jueves, 9 de julio de 2020

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Federer, Nadal y Djokovic: los tres mejores tenistas de siempre. Pase lo que pase en los próximos años, voy concluyendo que Federer era el dandi, el gourmet de la raqueta, el más tenista del trío, la clase, la armonía, el que buscaba ángulos imposibles y dominaba todos los golpes con elegancia, el que manejaba el revés como deberían enseñar a todos los niños, con una sola mano, además de lucir el mejor saque, el mejor ataque y la mejor derecha de los tres; Djokovic, en cambio, era el más completo, el mejor revés, el juego de piernas más poderoso, el que imprimía tal ritmo a los partidos que ni Nadal ni Federer lo resistían, el-sin-defectos, el que buscaba la línea del fondo con precisión, el que se imponía en los peloteos largos, la geometría del muro, la consistencia, la exactitud, la locomotora perfecta, el si-juego-como-sé-nadie-puede-ganarme; y Nadal era el leopardo saliendo de la jaula, el caballo frisón que huele la tormenta, la furia, la garra, el que devolvía esa pelota que solo podía devolver él, el que remontaba ese partido que solo podía remontar él; Nadal era la brutalidad dentro de un cronómetro, la fiera y el domador en un mismo deportista: ¡la mejor invasión física del tenis también era la mente más perfecta, una mente caníbal que a punto estuvo de devorar para siempre la de Federer!


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Esclarecedora entrevista de Eldiario.es a la directora del Centro de Documentación de las migraciones, que habla sobre la emigración de los españoles durante el franquismo:
TEGUAYCO PINTO: ¿Emigraban los españoles con contrato de trabajo como se suele decir?
ANA FERNÁNDEZ ASPERILLA: No, esa afirmación solo es un mito persistente. Lo cierto es que la emigración que el franquismo llamaba "no asistida" supuso más del 50%. Durante el ciclo migratorio que se produjo entre 1956 -año en el que se creó el Instituto Español de Emigración (IEE) y en el que se firma un primer acuerdo bilateral con un país europeo (Bélgica)- y 1973, cuando se cierra el ciclo a consecuencia de la crisis energética, emigraron unos 2 millones de personas. De todos estos trabajadores, al menos la mitad salieron del país de forma irregular.
Vaya, vaya, vaya. El 50%. Hoy, en cambio, cuando solo el 5% de los inmigrantes que llega a España lo hace de forma irregular, tenemos a media españolada al borde del colapso, votando ultraderecha, pidiendo cierre de fronteras y hasta intervención del ejército.


501


Maradona es consciente de que Messi le está superando como mejor jugador de la historia en la opinión de todo el planeta salvo Argentina, y por eso se aferra a su parroquia, habla para su parroquia, defiende el último reducto que le queda, allí donde sigue en lo más alto del podio por razones patrióticas más que futbolísticas, pues un amplio sector del público argentino considera que la única vara de medir balompédica es la selección nacional, y ahí es cierto que Maradona puede lucir los dieciséis días de México, probablemente la mejor actuación parcial de un futbolista en la historia, por delante incluso de la actuación de Garrincha en el Mundial 62. Pero esos dieciséis días maradonianos palidecen ante los más de 4500 días en que Messi lleva siendo el mejor jugador cada partido, cada campeonato, cada temporada. Nadie, ni Di Stefano, ni Pelé, ni Cruyff, ni Maradona (solo cinco años el mejor del mundo, y no durante todo el año), ha disfrutado de un reinado tan largo, con el añadido de que Messi es el único que ha jugado toda su carrera en un fútbol 100% profesional.


