miércoles, 8 de agosto de 2018

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¡Qué cachondo me pone Cioran cuando arremete contra la familia, el matrimonio y los hijos!:
La única cosa que me precio de haber comprendido muy pronto, antes de cumplir los veinte años, es que no había que engendrar. A eso se debe mi horror del matrimonio, de la familia y de todas las convenciones sociales. Es un crimen transmitir las taras propias a una progenitura y obligarla, así, a pasar por las mismas duras pruebas que nosotros, por un calvario tal vez peor que el nuestro. Dar vida a alguien que heredaría mis desgracias y mis males es algo que nunca he podido consentir. Todos los padres son irresponsables o asesinos. Sólo los animales deberían dedicarse a procrear. La piedad impide ser «genitor»: la palabra más atroz que conozco.
El soltero no es un egoísta, como se suele afirmar, sino un hombre al que no gusta martirizar a nadie. Asociarse con alguien —ya sea para el matrimonio o para otra cosa— es poder atribuir al otro todos los fastidios que experimentamos o encontramos. Toda forma de vida en común supone la voluntad de descargar sobre los demás nuestros malos humores.
A un amigo que me consultó (???) sobre su próximo matrimonio lo disuadí. «Pero, de todos modos, me gustaría dejar mi nombre a alguien, tener descendientes, tener un hijo.» «¿Un hijo?», le pregunté. «Pero, ¿quién te dice que no sería un asesino?» Desde entonces mi amigo no ha vuelto a darme señales de vida.