viernes, 4 de mayo de 2018

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Solo en los casos de algunos pueblos (kurdos, tibetanos, palestinos, saharauis…) nos ponemos a favor del que quiere separarse, pero no creo que sea por la separación en sí, sino por mitigar el sufrimiento y la opresión que sufren. Cuando la separación se pide sin-estar-oprimido, tenemos más dificultades para entenderla. Tómese el ejemplo de los británicos: los partidarios de salir de la Unión Europea se nos presentaban fácilmente como “los malos”, mientras los europeístas eran “los buenos” sin esfuerzo; en la consulta sobre la separación de Escocia, en cambio, los unionistas británicos eran los buenos y los independentistas escoceses los malos, por una razón que ni hace falta explicarla, ¡cómo vais a separaros, si todo el mundo sabe que lo mejor es estar juntos! A veces pienso que el problema de España-Euskadi-Catalunya es un problema esencialmente gramatical, el de la querencia hacia la unidad que padece nuestro cerebro, su tendencia a buscar analogías, relaciones o fundamentos que deroguen la diversidad, ese caos que nos pone nerviosos. Quien aboga por separarse para conservar la diversidad siempre tiene que dar más explicaciones que el unitario, que se ha apropiado del sentido común desde mucho antes: sucede que el terror ante lo diverso y la necesidad de encajarlo en una unidad lo llevamos desde el vientre de nuestras madres.