miércoles, 20 de octubre de 2021

1766

He dicho que el ser vasco o catalán o español solo es un elemento más entre los veinte o treinta que configuran una identidad. He aquí una lista rápida de algunos elementos que han afectado y siguen afectando a mi identidad:

—Haber nacido en un lugar que no tenía bus, tren, teléfono ni agua.

—Haberme criado siempre entre mujeres.

—Haber practicado muchos deportes que me despertaron el gusto por medirme y competir.

—No haber tenido abuelos salvo los de Burgos, a los que nunca veía.

—Haber tenido un padre absolutamente sorprendente, para lo bueno y para lo malo.

—No haber tenido ningún hermano.

—Llevarme mal con mi madre autoritaria, no haberla querido.

—No haber tenido ninguna persona en Lauros de parecida edad para jugar.

—Haber descubierto en la adolescencia el placer de la lectura.

—Haber conocido a Iratxe, que fue esencial para que yo desarrollara mi capacidad psicológica, para que sacara hacia fuera mi introspección.

—Haber descubierto a Jesucristo en mi niñez.

—Haber interiorizado la cobardía del campesino, que prefiere afincarse y no se atreve a viajar.

—Haber sido pobre. No haber tenido una bicicleta de pequeño. Que no me llevaran al cine por primera vez hasta los diecisiete años.

—Carácter ciclotímico, charlatán.

—Resentimiento social por haber sido pobre. Rechazo instintivo a los ricos. Izquierdismo potenciado por mi versión de Jesucristo.

—No haber tenido una familia estructurada.

—Haber probado la dureza de la vida campesina y hacer proyectos para salvarme de ella.

—Al ser mi madre inmigrante, haber desarrollado desde el principio simpatía "por los de fuera".

—Haber incubado una conciencia de mi superioridad sobre los demás, fruto de mis triunfos deportivos y educativos.

—Ser vago rematado. Imposibilidad de resistir las ocho horas laborales.

—No haber salido en la adolescencia de fiesta, haberme perdido una fase esencial en el desarrollo de mi personalidad.

—Al no haber tenido amigos ni hermanos ni haber salido de marcha en la adolescencia, haber incubado un montón de neurosis sexuales agravadas por la herencia supercristiana de mi educación.

—Miedo a las mujeres, a las que resuelvo idealizándolas. Travestismo, ganas de ser como ellas, pero hasta un punto. Terror a penetrarlas, rechazo al sexo con ellas.

—Voracidad sexual insaciable que derivo hacia la masturbación compulsiva.

—Haber descubierto la literatura francesa y la literatura grecolatina.

—Haber descubierto la música anglosajona: Queen, U2, Elvis, Rihanna.

—Haberme iniciado en la fanmanía: Magic Johnson, Rachel Welch, Maradona, Jennifer López, Valentino Rossi, Mónica Bellucci, Usain Bolt, Messi, Rihanna.

—Haber conectado con mi padre en los últimos años de su vida: haber encontrado un “maestro”, una “raíz” extravagante y superindividualista de la que procedo.

La mayoría de estos elementos son mucho más importantes en la configuración de mi identidad que el “ser vasco” o el “ser español”. De hecho, si en mi caso el ser vasco o ser español han adquirido al final mucha importancia, es por el prefijo anti- que les he puesto, pues son elementos tan nocivos que al final he reaccionado con mucha agresividad contra ellos. Pero si el ser vasco o el ser español se avinieran a ser un elemento más, si renunciaran a su preponderancia sobre los demás, ¿por qué iba yo a persistir en mi agresividad? El problema es que no se van a avenir nunca salvo que los derrotes, salvo que les impidas reducir tu vida a su puto elemento, un elemento de primates, y por eso hay que declararles la guerra todos los días, al menos para que sepan que sus porquerías CONMIGO NO.