jueves, 5 de julio de 2018

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Dios mío, cómo se ponen mis tres gatos cada vez que compro langostinos, lo que hago pocas veces, casi siempre a principio de mes, cuando cobro la nómina, cuántos llantos, gritos, pataleos y súplicas y hasta arañazos en mis rodillas para que les dé alguno, lo que además da igual, porque ni con uno ni con media docena dejan de proseguir con sus maullidos pelmazos, martilleantes, castigadores. Al final he cortado por lo sano y los he encerrado en una habitación mientras me comía los que me quedaban, pero mientras lo hacía continuaba escuchando sus gritos y petardeos a lo lejos, una y otra vez, hasta que han conseguido que me sienta mal, un sucio clasista que-les-mantiene-lejos-de-los-langostinos. Voy a tener que dejar de comprarlos, porque me es imposible comérmelos a gusto y además a ellos les sientan mal, como ha vuelto a suceder esta vez, cuando Broma y Kobe se han puesto a devolver una hora después de langostinarse:

–¿No veis? –les decía yo–. Cada vez que os saco de Brekkies ya estáis devolviendo. Y además sois como yo, no sabéis comer langostinos, ¡vosotros os los tragáis!