viernes, 25 de mayo de 2018

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Cito a la escuela como conformadora del gusto poético porque es lo que he comprobado en Madrid. Aquí, en mis tiempos en los bares de poetas, tuve la oportunidad de conocer a muchos poetas extranjeros, sobre todo latinoamericanos, y me quedé pasmado de la diferencia en los gustos poéticos:

–Que te quede claro, Batania, que lo único bueno de Lorca es Poeta en Nueva York.
–Calla, el Romancero Gitano también es otra obra maestra. Y el Diván del Tamarit. Y la Elegía a Sánchez Mejías. Y los Sonetos del amor oscuro.
–Que no Batania, que toda la gitanería y flamenquería de Lorca es pura morralla de versificador, no de poeta.

Sucede que en la escuela nos imponen unos poemas, las golondrinas de Bécquer, los gitanos o lagartos llorando de Lorca, el anoche-soñé-cuando-dormía de Machado, la paloma de Alberti, el a-caballo-va-el-poeta/que-tranquilidad-violeta de JRJ, el ciprés de Diego, que encima no son de lo mejor de estos autores, y estos versos se nos quedan grabados a fuego en nuestra mente. A los latinoamericanos, en cambio, se les educa con otros poetas y versos (siguiendo la misma lamentable lógica patriótica) y cuando llegan a Madrid no comprenden cómo nos pueden gustar esos poemas que, a decir de Pizarnik, son “vacuos y formales”. El choque no se produce porque tengamos gustos diferentes, sino porque hemos sido enseñados/manipulados de forma diferente. Y en este caso que nos ocupa, los latinoamericanos han sido enseñados de mejor forma, porque la poesía española que se enseña en las escuelas (uno lo comprende tarde) es puro formalismo y pamplinería.