viernes, 29 de junio de 2018

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Jünger como naturalista. Sorprende esa facultad del escritor alemán por fijarse en los detalles de la naturaleza: en sus diarios el ser humano comparte el protagonismo y a veces hasta lo cede a las turriyelas, las opuncias, las cincidelas o los podalirios (voy haciendo un listado de plantas o animales que no conocía ni de nombre). Qué paciencia para lo aparentemente trivial, que proustianismo para los colores y olores de las plantas, que ojo centi-ojo para todo lo que está vivo, qué empatía con cada manifestación de lo latente. Reconozco que sus diarios me impacientan, porque yo vivo en un mundo mucho más rápido y cambiante, donde la flora y fauna de cada lugar me parecen carentes de dinamismo: ahí descubro mi defecto, que es el defecto de nuestra época. ¿En qué momento aconteció esta disociación del ser humano, que ha sucumbido al apetito de las novedades superfluas, con la flora y la fauna que celebra Jünger, que no sufren apenas mutaciones? Sin duda vivimos una época de regresión.