martes, 7 de agosto de 2018

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Unamuno tenía todo el derecho a malgastar parte de su talento en el problema de España o en ese retablo de las maravillas que es la idiosincrasia o el supuesto carácter que impregna a los habitantes de cada nación. Mucho menos derecho tenía, creo yo, a secuestrar nombres y forzar épocas para que le vinieran a dar la razón en su apuesta casticista. Cuando dice que Francia ha dado a Descartes y España a San Juan de la Cruz, para decir a continuación que, entre el filósofo y el místico, se queda con el místico, está cometiendo varios errores de juicio. En primer lugar, San Juan de la Cruz vivió en un siglo en que la realidad España apenas existía; el historiador Álvarez Junco sostiene que, en el siglo XVI, si a un campesino aragonés le hubieras preguntado qué se sentía, te habría contestado que se sentía cristiano y de su pueblo, porque la importancia real de Aragón o de España era todavía muy pequeña en aquellos tiempos, al menos para la mayoría de la población. En segundo lugar, como ya dije ayer a propósito de Cervantes, los escritores son la máxima individualidad posible, por lo que sostener con todo el morro que España “ha dado” a San Juan de la Cruz, como si sus poemas se hubieran escrito a medias entre todos sus habitantes, es un error de grano más gordo: ya decía Goethe que él era “escritor” a secas, y no “escritor alemán”. Pero este secuestro y nacionalización de San Juan de la Cruz, con todo, no sería tan grave si no estuviera realizado con vistas al enfrentamiento, ¡pero es que Unamuno, más Unamemo que nunca, necesita a San Juan de la Cruz para lanzarlo a la cabeza de Descartes! ¡Ya tenemos al nacionalista perfecto, aquel que solo elogia lo suyo para desdorar lo ajeno! ¡Ya tenemos la ecuación identidad = antagonismo, propia de todos los narcisismos territoriales!