jueves, 15 de febrero de 2018

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El efecto Eurovisión. Creo que me tragué completitos los festivales de Eurovisión desde los cinco hasta los treinta años, y yo también pensaba siempre que la canción española era la mejor de todas y que existía una conspiración europea para que España no ganara. Sin embargo, cuando a los treinta me caí del caballo y comencé esta aventura que ha cambiado mi vida, la de dedicarme en cuerpo y alma a desmontar los cimientos sobre los que se han edificado esas patrañas de las patrias, las idiosincrasias, los hechos diferenciales, las identidades, las naciones, etc., que nos empequeñecen, crean xenofobia y dividen a las personas, volví a pensar en este concurso musical. En efecto, ¿por qué pensaba que la canción española era siempre la mejor? ¿Era una ilusión mía, es que yo no tenía personalidad, es que me dejaba llevar por la pasión del presentador español o por la pasión de mi familia, que también quería que ganara España, qué demonios sucedía aquí? Pronto descubrí lo que pasaba, que no tenía que ver con estos factores (que también cuentan, claro) sino por el mucho más obvio de que, cada vez que me ponía delante del televisor para ver el festival, LA ÚNICA canción que conocía era la de España. No solo la conocía sino que la superconocía y a veces hasta me la sabía de memoria, porque las tres semanas anteriores al festival nos la ponían cien veces en la radio y en la televisión (todos los lectores españoles que tengan más de treinta y cinco años recordarán que, en los años 80, tanto TVE1 como la entonces llamada TVE2 o UHF solían emitir la canción entera tres o cuatro veces cada día en los minutos de anuncios publicitarios). Y claro: tú te ponías a ver el festival y, como la única canción que te sonaba y sobresonaba era la española, y las otras no te sonaban a nada, porque es muy difícil que una canción se apodere de ti a la primera escucha, salvo que la canción sea extraordinaria o la voz de su intérprete sea nivel extraterrestre tipo Rocío Jurado o Freddie Mercury, pues todos los festivales terminaban igual: ¡cómo hemos podido quedar duodécimos! ¡Nos han timado! ¡Esto es un atraco! ¡Qué manía tienen a España!

Con el tiempo he llamado a este fenómeno “Efecto Eurovisión”: como todas las patrias informan sobre todo de lo suyo, solo promocionan lo suyo y solo crean vinculación emocional con lo suyo, construyendo un plusvalor artificial para lo perteneciente a la patria, cuando se celebra algún evento continental o universal y “lo tuyo” pierde, se genera un resentimiento y una manía persecutoria que, desgraciadamente, aún fortalece más el “nosotros” patriota. Y así la gente acaba pensando sin ninguna maldad que el pobre Baroja es mejor que Proust, que Ortega se puede medir a Heidegger, que Ana María Matute es similar a Virginia Woolf, que el mínimo Pau Gasol es superior a Lebron James, que el chiste de Bruno Hortelano puede competir con Usain Bolt, que la meritoria Mireia Belmonte puede mantener un pulso con Katie Ledecky, que Andrés Iniesta merecía ganar el balón de oro por delante de Leo Messi, que Sara Montiel podía aspirar a algo más que a sacarse una foto al lado de Katherine Hepburn, que José María Aznar fue un hombre de estado del nivel de Churchill, que la minúscula Garbiñe Muguruza ha conseguido copiar el flequillo de Serena Williams o que, como decía Menéndez Pelayo, “Grecia y Roma solo son el decorado de fondo para el glorioso advenimiento de España a la historia”. Y quede claro que, aunque he ironizado en las últimas líneas, no hay ninguna ironía cuando digo que soy muy comprensivo ante estas equivocaciones tan gruesas de la gente. Porque yo también las tuve. Yo también pensé, no hace tanto tiempo, que la canción que presentaba España al festival de Eurovisión era siempre la mejor de todas, todos los años, y sin ninguna duda.