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¿Cómo, Batania? ¿Estás diciendo que Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona no jugaron en un fútbol profesional al 100%? Sí, eso estoy diciendo. Me baso para decirlo en los primeros recuerdos de fútbol que tengo, a principios de los años 80: entonces en el Athletic de Bilbao jugaban Guisasola y Liceranzu, que solían volver, después de vacaciones, con hasta ocho, diez o doce kilos de más. ¡Doce kilos de más! Eso era común en los defensas de aquellos tiempos y no era motivo de multa o escándalo general, qué va: recuerdo unas declaraciones de Guisasola en las que decía todo ancho que “espero trabajar poco a poco y recuperar mi peso ideal para noviembre”. Y a Mágico González, jugador maravilloso y excéntrico del Cádiz, había que llamarle por teléfono dos horas antes del partido porque se quedaba dormido de las cogorzas que cogía la noche anterior. Y Prosinecki fumaba dos paquetes diarios ante la desesperación del cuerpo médico del Real Madrid. Todavía en 1994, en el Valencia de Luis Aragonés, Romario declaraba muy natural ante micrófono: “Yo necesito salir de noche todos los días porque si no salgo no marco goles”. En cuanto a la época de Di Stéfano y Pelé, buena parte de los jugadores con los que se enfrentaban, pertenecientes a equipos medianos o pequeños, eran electricistas, fontaneros, albañiles: solo los futbolistas de los grandes equipos podían vivir del fútbol. Piru Gainza, leyenda del Athletic de Bilbao que jugó en la época de Di Stefano, dijo una vez que la escopeta era la herramienta fundamental en los viajes de autobús que hacían para visitar otros campos, pues mandaban parar al chófer y se ponían a matar liebres para comer a su regreso a Bilbao. Cómo sería el nivel de aquellos futbolistas con los que abusaban Di Stéfano y Pelé, que este mismo jugador basauritarra, integrante de uno de los mejores Athletics de todos los tiempos, declaró:

–Esto que hacen muchos niños de hoy, lo de dar cien toques al balón sin que se les caiga al suelo, en mi época era impensable. Los únicos jugadores del Athletic que conseguíamos dar más de diez toques a la pelota sin que se cayera éramos Panizo y yo.


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Quiero hablar del caso de Ronaldinho Gaucho. Para mí Ronaldinho habría sido un jugador del mismo nivel que Di Stéfano, Pelé, Cruyff o Maradona si hubiera jugado en la misma época que ellos. Pero ocurrió que Ronaldinho jugó sobre todo en el siglo XXI, y en este siglo, por mucha técnica y por mucho crack que seas, si no tienes una forma física a la altura no tienes nada que hacer. Las mediciones demuestran que entre 1990 y ahora ha aumentado un 35% el número de metros que hacen los jugadores: si en los años ochenta era noticia que un jugador recorriera ocho kilómetros en un partido, hoy casi todos superan los diez y solo es noticia cuando un jugador consigue superar los trece. Ronaldinho en el Paris Saint Germain solo iba a entrenar los viernes y en el Barcelona frecuentó todos los pubs nocturnos de la ciudad. Consecuencia: a los 26 años estaba acabado para el fútbol de élite europeo. El mismo fútbol donde Messi lleva doce años siendo el GOAT.


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Maradona dice que Messi no tiene personalidad. Ahora bien, ¿la tiene él? Conviene matizar que no es lo mismo temperamento que personalidad. Maradona tiene temperamento, un temperamento fuerte, pero dudo de que tenga personalidad. La personalidad va mucho más allá de pegar gritos, soltar discursos machos y homófobos para motivar a los compañeros, quejarse sin ton ni son al árbitro o cantar el himno de forma estentórea: la personalidad consiste para mí en tener un discurso, conocer las herramientas necesarias para cumplirlo y tener la obstinación para no desfallecer en el camino, además de la flexibilidad necesaria para darse cuenta de los errores y saber rectificar sobre la marcha. ¿Tiene eso Maradona? A mi juicio no solo no lo tiene sino que es más bien al contrario: Maradona no sabe lo que quiere, cambia de opinión cada minuto, es confuso, variable, caprichoso, inconsistente: es ciclotimia pura. Me atrevo a decir que esta falta de personalidad en cada uno de sus actos es la que le ha hecho fracasar como entrenador, porque en el momento en que un jugador se da cuenta de que su entrenador se contradice, de que no sigue una línea, de que no hay nada fijo en él, ese entrenador ESTÁ MUERTO, el jugador deja de creer en él.


