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No sabía, entonces, que esa Olvido era Olvido García Valdés, por muchos considerada la mejor poeta española del siglo, lo que dicho así suena tremendo, pero que no lo es tanto si consideramos la escasez de voces femeninas en la poesía española del siglo XX. Bueno, ése era mi bagaje antes de viajar a Toledo y pasar unos días allí. Había leído a Miguel de forma concienzuda y cada lectura me lo hacía más cercano. No había leído a Olvido (aunque a ella sí que la conocía de nombre mucho antes de conocer a Miguel) y lo que la gente me contaba de ella era desmesurado y más bien atemorizador. Había quien la comparaba con Santa Teresa, otros decían que era demasiado seria, acaso hosca, y había quienes aseguraban que su altivez dejaba helados a quienes la conocían. Busqué una foto suya. Encontré una en donde aparecía con un grupo de escritores, pero la reproducción era borrosa. En otra, publicada en una revista de poesía, se la veía en compañía de viejos poetas madrileños que la rodeaban como en el cuadro de Poussin Susana y los viejos. Finalmente fui a una librería en Barcelona y busqué un libro suyo, pero me dijeron que sus libros más recientes estaban agotados y en el único que tenían no había foto alguna. Así que partimos a Toledo sin un rostro de Olvido García Valdés. Lo que finalmente encontramos excedió todas nuestras expectativas. En un solo día recorrimos, de la mano de Miguel pero sobre todo de la mano de Olvido, todas las sinagogas, mezquitas y catedrales que hay en Toledo. Comimos y cenamos opíparamente. En la primera juguetería por la que pasamos Olvido le compró a mi hijo tres juguetes. Mi hijo, evidentemente, quedó prendado de ella. Y ya que estábamos en plan rabelesiano, esa noche, después de darme una ducha, leí de un tirón Ella, los pájaros, un conjunto de poemas de Olvido que me deslumbró como sólo puede deslumbrar la poesía verdadera. Mucho después, cuando ya estaba en Blanes y lejos de Toledo, leí Caza Nocturna, el último libro de Olvido García Valdés (Ave del Paraíso, 1997) y mi admiración por ella, si cabe, creció aún más. Casi no tenemos nada en común. Los poetas que a ella le gustan a mí no me gustan y viceversa..
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ROBERTO BOLAÑO, Entre paréntesis, Anagrama, Barcelona, 2004, págs. 122-123
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Francisco Cervantes relata una anécdota que recrea el espíritu inquieto de Pessoa: era habitual durante su noviazgo con Ofelia de Queiroz que Pessoa la acompañara en su recorrido por tranvía a orillas del Tajo y que hiciera gestos para divertirla. En cierta ocasión, fingiéndose el ave ibis, con los pantalones arremangados y apoyándose en una sola pierna, fue sorprendido por unos niños que, divertidos, parecían comprenderlo. Después escribió: “El ibis, el ave de Egipto, / descansa siempre sobre un pie, / lo que / es extraño. / Es un ave calmada, / porque así no anda nada”.
El poeta cántabro y yo salimos del Paraguas ya de día, casi a rastras, borrachos como piojos, dejando a Ángel en el bar, todavía con fuerzas para entonar rancheras y alguna tonada asturiana, como “Río verde”, cantada con un chorro de voz que hacía callar al local entero. Tan sólo en eso, en la pulsión del cante, se le conocían a Ángel los muchos whiskies.
Clodia, nacida hacia el año 94, era bastante mayor que Catulo; por Cicerón conocemos su belleza y sus grandes ojos y por los escolios a aquél su habilidad en la danza. Que era una mujer importante intelectualmente resulta del aprecio de que disfrutó en la vida pública según el enconado discurso de Cicerón. Clodia pertenece al número de figuras femeninas artístico-literarias que con su agitación psíquica han provocado el cultivo de la lírica subjetiva. En ella, lo espiritual aparece sofocado por lo sensual, de tal manera que degeneró en una falta absoluta de moralidad. La muerte de su marido en el año 59 acabó con todas las barreras. Las relaciones de Catulo con ella desembocan, a través de momentos de pasión, desengaño y reconciliación, en la desesperación y el desprecio.
