viernes, 29 de junio de 2018

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Todo país se dota de un equipo de patrioliteratos, críticos profesionales o no (pienso en Menéndez Pelayo, en Menéndez Pidal, en Gregorio Marañón, en Salvador de Madariaga, en Dámaso Alonso), que, después de unir con loctite a los escritores según los kilómetros cuadrados donde han nacido, y formados ya los equipos, se dedican a destacar las cualidades del equipo previamente definido como propio contra las del equipo restante, que es todo el mundo. El problema de estos críticos de bufanda, cuyas opiniones conocemos de antemano (la literatura de mi país es la reoca y tal), es que sus opiniones no siempre coinciden con las de los grandes escritores de la época, que leen atendiendo no al prejuicio patriótico sino a los valores literarios. Dejo de muestra algunos botones sobre lo que dijeron ciertos escritores hispánicos, casi todos del siglo XX, acerca de la literatura española:

ANTONIO MACHADO: "Yo creo que la lírica española (con excepción de las coplas de don Jorge Manrique) vale muy poco, poquísimo; vive no más que por el calor que le prestan literatos, eruditos y profesores de retórica (calor bien menguado). No es ésta una impresión sino una opinión madura. He dedicado muchos años de mi vida a leer literatura nuestra. Hay poesía en el poema del Cid, en Berceo, en Juan Ruiz y, sobre todo, en romances, proverbios, cuentos, coplas y refranes. Entre Garcilaso, Góngora, fray Luis y san Juan de la Cruz pueden reunir hasta cincuenta versos que merezcan el trabajo de leerse. La mística española no vale nada por su lírica. Es en vano que Menéndez Pelayo nos diga que los versos de fray Luis traen un sabor anticipado de la gloria. Los versos de fray Luis no anticipan absolutamente nada, recuerdan con cierta gracia algunas cosas y torpemente otras. La lírica española no tiene una vena propia ni nunca se abrevó en el agua corriente. El árbol de nuestra lírica sólo tiene una fruta madura: las coplas de don Jorge. Es en vano que se reproduzcan en las antologías las odas de Herrera, donde hay trozos de Biblia con versos dignos de Cazuela o que nos diga que Garcilaso es un gran poeta a pesar de no tener nada propio. La crítica está llena de supersticiones que se perpetúan por falta de esa curiosidad por lo espiritual, yo diría por falta de amor a las cosas del espíritu. Porque es el amor y, sobre todo, la pasión lo que crea la curiosidad. Dejamos que Menéndez Pelayo o don Juan Valera, o don Perilo López nos evalúen nuestra literatura y descansamos en la autoridad de ellos por falta de amor a esas cosas; no acudimos a formar ideas propias porque no nos interesan ni apasionan. En cambio, los aficionados a toros no se contentan con la opinión que les dan los revisteros, acuden a la plaza y luego discuten por milímetros la estocada del diestro H o X".
ALEJANDRA PIZARNIK: “Abandono la lectura de la Antología de G. Diego. Mi deseo de ser Octavio Paz es un absurdo, a mí me cuesta adquirir una cultura enciclopédica. A él no le cuesta nada porque es un intelectual nato. Por otra parte, la lectura de los españoles sólo puede darme esa falsa soltura que los vuelve formales y vacuos. De algún modo es una suerte mi incultura españolizante”.
LEOPOLDO LUGONES: "¿Qué lee? ¿Azorín? ¿Por qué no lee libros montenegrinos? Usted tiene que leer una gran literatura. La española es una pequeña literatura regional, como la búlgara".
VICENTE HUIDOBRO: “Cuando llegué a Chile me propuse volver a estudiar el castellano que en mis años en Francia había descuidado. Leí a todos los que pasan por los mejores españoles, tanto en prosa como en verso. Te juro que me daba vergüenza y que me sonrojaba como si yo hubiera escrito lo que leía. ¡Qué cosa lamentable, fofa, hueca, tontamente artificial! Jamás nada profundo, ni fino, ni propio de una alta imaginación o de un cerebro serio. Y esto porque todo se va en la preocupación retórica, en las sonoridades, en la palabrería”.
