domingo, 9 de diciembre de 2018

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Me habrán hecho doce o quince revisiones médicas en mi vida, pero la que me hicieron este viernes fue la primera donde la revisora me preguntó por mis relaciones personales:

–¿Cómo? –pregunté.
–Me refiero a sus amigos, a sus familiares, a su pareja, si es que tiene.

Dudé un segundo en contestar, porque sé por experiencia, cuando respondo a esta pregunta en concreto, que suele hacerse un silencio de varios segundos en los que mi interlocutor me mira como si descubriera de pronto que también hay camellos en Noruega. Pero como se trataba de una revisión médica le dije la verdad: que no tengo amigos ni quiero tenerlos, que no he quedado con una chica desde hace tres años, ni siquiera para tomar un café, y que a mi familia la abandoné enterita hace catorce años, cuando me fui de Vizcaya, y ni siquiera conozco si están vivos o muertos, lo que además me da igual. Para suavizar un poco mi respuesta añadí:

–Pero vivo con tres gatos: uno blanco, otro negro y otro naranja.

Ella se quedó un poco planchada, con la cara de quien descubre el camello noruego del que ya he hablado arriba, y ya empezaban a ser demasiados los segundos de silencio cuando también se le ocurrió decir algo suavizador:

–Ah…, qué bien…, los gatos…, los gatos abrigan mucho.

Luego me preguntó por la bebida. Le contesté que bebo un litro de kalimotxo al día. Eso no le pareció bien:

–¿Un litro al día? ¿Todos los días?
–Sí, un vaso maxi antes de meterme a la cama y otro al levantarme.
–¡Es una barbaridad!

La revisión a partir de ahí siguió por cauces normales, aunque no dejé de notar que ella, a raíz de conocer mi soledad irrestricta, me miraba con cara de “menudo personaje que tengo enfrente” y parecía que deseaba terminar la revisión cuanto antes. Pero me equivoqué: justo cuando habíamos terminado se dirigió a mí con un tono raro, cruce de enfermera y sargenta:

–Mira, a mí me importa un bledo lo que hagas con tu salud, no estoy aquí para dar consejos, pero noto que eres una persona independiente y el problema es que esa independencia no la vas a poder mantener en tu vejez si sigues bebiendo un litro de kalimotxo cada día. Tú eliges: si quieres vivir independiente, necesitas dejar el kalimotxo. Si continúas bebiendo, en la vejez vas a necesitar a alguien para que te ayude.

Salí de la consulta destruido. ¡Hay que ver, uno va a una revisión médica tan tranquilo y se vuelve llevando en las manos una maldición para el futuro! Camino de casa, iba pensando en el poeta Leopoldo Lugones, cuyo vaso de cianuro le causó un suicidio tan rápido que no consiguió devolver el vaso a la mesa después de haberlo bebido. Sí, pensé, quizá el cianuro puede ser una buena salida dentro de veinte o veinticinco años. Porque la primera posibilidad, la de ponerme “de pronto” a soportar a la gente que me rodea, me es imposible: hace tiempo que me he dado cuenta de que el ser humano, que es algo bastante digno cuando está a solas, se convierte en un primate ridículo cuando se reúne con sus semejantes. Decía Aristóteles que los que viven en completa soledad solo pueden ser dioses o monstruos: cualquiera de las dos opciones me parece estupenda. En cuanto a la segunda posibilidad, la de dejar de beber un litro de kalimotxo al día, que en mi opinión no es para tanto drama como me montó la médica, tampoco tengo ningún margen: esa bebida me permite estar un poco atento, con chispa, es una bebida que me aporta ese plus para alimentar a mis tres egos (egosexo, egosoledad y egoliteratura), y además siempre he estado de acuerdo con lo que dejó escrito Horacio: “No quedarán los versos de los bebedores de agua”.