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¿Creéis que Messi no conoce las críticas que se le hacen por “pecho frío”? ¿Creéis que a Messi le costaría mucho mover los brazos durante el partido, dar órdenes que no siente, pegar broncas a sus compañeros, ser lo que no es? ¿O que le costaría demasiado cantar el himno, una vez que sabe que a muchos argentinos les molesta que no lo cante? Y sin embargo no lo hace: ¿no será que Messi rehúye la tontería, el baratismo del “se juega con cojones”, la declaración altisonante, la patriotería de todo a cien, todo lo que sea polémica, esto es, todo lo que no es él? ¿No es esta la mayor prueba de solidez, la demostración palpable de la personalidad de Messi?


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Maradona quiere sacar el debate fuera del césped para que discutamos sobre la personalidad de fuera, sobre el liderazgo de fuera, sobre lo que pasa en el vestuario…, cuando es obvio que Messi es la mayor personalidad dentro del césped, un jugador que, recorriendo tan solo seis o siete kilómetros por partido, participa en todas las ocasiones de peligro de su equipo, haciendo de nodo que conecta todos los puntos. ¿Qué pasa aquí? ¿Por qué Maradona rehúye la comparación en lo estrictamente futbolístico, en lo que se ciñe a los noventa minutos del partido?


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La diferencia futbolística entre Messi y Maradona es enorme, pero se resume sobre todo en la verticalidad: Messi es mucho más vertical llevando la pelota en carrera y es más vertical a la hora de pasarla, en la velocidad a la que piensa el pase y en el número de veces que lo realiza. Messi solo regatea hacia la portería, solo hacia la diana; Maradona hacía regates que le desviaban de la trayectoria y acababan llevándole al córner. Se ha dicho a veces que los defensas que cubrían a Maradona eran mucho más duros… cuando lo que ocurría a menudo era que Maradona no soltaba la pelota, se llenaba de ella y se hacía acreedor a las patadas pertinentes. Mientras que Messi tiene siempre al resto del equipo metido en la cabeza, jugador por jugador, Maradona a veces jugaba sin él, no sabía tenerlo en cuenta: ¡el fútbol de Messi es de un dinamismo coral del que Maradona no se mostró capaz ni se atrevió a soñar! Por no hablar de la capacidad goleadora, hija de esa verticalidad: Maradona no pensaba en el gol hasta que estaba a veinte metros de la portería; Messi empieza a pensar en él un segundo antes de que le llegue la pelota…


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Se ha contado mucho que Maradona elevó a un equipo sin historia como el Nápoles a lo más alto de la liga italiana, por entonces la mejor del mundo. Pero se ha contado menos que el FC Barcelona, el primer año sin Maradona, ganó la liga española con la mayor diferencia de puntos de su historia hasta entonces, y al año siguiente llegó a la final de la Copa de Europa. Vamos a contar TODO: cuando el chupón se fue, después de no ganar con el Barcelona más que dos torneos menores, el equipo blaugrana mejoró. Y, sobre todo, dejó de haber tantas tanganas, tantos insultos baratos, tanto malrollismo y tantas autoexpulsiones, porque Maradona, como “tiene personalidad”, se permitía autoexpulsarse cuando perdía los nervios, como se autoexpulsó en el Mundial del 82 contra Brasil, el día en que Argentina se fue a casa, o como se autoexpulsó en el Mundial 94, llevándose consigo a toda la selección, cuando no tuvo la honestidad de comunicar a su entrenador que había efedrina en la famosa dieta milagrosa que le permitió bajarse once kilos antes del Mundial. ¡La Argentina del 94, la mejor selección albiceleste que he visto en mi vida, destruida por el narcisismo e irresponsabilidad de Maradona! ¡Hablemos de la personalidad de Maradona, pero de TODA su personalidad!


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Un testimonio que ilustra por qué a Maradona lo cosieron a patadas durante su carrera y en cambio Messi recibe menos. Saúl Ñíguez, jugador del Atlético de Madrid, ha declarado hace unos meses: 
Cuando yo veía a Messi por televisión me decía: “Cuando me toque jugar contra él, yo lo paro, yo lo reviento”. Pero sucedió que me tocó jugar contra él… y no pude hacer nada, porque es demasiado rápido, no lo pillas…
No lo pillas porque corre rápido con el balón pegado al pie o porque lo suelta igual de rápido cuando te acercas... Pero jugar al primer toque es signo de solidaridad, no de narcisismo… ¿Cuándo vimos a Maradona/Narciso jugar al primer toque con la frecuencia que lo hace Messi?