Nace Juan Ramón Jiménez, en Moguer, en la Andalucía de Huelva, en la noche de diciembre de 1881.
"¡Flor, oh mi Georgia!/Deja que reine la paz en mi tierra natal!". Estos versos los escribió un adolescente, Josef Dzhugashvili. Rondaba 17 años y estudiaba en el seminario de Tbilisi. El poema, en su georgiano original, tenía notable pureza lingüística, pero su autor no logró fama como trovador, sino como dictador, bajo el nombre de Stalin (el hombre de acero, 1878-1953).
Delante de ciertos versos suyos, un censor victoriano se habría tapado la cara y aun sus poemas más inocentes, sus dibujos y composiciones decorativas revelan muchas veces la obsesión por el fruto prohibido. Sobre todo, habla con amargura del matrimonio y de sus exigencias, se queja ruda, dolorosamente de la tiranía conyugal y condena los celos como el origen de todos los males.
Lo vi muchas veces en el Café Gijón. Se sentaba en una mesa, solo, delante de una taza de café y un vaso de agua, y se quedaba mirando a no se sabía qué, fijo y lejos. No saludaba a quien no le saludaba y no hablaba a quien no le hablaba. Una tarde llegó al Café Manuel Fernández Sanz, Manolito el Pollero, se acercó a la mesa de Gerardo, que estaba allí, tan pasmado como siempre, y le dijo: "¿Qué, Gerardo? Usted, con la toña de todas las tardes, ¿no?". Gerardo siguió serio y ensimismado, y sólo después de muchos segundos estalló en una carcajada. Se desentendía de casi todo lo que no fuese poesía, o como ahora se dice, desconectaba. Era capaz de darle vueltas a un endecasílabo durante horas de café, de paseo, de cama o de concierto, mientras tocaba el piano y quién sabe si mientras se entregaba al amor. Desde luego mientras sentía el placer de oír a su compañera de alcoba "orinar en el fondo de la estancia". Gerardo Diego era un ensimismado, habitante de sí mismo, cazador de versos a la espera, pescador de palabras como peces, pasmado de su propia inspiración, y tal vez por eso adoptaba entre las gentes un gesto de personaje desentendido, de bausán, de pasmarote o de estafermo, ese gesto que le hizo escribir a Alberti: "Con esa cara de tonto oficial que tiene Gerardo...".
Por aquellos años, el poeta casó con Eleña de Zúñiga. La conoció en unos torneos que se celebraron en Sevilla con motivo de las bodas del emperador Carlos V con su prima Isabel de Portugal. Altolaguirre cuenta la escena en que Garcilaso, dentro de los torneos que se celebraron, salió a hacer cañas y fue derribado, aunque, como él mismo diría más tarde, "no por las lanzas sino por las saetas" que desde el estrado le lanzaban Elena de Zúñiga y la portuguesa Isabel Freyre, dama de la emperatriz, es decir, las que habían de ser, una su esposa legítima y otra el "amor imposible" al que dedicaría gran parte de su obra poética. En estas justas sevillanas, Garcilaso conoció al conde Baltasar de Castiglione, embajador del papa Clemente VII en la corte de Carlos V y autor de uno de los libros más famosos del Renacimiento italiano, Il Cortegiano, que, a instancias del poeta toledano, traduciría al español su amigo Juan Boscán.
Sus conexiones familiares debieron de facilitar los comienzos de su carrera literaria: en el año 498 compuso su primera oda, la Pítica X para los Alévadas de Tesalia. A partir de este momento comienza una vida dedicada al cultivo de la poesía en la que el éxito le acompañó, trabajando para familias nobles y poderosas de Grecia, entre las que destacan por la asiduidad del trato los tiranos de Sicilia y la nobleza de Egina, rival y víctima de Atenas. Su triunfo se pudo ver un tanto frenado por las Guerras Médicas de 480, que coincidieron con su madurez personal y que para él, como para todos sus contemporáneos, debieron de ser un auténtico punto de inflexión. Probablemente se produjo en él una situación de conflicto entre dos lealtades: la lealtad a su tierra natal, Tebas, aliada con los persas y que sirvió de cuartel general a Mardonio, lugarteniente del gran rey, y su admiración por el comportamiento de Atenas y Esparta en el conflicto. A Atenas le dedicó un ditirambo llamándola "soporte de la Hélade", por el que dicen las Vidas que los tebanos le impusieron una multa de mil dracmas, que los atenienses pagaron por él.
