jueves, 12 de julio de 2018

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Entre escritores ocurren también historias de generosidad. Por ejemplo entre Tucídides y Jenofonte. Muerto Tucídides sin terminar su Historia de la Guerra del Peloponeso, quiso la suerte que el único ejemplar de la obra llegara a manos de Jenofonte. Que en la antigüedad griega existiera un solo ejemplar de una obra no era tan infrecuente; solo existía uno de la obra completa de Heráclito, por ejemplo, que éste depositó en el templo de Éfeso pensando que era el lugar más seguro, con la mala suerte de que el famoso Eróstrato incendiara el templo y, con él, se perdiera también la obra entera de El Oscuro. Cuando Jenofonte recibió el libro de Tucídides, supongo que se quedaría maravillado de su calidad y se preguntaría: ¿cómo yo, que también soy historiador, voy a lograr nunca escribir una obra maestra de tal eslora? Si Jenofonte hubiera destruido la obra de su colega, hoy figuraría un escalón más alto en la consideración general de la historiografía antigua, pero no fue eso lo que hizo: al contrario, fue él quien se encargó de la publicación y propagación de esta obra inmortal. Un detalle similar al de Shelley, que dijo sobre su relación con Keats: “No me importa ayudar a este poeta, aunque sé que en el futuro va a ser mejor que yo”.