miércoles, 20 de junio de 2018

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Lo que me subleva de las entrevistas que se hacen a los inmigrantes para probar su arraigo en España cuando quieren obtener la nacionalidad, es que se les examina sobre algo que es imposible: no existe el arraigo a España, como tampoco existe el arraigo a Euskadi o a Catalunya, porque son territorios demasiado grandes para vivir y conocerlos con un mínimo de precisión. ¡Decir que tienes arraigo en España es como decir que tienes arraigo en la Vía Láctea! ¡Personas que han arraigado en el barrio madrileño de Chamberí quizá no duraran un minuto en una zona rural de Extremadura! El amor a un país que sea más grande que San Marino es un amor simbólico, algo que nos enseñan desde pequeños y que lo llevamos dentro sin hacernos preguntas. En el momento en que un inmigrante consigue trabajo, grupo de amigos o relaciones sociales satisfactorias, ya ha arraigado, nada más que eso es el arraigo: consiste en estar a gusto durante varios años en los dos kilómetros cuadrados donde haces tu vida. No te hace falta para nada saber quiénes son Rafael Alberti, Rocío Jurado o Pau Gasol, ni cuándo caen los San Isidros, ni saber de la paella valenciana, el flamenco o las guerras carlistas. Por otra parte, los mayores patriotas vascos que conocí cuando vivía en Vizcaya eran igual de analfabetos que los patriotas españoles de Madrid: la mayoría de ellos habría suspendido un examen sobre la historia o cultura del país al que tanto presumen de amar. ¡Anda que cuántos españoles no perderían su nacionalidad si se operara con ellos como la Audiencia Nacional, que se la denegó este año a un marroquí de Zaragoza, 17 años trabajando en esa ciudad, por las razones de que “no conoce la cultura, la organización territorial, la geografía, las instituciones y los deportes de España”!