Pero es, ¡ay!, la poesía precisamente la mancha original que, según nuestros adversarios, me excluye de la casta política. La verdad es que nuestros adversarios están de acuerdo con Platón, que fue el primero en echar a los poetas de la República. Mas aquella República platónica era más lírica que una oda de Píndaro, y a Platón, además, le parecía que no desdijese de los filósofos el disputar sobre el logos en las cortes de los tiranos de Sicilia. Solón, por el contrario, componía elegías y hasta, pudiendo ser tirano de la patria, la dotaba, en vez de ello, de una Constitución que hizo la gloria y la grandeza de Atenas. Echándonos en cara, como calificación de inhabilidad política, el nombre de poeta, los adversarios muestran no conocer otra poesía que la de la Arcadia. Y no recuerdan qué temple de ciudadanos fue John Milton, que hizo con poderosos escritos la apología del pueblo de Inglaterra contra las usurpaciones de Estuardo. Y no recuerdan que Alemania mandó discutir al Parlamento de Francfort las leyes de su Constitución nacional a Uhland, por el mérito de haber gloriosamente cantado las tradiciones y las aspiraciones de su pueblo y doctamente ilustrado la historia de la poesía alemana; y el noble y viejo poeta fue parejo a su gloria y digno de la confianza de la patria, soportando, magnánimo, los malos tratos de la violencia militar que disolvió los últimos avances de la Asamblea Nacional. Y no recuerdan que, caída en la ignominia por los errores de un doctrinario, Guizot, la monarquía burguesa de Luis Felipe, un poeta, Lamartine, opuso por días enteros su elocuencia y el pecho a los furores de la plaza, y con riesgo de la fama y de la vida, salvó al menos el honor francés y la bandera tricolor. Y en Italia, por haber hecho versos que no desagradan, ¡se nos querían quitar los derechos civiles! ¡En Italia! Presiento lo que puedan oponerme los adversarios: "Pero tú no eres Milton, ni Uhland, ni Lamartine". ¡Ni vosotros que echáis del Estado a los poetas sois platones!
Yo estaba debajo de la mítica buhardilla donde el poeta escondía todas las estatuillas y abalorios que robaba impunemente a diario en el entonces algo descuidado museo del Louvre. Aunque todo sea dicho: tanto iba el cántaro a la fuente que acabó siendo acusado injustamente del robo de La Gioconda y pasó 10 días en la cárcel, donde escribió uno de sus poemas más conmovedores, A la prisión de la Santé.
Osip Mandelstam, uno de los gigantes de la poesía del siglo XX, solía sentarse en la misma mesa que Ajmátova. Mandelstam leía maravillosamente bien. Ajmátova, que podía llegar a aburrirse oyendo recitar, le comentó a Anatoli Naiman, un amigo de sus últimos años: "Allí estábamos todos, leyendo poemas, pero, cuando Mandelstam empezaba a leer los suyos, era como un cisne blanco deslizándose por el agua." Mandelstam siempre se consideró un raznochinetz, o sea, un intelectual advenedizo, que no pertenecía a ninguna clase concreta de la sociedad. Había nacido en Varsovia, en 1891. Su padre, Emil, de origen judío, era comerciante de cuero. Como tal raznochinetz, Mandelstam encajaba sin problemas en el ambiente de El Perro Errante, y se enamoraba con frecuencia, aunque Ajmátova enseguida le previno contra la tentación de prendarse de ella, asegurándole que sólo le quería como amigo. De hecho, fue su confidente durante sus sucesivas pasiones por la hermosa pintora Anna Mijaílovna Zelmanova, la gran poeta Marina Tsvetáieva y la princesa Salomea Andrónikova, que era una de las amigas íntimas del círculo de Ajmátova.
