viernes, 11 de mayo de 2018

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Ejemplo de escritor que escribe con garra de tigre sin que haya un tigre detrás es Bukowski. Tú estás leyendo a Bukowski con quince años y te dices, joder, este tío es el GOAT, cómo contesta a sus profesores, qué duro es con sus compañeros, en qué peleas se mete, con qué cinismo gana todas las discusiones, cómo tiene locas a todas las chicas, qué guarro es, qué superfollador, qué antihéroe más colosal, qué laconismo genial para decir siempre la última frase… Pero lees a Bukowski con treinta años y te mueres de la risa, porque entonces ya sabes que lo que cuenta Hank no es posible, que en la vida uno no queda siempre como el puto amo, que en las discusiones la última frase a veces no consigues decirla tú, que las mujeres quieren mucho más que sexo y en el sexo tampoco se conforman con ser pasivas o solo penetradas, aparte de que la mayoría de las mujeres no suelen hacerte caso y en el colegio, al menos al que fui yo, si decías al profesor las cosas que a veces dice Hank en sus libros, suerte tenías si solo te echaban de clase sin darte una hostia. Por eso, cuando acudes a sus biógrafos y te enteras de que fue hijo de una familia de clase media y vivía en una casa con un amplio césped, o que los alumnos de su escuela no lo recuerdan o lo recuerdan como un tipo callado y poco popular que no se metía en líos, dices: no me sorprende. Ello no quita para que Bukowski sea un gran escritor, ojo, pero es un gran escritor para adolescentes, con todos los tópicos y maniqueísmos del antihéroe que nos encantan cuando tenemos quince años.