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Uno va por la vida de libro incunable, de divo a lo Gilda o Sofía Loren, y acude a los tinglados literarios sólo para dejar constancia de su condición de asterisco y última coca-cola del desierto, de forma que no tolera muy bien que exista siquiera un solo facsímil desempeñando su mismo papel de
adulte terrible y sensible profesional. Imaginaos, por tanto, lo duro que se te puede hacer un martes en concreto, jam session, Diablos Azules, cuando sales de casa como ejemplar único y te encuentras a tu llegada con cuarenta y un poetas en la rampa de salida, ejemplares únicos como tú, inimitables de la muerte como tú, cada uno sus dolencias, esperando el pistoletazo para recitar sus versos. Cuarenta y un poetas, ya te digo. He probado a contar hasta cuarenta y uno y se tarda un rato.
Cuánto poeta. Y lo peor es que no vienen solos, sino que traen consigo y envueltas en celofán sus muchas enfermedades, sobre todo las que se inventan, las que nos inventamos, clasificadas en
leves (como te iba diciendo, Batania, si no le bailas el agua a un poeta famoso no hay nada que hacer, todo esta atado, etc),
graves (es que yo, Batania, siempre fui un rebelde, lo llevo en los genes, etc) y
muy graves (mi generación no puede entender mi poesía, Batania, yo escribo con la mirada puesta dentro de cincuenta años, etc). Y en medio pero alejado de esta polución de rencores, iluminaciones, manías persecutorias y niñadas habituales, con su cabeza quijotesca de cincuenta y cuatro años, el
poeto invitado,
Hipólito García Fernández, Bolo.
Bolo es un bilbaíno neomadrileño, un talento entre ecléctico, social y grouchiano que procede de la música. Os recomiendo que os leáis la entrevista que se le hizo en Viruete hace más de cuatro años (
AQUÍ), donde se comprueba hasta qué punto ha estado (y sigue) involucrado en ella. No os olvidéis de ver, en esa página, el video descacharrante que hizo para anunciar un disco de Judas Priest,
acojona, tronco, acojona (
AQUÍ), con el que alcanzó gran popularidad, y sus opiniones categóricas sobre los cantantes y grupos musicales (se carga a más de la mitad, mis admirados Julio Iglesias y Héroes del silencio incluidos). Bolo ha contado en muchas ocasiones que los poetas siempre le habían caído muy mal por petardos y qué-importante-soy-en-mi-propia-opinión, y seguimos sin explicarnos qué le hizo cambiar de parecer hace unos cinco años. Desde esa fecha conjuga música y poesía con naturalidad y ha publicado, además de las dos ediciones de
Ese montón de dudas llamado chatarra (Amargord, 2006 y 2007), el triple
Trampolín Etcétera (Poesía eres tú, 2009, junto a
Sergio Cruz Placer y
Alfonso López), y
El sofá de los valientes (Amargord, 2010). Por otra parte, su constancia y paciencia ante nuestro egoísmo vocacional le han convertido en uno de los mejores promotores de la poesía madrileña.
–Hablar de poesía en Lavapiés es hablar de Bolo –dijo
Carlos Salem en la presentación.
Bolo nos ofreció un aperitivo de treinta minutos, el más largo que ha invertido un poeta invitado hasta ahora, pero que no se hizo largo en absoluto porque es un maestro del micrófono y todo un personaje en estado de ocurrencia permanente. La imposible ley baudelairiana de “ser sublime sin interrupción” se cumple con bastante frecuencia en su caso. El silencio con el que seguimos su recital, sólo violado por las risas y los aplausos, es el silencio al que aspira todo poeta que se precie. Nada más empezar el recital nos dijo:
–El que tenga el móvil apagado que lo encienda, es el momento.
Contó un chiste del humorista Eugenio, citó a
Nuria Ruiz de Viñaspre, recordó a los recientemente fallecidos Berlanga, Morente, Ory y Alexandre y nos
antirrecomendó al escritor Peter Handke porque “es un coñazo”. También nos trasladó las partidas de cartas que juegan en el cielo su padre, Paco Rabal, José Antonio Labordeta y Fernando Fernán Gómez:
–Suele jugar mi padre con Paco Rabal y ganan casi siempre, y no veas la mala leche que agarra Fernán Gómez.
