sábado, 11 de agosto de 2018

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Es Juan Ramón Jiménez mi cardo y mi tulipán: leo su poemas cursilíneos y me parece un baldado descomunal, una mentira, un pufo, no solo su etapa modernista sino también la que empieza a partir de Diario de un poeta recién casado y acaba en Espacio, tan elogiada; me parece que JRJ siempre escribió rígido los poemas, secuestrado por el fetichismo del artefacto, sin salir de una concepción del buen gusto ya periclitada, la que fía todo a las palabras o pensamientos excelsos y a la línea eufónica de su carrocería; fue un poeta incapaz de hacerse un corte de mangas a sí mismo (todo eso del poeta universal, fuera de su espacio y de su tiempo, le quitó tigre y tumulto a sus poemas). Pero leo sus aforismos y su prosa cubista, en cambio, además de su Platero, y me pregunto si Juan Ramón Jiménez no será el único que se puede comparar con los cinco magníficos del siglo de oro, Lope, Góngora, Quevedo, Cervantes, Calderón, además de ser el último regalo que nos hizo Al-Ándalus, las tres últimas palabras que dijo Boabdil.