JORGE LUIS BORGES: “Afirmar una ya conseguida plenitud del habla española, es ilógico y es inmoral. Es ilógico, puesto que la perfección de un idioma postularía un gran pensamiento o un gran sentir, vale decir una gran literatura poética o filosófica, favores que no se domiciliaron nunca en España”.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: “Las obras de los escritores españoles antiguos y modernos qué “feas” son casi siempre. ¡Qué pocos oasis, bello Góngora, bello Gracián, bello Juan Ramón Jiménez!”.
VICENTE HUIDOBRO: “Recuerdo que hace años hablábamos en un Café en Madrid sobre novela. Yo hablaba de Gide, de Proust, de Lawrence, de Joyce y otros que ahora no recuerdo. Uno de los allí presentes (que fue amigo tuyo y mío en París) exclamó, casi como herido: “Hace una hora que Huidobro habla de la novela y no ha nombrado a un solo español. ¿Y nuestro Baroja?” Esto con la intención como de desenmascararme; como diciendo: está bien, manifiesto que Huidobro es un antiespañol. ¿Qué puedes contestar tú a eso? ¿Es culpa mía que sea ridículo nombrar a Baroja cuando se está hablando de los más grandes novelistas del mundo? ¿Tengo yo la culpa de que España no pueda presentar ninguna figura de la talla de esos nombrados más arriba? Sería más lógico pensar que yo preferiría mil veces que Gide, Malraux, Lawrence, Joyce fueran de nuestra lengua y no de cualquier otra. Yo les regalaría volando a Baroja, a Pérez de Ayala y sus fraternos, a Francia o a Inglaterra a cambio de los otros. ¡Qué maravilla si los más grandes alemanes o suecos o de cualquier país escribieran en español! No se podría pedir más. ¿Con qué derecho suponen que el constatar que los escritores de otros países son superiores supone mala voluntad y no amor a la verdad? ¿Por qué no ver más bien que esa constatación supone dolor y que querríamos que no fuera así? ¿O es necesario mentir por patrioterismo o espíritu de adulo y gritar que todo lo nuestro es mejor aunque no lo sea? ¿Pero vamos a engañarnos a nosotros mismos? ¿Vamos a encontrar satisfacción en nuestras propias mentiras? Y aún suponiendo que a uno le irritara el que otros países produzcan más altos escritores que España, ello encerraría amor a España y no odio. No nos irritamos si la Conchinchina no produce escritores".
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO: “Las diferencias ortográficas entre España y las colonias no son un gran inconveniente; como allí no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo traducido y nosotros de otro”.
PÍO BAROJA: “Yo no sé qué tiene nuestra literatura para ser tan desagradable. No hay blandura de corazón en nuestros escritores, ni en los antiguos, ni en los modernos, ni en los del Norte, ni en los del Mediodía, ni en los de Levante, ni en los de Poniente. Todos son unos”.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: “Dicen que no parezco un poeta español. ¡Claro! ¡Cómo he de serlo! ¡Si en España nunca ha habido poetas universales!”.
VICENTE HUIDOBRO: "Escribir bien, para un español, es escribir como se escribía antes. Por eso la literatura española tiene tan poca vida. No han producido nada en una cantidad de ramas y subramas de las letras. No tienen un solo gran dramaturgo, ni un novelista de primer plano, ni un sicólogo, ni un gran pensador. No hay en España un Dostoievski, ni un Gogol, ni un Tolstoi, ni un Stendhal, ni un Balzac, ni siquiera un Proust, ni un Meredith, ni un Goethe, ni un Hölderlin, ni un Nietszche, para no nombrar sino autores de todos conocidos. Lo mejor que ha tenido la literatura española en los últimos tiempos es acaso Valle-Inclán, a pesar de su voz engolada. No hubo en España un Victor Hugo, un Musset, un Baudelaire, un Rimbaud, un Lautréamont, un Mallarmé, ni nada comparable. Mientras Inglaterra poseía un Byron, un Shelley, un Blake, España no tenía sino un Zorrilla, un Espronceda, un Núñez de Arce o novelistas como el señor Pereda, que todavía se atreven a editar los editores hispanos. Frente a esas montañas, unos tres o cuatro melones huecos. Desde el Siglo de Oro, las letras españolas son un desierto intelectual hasta Rubén Darío. Ésta es la verdad, la muy triste verdad".
