la cuadra?
–Sí, ya ha empezado a repartir pienso en los pesebres.
–¿Entonces?
–Nada, Pilar. No hay nada que hacer. Ha salido a él.

Y era de contemplar, al decir la palabra ÉL, cómo se hacía un silencio terrible y todos se volvían hacia mí con una mezcla de terror y asombro, como si no se hicieran a la idea de una carita de ángel como la mía con un destino oculto tan aciago, pues ya me imaginaban siguiendo uno a uno todos los pasos de mi padre.

El asombro era más entendible si cabe porque nunca me puse a favor de mi padre sino al contrario. Al menos hasta los veinte años. ¿Cómo iba a defender a mi padre, si lo consideraba culpable en todo? Él había hecho imposible la unión de mi familia, nos había echado el pueblo encima, nos había aislado del Partido, él era el responsable de que no supiéramos euskera, él nos había convertido en tales apestados que en los corrillos de Lauros se hablaba de Astobieta como de una sentina de desgracias. Cómo sería su negatividad, que a los once o doce años, y a pesar de mi trayectoria escolar hasta entonces inmaculada, mi madre fue llamada a tutorías por los resultados que había dado en unos test psicológicos:

–No queremos preocuparla innecesariamente, porque Alberto saca buenas notas y no crea problemas en clase, pero ha arrojado un dato sorprendente en los test y creemos que debemos comunicárselo. Tiene tan sólo dos puntos sobre cien en sociabilidad.
–¿Cuántos?
–Dos puntos sobre cien. Es el dato más bajo del colegio. Es un chico que se aísla y experimenta rechazo a sus compañeros. Ni los alumnos más conflictivos han dado un resultado tan malo.

Mi padre me hundía y nos hundía. Cómo no iba a dar un resultado tan malo, si no recibí una muestra de cariño en toda mi infancia. Mi padre estaba en el centro de todo y sin embargo ejercía sobre mí una imantación imposible de rechazar. Esa imantanción, que al principio se manifestaba contra mi propio deseo, fue ganando terreno hasta convertirse en verdadera subyugación. Ningún intento por apartarme de su ejemplo iba a dar fruto; a los veinte años mis familiares me daban por perdido:

–¿Y Alberto?
–Nada, Emilia, va a ser otra calamidad.
–¿Pero Alberto ya ha empezado a fumar?
–No, todavía no ha fumado un solo cigarro.
–¿Pero Alberto ya ha empezado a beber?
–No, todavía no bebe nada.
–¿Pero Alberto ha empezado a ir a los bares?
–No, todavía no va a los bares.
–¿Pero Alberto ya se ha metido en algún lío?
–No, todavía no se ha metido en ningún lío.
–¿Entonces?
–Nada, Emilia. Ha salido a él. No hay nada que hacer.
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