lunes, 24 de septiembre de 2018

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Sobre la retirada de Fernando Alonso de la F1 extraigo una consecuencia buena y otra mala. La buena: los locutores nacionales ya no se verán tan obligados a menospreciar a Hamilton y Vettel, los dos pilotos que han acabado con su carrera, ni a encontrar complots por todas partes (es que a los españoles nos odian, ya sabes, la leyenda negra y tal), y tampoco nos tendremos que tragar, como titulares de las carreras, “Un Alonso milagroso queda décimo”, con crónicas donde se dedica el 90% del texto a justificar e incluso glorificar cada ridículo del asturiano, que se ha arrastrado por las pistas durante los últimos cinco años, en tanto que los triunfadores y verdaderos protagonistas de cada gran premio reciben unas pocas líneas. ¿Y cuál es la mala consecuencia de su retirada? Pues que el aficionado a la F1 que ha tenido la desgracia de nacer en España, donde no hay cultura de F1 (no hay cultura deportiva, simplemente, solo nacionalismo y futbolería) corre el riesgo de que, retirado Alonso, suceda lo mismo que sucedió con el esquí desde que se retiraron los Fernández-Ochoa, con el golf desde que se retiraron Ballesteros y Olazabal, con el medio fondo desde que se retiró Fermín Cacho o con los rallies desde que se fue Carlos Sainz: cada vez que deja de haber españoles con posibilidades de victoria, encontrar una noticia sobre esos deportes en los diarios nacionales es como andar buscando a Wally… ¿Te gusta la F1 y además eres español? ¡Pues aprende inglés y suscríbete a The Guardian!