domingo, 21 de abril de 2019

La soledad son las migas de pan que voy tirando al suelo para encontrar el camino de regreso


La continuidad de la conciencia es pura ilusión. Yo no tendría derecho a tutear al Batania que salió con Iratxe o al Batania de Lauros, por ejemplo, porque se han vuelto dos seres que no tienen nada que ver conmigo, son con respecto al Batania de ahora como dos personas de una tribu de la Amazonia. Ni siquiera me solidarizo con mi cuerpo, ¿qué tiene que ver este cuerpo mío de los 45 años, que ya no ve la letra pequeña y tiene que controlar las comidas, con el cuerpo-flecha de los doce años, cuando siempre tenía las manos y las rodillas sucias? Mi vida está dividida en zanjas y no existe en ella ni una sola persona que me haya acompañado o a la que haya querido durante más de veinte años: hasta en la escuela los alumnos que conocí en EGB eran distintos a los que conocí en el Instituto, y estos distintos a los de la universidad. Mi historia se parece a un tren del que van saliendo y entrando personas distintas, y hasta el maquinista cambia cada hora. No tengo biografía, solo una ristra de recuerdos inconexos que luego mi cerebro, ese malvado, los reúne y convierte en una historia. Solo existe un conector que impide que mi conciencia se evapore y estalle, que hace que todavía me reconozca: la soledad. La soledad y la irritación con el entorno. Todos los Batanias de mi vida han estado solos y todos se han sentido ahogados con el entorno, al que han rechazado. Esa es mi marca en el lomo, lo que mantiene mi espejo aún firme, la antorcha que me voy pasando año tras año. Si no fuera por la soledad, ni siquiera sabría cómo encontrar el camino de regreso a mí mismo.