miércoles, 18 de septiembre de 2019

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Escribe el Príncipe de Ligne:
Cicerón no desdeñaba los lugares comunes; los griegos, sus maestros, no menos. Leed los manuales de Epicteto y los demás, tan bien impresos por Didot, y decidme si un hombre de letras de ahora se atrevería a publicar cosas tan manidas y con tan poca chispa.
Lo que sucede aquí es que Ligne conoció los salones literarios franceses del siglo XVIII y principios del XIX, una de las épocas de la historia donde más se ha admirado el ingenio, donde una persona de ingenio podía hacer carrera (a causa de su agudeza el rey le concedió a Talleyrand la abadía de Saint-Denis), si bien es un ingenio con freno de mano si lo comparamos con el de hoy, el de la época de internet y las redes sociales, donde se cultiva un ingenio pueril sin almendra ni hueso. Epicteto escribió un manual en el que abogaba por la resignación, el camino recto, el punto medio y el no apartarse de las acciones normales para tener una vida sin sobresaltos: es normal que escribiera sin buscar el esguince ni la sorpresa. Estoy seguro de que si Epicteto hubiera leído a Ligne, se habría echado a reír: ¿qué es este moralista belga, un escritor o un acróbata? ¿Busca la verdad o juega con ella? ¿Profundiza o frivoliza? En mi época de lector joven yo también me hacía preguntas similares: ¿por qué Polibio no sabe escribir goloso como Suetonio? ¿Por qué Tocqueville no danza como Voltaire? ¿Por qué la prosa de Camus no tiene la peonza de Nabokov? Más tarde me di cuenta de que soy yo, que vivo en continua ansiedad, el que busca escritores que ardan y muerdan y bailen en la página, pero los escritores calmados que trabajan la exactitud o el sentido común no son escritores para nada inferiores, sino simplemente distintas caras que ilustran la riqueza de la escritura.