sábado, 14 de julio de 2018

1285


La razón de no tener un geranio o una begonia en Maracaná se debe a mi falta de empatía. A veces me ha gustado pensar que nunca he tenido una planta en mis pisos porque carezco de la disciplina para cuidarlas, pero esa es una excusa pobre, porque a mis tres gatos rara vez me olvido de ponerles agua y comida o de renovarles el arenero. Pero sucede que mis tres gatos están vivos de verdad, me hacen caso (demasiado), añaden combustible a mi ego, y en cambio las plantas no se mueven, no maúllan, no me dejan pasarles la mano por el lomo, no tiran libros, están ahí haciendo el tancredo, incapaces de salir de su papel de plantas. Esa minusvalía la he padecido siempre con el paisaje y el tiempo: soy tan insufrible, mi cuerpo es una máquina tan desasosegante, vivo con tanta urgencia y desesperación, que soy incapaz de pararme a admirar un día de sol, una paloma en el parque, una bola juguetona de hojas otoñales, todo eso que anota el delicioso Jünger en sus diarios porque es un estómago calmado, un espíritu en paz consigo mismo, un ser integrado en todo lo circundante. Las únicas veces que me siento en comunión con la naturaleza es en marzo o en octubre: ahí el viento agita mi espíritu y me trae mi tigre esencial, esa imagen de mi padre que siempre regresa y me devuelve mis ganas de vengarme. También por las tardes, en la franja que va de seis a ocho, ya bien gastado y masturbado, consigo integrarme un poco en el ambiente y parecerme un poco a las demás gentes. Pero solo son excepciones, porque al final siempre vuelvo yo: ese ser que muestra una paz aparente hacia fuera, pero que hacia dentro es una continua corriente de furia cuyas llamas no dejan de renovarse.