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Otra cosa. Eso de que Maradona “vengó” a los argentinos de la derrota en la Guerra de las Malvinas, aparte de revelar la raíz patriótica y por tanto extra-futbolística de buena parte de la gloria maradoniana, es una de las estupideces más grandes que he leído nunca. ¿Equiparar una derrota militar en la que murieron cientos de jóvenes con una mísera victoria en fútbol ante Inglaterra?


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Yo no sé si se quiere conocer la dimensión que ha alcanzado Messi en el fútbol, la más grande jamás conocida, lo que representa Messi en el mundo árabe, por ejemplo, cómo ha trascendido la fama de Maradona, que se ceñía sobre todo a lo euroamericano. No sé si conocen que Messi recibirá este año 102 millones de euros brutos del FC Barcelona, 15 millones más que el presupuesto completo de Boca Juniors y 27 millones más que el de River Plate.


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La lucha Maradona vs Messi, que el primero azuza y el segundo evita, es la lucha de lo viejo contra lo nuevo, de una tradición que se resiste a morir y una modernidad que no termina de nacer. Messi aún no puede ganar esa lucha en Argentina porque existe un amplio sector del público que jalea a Maradona no por su segundo gol ante Inglaterra, sino por el primero; no por su técnica exquisita, sino por sus desplantes; no por su zurda prodigiosa, sino por su patriotismo macho y analfabeto. El fútbol que representa Maradona, el que él mismo se ha encargado de reivindicar, se asemeja a un coso romano o a una plaza de toros; el de Messi se acerca a la ópera o el ballet. El fútbol de Maradona es agresivo y antagonista; el de Messi se civiliza y se hace científico. El fútbol de Maradona genera más noticias fuera del campo; el de Messi se remite al césped. El fútbol de Maradona se encierra en lo patriota, se condena a ser argentino; el fútbol de Messi, en cambio, no canta el himno argentino ni se entrega al nacionalismo catalán: el fútbol de Messi se basta como arte, se ofrece a todas las gentes, se abre al mundo.


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Rescata Savater en su Diccionario filosófico este fragmento póstumo de Nietzsche, donde el autor alemán canta la palinodia sobre sus libros pasados:
Recientemente, cuando intenté reconocer escritos míos antiguos que había olvidado, me espantó una característica común a todos: hablaban el lenguaje del fanatismo. Casi en todas partes donde se habla de quienes piensan de otro modo, qué manera más sanguinaria de injuriar y qué entusiasmo por la malignidad, signos característicos del fanatismo; signos odiosos, a causa de los cuales no hubiera soportado leer estos escritos si su autor me hubiera sido menos familiar. El fanatismo corrompe el carácter, el gusto y no en último lugar la salud; quien quiera restablecer las tres cosas debe resignarse a un largo período de curación…
No creo yo que el problema de Nietzsche fuera el fanatismo, sino lo que realmente dice en sus escritos. Igual fanatismo hay en Platón contra el hedonismo, en el Manifiesto comunista contra el capitalismo, en Sartre contra los escritores no engagées, en Valerie Solanas contra el machismo, y no pasa nada: entre las distintas formas de escritura que puede elegir un escritor, aceptamos que se utilice el libelo e incluso algunos como yo lo deseamos, porque es un género que simplifica para morder, que radicaliza la subjetividad para golpear más fuerte y llegar más adentro. Nietzsche utiliza la forma del libelo en sus últimos libros pero, repito, el problema no es la forma ni el tono ni la intensidad, que son maravillosos, sino el fondo: el helenista alemán dice en esos libros que los débiles deben ser aniquilados; que canallas del tamaño de Alejandro Magno, Julio César, César Borgia, Federico el Grande o Napoleón Bonaparte son los verdaderos benefactores de la humanidad, los que elevan la energía de los pueblos y “garantizan el futuro”; que la sociedad de castas de la India, donde la casta más baja, los chandalas, tenía prohibido beber más agua que la de los charcos, era el verdadero ejemplo de una sociedad sana y aristocrática; que la función de las mujeres debe ser la de servir de reposo para los guerreros; que las escritoras son un engendro andrógino producto de alteraciones hormonales; que no se debe dar educación ni derechos a los obreros, porque su destino es el de ser esclavos. Nietzsche dice, por último, que la mentira es lícita si eleva el ideal de vida, por lo que ya he dado el retrato perfecto de lo que fue este ¿filósofo?: un sofista, un machista, un belicista, un engendro, un auténtico hijodeputa. Que exista toda una tradición de izquierdas que haya tratado de recuperar a este miserable para el humanismo, algunos de cuyos últimos representantes son Fernando Savater (me refiero sobre todo al primer Savater) o Michel Onfray, es algo que no me explico, salvo que se hayan dejado fascinar por la inteligencia y el envoltorio nietzscheano, que reconozco que son de primer rango. ¿Nietzsche de izquierdas? Sí, y yo luchador de sumo.