François Villon es en cambio un gran poeta, y además un símbolo de contrastes vitales que ha fascinado a la posteridad. Sobre él se ha escrito muchísimo, casi siempre dando rienda suelta a la imaginación, pero de su vida apenas se conocen unos pocos datos. Sabemos que nació en París quizás en 1431, que era de origen humilde, que su verdadero apellido fue Montcorbier y que gracias a la protección de un clérigo -al que llama "más que padre" y cuyo nombre adoptó- pudo estudiar en la Universidad, en la que se licenció en Letras en 1452. Pocos años después empieza a aparecer reiteradamente en los archivos judiciales: mata a un clérigo en una riña, huye de la capital, participa en un robo con escalo, vaga por Francia, se le encarcela en Orleans, es indultado, nuevo encarcelamiento en París y, por fin, se ve envuelto en una riña sangrienta y se le condena a la horca, sentencia conmutada en enero de 1463 por la de diez años de destierro. A partir de aquí se pierde su rastro.
Una vez le pregunté a Guillén en qué hotel del universo le gustaría pasar las vacaciones de la muerte y él me respondió con un guiño de ojos antes de precisar con palabras, "en la nebulosa de Andrómeda, porque me gustan los esdrújulos". Allá se fue seguro, a reírse de los episodios de su vida en el cine cósmico de la luna. Mientras tanto, aquí abajo le dieron a su cuerpo un entierro de lujo, a la sombra de la raspadura de la Plaza de la Revolución, muy cerca de ese Martí de mármol tan feo que no puedo ver sin llorar, y los sindicatos ordenaron la movilización de sus afiliados, para hacer manifiesta la pena de haber perdido a un héroe nacional. Sin embargo, a partir de ese momento, la luz de la poesía de Guillén se apagó como la llama de una vela en un pequeño altar a Shangó. Desapareció Nicolás sin misterio y, lo que es peor, sin dejar huella. Muy pocos jóvenes se acercan hoy a sus poemas limpios y perfectos, los más españoles versos que se hayan escrito en cuaderno alguno de la isla. Sus libros han sido deportados al fondo superior de los estantes, donde muchos esconden las Obras Completas de Lenin, por si las moscas. Nicolás Guillén se volvió a morir y fue sepultado bajo la cruz del olvido. Él, que cantó himnos de guerra a la vida y adelantó el triunfo de las virtudes sobre los defectos de los hombres, hoy descansa en una paz que no deja de meterme miedo: la tarde pidiendo amor.
Después de su muerte prematura en 1956, la literatura de César Moro ha sufrido -como establecen las leyes divinas para ciertas personas auténticas- una carrera de incomprensiones, torpezas y abandonos.
Jacques Lacan le diagnostica a Santa Teresa ninfomanía. "Usted sólo tiene que ir para comprobarlo a Roma para ver la escultura de Gian Lorenzo Bernini. Observe el éxtasis". Freud estaba seguro de que los estigmas y alucinaciones de Teresa no eran sino síntomas de histerismo. Algunos psiquiatras piensan que las creencias intensas llevadas al límite, actúan sobre el cuerpo. La propia santa describe en su literatura memorialista cómo pierde la respiración, emite suspiros y el placer le llega a intervalos. Casi 100 santos tuvieron en sus manos, en sus sienes y en sus pechos, llagas, heridas de espinas, sangre en las mejillas, huellas de flagelación. Los científicos llaman a esas heridas dermatitis manipulativa.
