jueves, 12 de septiembre de 2019

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¿Acaso quiero ser un moralista francés? Lo digo mientras leo el Amabile del Príncipe de Ligne y noto que despierta y se afila mi mente, lo mismo que me sucedió la primera vez que leí a La Rochefoucauld, La Bruyère, Pascal, Vauvenargues, Chamfort o Joubert. También Nietzsche y Cioran pertenecen a ese grupo, porque el moralismo francés no es una categoría geográfica (Ligne es belga) sino un género literario caracterizado por la agudeza y la brevedad, un género aparentemente frívolo para tratar los temas más variados, a los que hay que acercarse de forma oblicua y con buena pluma. Es el moralista francés un microscopio y un telescopio: de la mirada atenta de los casos más particulares, del examen y crítica de lo más cercano, lanza frases universales o más lejos, siempre con un pie en el pensamiento y otro en la literatura. Leyendo a Ligne he pensado que yo mismo he hecho mucho moralismo francés en los últimos cuatro años, si bien de tercera regional, pero siempre con la esperanza de jugar un día en los grandes estadios: siempre con la esperanza de que mi cerebro sea digno de comerse si lo sigo cocinando a fuego lento.