488


Eso que dice Cioran, que solo se da vitalidad a una prosa si buscas la incorrección y te pones a cada paso al borde del solecismo, me parece un pensamiento muy agudo y una gran verdad. Pienso en la prosa de Nietzsche, en la de Proust, en la de Céline, en el monólogo interior de Joyce; pienso en Canetti y en Alda Merini y sobre todo en la pentalogía autobiográfica de Bernhard, donde la frase se alarga y se repite de continuo, dentro de una anarquía aparente, solicitando del lector una respiración de búfalo y logrando unos efectos de intensidad excelentes, y me doy cuenta al fin de qué quería decir el Cortázar maduro cuando declaraba que su propósito era escribir cada día “más mal”.


487


Lo que te roba la falta de serenidad. Llevo toda la vida perdiéndome la naturaleza. He nacido en la ruralidad, he vivido durante treinta años en un vergel de vacas y estrellas, de setas y pájaros, de prados y riachuelos; en un caserío donde hacían nidos los gorriones y las golondrinas y en la parte trasera había un panal de abejas; en un paraíso donde crecían castaños, avellanos, perales, manzanos, melocotoneros, higueras, cerezos, y sin embargo, no recuerdo haberme detenido nunca cinco segundos a admirar una flor, a observar el comportamiento de un gorrión o escuchar los distintos sonidos del agua cuando corre por su cauce. Lo único que me gustaba en mi adolescencia era cazar grillos, tirar piedras a los gatos, córtale la cola a las lagartijas, lanzar moscas a las telarañas o comerme las frutas antes de que maduraran, esto es: violentar a la naturaleza, introducirle dinamismo, ser un hijoputa con ella. También puedo sentir a la naturaleza cuando se crispa, cuando acaecen días de tormenta o de viento muy fuerte; o soy capaz de pasarme horas mirando el mar, pero a condición de que esté encrespado, de que se sitúe a la altura de mi tigre perpetuo (pero de papel, el tigre). Cuando me pongo a leer los diarios de Thoreau o Jünger, noto que entro en un universo ajeno: no puedo creerme cómo son capaces estos autores de fijarse en el más minúsculo insecto, de regodearse ante una hoja que cae, una flor que se abre, un pez que no conocían, un pájaro que nidifica distinto, un nuevo hongo, una hormiga. Trato de leerlos, pero al de veinte páginas ya estoy cansado de una prosa sin conflicto que no-me-lleva-a-ningún-sitio. Luego entro en Rimbaud, en Nietzsche, en Gide, en Cioran, en Plath, Pizarnik, y noto que me introduzco de un golpe en mi mundo y con los de mi raza: yo solo amo a los enfermos que me agreden a medida que se destruyen.


