sábado, 14 de julio de 2018

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El problema de Michel Onfray son las fuentes: basa algunas de sus críticas a Platón en una obra como la Vida de los filósofos ilustres, de Diógenes Laercio, publicada seis y siete siglos después de que vivieran los filósofos de los que habla, y escrita a veces al modo de la prensa del corazón de nuestra época. Un libro divertidísimo, por otra parte, pero muy poco riguroso: la mayoría de notas a pie de página de mi colección grecolatina de la editorial Gredos derriba sin contemplaciones cada aseveración de Laercio. Se parece este autor al gramático Dídimo, de quien Séneca escribe:
Cuatro mil libros aseguran que escribió el gramático Dídimo: con que tantísimas futilidades las hubiese solamente leído, ya sería para tenerle lástima. Porque en esos libros se pregunta por la patria de Homero, por la verdadera madre de Eneas, si Anacreonte fue o no más libidinoso que borracho, si Safo fue o no mujer pública, y otras muchas cosas que, si las supieses, deberías más bien desaprenderlas.