viernes, 11 de mayo de 2018

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El mayor reproche que tengo que hacerle al De Senectute es que Cicerón, a la manera de Platón con Sócrates, escoge a Catón el Viejo para que defienda la vejez, pero es una mala elección porque Catón el Viejo fue un triunfador y la vejez de los triunfadores es muy distinta de la de los perdedores, que en una sociedad depredadora como la nuestra son la mayoría y además son los ÚNICOS perdedores que existen, pues los jóvenes y los de edad madura, por mucho que sean derrotados, aún tienen tiempo por delante y se dicen: “Hasta hoy mi vida está siendo un fracaso, pero mañana ganaré”. El perdedor anciano, en cambio, como sabe que ya no le queda tiempo para remontar, empieza a entregarse a los defectos que más deploro de la vejez: el rencor, la envidia y la queja. El anciano que a mí me repugna, al menos aquí en Madrid, aquel en el que tengo miedo de convertirme, es el anciano que no-se-responsabiliza-de-su-vida: es el que acusa de su fracaso a otros y a la vez culpa a la época, al país, al género humano y la existencia en general. Por otra parte, la mayoría de los ancianos, que fueron seres sensibles, valientes, abiertos e idealistas en su juventud, a medida que llega la vejez se hacen insensibles, cobardes, patriotas y derechones: no hay más que mirar a qué partidos votan los viejos de todas las naciones del mundo para observar que se decantan por los que garantizan orden, patria, seguridad y tradiciones. Cicerón construye un Catón el Viejo que es creíble, porque es un anciano triunfador que sigue cuidándose, leyendo y escribiendo libros, haciendo gimnasia y ejercitando la memoria, pero no se da cuenta de que muchos ancianos, al sentirse fracasados, hacen justo lo contrario: adoptan una actitud pasota, se vuelven cínicos, ya no se peinan ni se arreglan, se dejan ir.