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LAMENTACIONES Y PROPÓSITOS DE SILVIAMe dice que le gustan mis perfumes
porque huelen a humo de sirenas
quemadas, o locuras de ese tipo.
Esas cosas me dice.
Y me dice también que nada hay
más hermoso en el mundo que unas medias
destrozadas o un labio golpeado.
Y yo le dejo hacer.
O me pide que pose de corista,
que me acerque a su coche dando precio
a un catálogo absurdo de pecados.
Esas cosas me pide.
Lo que ese maldito aún no comprende
es que el juego va en serio y tiene fin,
porque el premio es su muerte o mi locura.
Y eso aún no lo entiende.
Algún día de estos, cuando elogie
el matiz de un perfume o me destroce
mi mejor par de medias, caerá.
Me he comprado una Luger.
O bien cuando me obligue a darle en público
mi dinero y mis joyas para irse
a beber con amigos y tanguistas.
(Porque tiene esos gestos.)
Pero ese tipo tiene que caer.
Y ha de verme encender un cigarrillo
mientras que se desangra horrorizado.
Y yo como si nada.
Ya estoy harta de ser actriz sin público,
distracción de un perverso de opereta.
Pienso ir por el mundo haciendo daño.
Y el que quiera, que pague.
“Una mujer no tiene más tesoro
que su corazón, que es fruta corrompida
desde que el mundo es mundo”, le he avisado.
No entiende a las mujeres.
Ese tipo no sabe que el amor
no es más que una partida entre canallas
y que a todas nos gusta que nos traten
de zorra para abajo.
Que nos hundan en fango. Pero en serio.
EL DÍA AMARILLOEste día de lluvia y este sol enfermizo
mírelos: con su luz amarilla,
¿qué pretenden decirnos
ahora en pleno verano, y por qué nos conmueven
como un presentimiento de tragedia?
Este sol arruinado y esta lluvia caliente, ¿de qué
podrían, verdad, ser símbolos
en la norma sombría
que rige el pensamiento de los tipos que escriben?
Imagínese usted, en este día raro,
a un personaje de Meyrink atravesando un bosque
que no termina nunca y que es de niebla,
o a un hada de Mujica temblando en una estrella
mientras cae la lluvia sobre un patio de Córdoba,
donde un árabe escribe un poema festivo.
Imagínese a Ovidio discutiendo con Kafka
sobre la verdadera identidad de Álvaro de Campos.
Pero mire: ahora sale de casa Pío Baroja
maldiciendo esta lluvia y este sol amarillo,
y Chesterton conduce un carro de caballos
mitológicos, propiedad
de una secreta cofradía de anarquistas,
por las calles mojadas de un Londres de papel.
Si en la extensa soledad de los sueños
luché con marineros de Melville y de Stevenson,
¿de quién es ese barco de bandera siniestra?
Un griego antiguo ha escrito ya nuestro epitafio
y las novias que tenemos
lo fueron de Luis Mejía.
Este día amarillo ilumina los libros,
los dora y atormenta con un aire de vida.
Por eso hoy ha subido, sin pensarlo, en su coche
a Marlowe y a Sigfrido,
al sombrío Bartleby y a Odette la casquivana;
por eso le saluda Pat Hobby desde lejos,
borracho en una gasolinera de Los Ángeles.
Algo flota en el aire de este día
amarillo, con lluvia, de verano.
Este día, de sol extravagante, tan poblado
de fantasmas que huyen
por las callejuelas melancólicas
de la literatura.
FELIPE BENÍTEZ REYES (Rota, Cádiz, 1960), La mala compañía, Trama de niebla (Poesía reunida, 1978-2002), Tusquets, Barcelona, 2002, págs. 89-123.