Lo que predomina en la poesía de Bolo es el aerolito, la greguería, el poemínimo efrainista y surreal. Como en casi toda poesía caracterizada por la fragmentación, tiende a la anarquía y consta de momentos peores y mejores. El Bolo que menos me gusta me parece el de los retruécanos o versos cercanos al chiste, basados solamente en el ingenio, aunque es el más aplaudido y reconozco que yo mismo me río mucho. Es el Bolo que escribe:
Fragata: Barco de Fraga
Beatificaron a San Deces
Zambomba: Instrumento para masturbarse en las grandes ocasiones.
Ramera: Mujer frívola del mero
San Sebastian se enamoró de un flechazo
Él vino. Y se convirtió en tinto
Ya no voy rápido ni al festival de cortos
El móvil del crimen fue Ericsson
Cuando me sube la tensión, me la bajo de Internet
Este humor me parece un humor sobrado de efectismo y escaso de poesía que propicia una carcajada rápida pero pronta al olvido. Prefiero el Bolo donde la sustancia poética o el nervio surrealista es de aliento más largo, el de los aerolitos que se aplauden un poco menos porque no sorprenden al primer segundo pero son más duraderos, como el del poema de raíces sociales que publicamos en
Poesía sin papeles (
AQUÍ) o el de los siguientes
impactos:
En el oscuro vacío la sencillez
El desvío de la hortensia
La humildad con la que beben los caballos
Fe, aspereza de invierno
La felicidad es un segundo que se aleja de otro
Ni honestidad ni coherencia: soy geranio, como tú
Me dejé barba y empecé a no reconocer a nadie
Ya no limpia su nido la golondrina
Familia, esa trampa bien organizadaAl finalizar la jam session se hizo una pequeña cola para firmar su último libro,
El sofá de los valientes, el más solicitado sin duda desde que comenzaron estas sesiones poéticas. Bolo nos regaló a cada asistente un folio escrito con aerosol donde figuraba alguna de sus
bolerías. Traía cincuenta
poequeños distintos: a mí me correspondió
La horma es el zapato que se aleja. Gustó mucho su poesía, sus salidas desopilantes, su regalo, todo.
Primera jam sin tabacoLa sesión transcurrió todo lo bien que puede transcurrir una sesión portaaviones de más de cuarenta poetas, aunque es muy difícil hacer una valoración de una enormidad semejante sin confundir la lechuga con la escarola o el apio con el perejil. Y eso que pudo ser peor, porque hubo momentos donde gravitó la posibilidad trágica de llegar a la cincuentena, hecho que no sucedió porque poetas como
Alfredo Piquer,
José Luis Zúñiga,
Gsús Bonilla,
Chema Barredo,
Teresa María y otros que me olvido se marcharon antes de tiempo, o algunos como
Bacovicius o
José Naveiras o
Patty de Frutos o
Mery Caos no quisieron o no se atrevieron a recitar. También ocurre que Carlos Salem no da abasto ante tanto pelotón y a veces se olvida de llamar a alguno o alguna. Que también pasó. Salem comenzó la sesión haciendo referencia a la noticia de la semana:
–Aunque ya no se pueda fumar y sigan queriendo poner impuestos por soñar, aquí estamos.
La jam constó de 23
poetos y 18 poetas. La tradición de los bares madrileños indica que el porcentaje de chipirones suele ser muy superior al de las almejas, pero en estas sesiones se va imponiendo la paridad. Cada vez vienen más chicas y bellas de noche y eso nos motiva mucho. Chicas como
Elisa Peña, que gustó con el poema
Desmoralicemos al miedo. O
Nina Salinas, quien recitó por primera vez y con fuerza, sobre todo el tercero y último, un poema social con formato de pregunta–respuesta. O
Marta Ávila, quien leyó un soneto que ella llamó “deforme”, porque constaba de tres cuartetos en lugar de dos. O
Marian, que recitó de espaldas. O
Silvia Ortega, qué nivel, quien recitó un poema desde la perspectiva de La Louchette, la amante que contagió la sífilis a Baudelaire. U
Olaia Pazos, que me afeó mucho y con razón que la llame “poeta espectáculo”. Pazos volvió a destacar con un poema muy hondo donde decía:
Estamos tan llenos de principios y vacíos de contenidos.
