martes, 18 de diciembre de 2018

Madrid


Vivir es una proeza,
pero vivir en Madrid es una cumbre aún más alta,
las piedras forzadas a ser más piedras,
la nieve blanqueada hasta borrarse el blanco,
los niños con mirada de ancianos jugando
al logaritmo neperiano de la caja de caudales.
¿No hay nadie que conspire contra esta histeria,
los rojo-verde-naranja continuos de los semáforos,
los árboles colocados cada quince metros exactos,
las nuevos modelos de bozal en los escaparates,
no hay nadie que arda y grite y muerda y estalle
ante tantos rostros que no consienten una curva,
desesperados por la llave del millón de euros?