domingo, 27 de mayo de 2018

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Es el poeta como el hígado exagerado del ganso: al obligar a una de sus facultades a la aberración de extenderse hasta ocupar toda su cabeza, se genera contraindicaciones. Ya no sabe si está triste o se está haciendo el triste. Ya no sabe si está utilizando las palabras suyas o las palabras de otros. Ya no valora las partes de la realidad que-no-puede-convertir-en-poema. Reducido a especialista, empieza a sentir miedo o desprecio por lo que no conoce, al punto de que ya no se atreve a salir de la poesía: ¿quién le garantiza que fuera de ella no haya un precipicio, o un laberinto con monstruos, o una calle atestada de francotiradores?