viernes, 18 de mayo de 2018

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Lo único que me disgusta de las memorias de la Guerra Civil española escritas por Elena Garro es que se apunta a la teoría de que César Vallejo murió de hambre por culpa de Pablo Neruda, a causa de los supuestos celos literarios del chileno que le hicieron decretar un apartheid literario contra el poeta peruano. Al primero que leí esta teoría de Neruda como asesino vallejiano fue a Juan Larrea, que le responsabilizaba de su muerte por no haber utilizado su poder político para conseguirle un puesto de trabajo. Esta teoría me parece una canallada. En primer lugar, más allá de los celos profesionales, que no son exclusivos de un poeta sino de la mayoría de ellos, no es cierto que Neruda aislara a Vallejo ni que lo considerara su enemigo, y la prueba más clara es que jamás escribió nada contra él (fueron famosos, en cambio, sus poemas atacando a Huidobro, Pablo de Rokha o Juan Larrea, siempre en respuesta a ataques previos de estos). Es verdad que en sus Memorias cuenta que hubo un momento en que Vallejo se enemistó con él a cuenta de algo que le había dicho Huidobro, pero lo hablaron cara a cara y pronto se reconciliaron. Echarle la culpa de su muerte me parece sobrepasar todos los límites: ¿es que acaso era Neruda el único obligado a conseguirle un trabajo, el único que debía remediar las privaciones por las que pasaba Vallejo, privaciones de las que ni siquiera estaba enterado, al menos hasta ese límite? La muerte de Vallejo fue un fracaso de todo su grupo de amigos, entre los que figuraba Neruda, pero no solo él. El propio Neruda no escurrió el bulto, ojo, y en Confieso que he vivido nos traslada que la muerte de Vallejo quizá se habría evitado si hubieran sabido a tiempo de sus penurias:
Vallejo era serio y puro. Se murió en París. Se murió del aire sucio de París, del río sucio de donde han sacado tantos muertos. Vallejo se murió de hambre y de asfixia. Si lo hubiéramos traído a su Perú, si lo hubiéramos hecho respirar aire y tierra peruana, tal vez estaría viviente y cantando. He escrito en distintas épocas dos poemas sobre mi amigo entrañable, sobre mi buen camarada. En ellos creo que está descrita la biografía de nuestra amistad descentralizada. El primero, "Oda a César Vallejo", aparece en el primer tomo de Odas elementales.
En los últimos tiempos, en esta pequeña guerra de la literatura, guerra mantenida por pequeños soldados de dientes feroces, han estado lanzando a Vallejo, a la sombra de César Vallejo, a la ausencia de César Vallejo, a la poesía de César Vallejo, contra mí y mi poesía. Esto puede pasar en todas partes. Se trata de herir a los que trabajaron mucho. Decir: "éste no es bueno; Vallejo sí que era bueno". Si Neruda estuviese muerto lo lanzarían contra Vallejo vivo.