sábado, 2 de junio de 2018

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Escribe Hugo en Los miserables:
No es nada raro, hoy, que un zagal boyero se llame Arthur, Alfred o Alphonse, y que un vizconde –si aún existen vizcondes– se llame Thomas, Pierre o Jacques. Esta dislocación, que pone el nombre “elegante” al plebeyo, y el nombre campesino al aristócrata, no es otra cosa que un remolino de igualdad. La irresistible penetración del soplo nuevo se ve en esto, como en todo. Bajo esta discordancia aparente, hay una cosa grande y profunda: la Revolución Francesa.
Todavía a finales de los ochenta y principios de los noventa la derecha española se indignaba con los padres que ponían Ricky, Jennifer o Vanesa a sus hijos, porque consideraban que no hacían juego con apellidos castizos como Martínez, García, López o Pérez. En 2018, en cambio, todos estamos acostumbrados a escuchar combos de nombre-apellido de ese tipo con naturalidad, algunos tan famosos como Jennifer Lopez o Ricky Martin, y no ha pasado nada, la peste no ha llegado ni han caído meteoritos aniquiladores, simplemente los tradicionalistas han perdido y, como todos los tradicionalistas, ya no se acuerdan de aquella carcundia a la que se aferraban, ocupados como están aferrándose a otras nuevas.