Y cuando tenía cincuenta y dos años, después de una existencia más bien sosegada, sin apuros de ningún tipo y en el ejercicio de aquella actividad para la que estaba dotado por naturaleza, le cayó inopinadamente, como un rayo, la noticia de su destierro. Era el otoño del 9 d. C. -el 8, sin embargo, en opinión de la mayoría-. Casualmente se encontraba de viaje en la isla de Elba. Allí recibió la fatal orden de Augusto: se le "relegaba" (la relegatio era un exilio más leve que la deportatio, pues no comportaba pérdida de bienes ni de ciudadanía) a la ciudad de Tomos, en las riberas del actual Mar Negro (Ponto Euxino), en el bárbaro país de los getas. ¿Por qué? Por una causa, al parecer, doble: por una obra poética y por una, diríamos, "metedura de pata" que no sabemos realmente en qué consistió. La obra es el Arte de amar, eso sí está claro, con cuyos versos, descomprometidos de toda consigna oficial -tan lejanos en este aspecto de la Eneida o de las Odas de Horacio-, minaba los esfuerzos imperiales por levantar las costumbres y combatir el lujo, la molicie y la disolución de la familia, esfuerzos que habían cristalizado ya en leyes moralizadoras especialmente severas. En cuanto al error, hay una amplísima colección de hipótesis, algunas de ellas divertidamente disparatadas: que Ovidio era un conspirador contra el príncipe; que había colaborado en intentos de liberación del proscrito Agripa Póstumo, nieto del emperador; que había participado en sesiones de adivinación habidas en el seno de la secta neopitagórica antiaugústea; que había cometido adulterio con Julia, la hija o nieta de Augusto; que había dejado su casa a Julia para que se reuniera con alguno de sus amantes; que había descubierto el incesto de Augusto con su hija Julia; que había visto desnuda a Livia mientras asistía de incógnito a los ritos, exclusivamente femeninos, de la Buena Diosa; o incluso que, presentándose de improviso en el palacio imperial, había presenciado un grotesco ataque de cólera de Augusto, al recibir éste la noticia del desastre militar de Varo en la selva de Teotoburgo, y se había mofado de él. La verdad, sin embargo, sobre tan misterioso desliz se nos oculta, y oculta, deliberadamente, la quiso mantener Ovidio.
Rainer Maria Rilke, que antes se había llamado sólo René Rilke y a quien su amiga Taxis llamaría Doctor Seraphico, se pasó toda la vida aquejado de males tanto físicos como psíquicos mientras esperaba a la lírica. Sus allegadas no recuerdan haberlo visto casi nunca sin algún padecimiento o tormento, y él mismo no se recataba de mencionarlos en sus abundantes cartas y diarios: sus "desgracias constantes" le impedían "trabajar seriamente" allí donde se encontrara, y eso pese a estar siempre dispuesto a sacrificar la vida por el trabajo (el trabajo lírico, bien entendido). Valga un ejemplo: cuando se hallaba alojado en el fastuoso castillo de Berg am Irchel, en el cantón de Zürich, el ruido lejano de una serrería eléctrica al otro lado del parque le dificultaba la concentración y la concepción de sus versos. Según es sabido, la composición de las Elegías de Duino le llevó diez años, de los cuales la mayoría fueron sólo de espera. Cuando había suerte oía voces, como aquel día de enero en que, en medio del fragor de una tormenta, escuchó una que lo llamaba, una voz muy cercana que le decía al oído estas hoy famosas palabras: "¿Quién, si yo gritase, me oiría desde los órdenes angélicos?". Se quedó inmóvil, atendiendo a la voz del Dios. A continuación sacó su pequeño cuaderno lírico que llevaba siempre consigo, anotó estos versos y otros pocos que enseguida se formaron como involuntariamente. Luego, a la tarde, la primera elegía estaba acabada, pero al poco el Dios se calló, y durante diez años, con pequeños y provechosos intervalos parlanchines, sufrió cruelmente ese silencio, esperando. Habría que preguntarse, con todo, cuánto habría de verdad en esa legendaria espera del poeta Rilke que tan en vilo tenía a sus amigas aristocráticas, ya que André Gide, que lo trató poco pero en tiempos no muy feminizados, se acordaba de haberle oído contar que la mayoría de sus versos le salían de golpe y de corrido sin que después necesitaran apenas retoques. Le había mostrado el cuadernillo lírico, con bastantes poemas "improvisados en un banco del Jardín del Luxemburgo", sin una sola tachadura.
