jueves, 9 de agosto de 2018

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El caballo. He aquí una pequeña pero espléndida relación del caballo a lo largo de los siglos, tanto en la historia como en la imaginación, escrita por ese equinófilo declarado que es Fernando Savater:
Sin caballos, no hay historia humana. Mejor dicho, no hay historias humanas porque aparecen constantemente en todas ellas: los caballos impetratorios de Altamira, los corceles de Diomedes, el caballo de Troya, Bucéfalo (al que Alejandro domeñó cegándolo con el sol), aquel equino ascendido -o degradado- a senador por Calígula, el corcel malfamado que montó Atila (donde pisaba no volvía a crecer la hierba), los caballos que Mahoma reservó para el paraíso de los creyentes y a los que calificó de "hermosos como el mar", los caballos que los conquistadores españoles llevaron a América y a los que dedicó una oda famosa el modernista Santos Chocano, la tristeza metafísica de Rocinante o la mistificación de Clavileño, el caballo que montaba Fabricio del Dongo en Austerlitz, aquella yegua a cuyos encantos fue postergada momentáneamente Anna Karenina por su amante; los caballos mártires de Balaclava y esos otros de la caballería polaca cuando cargó contra los tanques alemanes en el preludio de la segunda guerra mundial, los ganadores a lo largo de 221 años -la cifra domiciliaria de Sherlock Holmes- del Derby de Epsom, el dark horse del Ulises de James Joyce, los caballos de la diligencia del John Ford y de todos los restantes westerns, los minúsculos ponies que divierten a los niños junto a los caballitos del tiovivo, los percherones que tantos surcos han arado y tanto peso arrastraron para que construyésemos nuestro presente de caballos de vapor, de caballos de gasóleo, de caballos atómicos y blindados.