domingo, 27 de enero de 2019

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Va quedando claro, por otra parte, que estas tres excelencias del tenis, que es casi imposible que se vuelvan a repetir, van a pasar a la historia juntas, y cada victoria o derrota que se infligen no hace más que alimentar y ensanchar su leyenda. A mí me encantaría que acabaran los tres empatados a 20 Grand Slams, pero pase lo que pase en los próximos años voy concluyendo que Federer era el dandi, el gourmet de la raqueta, el más tenista del trío, la clase, la armonía, el que buscaba ángulos imposibles y dominaba todos los golpes con elegancia, el que manejaba el revés como deberían enseñar a todos los niños, con una sola mano, además de lucir el mejor saque, el mejor ataque y la mejor derecha de los tres; Djokovic, en cambio, era el más completo, el mejor revés, el juego de piernas más poderoso, el que imprimía tal ritmo a los partidos que ni Nadal ni Federer lo resistían, el-sin-defectos, el que buscaba la línea del fondo con precisión, el que se imponía en los peloteos largos, la geometría del muro, la consistencia, la exactitud, la locomotora perfecta, el si-juego-como-sé-nadie-puede-ganarme; y Nadal era el leopardo saliendo de la jaula, el caballo frisón que huele la tormenta, la furia, la garra, el que devolvía esa pelota que solo podía devolver él, el que remontaba ese partido que solo podía remontar él; Nadal era la brutalidad dentro de un cronómetro, la fiera y el domador en un mismo deportista: ¡la mejor invasión física del tenis también era la mente más perfecta, una mente caníbal que a punto estuvo de devorar para siempre la de Federer!