sábado, 5 de mayo de 2018

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El problema de los escritores confesionales es la falta de límite, esa “temeraria sinceridad” de la que presumía Blok. A raíz de la muerte de Virginia Woolf, Anaïs Nin escribe lo siguiente sobre la carta de suicidio que dejó la escritora inglesa, el subrayado es mío:
Asombroso tono directo y simple en una escritora que exploró todas las ambigüedades del idioma inglés, que tenía una escritura muy abstracta, misteriosa y laberíntica. Sencillo, directo, como todo auténtico sufrimiento. Esta fue la primera vez que habló como un ser humano.
Nin nos viene a decir que, salvo la carta de suicidio, todo lo que escribió Woolf era artificio, mera literatura, lo que me parece un poco miserable, teniendo en cuenta que Nin lo está escribiendo pocos días después de la muerte de Woolf, y que está hablando de una mujer que se ha suicidado. Además, los ensayos de Woolf están llenos de mordiente humano y qué decir de sus diarios (aunque quizá Nin no llegó a conocerlos). Leyendo estas cosas siento un poco de vergüenza ajena por Nin y por los diaristas en general: ¡cuántos pueblos nos pasamos a veces, qué fácil es escribir sin responsabilidad, qué barato rematar al muerto!