sábado, 15 de enero de 2022

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No me he encontrado en mi vida a una sola mujer de bandera que no diga que la belleza es superficial pero luego no haga esfuerzos nada superficiales por mantener a toda costa esa belleza. Y no solo la belleza: el vestirse bien, el peinarse con gusto, el mover tu cuerpo armoniosamente, el comer con educación, el sonreír, el tratar a los demás con simpatía, todo eso son cosas mucho más importantes que ese tan cacareado “interior” del que todo el mundo habla y nadie se atreve a definir. Interior tengo yo: por culpa de él soy una persona intratable y despreciativa con casi todo lo circundante; tener interior en una existencia que no es noble, ni bella, ni sagrada (Lorca) es correr el riesgo de adentrarse en una soledad crónica y acabar convertido en un cascarrabias a lo Schopenhauer, con más serpientes en el corazón que las que arrojó el dios hebreo a los que adoraron al becerro de oro. Cambiaría los 47 años de mi interiorísima vida por ser durante veinticuatro horas la gogó de cualquier night club de Madrid.