sábado, 17 de febrero de 2018

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La decadencia en mis masturbamusas. Recuerdo que las primeras pajas me las hice pensando en mi presentadora favorita, Silvia Marsó, del programa Un, dos, tres, y que jamás la tocaba, pues a un acomplejado católico como era yo ni se le ocurría imaginar que podía tocar el cuerpo de semejante diosa, siquiera en una ficción. Recuerdo que me gustaba imaginar que era su chófer: me soñaba acudiendo a recogerla a los estudios de televisión y dejándola de nuevo en su casa, o convirtiéndome durante el camino en su héroe por los más variados motivos (escapes de gas, apagones de luz, huracanes, tormentas, delincuentes o terroristas que querían secuestrarla). Pero incluso cuando me convertía en su héroe, ella ni siquiera me daba un beso en la mejilla: a lo más que llegaba era a ajustarme un poco la corbata mientras me agradecía mis heroicidades: pensar en esto me bastaba para hacerme una paja. Ahora que recuerdo mis primeros comienzos de masturbador compulsivo me río mucho, ¡hay que ver la vocación de pagafantas que tenía entonces!, pero a la vez lamento el camino que fui tomando. Pronto comencé a tocar a las mujeres con las que soñaba y pronto comencé a elevar el listón de belleza: de hacerme pajas, en los primeros tiempos, pensando en todas mis vecinas, tías, primas, profesoras y compañeras de clase, algunas nada guapas, pasé, con el incremento de los años y el aumento de mi soledad (cada año que pasa estoy un poco más solo) a hacerme pajas pensando solamente en mujeres de papel couché, absolutamente bellas y absolutamente perfectas y absolutamente DE MENTIRA. La mayoría de las masturbaciones que me hago ahora, salvo aquellas en las que hago de esclavo de deportistas, políticas famosas o mujeres guerreras, o aquellas en las que ejerzo de sissy para una mujer que me está mirando o dirigiendo, donde a veces entro en terrenos claros de homosexualidad, son de un hardcore lamentable que reproduce todos los tópicos machistas de dominio, un sobresexo que deja a Sade y a Henry Miller en monjas ursulinas, y pensando además en un tipo de mujeres (Iggy Azalea, Nicki Minaj, Jimena Sánchez, por decir mis últimas obsesiones) con unos cuerpos imposibles, de unas curvas que parecen bromas de tan irreales. El hardcore no es que sea malo por ser hardcore, sino porque después de él no hay nada, es un límite a partir del cual la imaginación se obtura y no consigues ir más allá: por eso te aburres antes del porno que de lo erótico, antes de lo erótico que de lo solo insinuante. Es el mismo motivo por el que, en toda mi trayectoria de pajero impenitente, yo nunca he podido mejorar el placer que obtenía de imaginar que era el chófer de Silvia Marsó.