lunes, 6 de agosto de 2018

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Cuánta verdad y belleza contiene esta carta que Romain Rolland incluye en su diario, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, en una época en la que los pocos pacifistas que había entre la intelectualidad (Russell, Luxemburg, Gide, Goldman, Hesse, el propio Rolland) eran considerados como leprosos:
Es hermoso ser sobrehumano. Es más hermoso y difícil ser humano. Alemania vive, desde Nietzsche, en una suerte de delirio perpetuo. Su misticismo apoplético le impide ver la realidad. No me interesa Dioniso y los fantasmas metafísicos. Mis semejantes no son dioses, sino pobres seres que reclaman su pan cotidiano, los humildes hombres, mis hermanos. No tengo interés en establecer el reino de lo Eterno y de lo Absoluto en la tierra. Esas quimeras magníficas, perseguidas por todas las religiones, una tras otra, han inundado la tierra de lágrimas y de sangre. Desconfío de los hombres elegidos y de los pueblos elegidos. El triunfo de un pueblo elegido se compra demasiado caro con el sufrimiento de millares de inocentes. Pascal decía: ‘Quien quiere hacerse el ángel se hace la bestia’. Ahora nos damos cuenta. Dioniso está ebrio de la borrachera de los ilotas. Mi ideal de vida es más humilde. No se eleva a las sublimes alturas donde está uno expuesto a tropezar, a cada recodo del camino, con el cortejo de las Bacantes con sus panteras de la India. Ni siquiera llega hasta el sueño del mayor bien. Hacer un poco menos daño, disminuir el sufrimiento: ese es todo mi esfuerzo y toda mi esperanza. No invoco el nombre de los profetas de Judea, ni de los Zarathustra de Germania. Invoco a Montaigne, que confesaba que no sabía si sabía algo, y para quien la primera sabiduría era la duda, y la primera virtud la indulgencia. En medio de los leones que ríen y de los morteros de 420, mi voz le producirá el efecto de la de un grillo. Pero llegará la hora, así lo espero, en que disipada la tormenta, se oirá la vocecilla del grillo en la gran paz de los campos.