viernes, 3 de agosto de 2018

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Las memorias de Zweig son maravillosas, también espeluznantes. En un capítulo habla del miedo a los cuerpos y de la poca libertad que tenían las mujeres a la hora de vestirse en la Viena de entre siglos: 
No es una leyenda ni una exageración cuando se dice que del cuerpo de las mujeres que morían de viejas, nadie, excepto el tocólogo, el marido y la amortajadora, había visto ni los hombros ni las rodillas. Todo eso hoy, al cabo de cuarenta años, parece un cuento o una humorada. Pero ese temor a todo lo corporal y natural realmente había penetrado en todas las capas sociales, desde las superiores hasta las inferiores, con la fuerza de una verdadera neurosis. Y es que, ¿es posible imaginarse hoy que a finales de siglo, cuando las primeras mujeres osaron montar en bicicleta o a caballo a horcajadas, los campesinos les arrojaron piedras por atrevidas? ¿O que en una época en que yo todavía iba a la escuela, los periódicos de Viena dedicaran columnas y más columnas a debatir la propuesta, toda una novedad, de que las bailarinas de la Ópera bailaran sin medias de malla?