viernes, 18 de octubre de 2019

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Me pregunta una chica en Instagram por la verdadera razón de que empezara a escribir. Me dice que no le ha quedado claro después de leerse varias entrevistas y que la necesita para un trabajo que está haciendo. Le respondo con este sermón:
No hay una sola razón sino muchas a las que se ha añadido alguna otra, porque mi cerebro es un gran farsante y tiende a darme en el corto plazo las explicaciones que me convienen y solo en el largo plazo me descubre las razones quizá más verdaderas, que siempre son más sucias. A 18 de octubre de 2019, creo que me puse a escribir por la conjunción de estas razones, no las ordeno jerárquicamente:
—Se muere mi padre, tengo 30 años y no he hecho nada en la vida. En ese momento me dedicaba a trabajar de campesino, a acudir a ferias agrícolas y, sobre todo, a jugar a pelota mano o a pala (cuando digo “sobre todo” es porque igual le dedicaba seis o siete horas al día al frontón). O sea, que siento que estoy tirando mi vida.
—La muerte de mi padre me ha dejado destruido y sucede que, por una minucia que sucedió en su lecho de muerte, le echo la culpa a Euskadi y España. Desde luego, que mi padre muriera por culpa de Euskadi y España en lugar de por todo lo que bebió y fumó y lo poco que se cuidó en su vida es una estupidez muy grande, pero así era yo entonces, supongo que necesitaba echarle la culpa a alguien.
—Me paso los nueve meses que transcurren desde la muerte de mi padre hasta mi llegada a Madrid con el cerebro lleno de fuego. ¿Qué es la sociedad, más que un pacto de narcisismo entre sus miembros? ¿No es el poder y la sociedad más que violencia que-está-bien-vista? ¿Es lícito que la colectividad destruya a mi padre por el interés general? ¿Tienen Euskadi y España algún proyecto humanista o el único proyecto que tienen es el de perdurar e impedir a sus ciudadanos que se den cuenta de que pertenecen a una realidad mucho más amplia, la humana y planetaria? ¿Qué proyecto es ese donde no me enseñan idiomas y me obligan a leer a Azorín en vez de a Dostoyevski, donde me urgen a animar a Marino Lejarreta en vez de a Bernard Hinault, más que un proyecto de analfabetización nosotrista? ¿Por qué me piden que sea/defienda/pertenezca a un lugar, si yo lo único que quiero es vivir en él? ¿Qué tipo de cáncer es ese llamado Euskadi o España, cómo esos monstruos pueden tener partidarios?
—Paralelo a este estallido de ideas en mi cerebro, que piden salir afuera, empiezo a recordar que de pequeño, en el colegio, muchas personas, entre ellos profesores, decían que yo valía para escribir, que tenía que dedicarme a la literatura, recomendación que nunca seguí porque lo que me gustaba era el deporte. Ahora recupero la idea, una vez que ya sé de qué quiero escribir y que tengo necesidad física de hacerlo. ¿Y por qué no pensé en meterme en la política o en los movimientos sociales, ya que mis querencias eran político-sociales? Pues porque desde el principio me di cuenta de que yo soy asocial y que mi política iba a ser política de autor a lo Thoreau o Saint-Exupery. También porque tenía la intuición de que lo confesional intenso es literatura. Luego resulta que he escrito más poemas de amor que poemas políticos, pero es que lo político quema mucho y acaba aburriéndote.
—Mi familia me pesaba mucho. Tras la muerte de mi padre, me quedé con mi madre y mis tres hermanas, que eran mujeres muy duras, muy prácticas y muy fuertes, todo lo contrario que yo, que soy un vago lírico. No sé por qué, necesitaba librarme de ellas. Jamás me habría atrevido a hacer una pintada en una pared o a escribir que de las patrias no debería quedar piedra sobre piedra si luego tengo que regresar a mi caserío y tengo que ver el careto a mi madre y mis hermanas.
—Había hecho un viaje previo a Madrid de cinco días y había leído en sus diarios la sección de anuncios laborales. Descubrí que en la capital existían muchos trabajos nocturnos de portero, conserje, vigilante, etc, muy mal pagados, pero adecuados para leer y escribir mucho. Este aspecto es fundamental, porque en Vizcaya, en los cuatro trabajos en que estuve, duré como mucho cinco meses, porque trabajar de verdad es algo que yo no puedo sufrir. Por otra parte, Madrid es la capital de España y origen de esa locura patriótica que considera la unión y la cohesión como los valores máximos (a mí me parecen antivalores, tal como están propuestos), por lo que era el lugar ideal para desarrollar mi proyecto.
Por tanto, la razón de que me pusiera a escribir es un poco la conjunción de todo esto, la muerte de mi padre + el nacimiento de ideas nuevas contra la sociedad y la patria generadas por esa muerte + la recuperación de un antiguo proyecto infantil, el de escribir, que ahora cobra sentido + la necesidad de librarme de mi familia y de la vida sin ambiciones que llevaba + los trabajos nocturnos de Madrid, ideales para vagonetas como yo.
Pero esas son las razones hasta ahora: verás cómo en los próximos años descubro que existió otra razón que fue la verdadera y blablablá.