miércoles, 22 de mayo de 2019

No me queda máscara que no me haya probado


Los libros. Llevo un año sin comprar muchos libros porque ya tengo las paredes de Maracaná forradas de arriba abajo, y este detalle, aunque parezca bueno para mi economía, es en realidad negativo, porque ha provocado que mi calidad de vida descienda. Antes dedicaba mucho tiempo a entrar en Wallapop, Mil Anuncios o Vibbo para comprar colecciones, o acudía mucho más a Moyano o a las seis o siete librerías de viejo que me gustan, pero desde que no lo hago salgo mucho menos a la calle, no me da la luz y me he vuelto más raro (aún). Comprar libros además es un vicio, sobre todo cuando consigues ese que era tan difícil de obtener, o ese que ni siquiera sabías que existiera, por lo que me he preguntado: ¿y si compro veinte estanterías nuevas y las coloco en mi dormitorio, la única parte de Maracaná donde apenas hay libros? La idea no tiene ningún sentido, porque ya tengo 9000 libros, cantidad que nunca voy a conseguir leer, pero es una idea que me enciende, que me hace sentir bien, sobre todo cuando imagino Maracaná sin un solo lugar donde colgar un simple póster, toda atestada de libros, o lo grande y guapo y formidable que voy a ser si alcanzo los 12000, justo la cantidad que tenía Azorín, o cubro de libros hasta la bañera, igual que en la casa del poeta Gastón Baquero.

Existe un rasgo que se atribuye a los solitarios que no es cierto al ciento por ciento. Si lees a Horacio o a Fray Luis, o a Lope, Góngora y Quevedo cuando se ponen horacianos, se diría que la persona que se retira del mundo es una persona que abandona toda vanidad y le da igual la opinión de los demás. Se supone que el solitario deja de actuar, que está por encima de toda la mezquinería del aquí y del ahora, pero eso es falso, al menos en mi caso. Yo actúo todo el día. No queda ya espejo al que no me haya mirado, ni retrovisor nuevo que no haya ojeado, ni máscara que me haya quedado sin probar. Siempre estoy haciendo cosas para gustarme y para caerme bien, soy una gigantesca operación de marketing dirigida a mí mismo. 

Realmente qué payasada es esta existencia.