JOSÉ DONOSO: “Los caballeros que escribieron las novelas básicas de Hispanoamérica y gran parte de su prole, con su legado de vasallaje a la Academia Española de la Lengua y de actitudes literarias y vitales caducas, nos parecían estatuas en un parque, unos con más bigote que otros, unos con leontina en el reloj del chaleco y otros no, pero en esencia confundibles y sin ningún poder sobre nosotros. Ni d’Halmar ni Barrios, ni Mallea ni Alegría, ofrecían seducciones ni remotamente parecidas a las de Lawrence, Faulkner, Pavese, Camus, Joyce, Kafka. En la novela española que el magisterio solía ofrecernos como ejemplo, y hasta cierto punto como algo que nosotros podíamos llamar “propio” —Azorín, Miró, Baroja, Pérez de Ayala—, también encontrábamos estatismo y pobreza al compararlos con sus contemporáneos de otras lenguas”.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "Los clásicos españoles son, en jeneral, descriptivos, retóricos, barrocos y católicos, una horrible mezcla fúnebre". 
ROBERTO BOLAÑO: “La literatura argentina es, probablemente, la mejor literatura en español del siglo XX”.
JORGE LUIS BORGES: "La Literatura española... Trataré de decirlo cortésmente: empieza espléndidamente con los Romances, que son realmente lindísimos. Luego vienen escritores admirables, como Fray Luis de León, que para mí sigue siendo el mejor poeta castellano. Y San Juan de la Cruz. Y así llegamos al Quijote, que creo que es un libro realmente inagotable, sobre todo la segunda parte. Pero después ocurre algo que ya se nota en dos hombres de genio, como lo son Quevedo y Góngora: todo se torna rígido. Uno tiene la impresión de que ya no hay caras, sino máscaras. La culminación de este fenómeno se da en Baltasar Gracián, donde no se siente ninguna pasión ni sensibilidad. Es un mero juego de formas, como el cubismo o la literatura de Joyce... Luego tenemos el siglo XVIII, muy pobre. Y el movimiento romántico, donde España sirve para inspirar a todo el mundo, menos a los españoles. Solamente queda Bécquer: una réplica débil del primer Heine... Luego de este panorama general, ocurre un hecho que creo que no se debe ocultar: cuando todo se renueva, sobre todo por influencia de Francia (la obra de Hugo, de Verlaine, de Poe -Poe también nos llegaba de Francia, porque entonces Francia era la forma para que se pudieran comunicar dos países americanos-), esa renovación se hace desde este lado del Atlántico y no desde España. Si usted piensa en Rubén Darío, en Freire, en Lugones: son poetas no inferiores y ciertamente anteriores a los Machado y a Juan Ramón Jiménez".
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "Desde mi primera juventud sentí un despego instintivo -que luego había de ser antipatía conciente- por la literatura clásica castellana. Lo que yo sentía ya en mí -afán espiritual e ideal- no lo encontraba en nada de ella, y anteveía vagamente, por atisbos y deducciones, que estaba en otras literaturas -en la inglesa, la alemana, la francesa-. La literatura inglesa me atrajo siempre especialmente y puede decirse que mi primera grande admiración fue después de leer "Hamlet", en edición francesa.
La literatura castellana: retórica y realismo, sin más, si se exceptúa algo del Quijote.
Góngora, sí. Algo universal de Bécquer. Y nada más. Siempre odié a los románticos nuestros, tan pobres. ¡Y no digo nada a Núñez de Arce, Campoamor, etc.! ¡Dioses de aquellos días!".