lunes, 14 de octubre de 2019

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Lo que me parezco a Pizarnik, es que es increíble. No me refiero al talento, claro, sino a todo lo demás. Ella detesta Buenos Aires, yo detesto Madrid; ella desprecia a la literatura argentina, yo desprecio a la literatura española desde la muerte de Quevedo; ella sueña con una vida universal, yo también; a ella le salen análisis naïfs a pesar de sus querencias intelectuales, a mí me pasa lo mismo; ella es pura ambición literaria de gloria, yo lo mismo; ella es una bola sexual insaciable, yo también; ella es de una confesionalidad que llega a lo pornográfico, yo igual. También ella se dio cuenta de que no es solo que la soledad te empuje hacia la literatura sino que es la literatura la que convierte tu soledad en crónica.

Ahora, existe una diferencia esencial, la misma que hizo que una mujer genial como ella se suicidara a los 36 años y en cambio a mí me tengáis que seguir aguantando a los 45 (yo también me voy a suicidar, pero de viejo, cuando vea que mi cerebro no funciona bien), y es que ella nació funebrista y yo soy alegrista. Ella tiene una visión pésima de la existencia y yo en cambio me entrego a todas las utopías. Por otra parte, aunque ninguno de los dos somos capaces de despegarnos de nosotros mismos, en Pizarnik este rasgo alcanza niveles patológicos: ella está secuestrada por sí misma de una forma que yo, gran lector de diarios, no he conocido ni de lejos en cualquier otro diarista. Escribe en junio de 1968:
A propósito, quisiera escribir sobre Noches lúgubres, de Cadalso. No lo leí pero creo que es un libro para mí (por el título y nombre del autor).
Esta anotación es rarísima en los diarios de Pizarnik y la copio por eso mismo, porque revela autohumor, por mucho que sea autohumor negro, y demuestra que alguna vez sí que lograba separarse un poco de sí misma. ¿Qué habría pasado si hubiera conseguido tener con más frecuencia momentos como este? Seguramente habría vivido mucho más tiempo y la literatura se habría beneficiado de ello.