486


Cómo evitar la palabrería en la escritura. Seguramente lo mejor sería escribir solo de lo que sabes, pero ese ejercicio cobarde te mete en la rueda del hamster: no puede mejorar el piloto que hace siempre la misma travesía. El mismo lenguaje lo aprendemos porque nos atrevemos a equivocarnos: el niño casi siempre pronuncia mal las primeras veces y gracias a esos errores se abre a futuras conquistas. La primera vez que escribimos dalia u hortensia quizá no sabemos con propiedad la diferencia que guardan con petunia o  azalea, pero el escritor incipiente debe usar constantemente palabras nuevas para ganarlas al futuro, pues ya aprenderá mientras tanto sus matices. ¿Podría ser una solución no publicar hasta que uno esté seguro de la calidad? Aquí también nos encontramos con problemas, porque se escribe a temperatura y ese calor nos quita perspectiva: a menudo creemos que lo malo es bueno y lo bueno maravilloso. Pero, en el caso de que seamos prudentes, tampoco sabemos cuál es el tiempo adecuado para guardar el manuscrito en el cajón: ¿esperamos tres semanas como aconsejan los anglosajones o esperamos trece años como aconsejaba Horacio? ¿O hacemos como los godos, que solo tomaban una decisión importante cuando pensaban lo mismo serenos que borrachos? Por otra parte, ¿cuál es el tiempo adecuado que debemos tardar en escribir una obra? ¿Los treinta días que tardó Dostoyevski en escribir El jugador, los dos meses que tardó Nietzsche en escribir su Zaratustra, los diez años que tardó Neruda en escribir Residencia en la tierra o los doce que invirtió Rilke en sus Elegías de Duino? Otro camino es el de Carpentier, que sostenía que el trabajo más grande lo dedicaba a la reflexión y recopilación de materiales y el resto, la redacción definitiva, le salía siempre con una celeridad sin conflicto. Tendríamos por tanto que dar vueltas por la plaza 2 de mayo, como los peripatéticos, muy atareados en disciplinar la mente y los sentidos hacia el objetivo adecuado, y no sentarnos ante el portátil hasta no tener muy masticado y rumiado lo que vamos a escribir. Sin embargo, este sistema a mí no me da resultado porque no tengo temperamento carpenteriano y cada vez que me pongo a escribir se me acumulan nuevas ideas y sentimientos. Lo último que se me ocurre trollea mis planes anteriores y nunca consigo que la escritura se me esté quieta  ⇒siempre me está escrisintiendo ⇒siempre me está escripensando.


miércoles, 8 de julio de 2020

485


En el documental La verdadera historia de Troya, se dice que el individualismo de Aquiles, que llega a retar e insultar a su jefe Agamenón, provocaría que se le formara un consejo de guerra en cualquier ejército actual. A su figura se contrapone la de Héctor, paradigma de las virtudes militares porque nunca se preocupa de su orgullo personal sino de su familia y su pueblo. Sin embargo, yo no creo que a Héctor le faltara ego y mucho menos que se preocupara para nada de su familia, y la prueba más clara fue su decisión-suicidio de medirse a Aquiles, a pesar de las súplicas de Andrómaca. De lo que se preocupó de verdad Hector fue de su renombre futuro y de la turbia razón de estado que exigía su muerte: una razón más para preferir al caprichoso, ombliguista y brillante Aquiles, un guerrero que nunca renunció a su personalidad.


484


Al hilo de esto, cuántas veces he leído que Héctor es el héroe por antonomasia porque decide luchar contra un enemigo superior sabiendo que va a morir. Yo también admiro el sacrificio, pero no un sacrificio que antepone la tribu a las personas. Si Héctor se hubiera sacrificado por su mujer y sus hijos, habría quedado como un cobarde; si se sacrificaba por Troya, en cambio, se ganaba la gloria. Lo heroico en este caso era elegir a su familia, pero él no se atrevió a ser cobarde. Cuánto más heroica me parece Antígona, que entierra a su hermano a sabiendas de que la van a condenar a muerte, que todos los Héctor acumuladores de gloria patria de la tierra.


