lunes, 6 de agosto de 2018

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El griterío y decibelios de la red no se corresponden con la anemia de la calle. Esto lo pude contemplar en-pantalla-gigante hace solo unos meses, cuando, harto ya del cutrerío de la prensa hispánica, que por aquellas fechas dedicaba las portadas a asuntos berlanguianos como el de Tabarnia o el de la “portavoza” de Irene Montero, decidí no leer diarios españoles. Y me ocurrió que en esos dos meses sin leerlos, no me enteré de la salida de Mariano Rajoy ni de la investidura de Pedro Sánchez, ¡hasta cinco días después, cuando lo vi en la televisión del metro! Yo no había dejado de salir a la calle, de ir al súper, de comprar pollo en el Kebab, de ir a mis librerías de viejo favoritas, de hablar unos minutos con mis compañeros de trabajo, pero en ningún lugar escuché algo tan importante como eso. Luego, semanas después, me ocurrió que un día salí a la calle y noté a la gente alborotada: hablaban como si hubiera pasado algo tremendo, se oía “¡Yo también le habría echado!” o el contrario “¡Cómo le ha podido echar!”, y pronto me enteré de que, lo que realmente ocurría, era que habían destituido al entrenador de la selección de fútbol, Julen Lopetegui, dos días antes de que empezara el Mundial.

Este es el lugar donde vivo: un lugar donde preocupa mucho más la destitución de un entrenador de fútbol que la del presidente de la nación.