jueves, 12 de julio de 2018

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Las memorias de Baroja son bochornosas. Consisten en decir que todos los demás escritores de la época eran mentirosos, él no; todos querían medrar, él no: todos eran palabreros y fachadistas, él no; todos se consideraban seres superiores, él no. Para ello recurre a los argumentos más mezquinos, lo mismo a los raciales que a los físicos que a las tercerías del “me han contado por ahí”, propios de un cotilla patológico. Al único que salva, aparte de su amigo Azorín, es a Ortega, pero pronto descubro que la razón real de que no se metiera con él fue que, por el tiempo en que Baroja escribía sus memorias, ¡Ortega aún continuaba vivo! ¿Para qué iba a meterse con el único que le podía contestar, si contaba con muertos de sobra sobre los que podía echar mierda sin posibilidad de réplica?