viernes, 25 de mayo de 2018

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Dice Pizarnik en sus diarios que, empezada a leer la famosa antología que hizo Gerardo Diego, la dejó a la mitad porque los poetas de la Generación del 27 le parecían “vacuos y formales”. Claro. La Generación del 27 (como la del 98, aunque esta es bastante mejor) es un invento patriótico nacido en un momento en que los estados-nación necesitan la literatura en las escuelas para cohesionar a la población y dotarla de identidad, esto es, para que sus ciudadanos acepten sin rechistar la obligación de ir a una guerra o la de pagar a escote los 100.000 millones de euros de una deuda privada. La literatura que se produjo desde Jorge Manrique hasta Calderón de la Barca, cuando España solo existía como geografía y no se necesitaba presumir de literatura nacional, se podía medir a lo mejor del mundo (Papini sostenía, incluso, que la española era entre las antiguas la mejor de todas); la que se ha creado en España entre finales del XIX y la primera mitad del siglo XX, aunque supone un salto con respecto a la que se venía haciendo en los doscientos años anteriores, ni en sueños se puede acercar a lo que se ha hecho en el mundo desde Baudelaire hasta Faulkner. Con razón seguía diciendo Borges, aún en los años ochenta: “La literatura española está en decadencia desde el siglo XVII”; y Bolaño sugería: “Probablemente, la literatura argentina es la mejor literatura en español del siglo XX”.