483


Qué sospechoso es que Dios, tan pródigo en las escrituras a la hora de amenazar a sus feligreses, a los que en ocasiones llegó a matar y hasta les envió un diluvio universal, jamás les amenazara con cerrarles las puertas del cielo. Digo sospechoso con mucha ironía, porque todos sabemos quién se ha inventado a Dios y cuántos acudirían a los templos si no se prometiera pasaporte a la vida ultraterrena.


482


La cultura puede hacer estragos en las personas calmadas, pero no creo que haga ninguno en personas como yo, agobiadas por la ansiedad, presas de un interior donde le picotean minuciosos los pájaros carpintero. Lo que más sorprende de mí es que, a pesar de mis continuos cambios de opinión y mis continuas destrucciones de blogs, siempre regreso a mí mismo: siempre vuelvo al mismo blog. Supongo que ensayo destrucciones para fingir movimiento o para hacerme creer que he salido de mis cuevas de Tora Bora, pero no. Siempre estoy en el mismo sitio. Parece que mi destino consiste en cavar dentro de mí: una manera de destruirse tan bella como cualquiera.


481


No es que trabaje para tener un cerebro grande sino un cerebro bonito, lleno de ideas a las que no haya que pasar un trapo mojado. Me gustaría enseñarle mi cerebro a alguien y decirle: “Entra, no tengas miedo: aquí dentro solo guardo cosas inútiles e inofensivas”. A menudo pienso que solo soy un bufón a la espera de su primer papel en serio, un Tartarín cazador de gorras que no se atreve con un león del Atlas.


martes, 7 de julio de 2020

480


Al final, los guardas de seguridad del metro que ayer, sin ninguna violencia, habían detenido delante de mis ojos a un tipo que había saltado por encima de las máquinas validadoras, le dejaron marchar sin multa, nada más que con un mero apercibimiento, tras mostrarles el tipo su pase de metro y hacer uso de él con éxito. La razón que dio el joven para no utilizarlo en primera instancia fue estupefaciente: “Es que prefiero saltar, porque me aburre sacar la cartera y buscar el pase”.


479


Hasta qué punto la patriotería es una fuerza irracional negativa se demostró en el último Mundial, cuando, una vez eliminada España, la prensa patria se volvió a favor de Bélgica, cuyo seleccionado estaba dirigido por el ilerdense Roberto Martínez. Coincidía que Bélgica era, a la vez, el país que acogió a Puigdemont, el demonio de la antiEspaña, detalle que a los diarios deportivos les convino soslayar en este caso. Tuvimos, por tanto, a los diarios patriotas de información general arremetiendo contra Bélgica por dar aire al separatismo, pero luego en sus secciones deportivas apoyando a la selección de Bélgica porque la conducía un español. De este tipo de contradicciones los patriotismos están llenos y se puede decir que hasta consisten en ellas: recuerdo cuánto me sorprendía de pequeño que en mi libro de historia, en la página izquierda, se me contara con tintes dramáticos el arrasamiento de Numancia y el asesinato-traición a Viriato, víctimas de unas gentes tan malas-malísimas como los romanos, pero cómo, en la página derecha, solo unas líneas después, se celebraba que Séneca, Marcial, Quintiliano, Lucano, Adriano, Trajano o Teodosio fueran españoles (aquellos de españoles no tenían nada, como tampoco lo eran Viriato ni los numantinos, pero cada vez que un patriota se pone a escribir historia, te pinta de rojigualdo hasta las hachas de sílex). O sea que, sin tiempo para odiar a los romanos por sus fechorías, jajajaja, ¡los romanos ya éramos nosotros, y por tanto éramos los buenos, como siempre hemos sido! Unas páginas después llegan otros malhechores, los bárbaros, que acaban con nuestra civilización hispanorromana, pero aquí sucede otro tanto: resulta que uno de esos rufianes, Recaredo, se convierte al cristianismo ¡y automáticamente los bárbaros pasan a ser buenos y ahora ya no se llaman bárbaros, sino visigodos! ¡Ya semos visigodos y por tanto gentes bondadosísimas! ¡Qué divertida es la historia y el deporte cuando están contadas por patriotas que pueden prescindir de la verdad y la decencia!


