sábado, 7 de julio de 2018

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Semanas después de que Mario Vargas Llosa, que es el primer escritor de nuestro idioma, dijera que el feminismo se está convirtiendo en el principal enemigo de la literatura, ha coincidido en un coloquio sobre nacionalismo y patria con Fernando Savater y Manuel Valls, y allí ha querido deslindar el nacionalismo excluyente del sano patriotismo, que es “el lógico amor que sentimos por el lugar donde hemos nacido”. De sano y lógico nada, señor Vargas Llosa. Lógico puede ser el amor que sentimos por las cincuenta personas que nos rodean y los dos kilómetros cuadrados donde vivimos; pero que, por razón de esas cincuenta personas y esos dos kilómetros cuadrados, nos obliguen además a amar un lugar de medio millón de kilómetros cuadrados y 47 millones de personas, eso es algo más artificial que la bombilla eléctrica, un engendro al que solo se puede llegar sometiéndonos desde niños al aborregamiento masivo y la inferencia ideológica. Pero lo curioso es que usted, que tan preocupado está por la influencia a su juicio negativa del feminismo en la literatura, no parece ver el daño irreparable que el patriotismo continúa haciendo a las letras. ¿Sabe usted que una parte sustancial de los españoles nos hemos aficionado a la lectura a-pesar-de-la-escuela, leyendo en nuestra adolescencia autores extranjeros (Jack London, Agatha Christie, Julio Verne…), porque en la escuela solo se nos daba a los clásicos pelmazos españoles? ¿Sabe usted que en la mayoría de los países del mundo se sigue utilizando la literatura como elemento de cohesión nacional en lugar de como elemento de evasión, diversión, aprendizaje o autoconocimiento? ¿Sabe que esas patrias que usted llama “incluyentes” siguen obligando a los ciudadanos en las escuelas a leer autores de tercera categoría, por la razón de que han nacido en un sitio determinado, en lugar de ofrecerles autores de cualquier parte a los que merece la pena leer, como por ejemplo usted?