sábado, 7 de julio de 2018

1261


Se me está llenando de moscas Maracaná. Hasta mis gatos están desbordados. Quizá sea momento de limpiarla. Por lo pronto, he vuelto a leer el capitulillo sobre la guarrería que escribió Teofrasto para constatar que no: todavía no soy tan guarro (pero todo llegará):
DE LA GUARRERÍA - TEOFRASTO
La guarrería es un abandono del cuerpo que resulta desagradable a los demás. El guarro es un individuo capaz de pasearse con su costra, su roña y sus largas uñas, y asegurar que éstas son enfermedades suyas hereditarias, pues las han tenido su abuelo, su padre y él, de forma que no es fácil para un tercero hacerse pasar como de su familia. Por supuesto, no le importa tener úlceras en las piernas o heridas en los dedos sin curar, sino que las deja que se infecten. Sus sobacos están hirsutos y velludos hasta una gran parte del costado, sus dientes negros y medio roídos, de manera que resulta asqueroso de aspecto y desagradable. Otros rasgos propios de él son: sonarse mientras come, rascarse en medio de un sacrificio, salpicar con saliva cuando habla y eructar al tiempo que bebe. Se acuesta con su mujer en la cama con la ropa sucia. Se cubre de una erupción por haberse ungido el baño con un aceite en malas condiciones. Y se va a la plaza, después de haberse vestido con una túnica gruesa y un manto ligero y lleno de lamparones.