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Las memorias de Baroja son bochornosas. Consisten en decir que todos los demás escritores de la época eran mentirosos, él no; todos querían medrar, él no; todos eran palabreros y fachadistas, él no; todos se consideraban seres superiores, él no. Para ello recurre a los argumentos más mezquinos, lo mismo a los raciales que a los físicos que a las tercerías del "según se ve" o “me han contado por ahí”, propios de un cotilla patológico. Al único que salva, aparte de a su amigo Azorín, es a Ortega, pero pronto descubro que la razón real de que no se metiera con él fue que, por el tiempo en que Baroja escribía sus memorias, ¡Ortega aún continuaba vivo! ¿Para qué iba a meterse con el único que le podía contestar, si contaba con muertos de sobra sobre los que podía echar mierda sin posibilidad de réplica?


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Lo de no criticar a los vivos Baroja lo hace con toda la intención. Llegado a la figura de Unamuno, después de arrojarle baldes de mierda, la mayoría con argumentos ad hominem, nos confiesa que mientras el bilbaíno vivía no se atrevió a hacerle críticas a la cara “para no molestarle”, jajaja. ¡Joder con el sincero oficial de las letras españolas! ¡Sincero cuando no había riesgos ni consecuencias! Al Baroja de los años finales me lo imagino leyendo cada día las páginas necrológicas y, cada vez que moría un contemporáneo célebre, exclamando para sus adentros: “¡Otro al que ya puedo ametrallar en mis memorias!”.


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Las memorias de Baroja como boomerang. Baroja quiere darnos su versión de un hombre humilde y sincero rodeado de sinvergüenzas y comediantes, pero consigue justo lo contrario. Queda la imagen de un escritor mezquino, envidioso, rencoroso, cotilla, vengativo; una persona que no conoció la palabra “autocrítica”; alguien obsesionado con rebajar la talla de sus contemporáneos por ver si con ello aumentaba la suya. Que no se diera cuenta de que esas memorias, tal como están escritas, iban a volverse contra él, me hace pensar en otro defecto: Baroja, aunque gran novelista, no debió ser un hombre muy inteligente.


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Una anécdota reveladora de la falsa humildad de Baroja. Hemingway le visitó en su lecho de muerte y le dijo:

–Mi premio Nobel se lo tendrían que haber dado a usted.

Baroja recibió estas palabras muy contento, pero Hemingway continuó hablando:

–A usted…, y también a Azorín, a Unamuno, a Antonio Machado…

Estas palabras ya no le gustaron tanto a Baroja, que le dijo con irritación: “¡Demasiados!”. Y es que Hemingway tocó el cable prohibido de Baroja: podía haberle mentado los nombres de escritores franceses o ingleses y seguro que no se hubiera enfadado, ¡pero poner a su mismo nivel a otros escritores españoles de su época, hasta ahí podíamos llegar!


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Soy un alpinista emocional como tantos, un ser que pasa del suelo al Everest y del Everest al suelo en cerocomados segundos, muy capaz de sentirme el martes miniBatania y el miércoles Bataleón Bonaparte. Esa me parece una de las fuentes del autohumor: el autohumor nace de la percepción cada vez más clara de tu falta de serenidad y medida, de tus contradicciones evidentes, de tus ganas de aparentar y lucirte, de tus zambullidas en el folio en blanco sin tener ni idea de lo que hablas. De pronto escribo con el dedo de Dios, muy eufórico de mí mismo; y de pronto me abochorno tanto de mis engendros y me viene una tristeza de cola tan larga que me entran ganas de destruir el blog (los blogs los destruyo porque ya no aguanto al idiota que escribe eso, porque pienso que dentro de mí guardo otro idiota mejor que puede escribir un blog mejor). Pero tampoco existe tristeza que sea capaz de fastidiarme más de una tarde, porque soy alegre de fábrica y nunca me ha faltado un manojo de síes para seguir adelante. Sé muy bien que el deseo de brillar lleva a la exageración y la vanidad y el ridículo, y en cambio el autocontrol lleva a la discreción y la serenidad y el equilibrio, pero entre estos dos errores yo siempre lo he tenido muy claro.

Quiero brillar.