martes, 30 de junio de 2020

392


Cuando empezaron a circular los primeros coches de forma masiva, allá por comienzos del siglo XX, salieron los inevitables antagonistas de siempre, aquellos que están contra todo lo que ha pasado desde que abandonamos las cuevas del paleolítico, y arremetieron contra el nuevo invento con la acusación peregrina de que “a cincuenta kilómetros por hora no se pueden apreciar los encantos del paisaje”. Pero el paisaje tiene sus ritmos y medidas diferentes. Igual que es complicado y absurdo subirse a un coche para contemplar un rosal, también sería imposible tratar de conocer a pie y en una sola tarde toda la costa del mediterráneo. Digamos que se podría hacer una clasificación velocidad/paisaje: a 50.000 km/h se puede contemplar el planeta entero en una nave espacial; a 1000 km/hora se puede ver aéreamente un país; a 300 km/h una región; a 100 km/h una provincia; a 30 km/h una ciudad, caminando se puede ver un barrio y si te paras hasta la última cagarruta minúscula que deja una mosca. Todas son maneras distintas de ver un paisaje y no necesariamente las más microscópicas o proustianas tienen que ser las únicas o las mejores. La invención del coche no acabó con la contemplación cabal del paisaje sino que le añadió nuevas posibilidades.