Proust, lejos de negar o esconder su uranismo, lo expone, y casi podría decir: se jacta de él. Dice no haber amado nunca a las mujeres más que espiritualmente y no haber conocido nunca el amor más que con hombres. Su conversación, atravesada sin cesar por observaciones incidentales, discurre sin ilación. Me comunica su convicción de que Baudelaire era uranista:
Antes de conocer a Hughes, Sylvia había salido con un número desorbitado de chicos, casi cuarenta ya durante sus dos últimos años en Bradford, a los que elegía o rechazaba en función del prestigio de la Universidad en la que estudiaban, de la carrera a la que se iban a dedicar en el futuro, y de su estatus social. Desde la adolescencia tenía la mirada puesta en lograr un matrimonio de éxito, y anotaba escrupulosamente en su diario las citas que tenía, la mayoría, aunque era una muchacha alta y de buena figura, provocadas por ella misma. También dejó constancia de la "lista de excusas para citas no deseadas", incluida la de estar enferma de cáncer, lo que, por supuesto, no era cierto. Durante su etapa universitaria, el número de relaciones sentimentales se amplió considerablemente.
Como no tenía de qué vivir le busqué un trabajo. Era duro encontrar un trabajo para un poeta en España. Por fin un vizconde, alto funcionario del Ministerio de Relaciones, se interesó por el caso y me respondió que sí, que estaba de acuerdo, que había leído los versos de Miguel y que lo admiraba, y que éste indicara qué puesto deseaba para extenderle el nombramiento. Alborozado dije al gran poeta:
Había pasado muchas horas hablando con Gabriel precisamente de eso, del suicidio sin causa, del caso, por ejemplo, de Cesare Pavese. Ambos habíamos releído varias veces el terrible diario del poeta piamontés, pero manejábamos otros muchos elementos. Yo por supuesto no había conocido a Cesare Pavese, pero sí a mucha gente de su intimidad y a los personajes de sus últimas horas. El testimonio de Giulio Einaudi, de cuya casa de Bocca di Magra escapó en busca del lugar de la muerte; el de la señora S., uno de sus últimos consuelos; el del doctor Rubino, el médico que lo acompañó hasta el borde de aquella madrugada fatal, e incluso el del barbone con el que supuestamente consumiría la última copa en los soportales de la plaza en un último intento de alcanzar el día y aplazar la decisión, habían formado parte una y otra vez de nuestros maniáticos coloquios de las madrugadas. Incluso creo que Gabriel había hablado directamente con Rubino de aquella historia. Lo cierto es que él tenía las ideas muy claras, acaso sobre el suicidio de Pavese pero en realidad respecto a su propia muerte y a su función en ella de la propia voluntad. El suicidio era un tema ferrateriano absolutamente serio.
Un cierto día -¿dónde está ese día?-, Hegel y Heine paseaban juntos. Ellos dos, y arriba estaban las estrellas. Heine las miró y las hizo mirar a su compañero y le habló de ellas como de las "elevadas mansiones de los bienaventurados". Al escuchar esa frase, Hegel se enojó y con helado desprecio, dijo: "¿Las estrellas? Un sarpullido que le sale al cielo". Entonces Heine protestó, diciendo: "No obstante, ha de existir una esfera donde premien nuestra virtud, si es que en vida la tuvimos". Y Hegel, sarcástico, repuso: "¡Famoso antojo! Así, pues, que pretendes recompensa porque en el curso de tu existencia no asesinaste a tu abuela".
Nunca veía a Brecht sin manifestarle mi desprecio por el dinero. Tenía que izar mi bandera y hacer profesión de fe: no escribir para periódicos, no escribir por dinero: hacerse plenamente responsable de cada palabra que uno escriba. Esto irritaba a Brecht por más de un motivo: yo no había publicado nada, él nunca había oído hablar de mí, detrás de mis palabras no había nada para él, muy afecto a realidades concretas, absolutamente nada. Como nadie me había propuesto nada, yo tampoco había rechazado nada. Ningún periódico me había ofrecido colaboraciones, por lo que tampoco me había negado.