miércoles, 8 de agosto de 2018

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Esta mañana en el metro, a la altura de la estación de Lucero, he visto una mujer bellísima, de esas del equipo no-me-entero-de-lo-buena-que-estoy-porque-igual-me-desmayo, morena y circular, con el hombro desnudo por el cual se le veía un tirante blanco del sujetador, y cuando se ha marchado (solo la he visto durante dos minutos), me he quedado pensativo: todo lo que he escrito, todo lo que vaya a escribir, todo lo que me esfuerzo por crear belleza en un código artificial como la escritura, no vale nada ante una belleza natural y sin esfuerzo como la de ella. A la hora en que escribo esto, aún me dura su belleza.