Eva Monogatari, por su parte, ha escrito una
no crónica sobre sus sensaciones en la jam session cuya lectura os recomiendo (
AQUÍ).
Francisco J. Sevilla hizo ante micrófono una defensa de las piraterías de Batania, ese chico que va adquiriendo una notoriedad descontrolada por motivos varios, nunca por su literatura. Vi a
Chema, editor de Amargord, que anda últimamente de hospitales.
Leo Zelada fue de los más aplaudidos con un poema sobre la inmigración que lo publicaremos en
Poesía sin papeles en cuanto nos lo envíe.
Luis Ricardo Suárez comienza a imponerse como una de las referencias de la jam, pues escribe poemas frescos desde perspectivas laterales que siempre cosechan risas y aplausos.
Rafael Sarmentero, un clásico, recitó por primera vez y anuncia para febrero la publicación de
Dadá demodé, con Amargord, dentro de la colección
Hecho en Lavapiés. Por cierto que Sarmentero se quedó en blanco cuando estaba recitando de memoria un poema dedicado a
Bárbara Butragueño:
–Se me ha olvidado, Batania –me dijo riendo–, porque estaba pensando en Bárbara.
Les pasa a los mejores, como es el caso. A mí me agrada mucho que los poetas se aprendan los poemas de memoria, y, sin miedo de erigirme en
praeceptor hispaniae, voy a dar mis razones:
a) El poeta que se aprende su poema de memoria da un ejemplo del interés y pasión con que se toma la poesía y la jam.
b) El que recita de memoria lo hace siempre con mucha más naturalidad que el que lee, al que casi siempre le sale una recitación más plana.
c) Recitar de memoria te permite tener los ojos y los brazos libres, que puedes utilizar para dirigirlos hacia el público y conseguir mayor verosimilitud.
El cronista se ha propuesto ir publicando cada cierto tiempo una lista–clasificación de los poetas que más veces han recitado de memoria, porque le parece una modalidad en desuso que sería una pena perder.
Antonio DíezRecitaron muchos poetas por primera vez, como
Helio,
Paz Hernández,
Voltios,
Mariano Zurdo,
Enrique Fornies,
María José Domínguez,
Alfonso Pindado,
Martín Ortega y otros que seguramente me olvido.
Santiago Tena, que ha vuelto a abrir un blog (
AQUÍ), recitó con tal intensidad un poema, el tercero, que hasta se le quebró la voz en los últimos versos.
Antonio Díez, otro que se estrenó, me trajo una noticia sensacional: es el prologuista de
Mucha policía, poemario de
Juan Bautista Moreno que saldrá en febrero en Baile del Sol y que relata desde dentro el mundo en el que se mueve un policía. Díez me contó
off the record algunos aspectos del libro y me dejó asustado:
–Si es cierto el 10% de lo que me cuentas –le dije–, al poeta y policía Juan Bautista Moreno se le va a caer el pelo.
–No, Batania, porque Juan Bautista Moreno no existe; es el seudónimo bajo el que se oculta el policía.
Atención a ese libro, porque puede convertirse en un acontecimiento no sólo literario, sino en un escándalo documental y periodístico. Cuidado con esos señores que nos protegen, no digo más. La sesión la concluyó
Dani Orviz con la recitación memorizada de
El mundo de un tirón, que dio paso a la demasiada cerveza y a nuestras habituales querellas gulliverianas sobre si debemos partir el huevo poético por la parte ancha o por la parte larga. Voy concluyendo que, con todas nuestras irregularidades y poemas engendro, lo mejor de nosotros lo damos ante el micrófono. Eran las tres de la mañana cuando el cronista hizo un truco de magia y desapareció entre la niebla. Ya en la cama, aún tarareaba la canción aquella de Los secretos:
Pero cómo explicar/ que me vuelvo vulgar/ al bajarme de cada escenario.