miércoles, 18 de septiembre de 2019

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Declara Cioran en su libro de conversaciones:
Antes de venir a Francia, comía como un animal, porque mi madre nunca nos explicó: al mediodía, vamos a comer esto y esto. Nunca oí un comentario de este tenor: esto es bueno y esto es malo. Se comía y se acabó. (Risas). Mi familia no era pobre precisamente, pero se consideraba que el acto de comer no formaba parte de la civilización. Aunque no procedo de un pueblo civilizado, pero, en fin, el problema no es ése. Eso es aparte. Pero esto era lo que sucedía: cuando llegué a París, desembarqué en un pequeño hotel del Barrio Latino. Bajaba todas las mañanas a telefonear y recuerdo, al comienzo, oír a la patrona, su marido y su hijo hablar así: “Mamá, ¿qué vamos a comer hoy?”. Es cierto, durante media hora... ¡menudo lo que elaboraron! Pensé que tendrían invitados. Se repitió dos o tres veces y al final indefinidamente y entonces me dije: “Ah, o sea, que comer es un acto intelectual. Forma parte en verdad de la civilización”. Y, cuando comía, empecé a hacer comentarios. “Esto está bueno”. Empecé a comer de forma consciente.
Esto me recuerda un poco a Lauros y a Vizcaya en general, aunque en Vizcaya se dedica tiempo sobre todo a la post-comida: largas conversaciones, a veces de horas, sobre cómo se comió aquel día, cuál es el secreto de tal o cuál receta, qué calidad tiene tal o cuál cocinero, qué fama ese o aquel restaurante. Son conocidas las tres preguntas básicas de la filosofía vasca: quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos a comer. A la vuelta de cualquier viaje de un vizcaíno por España o por el resto del mundo, hay una pregunta que no falla:

—¿Y qué tal has comido allí?