viernes, 3 de agosto de 2018

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En El mundo de ayer, Stefan Zweig hace una dicotomía de cómo eran Viena y Alemania antes de las dos guerras, dicotomía un poco facilona como todas las del género, pero con la atenuante de que Zweig la escribe en plena Segunda Guerra Mundial, justo antes de suicidarse en 1942, y angustiado por el destino de sus amigos europeos:
La gente vivía bien, la vida era fácil y despreocupada en aquella vieja Viena, y los alemanes del norte miraban con cierto enojo y desdén a sus vecinos del Danubio, que en vez de ser “eficientes” y mantener un riguroso orden, disfrutábamos de la vida, comíamos bien, nos deleitábamos con el teatro y las fiestas y, además, hacíamos una música excelente. En vez de la “eficiencia” alemana que, al fin y al cabo, ha amargado y trastornado la existencia de todos los demás pueblos, en vez de ese ácido querer ir delante de todos los demás y de progresar a toda velocidad, a las gentes de Viena les gustaba conversar plácidamente, cultivar una convivencia agradable y dejar que todo el mundo fuera a lo suyo, sin envidia y en un ambiente de tolerancia afable y quizás un poco laxa. "Vive y deja vivir" era la famosa máxima vienesa, una máxima que todavía hoy me parece más humana que todos los imperativos categóricos y que impregnaba todos los estratos de la sociedad.